Miro el paisaje desde las alturas, a lo lejos veo muchos árboles meciéndose con un fuerte viento que a mí no me llega más que como una leve brisa que acaricia mi rostro; veo la barda montañosa que todo lo rodea y un reflejo en el paisaje me dice que por allí corre el río; del otro lado crecen manzanares que distingo rojos, pues estamos en época. Pienso en el hijo que ya no tengo y los colores que me rodean se vuelven grises, opacos; el paisaje se desdibuja fantasmal; la brisa se torna gélida y me doy cuenta que cerca de mí todo es cemento, insensible cemento; que todo lo realmente vivo está muy lejos. Cierro lo ojos y esta vez el paso es hacia adelante, tu ausencia se me ha hecho insoportable. El paisaje se acelera, la vista lejana se funde con la cercana; no hay miedo; "es un instante" pienso, pero se hace más largo de lo que esperaba. Me doy cuenta de que no es cierto lo que dicen: la vida no pasa frente a ti como una película; solo hay un cúmulo de imágenes incoherentes y anacrónicas que bailan alocadas en la mente. Golpeo contra el suelo con un grotesco rebote, la muerte no es instantánea como le la imaginé; en mi retina se congela la última visión de un mundo horizontalizado. Me elevo lentamente en los primeros instantes, luego con velocidad, doy una vuelta en el aire buscando elevarme más y veo mi cadáver rodeado de curiosos...y no me importa. Me siento a años luz de todo lo humano, de todo lo que me ataba al mundo, ahora solo pienso en él, en mi hijo, en encontrarlo y abrazarlo, no le temo al infierno, sé que no existe en la muerte para los que lo padecimos en vida.