Esta historia la dedico a las personas que padecen fibromialgia. El dolor extremo, el agotamiento, la falta de fuerzas, algún día nos hará perder la cabeza...
Había sido un día terrible. Papeleos, oficinas, "le falta a usted un
documento", colas, tiendas, compra, más colas... Mi fibromialgia había
hecho acto de presencia, un tremendo dolor me recorría desde la punta
de los dedos de los pies hasta la raíz de mis cabellos, concentrándose
despiadadamente en mi nuca, mis hombros, mi espalda, la zona lumbar,
las manos, los muslos, las rodillas, las piernas y los pies.
Sentía
como ir a caerme sin fuerzas en medio de la acera, como si mi yo no
lograra sostener mi cuerpo. De repente vi pasar un taxi libre. No lo
dudé ni un momento. Alcé mi mano como pude y al instante el taxi estaba
junto a mí.
Con dificultad y casi sin fuerzas penetré en el
coche y me dejé caer sobre el asiento desperdigando mis cosas, bolsas
de compra, carpeta con documentos, bolso de mano, gafas de sol y demás,
por todo el asiento y suelo del taxi.
A la pregunta del taxista respondí: "lléveme donde usted quiera".
En
lugar de extrañarse el hombre e insistir, ni corto ni perezoso
emprendió la marcha y yo, apoltronándome en el asiento intenté
descansar y relajarme.
Casi me quedé dormida con el suave aire
templado que entraba por la ventanilla acariciando mis mejillas. Veía
pasar a nuestro lado las aceras llenas de peatones, parques,
árboles..., el mar; de repente observé como salíamos a la autovía pero
no me importó, me daba igual todo. El taxista conducía y yo... no tenía
que hacer NADA.
Creo que comencé a dar algunas cabezadas y debí
haber permanecido algún rato dormida porque cuando me fui a dar cuenta
estábamos entrando en otra comunidad autónoma. No me importó, realmente
me daba igual todo.
El viaje prosiguió. El paisaje ya me
resultaba totalmente desconocido y las señales que indicaban las
poblaciones rezaban nombres que no había oído en mi vida.
De
repente llegamos a una especie de puerto. El taxi se deslizó por una
rampa y se introdujo en el mar. Me espabilé, me puse muy nerviosa y
comencé a asustarme. Pero ante mi sorpresa noté como el taxi no se
hundía y navegaba perfectamente. Nos cruzamos con barcos, pequeños,
grandes, de remos, a vela, de pesca, yates de lujo y hasta un
transatlántico, pero ni un taxi más. Sin embargo, el mío, parecía haber
estado toda su vida navegando.
Después de millas y millas
marinas, imposible calcularlas, por fin tocamos puerto. Por una moderna
carretera iniciamos un nuevo recorrido, cuando noté cómo el taxi se
elevaba y podía circular sin rozar el suelo con las ruedas.
Intenté
no perder la calma, al fin y al cabo desde que entré en ese taxi fui
consciente de que no me importaba nada. Así que volví a relajarme y
empezaron a acudir a mi mente escenas de películas. Recordé aquella de
Bruce Willis vestido por Jean Paul Gaultier, El 5º elemento, la carrera
de vainas de la Guerra de las Galaxias, una de James Bond en la que
salía un vehículo anfibio... hasta que llegué a un preciso momento de
mi infancia y pude visualizar un horrendo vehículo suspendido en medio
del cielo y unas extrañas palabras: "Chity chity bang bang".
Cuando
volví en mí, el taxi estaba sobre la pista de un aeropuero tomando
velocidad. De repente comenzó a elevarse y, cuando me fui a dar cuenta,
volábamos por encima de las nuebes. Como un vuelco en el estómago sentí
en ese momento. Ahí sí que comencé a asustarme de verdad. Pero
recapacité y pensé, si nos caemos ¿qué puede pasar? que me muera y que
por fin encuentre el DESCANSO ETERNO... ¿hay mayor felicidad? y si sólo
salgo herida me dolerá pero, por mucho que me duela, nunca será más que
la fibromialgia. Con lo cual me volví a relajar y seguí disfrutando de
mi viaje.
Ignoro el tiempo transcurrido, de nuevo había vuelto a
adormilarme con el zumbido del motor atravesando las nubes, cuando noté
que comenzábamos a descender y pronto visualicé la tierra. Al momento,
y después de un limpio y preciso aterrizaje profesional, estábamos
parados sobre la pista. Después de seguir el taxista unas breves
indicaciones volvimos a tomar una de esas vías aéreas y en poquísimo
tiempo atravesamos una ciudad del todo desconocida para mí y llegamos
a una base espacial.
Después de un exhaustivo registro de nuestro
automóvil y de algunas diligencias y comprobaciones, ingresamos en una
especie de cubículo totalmente aislado. El taxista cerró las
ventanillas, se aseguró de que tuviera mi cinturón bien ajustado y en
cuestión de segundos observé como unas llamaradas bajo nosotros y, sin
más tiempo que perder, el taxi salió propulsado "hacia el infinito y
más allá".
Un sobresalto, como una sacudida, me despertó. Me
hallaba bastante desconcertada, dolorida (normal en mi situación).
Pronto me di cuenta de que me encontraba tumbada en una hamaca en la
terraza de mi casa. Me sentí feliz, sobre todo cuando a mi lado, apoyada en la
balaustrada, descubrí que permanecía esperándome mi bicicleta.
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