EL SUEÑO QUE HABITA EN LA ESTRELLA

 

 

Arquidoro estaba sobre la tierra blanca, sentado en la playa y desnudo, tal vez triste, tal vez solo y con algo parecido a la angustia en el pecho. Se sorprende cuando del calmo mar una silueta sombría se mueve a distancia y comienza caminar hacia él. No entra en temor alguno por que presiente que aquella figura no le será causante de desgracias. Arquidoro se levanta y mira directo a la sombra la que, a su vez, define sus contornos cada vez más. La mitad de un cuerpo aparece del agua salada y comienza a caminar en su dirección. Las breves olas se diluyen en el cuerpo de la aparición hasta que el agua deja por fin de besarle. Gotas salinas descienden por el cuerpo perfecto, y también desnudo, del joven que se encuentra con los ojos felices del otro mozo. Sin más cavilaciones, Andrócalos se dirige hasta detenerse al frente a él. La generosa rosa de los vientos no emite más soplido que una brisa tibia. Arquidoro no hace otra cosa que contemplar las sutiles facciones de la aparición marina, su rostro armónico, sus ojos azules color mar, los labios guinda que hacen contraste con su tostada blancura, adornada con sus los colgajos de rizos rubios que descienden hacia los hombros. Por su lado la mirada de Andrócalos recorre las curvaturas sinuosas de los brazos de su contraparte hasta llegar al cuello, larga torre de ébano que erige la pulcra cabeza de morena presencia. Los ojos verdes se expanden como atrapando un infinito, la nariz recta armoniza con los pómulos los que a su vez culminan en dos mejillas a la vista suaves, gemelas que abrazan los carnosos labios del, hasta hace poco, solitario habitante de la playa. Los ojos al fin se detienen en el pecho vigoroso de Arquidoro. Éste sabe que lo que ve no es real, no puede ser real, pero se deja llevar por la idea contraria. Desde la inmensidad del universo Eroselene, la estrella que más brilla en la región de Hedónaca, contempla los cénites  de ambos sujetos y los bendice.

 

 

Nada llena más de incertidumbre a Arquidoro que aquella presencia, sabe que se diluirá apenas intente asirla. Ha pasado antes y esta ocasión no será la excepción. Mira por última vez la aparición y se acerca hasta sentir la respiración contraria, antes de que esta se diluya observa por última vez su rostro inolvidable y esperando su disipación, con el corazón intranquilo, acerca sus labios al joven para darle el final a sus esperanzas.

 

 

Pero esta vez no, no recibe aire, ni un hálito desvanecido. Recibe la propia carne de los labios de Andrócalos. La palpitante rosa roja que siempre esperó recoger se encontraba ahora depositada en el umbral de su boca, el infinito estalla en el pecho de ambos, la calidez del aliento anteceden a la húmeda lengua que conecta la existencia entre ambos seres. Andrócalos, el aparecido del mar, supera todo lo imaginable y, piel a piel, se decide a compensar la espera. Adelanta sus manos al rostro del otro efebo y deja escurrir los dedos dibujando un universo palpitante en la tez contraria. Al fin, cuatro manos escriben el diccionario del deseo sobre la piel  y los planetas no pueden tener mejor constelación que la unión entre éstos dos cuerpos. Arquidoro necesita constatar la verdad de lo que siente y comienza a recorrer los hombros de su amante al ritmo de la melodía marina. Desciende por los bíceps, escudriña el torso, indaga la espalda, constata la suavidad de la curvatura al final de la espalda y por último engloba, sin más, las montañosas carnes que habitan más abajo del todo.

 

 

            Así descienden hasta la arena suave y  se entregan con afán a la disolución de la dualidad. Descomponen la primera persona y diseñan la nueva arquitectura de la carne, el uno contra el otro.

 

 

            La noche avanza y Arquidoro reposa su espalda contra la arena, a su lado Andrócalos no deja de mirarle con sus ojos de viva esmeralda y dirige sus labios una vez más al otro, como sellando un tesoro. En ello, la mirada del muchacho se aparta del rostro de su amante y se dirige al manto estrellado para ver fulgurante y por última vez a Eroselene, antes que, al ritmo del cálido contacto labial, comience a descender por los toboganes del sueño.  

 

 

Cuando duerme por completo Arquidoro, despierta de pronto el rubio Andrócalos: ha vuelto a tener el mismo sueño. Esta vez, al contrario de las otras veces, ha podido alcanzar lo inalcanzable, incluso el otro joven se ha quedado dormido en sus brazos al final de la quimera onírica. Se levanta y enciende el transistor. La voz anuncia que la nave interestelar Hipnia procedente de Ámodos ha aterrizado sin complicaciones y su tripulación se apronta al desembarque.

 

 

Sobre la superficie arenosa desciende la figura de un moreno y joven forastero que camina unos segundos y contempla las tranquilas aguas de Eroselene, templada luna marina de exótica belleza, hogar de Andrócalos, quien, en ese momento, recuerda que al anochecer tiene previsto tomar un baño de mar y quedarse contemplando el infinito para buscar en el firmamento la luz fulgurante de Ámodos que le permite soñar.   

 

 

 

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Comentarios:

Escrito por: ysaiasnunez       13/07/08 00:23
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Tal vez sea mi cefalea, pero me pareció que abundan demasiadas imágenes, hasta la exasperación, que no sabes en qué fijarte, tal vez sea cuestión del estilo, hacerlo como hacerlo de ésa época, algo poético, pero para ser un relato erótico, (para mí) creo que sería más directo. Al final lo que terminas imaginándote son montañas y no glúteos, tersos, carnosos...

Luego lo leeré, cuando no tenga este dolor de cabeza.

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