


| Escritor: | Chente |
| Públicado: | 30/04/2008 |
Vicente Antonio Vásquez B.
Guatemala
Emiliano, un día en que se sentía satisfecho consigo mismo y en paz con el mundo, se despertó gigante. Medía cuatro metros y medio y con su apariencia sorprendió a todos los que lo veían. Sin embargo no era el único afectado por ese extraño fenómeno. Se sabía de otro hombre de un pueblo vecino y de una mujer del lugar, ambos de proporciones similares. Las personas de estatura normal pronto los aceptaron como victimas de un hecho extraordinario pero inocuo.
Un domingo por la tarde, con fines recreativos, un numeroso grupo de vecinos se reunió en un prado de la localidad y allí estaban, Emiliano conversando con sus amigos y en otra tertulia, departía la mujer gigante. El ambiente era festivo y todo se desarrollaba en paz. De repente, en el horizonte cercano, apareció otra mujer de proporciones gigantescas, con antifaz y luciendo un traje colorido, como imitando a alguno de los personajes de los pasquines dedicados a los míticos súper héroes. Emergió con violencia, con movimientos grotescos y emitiendo grandes voces, lo que de inmediato, asustó a la concurrencia. Ante el temor de ser atropellados por esa alocada mole, la desbandada fue precipitada y general.
En la campiña no quedó nadie.
Emiliano, debido a su sorprendente estatura, se sintió mal por haber huido. No había razón que lo justificara, ya que la mujer que hizo esa abrupta aparición era de su misma talla y él, estaba seguro, que de representar algún peligro, bien le podía haber hecho frente. Pero no, puso en evidencia su temor, ante los ojos de sus asustadizos coterráneos.
Después de su incuestionable flaqueza, con vergüenza, se alejó de la región arrastrando su tristeza. Cabizbajo y pensativo, comenzó a caminar sin rumbo fijo. Sólo deseaba poner tierra de por medio. Buscaba un lugar en donde nadie lo conociera y de nuevo sentirse en paz consigo mismo. Se dijo: mantendré un perfil bajo para pasar desapercibido, pero debido su estatura no lo lograba. Todo el mudo lo veía con asombro. Había oído hablar del otro hombre gigantesco, aunque no lo conocía, pero sabía que éste, solía disfrazarse se enano y de esa manera, casi pasaba inadvertido, pues los seres diminutos también atraen las miradas y además trabajaba en un circo. Si bien es cierto se dijo con abatimiento, se disfraza de enano, pero sigue siendo un gigante en todo sentido.
Vagando por los caminos, llegó a la entrada de una población y ahí encontró a una mujer que lloraba desconsolada, mostrando huellas de haber sido golpeada recientemente y a quién, se le corría el rimel por efecto de las lágrimas.
¿Qué te pasa? le dijo con amabilidad. ¿Te puedo ayudar en algo?
La dama lo vio con curiosidad debido a su corpulencia.
Sí. Claro que sí y en su rostro brilló la esperanza. ¡Claro que puedes!
¿Y cómo lo puedo hacer?, dime.
Soy mujer de la vida. Tú entiendes, ¿verdad?
Pues sí, como lo oyes. Y formo parte del grupo de un chulo, explotador y cruel, que no sólo se queda con buena parte de nuestros ingresos, sino que todavía nos trata mal, dependiendo del estado de ánimo en que se encuentre. Tú puedes darle una lección y un escarmiento para que deje de cebarse en nuestra desgracia.
Emiliano, al escuchar aquello, arrepentido de su quijotesco ofrecimiento, se aguantó y con decisión decreciente le dijo
Vamos, creo que con mi tamaño es suficiente para darle un buen susto.
¡Sí, vamos!
La mujer se encaminó hacia un microbús que estaba estacionado a poca distancia y le dijo:
Súbete, yo te llevo.
Debido al tamaño del gigante no hubo manera de acomodarlo en el interior del vehículo, así que, dispusieron que viajaría en la parte superior, tendido sobre la parrilla. Y así se hizo.
Después de varios minutos de viaje, llegaron al lugar en donde trabajaban las ménades y ella le dijo:
Llegamos, baja y dale un escarmiento a ese hijo de mala madre.
La chica dio media vuelta y empezó a caminar rumbo al lupanar. Emiliano, con el valor desminuido, bajó y sorprendido se dio cuenta que su estatura había menguado. Ahora estaba casi de la talla de la damisela. Aún así, con vacilación, marchó tras la mujer, pero a cada paso disminuía de tamaño, hasta que desapareció del todo.
|
Imprimir |
Enviar historia |


