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El Sermon de la Cantina

El Sermón de la Cantina –Rev.

 

 

     El Negro, y José, llevan un par de horas bebiendo en la concurrida cantina, ‘Don Pancho’. José, pese a su estado de embriaguez, conociendo el puto genio de su cuñado cuando está con trago, ha estado dudando, dándole vueltas y vueltas a un asunto familiar que puede ser bastante peligroso para su nariz y para el resto de dientes que le quedan. Si bien se trata de cumplir una manda contradictoria a la Virgen de Lourdes, tiene que ser cuidadoso porque el Negro puede explotar de ira o, Dios mediante, en llanto de mea culpa…

 

    La cantina, ‘Don Pancho’, (‘el antro del mismito demonio’,-como la llama la madre de el Negro) es una más de las tantas que, como caras de una misma medalla, conviven en una simbiosis natural con los cultos evangélicos, ambos creciendo como callampas y compitiendo sin darse tregua para reclutar su clientela dentro de las poblaciones marginales de Santiago. Hoy, como de costumbre, es otro glorioso anochecer de día sábado para el dueño del clandestino quién tiene que soportar los odiosos enjuiciamientos a su impiedad  que el pastor, don Egidio, desde el púlpito del culto aledaño, le transmite a gritos por los parlantes a todo volumen. Cada fin de semana.
 
       José, estaba por abrir la boca, - tan aferrado a la banca rinconera donde están sentados, como a sus argumentos-  presto a recibir un puñetazo que lo tiraría de espaldas contra el tabique de tablas, cuando, sin decir nada, el Negro se para y parte a orinar. 

 

        Desde el rincón iluminado por un tubo fluorescente agotado que pulsa luz y tinieblas, José lo ve irse apurado abriéndose paso a topetones con los parroquianos que llenan el estrecho recinto de madera tinglada, sin pintar pero impregnada con los olores de machos ebrios, de vino, cerveza, humo, y alientos a tabaco con cebollas en escabeche. Rodeado por el bullicio y los cuerpos de conocidos del barrio que apretujados, sentados o de pie, beben botella o vaso en mano, se queda pensando, sobándose por anticipado el mentón. Desde donde está sentado, mira de reojo al dueño de la cantina, un hombre macizo, panzón, con cara de pocos amigos que desde hace rato no les pierde de vista.

 

        José, hace esfuerzos por ignorar el ruido y para entender lo que dice el pastor. Apianados, vibrando, los aleluyas de la congregación y los gritos de don Egidio se cuelan al interior de la cantina por las tablas en que tiene afirmada la espalda. Y mientras espera al Negro, rodeado por el familiar ruido de vasos, de botellas, de voces incoherentes, de risas desdentadas, de tangos arrabaleros y boleros llorones, inmerso en una masa humana que se agita, ríe, fuma y que bebe sin control buscando embotar sus pensamientos en el licor, José, con sus sentidos adormecidos, piensa en su hermana…

 

      Maria. Alma de Dios; fiel como un perro al bruto de su marido. Una vez más se repite a sí mismo que en su mano está evitar que el Negro le de una paliza. Y que bien vale el riesgo…
 
      Maria, le había dicho que esa misma noche, cuando el Negro llegara a casa, iba a darle la noticia de hacerse canuta. Sorpresa que su marido no se espera. Pese al riesgo personal que corre, José está resuelto a decírselo por anticipado. Eso si, lo hará cuando ya lo tenga bien curado. Antes de darle el golpe tiene que ablandarlo con un argumento contundente, capaz de desarmarle esa furia que tiene. Así, el golpe de vuelta del Negro no le llegaría tan fuerte. Conoce muy bien el lado blando de su cuñado: de los sentimientos de culpa que guarda hacia sus padres por una lista larga de deudas impagas y sin esperanza. Meterse en ese terreno, le puede costar un puñetazo de partida, por intruso. Pero se da coraje para no echar pié atrás porque tiene que cumplir: por su hermana, con Dios, consigo mismo… y si se puede, poniendo a la Virgen como mediante, lograr que el animal de su cuñado, junto con no golpear a su hermana, también cumpla la manda que le hizo.

 

       Se da valor con un trago directo de la botella. Y mientras el licor le baja por la garganta se la imagina en su día de bautizo: vestida de blanco, cubriendo con género los pecadillos corporales de adolescente que bien le conoce (pero no tantos como para enjuiciarla severamente). Su hermano sabe que ella, por gratitud, saldrá dispuesta a entregarse en cuerpo y alma a una nueva vida, como dice don Egidio: “vida de testigo de la Gloria y del Poder absolvedor de Jehová manifestado en cuerpo y en espíritu”.

 

         Absorto, no advierte que su cuñado está de vuelta hasta no sentirlo que se sienta a su lado.

 

       --¿Por qué estái con esa cara de alma perdida, José?... ¿Acaso te asustó don Egidio?
-Lo abraza de costado. ¡No me digai! ¡Qué! ¡Te acordaste de lo que mi mamá te dijo anoche sobre ‘el infierno de los curaos’ que predican en el culto!…

 

      --No, Negro. Es que estoy por hacerte una pregunta personal…, pero en serio, sin que lo tomes a la chacota-. Le llena el vaso de vino y se lo pasa.

 

      --¿Y pa’ hacer una pregunta tenís que poner esa cara?..., ¡aaah! Ya sé: que no podís pagar los tragos -le dice riendo. Sarcástico.
     
      --Me dijiste que soy tu invitado porque ando sin plata. Pero no es eso.

 

      --Entonces, ¿Qué?

 

      --A ver. Cómo te lo pregunto…, -se rasca la cabeza.  --Recién me decías que respetas mucho a tus viejos, que por eso no los tratas de Tu…

 

       --Ya te lo dije: porque pa’mi, mis viejos son sagraos. Vos sabís lo que dice la Biblia: “Respetarís a tu padre y a tu madre”, -enciende un cigarrillo.

 

        --Pero igual no les pagas. Como a la Virgen. Se queda mirándolo sin pestañear y le apunta con el dedo la medalla de la virgen de Lourdes que lleva al cuello. -¿Acaso te olvidaste de la manda que le hiciste, Negro?

 

         --¿Me vai a empezar a hueviarme de nuevo, José?... -trata de quedarse mirándolo fijo, pero la vista se le cae al vaso de vino que tiene en la mano.

 

     --¡No! Negro, te dije que estoy hablando en serio. ¡Qué!, ¿ya te olvidaste que la Virgen salvó a la María y la Evita nació sanita?

 

      --¡Cómo no me voy a acordar!... Deja el vaso en la banca, se echa hacia atrás, afirma la espalda en el tabique y estira los brazos para echar un bostezo fingido y se queda mirando hacia la puerta de entrada donde cuelga el parlante del amplificador de la cantina.
    
        José, con la punta del zapato haciendo un montoncito con colillas de cigarrillos pisoteadas y tierra suelta trata de encontrar la forma de entrar en materia. Se llena los pulmones de aire para tomar valor.

 

        --Negro, ¿no has pensado que es una falta de respeto a la Virgen tratarla de Tu?…, ¿y encima pedirle favores?

 

      --No. Porque toel el mundo tutea a la Virgen. ¡Vos sabís que a Dios, y a la Virgen, los curas también los tutean!

 

      --¿Y tú, crees que eso está bien?

 

      --Sí, porque toel mundo los trata así, con respeto, por confianza nomás, pero toos los tutiamos. Hasta los canutos los tutean, y más encima, toos le pedimos favores.

 

        --Y entonces, ¿por qué no tuteas a tus viejos, acaso ellos son más que Dios, y que la Virgen?

 

         --No. Pero ellos son mis padres, y ya te dije lo que manda la Biblia…  

 

          --¿Viste?, dices que los respetas porque no los tratas de Tú, pero te acuerdas de tus viejos solamente cuando los necesitas, ¿o no?  -Se pone de pié con dificultad, afirmándose con una mano en las tablas que vibran. Sentencioso le dice: --Y a la Virgen la estás tratando igualito, igualito como tratas a tus viejos. Con afectada gravedad llena su vaso con el resto de vino que queda en la botella e intenta beberlo de pié, al hacerlo, tambalea a punto de caerse encima de su cuñado y le salpica los pantalones.

 

          --¿Viste que ya te curaste, José? -se sacude y bebe el resto de un trago hasta dejar seco el vaso, se pone de pie como puede y lo coge del brazo. --Mejor vámonos antes que empecís de nuevo con tus sermones y le echís agua bendita al negocio de don Pancho. Mira que hace rato nos esta mirando con malos ojos. 

 

     Con un torpe movimiento de rechazo, José se vuelve hacia donde esta el dueño de la cantina y con el dedo le pide otra botella.

 

         – Otro tintolio pa’ la mesa.
 
         --¿Quién paga? –les pregunta con gesto hosco, la botella en la mano, como indeciso de entregársela y mirando fijo al Negro.

 

          --Póngalo a mi cuenta, nomás, don Pancho.

 

           --Que me pagas a fin de mes, sin atraso. ¡Y cuidadito con venir a armar desorden de nuevo!...

 

           --En eso están, don Pancho, -le dicen desde la banca del lado, riendo- en un ratito mas nomás, van a armarle camorra…

 

              --¡Que ni lo piensen! - Les dice mientras se aleja amarrándose las tiras del delantal de carnicero tenido con manchas de vino que le protege la panza.

 

            --Ven, Negro, hazte el leso. Siéntate.  Olvídate de lo que te dijo y hablemos en serio, -le hace espacio en la banca-, …y no te sigas haciendo el olvidadizo contigo mismo. A ver, dime de una vez por todas: ¿Por qué no cumples como hombre y te decides a pagar la manda que le hiciste a la Virgen?

 

              -- ¡Qué! ¿Acaso los curas te mandaron a cobrarme? -se apunta la sien derecha con el dedo índice-. ¡Aaah!... ¡Por eso empezaste por ahí con tus preguntitas! - Sube el tono de la voz y se sienta de un golpe. Enojado, la frente pegada al rostro de su cuñado, le grita entre dientes: --¿¡por qué no me decís la franca y te dejai de andar con rodeos, como los maricas!?...

 

             --No tienes pa’ que enojarte, Negro. Mira, fíjate como los vecinos están pendientes de nosotros por tus gritos. Si es una conversa nomás. Es que yo he estado pensando y pensando en lo que me dijeron anoche tu mamá y la María...

 

              --¿Se puede saber lo que te dijo la María? –Medio se levanta y le coge del cuello de la camisa-. ¡Mira que no le aguanto si tu hermana anda publicando cosas privadas de nosotros, menos las mías! ¿Me oíste?

 

              -- Cálmate, Negro; que estas disparando, -logra decirle, a tiempo que le coge el puño que lo amenaza y lo obliga a sentarse de vuelta.

 

               --¡¡Si van a armar camorra, les advierto que mejor se vayan a pelear a la calle!! - les grita don Pancho, golpeando la cubierta del mesón con los puños.

 

               --La María, me dijo que va a cumplir la manda que le hizo contigo a la Virgen. –José, le dice en voz baja y retrocede la cara-. ¡Y pa’ que sepas, mañana..., se va a bautizar de canuta!...

 

               --¿¡Qué!?... -en voz baja también pero con ira reprimida-, ¿que se va meter de canuta…, y  va a salir a predicar a la calle…, y a pregonar sus cosas en las esquinas? ¡Ah, no! Ahí si que no le aguanto, mira que..., -trata de levantarse, tambalea y cae sentado a media nalga en la punta de la banca.

 

      Los parroquianos que siguen alertas a la discusión, como la curadera se los permite, se callan para escuchar. Debajo de una mesa, el perro de Don Pancho para las orejas y se queda atento, con el hocico a medio llenar con un emparedado de tocino picante, todo entierrado, que ha recogido del suelo.  Por sobre los gritos del pastor y la música de la radio ven a José gritarle con rabia:

 

   -- ¡Qué!  ¿‘VOS’ le vas a prohibir que se haga canuta? ¿Acaso ella te prohíbe que fumes, que tomes, que le pidas plata a tus viejos y no les pagues? ¿Que ella te mantiene cuando no tienes pega?… ¡Y pa' peor, te aguanta que no cumplas la promesa que le hiciste a la Virgen de Lourdes!...,  -con dedo acusador le indica el corazón-. ¿Ya te olvidaste del favor que te hizo, Negro?... Mi hermana le hizo una promesa, la Evita nació sanita y ella se mejoro. Y pa' que resepas, la María se va a poner canuta. ¡Como tu mamá!…, -le golpea el pecho con la punta de los dedos-, ¡te guste, o no te guste!...

 

       --… ¿Y por que no me lo dijo a mí? -le pregunta en voz baja comenzando a lagrimear, conciente que los vecinos los observan silenciosos para no perderse ni una palabra-, ¿por que no me dijo a mi que se iba a meter de canuta?..., -en voz aun más baja, pero ofendido en su amor propio le reprende-, ¿acaso yo no soy su marido?...

 

        --¡Que la María no te lo ha dicho!..., que no te lo había dicho. ¡Getón!…, ¡si cuando hizo la manda, tú estabas borracho…, y prometiste llorando que no ibas a tomar más!
 

         El Negro se limpia las lágrimas y los mocos con la manga del suéter.

 

         --¡Acuérdate, Negro!..., cuando nació la Evita, fuiste con ella a prenderle velas de gracias a la Virgen. Pero en una semana, ya te habías olvidado de la manda que le hiciste. Y mira que con las cosas de Dios y de la Virgen no se juega. Dices que por respeto a la Biblia nunca has tuteado a tus viejos, pero si quieres les pagas..., -le toma la cara; hace el intento de mirarlo fijo a los ojos.

 

            --Negrito, pero a la Virgen no puedes…

 

           El Negro se echa hacia atrás, y tratando de evadirse de la vergüenza que siente, mira hacia donde está don Pancho quien los mira con sus ojos de policía jubilado. Con el dedo apunta a su cuñado. --¡Este cargante ya empezó de nuevo con sus sermones! –Y en voz alta, acusadora, de burla pública mezclada con desprecio, le amonesta de vuelta:- ¿Y qué me decís vos, que te criaste tuteando a Dios, metido entre las polleras de los curas? … y mira..., mira la maldad que te hizo el cura ese, y así y todo seguís con la cueca de los sermones…, y mírate como andái ahora: pasiándote de cantina en cantina, borracho, pidiendo fiado o esperando que alguien te ofrezcan un trago. ¡Buena piedra pa’ la honda que soy pa’ andar por ahí sermoneando a la gente!

 

         --Por eso mismo quería hablar contigo…, -le musita en voz baja y coge la botella casi vacía. --La María, dice que si tú y yo nos queremos salvar, mañana nos lleva al culto pa’ que Don Egidio nos bautice…, y nos encomiende en las manos de Dios… Y así, tú le pagas la manda que le debes a la Virgen...

 

           Con las manos temblando por el temor a la explosión de furia de su cuñado y la mente embotada por el sopor del licor, José derrama un chorro de vino sobre la banca al llenar los vasos vacíos que les separan. Se afirma en el hombro del Negro.
 
           --Yo lo he estado pensando y dándole vueltas a lo que me dijo la María… Cierra un ojo tratando de enfocar la imagen doble de su cuñado que entre su curadera lo mira perplejo, con la mandíbula caída, doblemente desorientado por la sorpresa…

 

          -- Con sus prédicas, Don Egidio se dio vuelta a tu madre, y tu madre se dio vuelta  a mi hermana. Y ella se va a hacer canuta. ¡Pero el lío es que la María no se da cuenta que los canutos no comulgan con la Virgen, pos!...

 

           …¿Qué piensas tú, Negrito?...

 

             Desde el culto se escuchan los últimos cánticos de la congregación evangélica. Y ahora son las alabanzas a Dios las que se imponen por sobre los murmullos, balbuceos y risitas incoherentes de los parroquianos que brindan a la salud de sus vecinos quienes, confundidos bajo el pulsar de luz y sombras, lloran abrazados.
               
                              
                                                             FIN

 

 

                                  Sergio Bustamante,                   
                         Sheffield, marzo, 2008

 

                              

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Comentarios:

Escrito por: sumysel       11/05/08 19:58
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Muy bien narrado. Me vi dentro de la cantina "Don Pancho", observando en silencio como terminaba el asunto entre los protagonistas.
ja, ja...muy bien, Sergio.
Un abrazo
Escrito por: ricardo48       11/05/08 03:51
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Me gusto el relato tiene buenas descripciones llevando al lector a ambientarse en un escenario pintado de maravillas
Los diálogos están bien trabajados hasta creí estar en la cantina.
Felicidades compañero disfrute de la lectura.
Muchas gracias.
Un abrazo
Escrito por: Pamy       10/05/08 23:48
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Muy bueno!!!, excelente narracion y entretenida historia! un abrazo desde N Jersey amigo!
Pam.
Páginas: 1

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