EL SIN SENTIDO


 

 

El anonimato en el mundo de los hombres es mejor que la fama en los cielos, porque,
¿qué es el cielo? ¿qué es la tierra? Todo ilusión.

¿Qué es no ser nada en la tierra de nadie? Sólo imaginación,
¿Qué importa que me hundan en el estiércol? Si desde antes que naciera, ya estaba con él hasta el pescuezo y no me daba cuenta.
Si estoy, si existo, si soy, sólo me importa a mí. Lo demás es una fantasía.

Eso siento cuando veo los días todos iguales y con 24 horas exactas y en cada hora 60 minutos exactos, y en cada minuto 60 segundos exactos, sin variación. Nada altera esta conformación teatral de la vida. Esta escenografía montada por no sé que dramaturgo ingenioso que hace que la tierra se mueva en dos inalterables movimientos, rotación y traslación, con música de idiotas dormidos uno tras otro, sin que nadie despierte.
Sin que nadie diga nada, todo se queda en ese inagotable y escalofriante orden.
Quiero patear los días para que avancen o tirarles un lazo para que no. Sin embargo, sólo se detienen o avanzan en mi mente. Ahí, a veces se perpetúan sin dar tregua al descanso de las tan consabidas neuronas, volviéndolas locas sin ninguna anestesia.


En eso, vuelve otra vez la maravillosa mentirita para quedarme dormida un instante en paz, “todo va a estar bien”, “ya va a pasar”. Y luego de esa, vienen otras más grandes, tantas, que no se puede parar de mentir nunca. Frases hechas, fabricadas en el mismo tono, en una misma tecla.
Nada pasa, todo sigue igual que en la mañana, sentada al borde de mi cama para despertarme e ir al mismo trabajo o que en la tarde que no desespera por estar, llega a su hora acordada y más aún la noche, envuelta en su manto de misterio que en reiteradas ocasiones no encierra nada más que las horas. La única diferencia es el sol.
Pero de todas formas es lo mismo, se queda en las mismas partes siempre, nunca innova, no aparece más tarde o más temprano o se acuesta indistintamente en la noche a al amanecer, es de una disciplina desconcertante.
La luna obediente, esclava de su misma luz, hace lo mismo, dando vueltas y vueltas alrededor de la tierra, desde que el mundo es mundo. Nada hace que se manifieste de otra manera, sigue su rutina como si nada más existiera en el universo que ella, sin atisbos de rebeldía.

Entonces miro a las gentes, son buenas personas digo, claro, caminan por donde mismo, llegan donde mismo, piensan lo mismo, sienten lo mismo, y hacen condenadamente lo mismo. Nadie escribe sobre ellos.

Todo se convierte en un marasmo dentro de mi cabeza, al parecer es la única parte en donde pasan cosas, lo demás sigue intacto. El almacén de la esquina, el mismo ebrio parado en la misma esquina durante cinco mil años. Los diálogos son los mismos, el contenido igual. Los niños al colegio, entregados al mundo para luego desaparecer sigilosamente, sin darse cuenta ellos, en el gigante y a la vez, minúsculo mundo que nos rodea.

Sigo mirando a las personas desde el mismo banco en que me siento todas las mañanas a la misma hora indefectiblemente, concentrada en darle comida a las palomas, las mismas de todos los días. Llegan a mi lado y me rodean en un círculo perfecto, sin moverse ninguna de su lugar hasta que se han devorado las migajas que les doy.
Luego satisfechas, sin ningún gesto, se van. Vuelan con las mismas alas, el vuelo igual, la altura calculada, hasta perderse en el mismo aire por donde vinieron. Para volver al otro día, en que saben, no sé porque naturaleza, que yo estaré ahí, por más que no quiero, por más que me niego a sentarme en ese banco viejo gastado, de maderas débiles, es lo mismo, día tras día, a la misma hora, estoy ahí.

El hombre que vende algodones tiene la sonrisa amplia, se ríe igual todos los días, no la cambia, no mueve otro músculo para no perderla, todos los días me dirige una de sus sonrisas, es del mismo color que la del día anterior, creería que hasta tiene el mismo olor. Sabe que así atraerá a sus clientes más cautivos, los niños, que llegan a comprarle algodones a la salida del colegio que indudablemente es la misma hora del día anterior y de cada día, vende la misma cantidad de algodones a las mismas personitas. Al llegar a sus casas, las madres emiten el discurso aprendido por sus antepasados para repetirlo en el mismo tono, por las manchas en la ropa que las nubecitas de colores agarradas a un palito que sus hijos compran voluntariamente, dejaron sus inescrupulosas huellas.

Esto se torna aburrido, con un fastidio en el cuerpo, con un adormecimiento de los músculos por hacer algo diferente y  ¿qué es lo diferente?. ¿Sentarme en otro banco?, ¿llegar a otra hora?, ¿volver locas a las palomas con mi indisciplina?, ¿darles menos migas?, o ¿más migas? Esto puede causar un caos a nivel mundial.

Un movimiento en falso que haga y todo cambia, ya el sol no me va a llegar en la misma parte que todos los días, ni las palomas van a saber a quien esperar, ni el hombre del algodón a quien sonreír, mientras espera la salida de los niños en las afueras del colegio, va a vivir desconcertado, aterrado y luego, se va a poner triste y los niños no se sentirán atraídos por la tristeza, el hombre no venderá los algodones, no logrará llevar el mismo dinero a su casa y su familia morirá de hambre día tras día en que la pena lo consuma.  Y ¿la luna?, ¿qué voy a hacer si no la veo en el camino a mi casa después del trabajo?, ¿cómo voy a dirigir mis pasos en la oscuridad?. Y todas las gentes ya sin movimientos, se convertirían en sombras invisibles.

Porque todo se alteraría, cambiaría y ¿para qué?. Si el mundo ha girado todo el tiempo para el mismo lado, un día se le podría ocurrir rotar a la inversa, ¿que sucedería?, ¿vomitaríamos todo el desayuno de esa mañana? o ¿caminaríamos de espaldas? o ¿hacia atrás?.

Pero si aún sucediera esto, seguiríamos siendo humanos, este orden permanecería, y todas las cosas que conllevan a ese orden igual se conservarían.

¿Para qué hacer movimientos entonces si podemos continuar con las manos quietas y el corazón vacío, sin molestarnos por nada que ocurre alrededor nuestro?.

Como muertos vivientes deambulando por las calles desoladas a las mismas horas que todos los transeúntes de todas las ciudades que habitan el mundo.

Porque el muro puede ser muy alto y se convierte en un misterio a veces, pero es el mismo orden aquí o allá.


Desde la perspectiva en que se mire, el movimiento es el mismo, desde donde lo quiera escuchar, es igual.

Una gran escenografía montada por el dramaturgo “ingenioso” que seguramente nada tenía que hacer en sus tiempos libres.  Hastiado y adormecido de darles comida a las palomas desde el mismo banco en que me siento yo hoy. No encontró nada mejor que fastidiar al resto de los mortales para ir devorándolos uno a uno en esa máquina perfecta del no hacer, del no decir, del no gritar, del no molestar, del no ocuparse de los unos a los otros.

Este señor debe haber sido un gran genio que en algún minuto de su vida también, quizás, debió pensar que el movimiento era necesario, que el caos era necesario, que las guerras eran una vergüenza, que las matanzas eran un crimen de lesa humanidad, que las discriminaciones eran un error de los más grandes que se cometen, que la pobreza es una condena para la sociedad que no es capaz de resolverla sino esconderla, disfrazarla para que no se note tanto, que las personas discapacitadas debían tener su espacio en el mundo como los ancianos y los niños, el espacio perfecto para su creatividad y sus risas, sus juegos y su divertimento. Que los afectos eran importantes tanto el amor, como los besos y los abrazos. Y las palabras cariñosas, llenas de contención, de compasión y generosidad. Debe haber querido también que los países no tuvieran fronteras para que estos se visitaran sin el menor obstáculo, que las naciones dialogaran como seres de la raza humana a la que pertenecemos, sin discriminaciones de ninguna clase, quizás también quiso en algún minuto, sólo quizás, que las tierras no se vendieran como pan caliente ni se violaran, ni menos se expropiaran para saquearlas por completo y dejar el vacío otra vez imperando en las bocas de las gentes que habitaban por esos lares.
Debe haber querido que las personas se rieran todos los días de todo, que se hicieran muecas ridículas para seguir riéndose, y contarles que la vida es simple y maravillosa. Debió también comprender la complejidad del mundo en su quehacer diario.
Quería que la economía abasteciera a todas las personas por igual, sin que nadie se lamentara de hambre, frío o abandono.
Que en el mar la abundancia de las especies siguieran por siempre de la misma manera, sin el temor de la extinción o la contaminación de las aguas, de las napas subterráneas. Tampoco quería que el aire se enrareciera y no se pudiera espirar con tranquilidad. Que las lluvias que cayeran en la tierra fueran aguas limpias, para barrer con las basuras depositadas con el pasar del tiempo.

Por supuesto que este hombre muy inteligente por cierto, quería que lo quisieran a él, y él querer a alguien, al ver en las calles a las parejas besarse, sin embargo, hubo algo oscuro, misterioso, algo, que lo dejó seco.
Sentía que la esclavitud formaba parte de la humanidad también y no se podía controlar, y pensaba en el cómo desterrarla, era un peso tremendo el pararse en algún montículo a mirar como las personas aún eran esclavos de ellos mismos, sin poder liberarse de esta barrera gigantesca que era la incomunicación.

Quizás soñó en alguna oportunidad con decirle al universo lo bello que es la naturaleza con sus colores finamente determinados, dibujados, tallados. Y puestos a disposición de todo aquel que quisiera apreciarlos.

Entre sus fantasías debe haber existido una, la de no quedarse dormido nunca para lograr capturar todo lo que el universo le ofrecía.

Y entre estos sueños y fantasías se quedó dormido, mudo, sordo y ciego. Nadie más que él se daba cuenta de lo que sucedía. Y montó el gran circo, el circo de las marionetas humanas.

Funcionando como un vulgar reloj que marca las 24 horas con sus sesenta minutos y sesenta segundos cada una de ellas y en que cada día es igual al otro. Sin que se altere ni un músculo en sus rostros, tic tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac, hasta que la muerte, la otra, los separe.


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Comentarios:

Escrito por: Xaimaca       16/09/08 03:13
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Tus reflexiones han sido las mías muchas veces, por ellas, siempre intento re-crear la vida para escapar de esta convención humana, pero también sideral. Y creo que lo único que rompe con la abstración de nuestra simbólica realidad, es crear y recrear en la infinitud de nuestra mente y en la amplitud del corazón
Escrito por: osito151065       05/05/08 00:01
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Que granverdad, a como lo expones me ubicó ente más de un par de veces, vaya que funcionamos mecánicmanete en muchas situaciones, por cierot a eso llamamos putualidad.
Los dioses deben esta loco, esa serie hoy lo entendí mucho mejor, por cierto, creo que casie stoy muerto por culpa de la rutina, ligeramente aliviare de apocos, para no causar cambios absmales en los otros.
Gracias por compartilo.
Omar.
Escrito por: sgrassimeli       31/03/08 16:19
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Maravilloso el contenido y la forma del escrito. Ese "tic tac" del final me golpeó en cada"tic" y en cada "tac". Genial.
Escrito por: Maledetapalabra       26/03/08 17:28
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Un comienzo con un enunciado sublime desde el titulo.Los primeros seis reglones.

Despues me haces pensar...si aunque no queramos todos,pero todos mentimos cuando estamos obedeciendo ese orden numerado aunque no lo creamos,ni lo hayamos inventado.(Yo no cumplo años,desobedezco.jaja!)
Despues avanzando, entro en una sensacion de mucho peso y oscuridad arrastrandome desde el estomago.Como cuando Neo se toma la pastilla de la verdad en Matrix.
Y luego un cambio repentino, estallidos,de una voz furiosa,de una mirada cruda pero sensible sobre la vida y los seres humanos.Vos
Magistral el final
Gracias Dilcia,admirable tu trabajo y el contenido del mensaje.
Escrito por: x_zoom       19/03/08 06:53
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Me encantas!.
Gracias por esa pasión irresistible. Gracias por esa furia incontenible que fluye de tu pluma y que desborda mi alma.
Me encantas!.
Escrito por: CaribeOro       17/03/08 05:41
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Gracias por sacar a flote todo lo que nos molesta y todo también que nos enorgullese, en ese estilo de no hablar hablando.
Páginas: 1

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