


| Escritor: | tylerdurden |
| Públicado: | 01/08/2011 |
Sergio quería a Paula. Eso lo tenemos claro. Pero no la amaba.
Se conocieron hace nueve años. Llevaban siete en pareja y dos casados pero ya no estaban a gusto. Al menos Sergio.
La rutina se había adherido a su cuerpo como la arena de la playa en los tobillos mojados y no había manera de sacudirla. Al menos Sergio no la había encontrado.
Quería dejarla pero no quería hacerle daño y ese trance se presentaba extremadamente complicado. Más de lo que el tímido Sergio estaba dispuesto a digerir.
Reunió al Consejo de Sabios y expuso el tema. Los Sabios eran sus tres amigos del alma. Amigos de fútbol dominguero y juergas furtivas. Es curioso como a veces, ante un mismo dilema, cada uno vemos el problema desde diferentes perspectivas y de la misma manera, encontramos soluciones distintas para solucionarlo.
-¡Engáñala con otra mujer!- dijo el primero mientras apuraba una cerveza y con la otra mano levantaba el dedo índice pidiendo otra más de lo mismo.
Se disolvió el grupo y Sergio se puso manos a la obra, aunque en seguida se dio cuenta de que eso sería imposible. No quería engañarla porque engañarla a ella, en el fondo, era engañarse así mismo. Salieron los cuatro a intentarlo pero no hubo manera. La que no era muy alta, era muy baja. La que no era muy guapa, era muy fea y la que no, le recordaba a Paula y era volver a caer en lo mismo. Aquello no podía ser.
Se volvió a reunir el grupo y hablo el segundo Sabio.
-¡Trátala mal y que ella te deje a ti!- dijo mientras con la mano levantada pedía otra ronda del brebaje inspirador.
Dicho y hecho. Llegó a casa y abrió la puerta de la calle. Mientras esperaba el ascensor buscó motivos para malhumorarse y tratar mal a Paula, pero mientras veía su rostro reflejado difuminadamente en el acero de la caja que le subía a su casa no encontró ninguno.
Cuando tuvo delante a Paula se dio cuenta de que aquello sería imposible. Ella le recibió como siempre. Un beso en la mejilla y un qué tal te ha ido el día. Por un momento se imaginó lanzando la bolsa con la ropa sucia del fútbol contra la televisión y dando una violenta patada a la mesa, ya puesta antes de que el llegara. Derribando las copas de vino tinto y lanzando por los aires la ensalada. Manchando las cortinas y el cuadro que les había regalado su suegra.
Pero no fue capaz y resolvió el trance con un bien cariño, como siempre. En ese momento deshechó la segunda opción.
Volvieron a reunirse los Sabios la semana siguiente. Reunidos ante varias cervezas todos esperaban oir hablar al tercero. Al que quedaba por hablar. Por fuerza era el que tenía la clave. La solución al problema. Apuró su cerveza y todavía con espuma en los labios se acercó a Sergio. Le puso la mano sobre el hombro y todos acercaron sus cabezas para no perderse nada de la gran solución.
-¡Mátala!- Fue lo único que dijo y retiró su cabeza a la posición inicial. Muy lentamente. Como si le costara mucho hacerlo. El resto hizo retorceder sus cabezas a la misma velocidad. Nadie dijo nada. Nadie pidió otra cerveza.
Esa noche, mientras Paula dormía, Sergio tenía los ojos clavados en el techo.
Como no se me habrá ocurrido a mi, pensaba. Es la solución ideal. No había sido capaz de serle infiel ni maltratarla pero veía la muerte como una opción razonable. Ahora sólo faltaba pensar la manera de hacerlo sin incriminarse y ensayar una cara compungida creíble para el día del entierro. Si no la hacía sufrir y no la maltrataba, todo iría bien.
Cada año Sergio y Paula se hacían un regalo por su aniversario. Señalaban la fecha en el calendario y preparaban con esmero ese día. Sergio decidió darle una sorpresa a Paula. La montó a primera hora en el coche. Después de dos horas le pidió que se vendara los ojos. Cuando los abrió, estaba delante de un pequeño avión amarillo con pegatinas blancas. Dos tipos con grandes jorobas les estaban esperando. Subieron al avión con intención de alcanzar los diez mil metros de altura. La sorpresa era tirarse juntos en paracaídas. Ella le abrazó emocionada. El se emocionó al verla tan contenta.
A cinco mil metros de altura él se empezó a encontrar mal y con la excusa de retirarse a un lado para vomitar, cortó las cuerdas del paracaídas de Paula. A nueve mil metros ya estaban los cuatro en la puerta de salida, agarrados a la fría barra metálica que los separaba de la atmósfera. A diez mil pies se dispusieron a saltar. Ella lo haría primero.
Antes de dar el gran salto, ella se giró. Le dio un fuerte beso y gritando lo que pudo le dijo: yo también tengo una sorpresa para ti, estoy embarazada.
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