El Romeo y la Violeta

ROMEO Y VIOLETA

 
La vibrante esquina de mi niñez y adolescencia, ese lugar de encuentro o de refugio donde crecimos juntos mis amigos y yo, ya no es la misma. Esa esquina fue nuestro campo de diversión, cancha de fútbol, arena artística, lugar de recogimiento y de largas conversaciones sentadas a la sombra del álamo donde compartíamos el pan duro y los dramas cotidianos de nuestros hogares. Los años, la vida, la llegada al barrio de Violeta y Romeo, sumada a la urbanización de las calles, contribuyeron a destruir aquel pequeño mundo nuestro. Y de nosotros, prácticamente hoy no quedan rastros, sólo las memorias.

        Mientras íbamos dejando atrás la adolescencia, y la vida de adultos comenzaba a desperdigarnos a los cuatro vientos, llegó la urbanización y lentamente se fue estableciendo en nuestro barrio hasta terminar cambiándolo por completo. Primero aparecieron las veredas de cemento, luego el alcantarillado y finalmente llegó el asfalto. Cuando la ingeniería del progreso llegó a nuestra población, como por decreto supremo fueron desapareciendo los árboles, el pasto, el polvo, las piedras, el barro, los charcos, el hielo y las inundaciones de nuestras calles. A medida que los antiguos propietarios iban muriendo de viejos, sus terrenos fueron siendo parcelados en sitios para la venta. Entonces nuestro vecindario fue invadido por personas desconocidas, gente que demolió las casas viejas -construidas de adobes con techo de tejas y ranchitos de madera con techo de fonolas-, y las reemplazaron por casitas de ladrillo parado con techo de zinc. Estas flamantes propiedades de ahora están protegidas por perros y murallas con alambres de púa..., y dentro, los niños crecen separados, jugando en la soledad de sus patios.

De la esquina nuestra sobreviven solamente los postes eléctricos y el negocio de la esquina. El almacén de Don Coté, que comenzó como un bolichito esquinero con olor a mercadería, frutas y verduras mezcladas con olor a perro, a carbón, leña y parafina, ahora es un pequeño ‘mini mercado’ olorosito a pan y a detergentes para lavar. En el terreno donde estaban la muralla de zarzamoras, el álamo y el ranchito de la Charito y Don Galvez , construyeron una botillería anexa, -negocio muy concurrido que es parte complementaria  del original Almacén “La Rebequita”-, y que hoy mantiene el nombre pero con un moderno y estupendo título agregado.    

A nuestra esquina le falta la vitalidad, la espontaneidad y la sana alegría que nosotros le dimos. Ya no es la misma sin los partidos de cinco por lado hasta que oscureciera, sin los gritos de gol, ni nuestras risas, y sin las canciones que cantábamos a grito pelado y golpetería de tarros cuya estridencia ponía a prueba hasta el límite la paciencia de los pocos vecinos que vivían en el barrio en aquel entonces. Ahora nuestra esquina le pertenece a otro grupo de jóvenes tan bulliciosos como éramos nosotros pero cuya distracción favorita es juntarse a tomar cerveza sentados en la vereda importunando a los vecinos pidiéndoles un pucho o unos pesitos para sus gustos y poniendo caras de pocos amigos si no se les da algo. Al final de sus tertulias de amanecida dejan la esquina decorada con botellas quebradas y colillas de cigarrillos baratos –como eran las que nosotros dejábamos-, pero contaminadas son substancias extrañas.

Éramos diez muchachos y una loca que habíamos crecido juntos queriéndonos como hermanos, aunque  hermanos de distintas familias: Manelo, el mayor, centro delantero y estupendo goleador del Club ‘Barrabases’, hincha del ‘Colo Colo’ y admirador de Jorge Robledo; El Elvis, que se peinaba, vestía, caminaba, y cantaba imitando a Elvis Presley aunque no sabia decir ni ‘hola’ en inglés. Murió alcoholizado; Mario Aedo, el más atractivo del grupo, hijo natural de Doña Hortensia con un tipo rico que llegaba en un auto negro a verlo sólo en las Navidades y le traía regalos espectaculares que la mamá no lo dejaba sacar a la calle. Ahora también llega en auto a ver a su madre, pero no mira a nadie; Roberto y Chilico, dos hermanos desaparecidos a quienes los mataron los milicos; Mario Flores, que salía por el barrio con sus cabras vendiendo leche fresca y calentita –al pié de la cabra-, muy apetecida como suplemento alimenticio para los niños, las madres embarazadas y los viejitos enfermos; Juanito el Organillero y su hermano menor, el Ángel que pasaba el platillo, quién, además de tener una memoria de elefante, no le paraba la lengua y fue, tal vez por eso, que llegó a ser comentarista deportivo en la radio Cervantes; Nacho, hijo adoptivo y huérfano -‘el Huacho’, lo llamaba su hermanastra-,  se lo pasaba estudiando con nosotros un Código de Procedimiento Legal todo deshojado, obsesionado por entablarle un juicio porque con su marido le negaban sus derechos de herencia a la casa y al terreno de quienes habían sido sus padres adoptivos. Como no pudo hacerles juicio y ellos iban a vender la casa, se suicidó a los veintidós años colgándose del ciruelo que tenían en el patio; El más joven era la Cuca. A esté -o ésta-, no lo dejábamos jugar a la pelota con nosotros porque además de ser muy chico de porte, era homosexual y además se creía una señorita delicada. Por todo gritaba como loca, hasta cuando ‘su Manelo’ hacía goles aunque fuera contra su propio equipo. La Cuca era súper bromista, chismosa, coqueta y camorrera con quien fuera, excepto con Manelo. Llegó a ser una de las más populares bailarinas piluchas del ’Bim Bam Bum’; y ‘el Calambrito’ (yo, por lo largo y flaco) hincha de la Católica, arquero de baja categoría pero que hacía todo lo posible por emular al Sapo Livingston cuando Manelo se entrenaba a patear penales conmigo en el Estadio Zambrano.

Por distintas razones, el Manelo y yo hacíamos buena pierna: el alimentando sus naturales celos de hermano y yo mi envidia contra el Mario Aedo, ambos con la tenebrosa sospecha de que se estaba comiendo a la Ana, o la Ana, que era peluquera, le estaba haciendo la permanente. Nosotros dos, roídos por la sospecha, y ellos dos comiéndose uno al otro por debajo de la mesa, éramos dinamita pura, pero sin mecha...

Romeo llegó al grupo más por necesidad que por sincero interés de hacerse amigo nuestro, eso es cierto, y nosotros lo acogimos por curiosidad por un lado y por completar los once jugadores que necesitábamos para formar un equipo y fundar un club de fútbol. Comenzó a aparecer por la esquina dando vueltas en su bicicleta poco después que Violeta se cambió al barrio. Una tarde de tarrería y cumbias de la ‘La Sonora Matancera’, Romeo se acercó con su bicicleta, la afirmó en el poste de la luz y se sentó en el suelo, al lado de la Cuca. Y como a la Cuca le gustó, y a nosotros nos ofreció cigarrillos ‘Camel’, desde ese momento, sin preguntarle quién era ni donde vivía, lo adoptamos como amigo y por meses pasó a ser parte de nuestro grupo sin nosotros imaginarnos que su interés no era nuestra amistad, ni nuestra música, si no que andaba detrás de Violeta.

Lo que llegamos a saber sobre Violeta es muy poco ya que ninguno de nosotros estaba a ‘su altura’ para hacernos amigos de ella. Mientras compraban donde Don Coté, las viejas comentaban sobre Violeta –nombrándola con diminutivo, como acostumbraban llamar a todas las pobres víctimas que a diario descueraban a vista y paciencia    nuestra-, ‘Violetita, era la pobre hija de un tipo que había tenido mucha plata pero que se había quedado en la calle jugando a la ruleta en el casino, y Don Ramirito, que era medio pariente de su mamá, de puro buen corazón, les había pasado gratis el ranchito donde vivían’.

Su casa, mejor dicho, la mejora donde vivía Violeta con su mamá y su hermana menor, estaba como a veinte metros de la esquina, y el sitio donde nos juntábamos a cantar -frente al poste de la luz- era el lugar más estratégico y bien ubicado para espiarla si uno tenía interés en ella, con la ventaja de que, si en algo le interesábamos -fuera de día, o de noche-, Violeta también podía vernos a nosotros.

De Romeo sabíamos que estaba estudiando en el Liceo Juan Antonio Ríos, el mismo Liceo adonde ese año habían matriculado a Violeta, (eso vinimos a saberlo después por la Cuca). El papá de Romeo era medio italiano, medio argentino, o medio chileno -según como se mirara-, chofer de categoría y hombre de confianza de un potentado argentino, dueño de varias minas de oro en el norte. Tanto Romeo como su papá eran fanáticos por las carreras de autos y su corredor favorito era el campeón chileno, Lorenzo Varoli. Con Romeo aprendimos sobre geografía mirando revistas con fotos y mapas de los lugares donde se corrían las carreras de autos Fórmula Uno. Por él llegamos a familiarizarnos con los colores y las marcas de los autos, nos hicimos expertos en cilindrajes, aprendimos de memoria los nombres de los corredores más famosos, sobre los ganadores de circuitos y campeones, incluyendo las velocidades, tiempos y nombre de los trofeos que disputaban. Pero por sobre todo, nos dejaba con la boca abierta cada vez que nos contaba las maravillas de lujo, prestigio, precio y tecnología de punta Alfa Romeo: La marca clásica del auto exclusivo que manejaba su papá.

Durante los meses que Romeo fue nuestro amigo, jamás nunca nos dijo que andaba detrás de Violeta. Si hubiera sido franco con nosotros, tal vez hasta lo habríamos ayudado de alguna forma y todo habría sido distinto. Pero Ése, para él, era Su secreto. ‘Su secreto’ pasó a ser una afrenta, un quiebre de confianza mutua, y llegó el momento en que su persona comenzó a originar serios problemas de relaciones entre nosotros. Al poco tiempo de su llegada al grupo –y sin que el moviera un dedo por estimularlo-, en el grupo comenzaron a florecer celos, deslealtades y despechos cuyo foco central era él. Por su culpa, la esquina llegó a transformarse en un virtual campo de batalla. Y la animosidad logró llegar hasta un punto tal que bastó descubrir que Romeo secretamente andaba detrás de Violeta para justificar una revancha, justa o no, con la cual se pretendía ajustarle cuentas. Y al final, la revancha resultó más fatal para nosotros que para él. 

Desde la llegada de Romeo al grupo, todo parecía marchar muchísimo mejor que de costumbre entre nosotros: jugábamos a la pelota, cantábamos, nos reiamos, teniamos temas interesantes de que conversar y ademas, él nos había enseñado a manejar su bicicleta. También nos trajo una pelota nuevecita del cinco, oficial, de marca, para reemplazar la pesada pelota de cuero de chancho que nosotros, años atrás, le habíamos expropiado al Club Vicuña Rozas -en un descuido del utilero-, cuando disputaban las finales del campeonato de la Liga Quinta Normal en el Estadio Zambrano. Con tanto progreso que nos había traído, sólo fueron suficientes unas semanas para que Romeo se hiciera irreemplazable y que nuestra amistad con él se consolidara. Con pelota nueva, todos sabiendo andar en bicicleta, expertos en carreras de autos y con un amigo como Romeo, quien nos convidaba ‘Camels’ como si fueran calugas, nuestro grupo cambió de categoría porque tenía clase, y por primera vez en nuestra historia alguien mostró méritos suficientes como para ser considerado el líder indiscutible del grupo. Y eso fue..., dinamita pura con la mecha puesta...

Y quién prendió la mecha, fue la hermana de Manelo. Sorpresivamente, la Ana comenzó a acercarse al grupo y junto con la Cuca se quedaba como una espectadora casual interesada en mirar como jugaba su hermano.  Pero en realidad, su razón de aparecerse por la esquina era que le había gustado Romeo. Mario Aedo creyó que la Ana venía para mirarlo a él, y de puro fantoche se hizo un exhibicionista de mala muerte, comilón de pelota, reclamador, y sin ningún mérito personal ni futbolístico, frente a ella llegó a auto-proclamarse capitán y estratega de su equipo. Ninguno de nosotros se dio cuenta que la Ana andaba a la vuelta de la laucha, con el ojo puesto en Romeo. Romeo, que decía tener una tía cerca del barrio, después de las clases venía a juntarse con nosotros dos o tres veces a la semana y se iba cuando oscurecía. Los domingos no se aparecía, pero llegaba sagradamente cada sábado por medio. Y la Ana comenzó a pegarse en la esquina cada sábado por medio. Del brazo y cuchicheando con la Cuca, sin acercarse mucho, disimuladamente, cabeza gacha, de reojo, con ojos de gata hambrienta y con toda su felinidad alerta, la Ana esperaba el momento oportuno para saltar sobre Romeo, atraparlo como a Mario Aedo, y devorárselo pedacito a pedacito.

Los domingos y los sábados que no eran de por medio, la Ana se lo pasaba acicalándose frente al espejo escuchando música, radioteatros y comedias con la Cuca, su nueva confidenta. Cuando ambas palomas no se aparecían por la esquina, Mario Aedo se chupaba. No quería jugar -que le dolía la rodilla, que estaba cansado, que hacía mucho calor, y cosas así. Creo que fue durante uno de aquellos estados de ánimo intermitentes de macho frustrado, cuando Mario Aedo vio pasar a Violeta que iba de compras al almacén con su hermana, y por un instante se cruzaron sus miradas -cosa bastante rara, porque siempre pasaba sin mirar a nadie. Mario Aedo se creía el matador del barrio por haber logrado conquistarse a la Ana, pero el gusanito del despecho lo engañó por partida doble cuando se le metió en cabeza que Violeta le había hecho ojitos. Y se le ocurrió la mala idea de comentarlo con..., Romeo. Entonces, el líder del grupo vio a Mario como un potencial rival, y para bajarle los humos decidió utilizar a la Ana, y para eso inventó la ‘inocente’ historia de enseñarle a andar en bicicleta. Y lo hizo a propósito, sabiendo de partida las inevitables implicancias de intimidades, risitas, empujones y apretones que iban a ser parte del juego, y los dos, con la Cuca entremedio haciéndoles barra, comenzaron a practicarlo descaradamente a vista y paciencia nuestra y del Mario Aedo.

Por su parte, la Ana interpretó las clases como un avance amoroso de Romeo y haciéndose la torpe, por todos los medios a su alcance hacía lo posible por estirarlas cuanto más se podía. Mario Aedo, temiendo perder pan y pedazo con la Ana, expuesto a quedar en ridículo frente al resto y picado en el amor propio, un día no aguantó más, y sin decir esta boca es mía volteó de un puñete a Romeo que cayó sangrando al suelo, con los ojos rojos de furia agarró a la Ana y a tirones la bajó de la bicicleta. Manelo, enfurecido, se fue contra Mario. Nosotros nos metimos tratando de separarlos pero el daño ya estaba hecho. La Cuca enredó aún más la disputa echándole leña al fuego en favor de la Ana y de Romeo. Nos involucró a Mario, a mí por no defender a la Ana, a Manelo que la empujó cuando se metió en el medio, al Nacho que no la paró cuando estaba indefensa en medio de los pisotones, etc, etc... Y entre copuchas de la Cuca y dimes que te diré entre nosotros, nuestro grupo empezó a perder la cabeza en estúpidas rencillas tomando partido a favor o en contra, argumentando con acusaciones, empujones e insultos personales que luego se extendieron al plano íntimo y familiar, cosa que jamás habíamos tocado hasta entonces. Sin darnos cuenta, por una triple movida chueca de Romeo, Mario y Ana (sin considerar la contribución de la Cuca), se nos armó un enredo padre.

Pasaron dos semanas sin que Romeo se apareciera por la esquina. Sin líder –ni ‘Camels’-, ni historias fantásticas de automovilismo y con nuestra amistad paralizada  por animosidades seguíamos juntándonos sólo por inercia, taciturnos, sin que nos animara ni una mínima chispa de vida, o los partidos de fútbol terminaban en peleas. Para colmo de los colmos, mientras Romeo estaba ausente, Violeta comenzó a comprar el pan en el negocio de Don Coté. Y por fin, viéndola pasar tan cerca nuestro -aunque por unos minutos apenas-, al igual que Romeo, quedamos embrujados por ella: por su carita de manzana, redonda, pecosita, con un hoyito en su pera; por sus ojitos verdes soñadores; su boquita pequeña y coloradita; su pelo crespito encendido como fuego dorado; y su cuerpito menudo, llenito, apretadito contra el uniforme azul de colegiala, ¡y esa manera suya de caminar!...

Juntos por un propósito común pero desconectados unos de otros, nuestra condición enamoradiza se concentró en esperar el momento de ver aparecer a Violeta quién, como a propósito, salía a comprar el pan de las onces en uniforme de colegio, lo cual resultaba desastroso para nuestras hormonas en estado de suspensión alterada. Para colmo, tomó la costumbre de sentarse a leer con su hermana chica a la sombra del castaño, donde todos la viéramos. Creo que cada uno de nosotros terminamos enamorados de Violeta aunque no lo quisiéramos reconocer públicamente. Mi enamoramiento con la Ana terminó cuando me di cuenta que tenía la cara más larga que ancha, una boca demasiado grande y con los dientes más largos de lo corriente, con el pelo negro tenido rubio y rizado a la fuerza con fierros calientes, y con unos ojos negrísimos, que despedían fuego. Definitivamente, la Ana tenía una cara de yegua salvaje, rústica, indomable, imposible de comparar con la incomparable, pura y serena belleza de Violeta, mi amor naciente, mejor dicho: nuestro común amor inalcanzable. Cada uno de nosotros nos consumíamos en un amor desesperanzado, sabiendo que nuestro amor por ella era un amor imposible. 

Fue durante al ausencia de Romeo que entró en juego la famosa, certera, implacable y torcida intuición ‘femenina’ de la Cuca. Ella se dio cuenta que Violeta se había hecho una rutina salir a comprar el pan pero no lo asoció con la ausencia de Romeo, si no con la infaltable presencia de Mario Aedo frente al negocio a esa hora, y se lo llevó como chisme a la Ana. Y las dos juntas, potenciales viejas conventilleras en busca de cahuines, comenzaron a instalarse en la esquina para vigilarla cuando pasaba y también para observar la reacción de Mario Aedo y así confirmarse si la Cuca tenía razón de sospechar de los dos. Mario, en este caso la víctima de sus sospechas, estaba metido en un pozo emocional sin fondo del cual no sabía como salir porque junto con alimentar esperanzas de romances quiméricos con Violeta, luchaba a la vez consigo mismo por mantener amarrados los lazos carnales -ya demasiado apretados-, que lo tenían atado al destino de la Ana.

Estaban así las cosas, cuando Romeo apareció de vuelta por la esquina, venía con el ojo en tinta, y llegó poco antes que Violeta pasara a comprar el pan. Tal fue la sorpresa de ambos cuando se vieron, que la verdad nos cayó a todos como un rayo fulminante, o como un balde de agua fría... Cuando Violeta vio a Romeo, apuró el paso, coloradita, con las mejillas encendidas, le tiritaba el hoyito de la pera, y bajó la vista, como para evitar detenerse y echarle los brazos encima y cubrirlo de besos. Romeo quedó como una estatua, rígido, blanco como de mármol, con la boca abierta de alguien a quien se le escapa el espíritu. Como impresos en una fotografía de grupo me quedaron grabadas las expresiones de estupor, horror, envidia, celos, frustración, desencanto, desconsuelo, despecho y de nostalgias anticipadas que en ese instante vi -como propias- aflorar en cada rostro de mis amigos: Romeo y Violeta se amaban. Y el amor de ellos era tan intenso, como temerosa para ambos había sido la incertidumbre de no saber si tanto amor era correspondido.

En silencio nos fuimos yendo sin decir palabra porque no había nada que decirse. Y Romeo se quedó sólo, afirmado en el poste con la vista clavada en el ranchito de Violeta..., -así me lo imagino. Quienes no se quedaron tranquilas, fueron la Ana y la Cuca. Con la perversidad propia de dos hembras despechadas, sobre la carrera inventaron una revancha cruel, disfrazada de broma, con la cual golpear el flanco más fuerte pero a la vez, el más débil de Romeo.

Al día siguiente -fue un día sábado por medio-, tuve que ir a comprar el pan del desayuno al negocio de Don Coté. Allí estaban Doña Pancha con la Chela. Ahogadas por la copucha y con lujo de detalles se contaban la primera del día:--‘Fíjese que el fin de mes, en dos semanas más, la ‘Violetita’ y su familia se van del barrio porque no pueden soportar pasar el invierno metidas en el barro’.
 
No quise escuchar más. Con el corazón destrozado, tratando de olvidar, me quedé todo el día encerrado en mi pieza escuchando tangos y boleros. Tenía ganas de llorar y esa música triste era el mejor pretexto para desahogarme en lágrimas. Cuando llegó la hora de la siesta., salí como un fantasma en vela a dar una vuelta a la esquina. Allí no había ni un alma a la vista. Estaba vacía y triste. El rancho de Violeta me pareció vacío, tan vacío como yo me sentía... Desconsolado, con una pena de funeral volví a encerrarme en mi pieza... Estaba anocheciendo cuando Romeo golpeó la puerta. Venía colorado como si hubiera corrido la maratón, o como si se hubiera arrancado de los pacos. Fue derecho al grano.

 --Calambrito, ¿dónde esta el ‘rincón de los cartuchos’? -Me preguntó a boca de jarro.
---En la Plaza Beza -le dije-, ése es el lado de la plaza donde está la cancha de baby-fútbol. Allí se juntan a pololear los cabros jóvenes. Al otro lado, donde hay más árboles y está más oscuro, se juntan los otros, tu sabís pa’ qué...

En ese momento me imaginé a la Ana comiéndose al Mario Aedo en el ‘Hotel de los cacheros’ -y pensé:--¿No será que la Ana? ... No. Si fuera la Ana lo habría citado en la parte oscura.

--¿Y pa’ qué quieres saber donde está el ‘rincón de los cartuchos’, acaso tienes alguna cita?

--Mira, -me dijo- y me pasó un papelito rosado con flores estampadas y olor a colonia de mujer: Romeo, necesito verte urgente porque nos cambiamos de casa. Te espero mañana a las 7.00. En el Rincón de los Cartuchos. VIOLETA.

De inmediato me di cuenta que la cartita escondía algo siniestro para Romeo porque estaba escrita con la elegante letra de Liceo Comercial de la Cuca. Estuve a punto de preguntarle quién se lo había dado para ponerlo en guardia, pero más que mis escrúpulos pudo la curiosidad, y también el despecho que me estaba costando lágrimas de sangre, (como en el tango).

--Por favor, Calambrito, no se lo digas a nadie. Prométeme como hombre que me vas a guardar el secreto, - me suplicó juntando las manos, como si yo hubiera sido el Santo de su credo.

--Y guardé el secreto, como le prometí. Pero al día siguiente, apenas oscureció, me fui a instalar entre los árboles del ‘Hotel’ para ver que pasaba. No llevaba mucho rato allí, cuando sigilosamente comenzaron a llegar, primero la Ana con el Nacho, después el Mario Flores, el Elvis, Juanito y el Ángel.  En el indigno silencio de los cómplices de un crimen, sintiéndome parte de una conspiración asesina, con la garganta seca de repugnancia y el corazón saltando de alegría por ver la revancha que se le iba a cobrar a Romeo, me quedé quietecito escondido detrás de mi árbol, ajeno a los calladitos quejidos de gozo que provenían de un árbol vecino. Los minutos se me estaban haciendo una eternidad cuando por fin apareció Romeo. Lo vi cruzar la plaza con paso tímido, mirando para uno y otro lado. En la distancia y bajo la mezquina iluminación de los faroles vimos a Romeo que vestido con su mejor pinta, más buen mozo que nunca y seguramente bien bañado y perfumado, desaparecía en la semioscuridad del rincón de los ‘cartuchos’.

La pareja vecina estaba gozando de los postres de las siete y media, y yo estaba a punto de irme para la casa, cuando desde un costado mal iluminado veo aparecer a la Violeta vestida de colegiala, con un pañuelo cubriéndole el pelo y caminando con dificultades por los tacones altos. Con paso inseguro pasó en dirección al lado oscuro donde Romeo estaba esperándola. No sé si pasó un minuto, o una eternidad, cuando un grito de pánico y socorro de la Cuca sacudió la tranquilidad de la plaza, (de paso interrumpiendo el postre de mis vecinos) y vi pasar a Romeo hecho un peo esquivando árboles, corriendo como alma que se lleva el diablo por Vicuña Rozas en dirección a Buenos Aires. Corrimos a socorrer a la Cuca que estaba tirada en el suelo, con la peluca y el pañuelo sueltos colgándole del cuello, y gritando como solo ella sabía gritar. En una mano tenía un ramo de claveles rojos y estaba abrazada a una caja de chocolates como esas que se veían en las revistas de autos que nos traía Romeo. Esa noche nos quedamos hasta tarde compartiendo risas nerviosas mientras la Ana gozaba su revancha consolando a la Cuca con los chocolates de Violeta:--éste para mí, éste para ti. Hasta terminarlos todos.

El lunes, la Ana amaneció con vómitos de tanto comer chocolates y se pasó casi toda la semana con náuseas y más vómitos. Romeo no se apareció. Y curiosamente, Violeta tampoco, lo que fue un respiro para nosotros quienes, al igual que la Ana, estábamos enfermos no por los chocolates, si no de amores no correspondidos.

Romeo no se apareció por la esquina ni el lunes, ni el martes, ni el miércoles de la semana siguiente. Cosa extraña porque quedaban solamente tres días para que Violeta se fuera del barrio. Como zombis estábamos parados en la esquina para ver por última vez a nuestra dulce y cruel torturadora, cuando vemos pasar a Romeo por la vereda del frente en dirección a la casa de Violeta. Iba disfrazado con una pinta tan bonita que parecía actor de cine con su pelo crespo peinado a lo romano. Llevaba un enorme ramo de flores rojas y una caja de chocolates más grande que la otra que se habían comido la Ana con la Cuca. A pesar del frío y de la lluvia, por horas esperamos apelotonados en la entrada del negocio de don Coté, cada uno suplicando a su manera, rogando que lo hicieran salir a empujones, ojala con un puntapié en el culo. La espera fue en vano, porque estaba comenzando a oscurecer cuando de pronto vimos aparecer un auto
-igualito a como Romeo nos contaba que era el auto del patrón de su papá-, que sorteando hoyos entró por Leonor de Cortes y se fue a parar justo frente a la casa de Violeta. Y tuvimos que esperar unos minutos que se hacían siglos hasta ver salir a Romeo y Violeta vestidos de gala. Se subieron al auto, el papá se los llevó... y aquí termina la historia.

Bueno, la historia no termina aquí realmente porque es de suponer que Romeo y Violeta se casaron, tuvieron hartos críos y deben ser muy felices. Por nuestra parte, desde ese día dejamos de juntarnos como grupo y los cabros más chicos terminaron por adueñarse de la esquina. Y de a uno en uno, poco a poco, fuimos emigrando a otros barrios.

Epílogo:
Después que se fue Violeta, a la Ana la llevaron al hospital por las molestias al estómago, le hicieron exámenes y descubrieron que su enfermedad no era consecuencia de haber comido chocolates sofisticados como se creía. El Manelo agarró al Mario Aedo del cogote y no sé como lo convenció, lo cierto es que se casaron antes que la Ana tuviera la guagua, y según comentan las lenguas de víbora:-- dicen que ahora tienen media docena de críos; que ‘Marito’ viene a ver a su mamá en un auto que da miedo...                                        Y fíjese que no trae a su familia. ¿Va creer usted que de puro creído no saluda a nadie? ¿Ni a los vecinos que lo conocemos desde cuando era niño y se lo pasaba en la esquina perdiendo su tiempo con esa patota de ociosos?

   

                                    FIN



Sergio Bustamante.

                                                                                         

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Comentarios:

Escrito por: ricardo48       12/06/08 22:08
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Muy bueno Sergio historias de otros tiempos cuando el mundo era nuestro, después todo fue cambiando el mundo nuevo nos fue barriendo despacito hasta este rincón donde podemos tomar mate sentado en los recuerdos.
Un abrazo amigo y gracias por hacerme vivir años mozos.
Escrito por: Duque       12/06/08 20:37
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Sublime. A cada palabra, cada frase, todo me ha recordado a las historias que me contaba mi abuelo. Esas historias sencillas que componen la vida. Tu relato es especial.
Un saludo.
Escrito por: eslavoz       12/06/08 19:23
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una narración, que transportó a mi barrio de chico
de verdad gracias por llevarme
a mi años de infancia
un abrazo
Escrito por: S_Bustamante       12/06/08 17:43
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Que corazon grande que tenes, Salvino, hermano: un corazon bien uruguacho con la forma y tamano de nuestra America del Sur.
Un abrazo chileno.

Gracias por visitarme, amiga magda.
Un abrazo.
Escrito por: salvino       12/06/08 16:18
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Con personajes ficticios ( a veces un pudor natural nos induce a eso) o no, has realizado un gran esfuezo de memoria y recreado tus años verdes magnificamente.
En estos casos más que felicitar al autor hay que felicitarse a uno mismo por satisfacerce con el gusto refinado de una prosa sin baches ni caídas. Gran trabajo amigo del alma y con esto pretendo pagar una infinitesimal parte de la deuda que he contraído contigo, mi lector consecuente. Un gran, gran abrazo de un uruguayo con episodios y percances ligeramente similares. Queda demostrado una vez más que una cordillera no es obstáculo para la vida en común de los pueblos americanos.
Escrito por: gmmagdalena       12/06/08 13:20
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Me atrapaste con esta historia. Tengo especial predilección por este tipo de narraciones, me encantan las historias de barrios, las de antes. Está perfecto en cada personaje. Un abrazo. Magda
Páginas: 1

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