Los caminos se hicieron cada vez más intransitables, hasta que ya no fue posible mantener el intercambio mercantil ni allegarse a los festejos de la realeza. Desesperado, el rey pidió cuenta a sus ministros.
Se trara de Severiano, el jardinero. Ya no quiere trabajar.
El rey decretó que al tal Severiano fuera puesto en calabozo y que otro súbdito del reino ocupara su puesto. Los ministros le recordaron al rey que esa orden no podía ejecutarse.
¿Por qué? bramó el rey.
Por la magnanimidad de su alteza, los castigos hace mucho que fueron suprimidos y eliminadas las cárceles, de manera que el reino es tierra de inocentes.
El rey escuchó al oído a sus consejeros.
Pues manden a cualquiera a que pode los árboles de los caminos. Se le pagará bien.
Los ministros le recordaron al rey que no había nadie en el reino que pudiera ocuparse de la jardinería.
¿Por qué? bramó el rey.
Por la magnanimidad de su alteza, a todos los habitantes del reino se les ha conferido títulos de nobleza: emperatrices, condes, condesas, pares, princesas y príncipes, infantes e infantas. La tradición prohíbe que la nobleza ejecute tareas tan innobles como la poda de árboles.
En ese instante el capitán del ejército confirmó que un batallón de ingleses se acercaba al reino. No había manera de detenerlos a causa de la congestión de maleza que prohibía la movilización de la caballería. Horrorizado, el rey le preguntó a sus ministros si había alguna posibilidad de salvar al reino. La respuesta fue tajante:
Alguien debe comenzar cuanto antes la poda. Debe ser, según lo estipula la tradición, un plebeyo.
Entonces, por la magnanimidad de su alteza, el rey abandonó sus titulos nobles y fue a podar los árboles. La caballería logró detener el avance de los ingleses y el reino fue salvado.
Cuando el rey regresó a palacio encontró en el trono al jardinero aquel que un día cualquiera no quiso trabajar. Así comenzó el largo reinado, déspota y sanguinario, de Severiano I.
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