El sonoro grito ahogado en el silencio

Querido lector, a veces, mientras viajo en el tren camino al trabajo pienso en situaciones cotidianas de final absurdo. Hoy se me ocurrió la siguiente historia:

 

Siempre pensé que si me trataran de robar gritaría con todas mis fuerzas. Sería un grito profundo, estridente, que trasmitiera horror, y fuera peor que una sirena.

 

Así que el ladrón llegó a mi vida, y en ese momento en el que ambos cruzamos nuestras miradas, yo en el callejón oscuro y él con cuchillo en mano, grité. Grité con todas mis fuerzas, y de ese grito... lo único que se escuchó fue el leve sonido casi gutural de un pequeño garraspeo en mi garganta, y aunque para mis adentros era el grito más grande jamás emitido, para el ladrón, era un mísero, gracioso y pobre suspiro.

 

-- ¡Dáme tu bolso! --dijo aún apuntándome con su afilado cuchillo.

 

Mi mano llena de pavor y ensordecida por el grito, se lo entregó.

 

Salió raudo y veloz el ladrón por las calles, dejándome sóla en el callejón casi sin poder reaccionar. Y a los pocos segundos, en medio del silencio, se escuchó un alarido desgarrado.

 

Era el grito del ladrón. 

 

Cuando unas calles más abajos el ladrón paró para tomar el contenido de mi bolso, bien buscando el monedero ó el móvil, se encontró con una trampa para ratones. No es normal llevar una trampa para ratones en el bolso, pero siempre pensé que si mi grito no funcionaba en mi propio auxilio, me vengaría del ladrón con el desgaste de su voz.

 

Y así termina una situación un tanto absurda, porque ¿a quién se le ocurriría poner una trampa para ratones en el bolso?

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