EL SÍNDROME DE EDDER
Ya iba por los veintitantos años, pero definitivamente para el amor no había edad. Edder era otro, había sufrido una transformación tan radical e intempestiva, que terminó por desconcertarlo a él mismo aquella mañana en que una pesadilla atroz lo levantara del lecho, sudando como un caballo de arado, y todo porque se había visto atormentado por dos cornamentas enormes y ramificadas que le nacían en las sienes y se les enroscaban hacia atrás, como el carnero de los arianos. Ya se lo habían advertido innumerables veces, pero el amor todo lo puede, todo lo soporta, parafraseando las estúpidas cartas a los corintios. Edder estaba lejos de entender la clarividencia de aquella pesadilla que, de haber sido analizada con cojones, habría bastado para librarlo del suplicio que aún le quedaba por vivir. Pero no fue capaz de reaccionar como hombre y sólo se limitó a actuar como cualquier animal enamorado, derrochando bravura e hidalguía, todo por defender el honor deshonroso de su pareja, y es que Edith, aunque tenía su misma edad, estaba más recorrida que auto de carrera de segunda mano.
¿No te das cuenta, imbécil? escuchaba siempre de sus compañeros de trabajo, pero él lo atribuía a la envidia de los demás respecto a su felicidad terrena, su paraíso enclaustrado en una Lima otoñal y lluviosa. Edith prácticamente lo tenía en sus manos, y aunque en un principio sólo fue pura diversión, le había tomado un cariño especial al atarantado este; pero cómo no lo iba a querer, si la atendía como a marquesa. Lejos de los bulliciosos comentarios de sus compañeros de trabajo, Edith no dejaba de ser la encarnación viva de la frescura, de la lozanía, de la juventud dispuesta a vivir y exprimir hasta la última gota de pasión dentro de una sociedad que, además de sexo, estaba hambrienta de experiencias. Pero con Edder la cosa se le volteó, pues lo que tendría que haber sido un vacilón terminó convirtiéndose en su propia cárcel, un círculo de verdades a medias del que ya no pudo salir; por eso no le quedó más remedio que acostumbrarse a quererlo, aunque no como él a ella, ni que fuera estúpida.
Pero Edith lo quería, ya era tarde para arrepentimientos; había aprendido en sus millones de experiencias similares que nada era más destructivo que echarse para atrás, sobre todo cuando se ha vivido de todo menos de la verdad. Edith se mintió, mintió a Edder, éste le creyó, y ella terminó por creerse a ella misma también. Por consiguiente, eran tal para cual.
Sin embargo, los cuernos enroscados de Edder no eran nada agradables, ni siquiera entre sueños, así que al pobre no le quedaba más remedio que enfrentarse a la realidad o jurarle amor y sumisión eterna a Edith. Debido a su carácter fuerte, Edder no se aventuraba a encararla con semejante falta de respeto y confianza a la que tendría que ser la madre de sus futuros dos hijos. Uno por cada cuerno, pensó, pero luego se arrepintió de tan estúpida idea. ¿Acaso se estaba volviendo loco? Fue ahí donde, decidido y con el corazón sangrante pero feliz, se dirigió donde Edith para repetirle hasta el infinito que la amaba, que la adoraba por encima del mundo y de los astros, y que únicamente ella tenía el poder de desmentir todo lo que los demás decían a sus espaldas y en sus narices también, porque los compañeros de trabajo, carajo, sí que jodían a cada rato.
Y mientras Edder se debatía entre la vida y la muerte, entre la dicha de ser feliz con Edith y la muerte más solitaria posible, Edith, radiante de alegría y recuerdos floridos de un pasado mejor, le sonreía con sus perfectos dientes y encías a su ex enamorado, que había venido a visitarla al trabajo. Me dijeron que tienes una nueva conquista, le dijo él, pendejo, mañoso por experiencia. ¿Yo? Ni hablar, te han informado mal, respondió ella, más experimentada que él. Y la plática duró hora y media, como si en lugar del trabajo se encontraran en algún cuarto barato del centro de Lima, esos donde el amor cuesta tan poco pero dura todo lo que tus fuerzas te permiten satisfacer al contrario, es decir, a tu pareja. Edder, lamentablemente, desconocía los placeres de aquellos cuartos escondidos de las miradas ajenas y moralistas. Había optado por la castidad, sin imaginar que su marquesa iba en cuenta regresiva. En fin, si Edder hubiera tenido huevos, si hubiera tenido una figura paterna más varonil, o si tan sólo hubiera vivido sus quince años a los quince años y no a los veintitantos, habría mandado al carajo todo ese lamentable espectáculo en el que estaba envuelto, de pies a cabeza, como la oruga antes de convertirse en mariposa; él había empezado al revés, se estaba transformando en un gusano.
Y fue a ver a Edith cuando su ex ya se había esfumado, dejándole la promesa de un reencuentro como aquellos del pasado, y ella se había quedado excitadísima, húmeda de felicidad y ansiosa de que llegara el día de descanso, pero todo se le nubló cuando Edder apareció por la puerta, poniente, feliz en su propia tristeza, en su inseguridad de adolescente tardío. Hola, amorcito, le dijo, pero no obtuvo respuesta. ¿Si te pregunto algo, me prometes que no te molestarás?.
Si me vienes con lo mismo de siempre sí me molestaré.
Es que esta vez es en serio, me han dicho
¡Basta, no quiero seguir escuchando que desconfías de mí! ¡Me importa un bledo lo que digan los demás!
A mí también, bombón, sólo quiero que me asegures que están equivocados.
No tengo nada que asegurarte porque no es cierto.
Pero si no es cierto
Pero Edder no pudo terminar su frase; la mirada de Edith lo atravesó, lo congeló, lo crucificó de por vida; en ese momento, habría deseado tener en verdad cuernos de carnero para cornearla y obligarla a decirle la verdad. Pero no los tenía, sólo era un muchacho enamorado, atrapado en su propia inexperiencia amorosa.
Ok, mi amor, olvídalo, todo lo que dicen es pura envidia.
Por supuesto, Edder
y, cambiando de tema, ¿me trajiste mi desayuno?
Se me olvidó, cariño, pero ahorititita te lo traigo.
Y partió como un rayo en busca del alimento diario, presto a desarrollar la rutina de siempre, feliz de haberse mentido él mismo. A veces la verdad duele y es mejor dejar que pase de largo. Después de todo, los sueños sólo son sueños, no lastiman a nadie ni se relacionan con la realidad. ¿O sí?
¿Y el domingo vendrás a verme, Edith? dijo Edder, rascándose las sienes.
Esteee
no puedo, fíjate que tengo que ver a mi abuelita, hace tiempo que no la veo y rápidamente, un rubor tiñó sus pómulos mientras hacía trizas el pan con hog dog que su adorado le había traído.
Alejados unos cuantos metros de ellos, dos compañeros de trabajo murmuraban con cierto humor negro:
Es un huevonazo, no se da cuenta
Déjalo que se joda, a ver si así aprende
Pero puede destruir su vida.
¿Más? No lo creo
además, este síndrome es irreversible.
¿De qué síndrome hablan? preguntó otro compañero que se les acercó.
Pues del síndrome de Edder, aquella extraña enfermedad en que el ser humano empieza a comportarse como perro
Carlos Aurelio Díaz Enciso
El marco social,los problemas de su infancia.
Contas en forma entretenida algo que en carne propia duele y a veces verlo tambien dá nausea o aburre.
Grecia, claro que sí, no hay nada más fructífero que la observación objetiva:
1.- Ni la aborresco ni la admiro, sólo existe.
2.- Inmaduros hay tantos como amantes, y la fusión de éstos más. Son ordinarios solamente.
3.- Estar con alguien simplemente es falta de autoestima, la mente abierta es un lapsus, una estapa más de snobnismo social.
Gracias por comentarme.
Hola Aurelio, ¿placer de espectador?
1-¿Aborreces la infidelidad?
2-¿Aborreces a los inmaduros amantes?
3-¿Crees que estar con alguien tiene que haber eso que dicen "mente abierta"?
Grecia
Vivian, te equivocas, no es dolor de compañero, sino placer de espectador.
cuando se dan estos tipos de casos, no se piensa, sólo se hacen las cosas y se miente a uno mismo; lo cual es detestable, porque a las finales uno ya sabe como todo va acabar: mal, remal, o reremal.
Dejemos que Eder aprenda que caiga como gusano,y luego se levante auque derrotado en un principio; pero sabrá recomponerse de tal situación no correspondida.
Ahhhhhhhhhh, sabes esta historia me sabe, a dolor de compañero, que detesta este tipo de situación...bueno al menos si es asi, espero que haya coherencia y consecuencia en la vida de quien lo plasma en historia.
Nos leemos.
Vivian
Esta vez, parodiando a algunos de los compañeros de trabajo; espero que sirva para entretener siquiera.