Tic, tac, tic, tac el sonido del reloj rebotaba en el espacio vacío de las paredes que me guardan. Me persiguen mis recuerdos y lo único que puedo hacer es intentar capturarlos mientras espero, espero, espero y mientras que pasan los segundos tic, tac me pregunto ¿Quién soy? ¿A quien espero?
Con las uñas agarro una delgada luz en esta fría y oscura habitación, la pequeña luz se mete por los poros de mi piel y comienza a transitar por mis venas, el desespero me invade y rasguño mis dedos para ver si sale. Tengo que sacarla pronto porque me está descongelando la sangre y siento de nuevo el dolor, ahora sube por mi brazo, la veo brillar, se instala momentáneamente en mi hombro y cuando me preparo para atacarla huye luminosa hacia mi seno izquierdo, en donde esta mi corazón. El punzón me deja paralizada mientras que miles de partículas de agua se posan en mis parpados; sube por mi cuello devolviéndome la respiración y siento un ahogo inicial; pasa por mi boca, la llena de saliva y por ultimo un destello pasa por uno de mis ojos. Miles de imágenes deambulan por mi cabeza y comienzo a recordar mi historia de nuevo.
¿Quién soy yo? O mejor aun ¿Quién era yo? Siempre fui una personita soñadora que vivía en mundos imposibles, viajando entre las letras de los libros de pasta dura. Nunca me creí posible entre los brazos fuertes del amor, no, eso no era para mi prefería dejárselo a mis personajes y héroes favoritos. Así poco a poco pasaba mis días imaginando amar en el cuerpo de una bella princesa romana.
Por algún tiempo me obsesione al escuchar sobre un libro que contaba la maravillosa historia de una mujer que sobrevivía mil y una noches gracias a sus cuentos, desde aquel día quise poseerlo, hacerme dueña de sus líneas y por algunas horas convertirme en la adorable Sheherezada. Añoraba poder ser como ella y pasar por esta patética vida con la salvación de historias salidas de mi cabeza. Todas las mañanas me levantaba con el deseo de tener esas páginas entre mis manos, pero siempre que intentaba pedirlo en la biblioteca la obsesión de alguien más se me había adelantado, arrebatándolo de los estantes del establecimiento público. Que horrible era pensar que otro y no yo entretenía sus noches pasando sus hojas.
Lunes, martes, miércoles, jueves y nada. El viernes soleado de abril salí como de costumbre, había una larga fila para el préstamo de libros, detrás mío un pequeño niño, adelante un joven de cabellera oscura, camisa gris y pantalón beige que emanaba un delicioso olor y por un momento mi mente divago entre la dulce fragancia. Me desperté abruptamente cuando escuche que su voz gruesa decía:
- Las mil y una noches.
Las personas me miraron con rareza cuando exaltada le exigí a aquel joven que pidiera otro libro porque ese estaba reservado para mi, me respondió con una sonrisa blanca que eso no era posible pues él lo había reservado hacia dos semanas. Mis mejillas se cubrieron de un tono rojizo y sin mirarlo a los ojos le explique, con una voz entrecortada, que era necesario para mí tener ese ejemplar. Me dijo de la forma más estúpida que lo leyéramos juntos, me pareció una solución absurda pero accedí casi al borde de la desesperación.
En un principio nos encontrábamos en parques, cafeterías, luego en mi apartamento o su casa y rápidamente las palabras recitadas eran interrumpidas por apasionados besos. Nos comenzamos a amar entre las páginas y sabanas, con una devoción inexplicable. Yo curioseaba como una niña todas las partes de su cuerpo y sus manos recorrían las curvas de mis caderas y mis senos. En las noches me declamaba los versos del poeta mientras yo iba cayendo lentamente en un profundo sueño, en el cual estábamos enlazados por las manos y ninguno de los dos podía huir.
Así vivimos mil y una noches de besos y caricias. Me enamore como nunca lo creí posible, me desvanecí en sus brazos y me convertí en su esclava, todas las noches me bebía el néctar de sus labios y me embriagaba de amor. Pero una triste mañana me desperté sorprendida al encontrarme sola entre mis cobijas, inútilmente lo busque por todos los rincones de la pequeña ciudad, pase días enteros buscando su olor. La depresión tenia a mi mente fuera de este mundo para no recordar aquel humano que se me había robado el corazón, pero todo esfuerzo por escapar de esa realidad resultaba imposible, entonces tome la decisión más sabia que podía tomar y me cree una realidad en la cual el me prometía regresar. Así es como me encerré en mi cuarto hace un par de siglos, envejeciendo de dolor, muriendo cada vez que lo olvido, intentando capturar los momentos para que cuando él vuelva los encuentre intactos. En este lugar enmohecido por el llanto, oscurecido por la sombra de mi tristeza espero, espero y espero mientras el sonido del reloj hace tic, tac, tic, tac.
|
Imprimir |
Enviar historia |
