El Rayo Azul de la Noche II PARTE

Después, en una esquina, oigo tambien arrastrarse el viento por el suelo, como si un alma benévola se lanzara a jugar soltando desde lo alto una porción de hojas secas, que luego se esconde por detrás de las casas y las calles vacías. Doy la vuelta y continúo caminando ahora por la calle de tierra reseca. Y es ahí, junto a la zanja, que veo a ese cuerpo que se mueve, que se arrastra para tenderse en la tierra. Se tira de espaldas al suelo mirando al cielo. Los pelos, el corazón, mi cuerpo se estremece, me siento entumecido. Me parece que es un muerto de verdad, que se arrastra frente a mis ojos. Me detengo a la distancia con el corazón agarrado a la mano. Lo miro y espero a que el muerto se levante, para ver si se levanta con su cara huesuda, con sus ojos hondos y vacíos. Miro como se mueve, como respira, como siente, y solo veo moverse, arrastrarse en el suelo, haciendo un ruido de botas que rozan en la tierra dura. A lo mejor es el cuerpo de alguien muriéndose, pienso. Me jalo de las orejas, me froto la cara con las manos para decirme que no estoy loco, o en vuelto en alguna alucinación del miedo que tengo al hombre, al cadáver, al hombre que he visto morirse ante mis ojos. Sin embargo, solo siento al viento que mueve mis cabellos, como el mal aire caliente, que adquiere un ruido que va derrumbando al cielo y sus cerros blancos, nubarrados, oscuros.
Entonces siento que el miedo no es miedo sino algo de nervios destemplados, por que veo un cuerpo de mujer, tumbada en la tierra, en asa calle solitaria, en el momento en que la noche de luna ventilada, se oye correr los vientos a lo lejos. Y camino, me voy acercando, con pasos desconfiados, y el cuerpo va apareciendo completo ante la claridad de la luna: con sus botas negras, con su pantalón apretado, con el polo negro, y una mochila llena que aparece aun costado. Es una chica, es Myriam, con su cara metálica, con el lunar en la mejilla, con sus ojos que brillan bajo el cielo. Si es ella, pienso, está viva y no ha muerto como dijeron. Siento que me ve llegar como a una sombra, que la miro desde arriba. Sigo su mirada cuando mueve la cara a un costado, como queriendo decir que la dejen sola, que no la miren. Veo su pecho llenarse de aire cuando respira, parece que hubiera corrido largos caminos. Luego me mira y nos miramos un instante. Tal vez buscando decirme algo, o quizá reconociéndome. Después deja de mirarme, y surca con la mirada por mis hombros, por mi cara, hacia arriba, a la luna, a las estrellas. Veo levantar de repente su brazo manchado de sangre, lo mueve temblando, luego lo afirma en el suelo para levantarse. Le doy la mano para apoyarla y le digo a voz confundida: Myriam, que bueno que has vuelto. Pero ¿Qué te ha sucedido mujer?. Se sienta. Me mira otra vez, como si ya reconociera mi voz, pero no responde. Siento su brazo muy caliente, y veo palpitar su corazón en la vena del cuello sudado. Tienes fiebre, le digo. ¿Estas sangrando en alguna parte? Le pregunto. Ella no me responde. Me da la impresión de que se está muriendo, de que ya no puede hablar, y prefiere tirarse al suelo de nuevo. En el suelo se queja de espaldas, resistiéndose a sobrevivir. Veo su cara que se comprime en un dolor agudo, febril, y entonces le digo: te llevara a la casa para curarte. La levanto en brazos e intenta resistirme levantando su mano hacia mi cara. Veo su mirada que se pierde en el espacio. Su abundante cabellera negra se deslarga, como se deslarga la vida por estas calles, y se deja llevar confiando en mis fuerzas. Subo a la vereda y avanzo doblando la esquina, hasta la casa de mis tíos donde a estas horas están durmiendo. Empujo la puerta de mi cuarto que da a la calle, y entro a oscuras, tanteando con los pies el piso disparejo, y toco mi cama de tablas amarradas. La hago recostar despacio, y oigo su quejido quejumbroso. Vas a estar bien, le digo, vas estar bien. Busco en la mesa que está junto a la ventana la caja de fósforos. Saco un palillo y prendo el fuego. Prendo el mechero de lata de leche. Me acuerdo que la mochila se ha quedado a fuera. Dejo el mechero en la mesa, salgo y corro por la calle. Miro otra vez el cielo, y veo que se está cubriendo de nubarrones en las alturas, por las chacras empinadas, en el pueblo mismo se siente llegar las nubes, que van ensombreciendo, volviendo oscuro a todo el pueblo.
Todo está en silencio, ningún perro ladra ni ha salido a ladrar en esta noche. Recojo la mochila, no pesa, está liviana. Corro despacio pensando en la enferma, en la pobre chica herida, de aquella que jugamos un día en la escuela a las escondidas, a la carrera de caballos. Mañana cuando amanezca te llevaré al enfermero para que te cure. Tu abuela se alegrará cuando sepa que tú está viva, se pondrá a llorar de felicidad, pienso.
Ya en el cuarto, dejo la mochila a un costado de la cama. Luego tomo el mechero y me pongo a buscar una pastilla para la fiebre que debe estar en algún hueco de la pared de tierra. La veo frente a mis ojos envuelto en una bolsita transparente, con una pastilla blanca. La cojo, voy en busca de un poco de agua y entro a la cocina. Vaceo un poco de agua en un tazón de la tinaja grande y se la llevo a la cama. Cuando la luz amarillenta del mechero alumbra su rostro, ella parece despertar. Por ahora tendrás que tomar una pastilla para la fiebre, le digo. La levanto con un brazo, y ella se levanta débilmente. Siento su aliento tibio, y el olor a un perfume de vainilla que va desvaneciéndose en el tiempo, con en el sudor de su cuerpo. Y la oigo decir cerca de mis narices: solo tengo sed. Su voz es de último aliento, oscuro. Ella coge el tazón de agua. Y yo le digo: tómalo con la pastilla. Y pongo la pastilla en su boca. Y lo veo tomar con avidez. Bebe EL agua regando por el cuello largo, por sus pechos. Instantes después devuelve el tazón vació. Yo le pregunto: ¿quieres más agua?. Se tumba a la cama y dice: no.
La llama del mechero que nos alumbra se curva a cada rato por el viento que entra por la rendija de la ventana. Ahora tienes que abrigarte bien, le digo. Veo que solo quiere dormir, se tiende de espaldas y yo le abrigo con la sabana. Ella solo me mira como agradeciéndome. Te cuidaré, no te preocupes estarás bien mañana, le digo cuando termino de abrigarla. Le acaricio su cara. Descansa tranquila, le digo. Y ella se esfuerza por decirme con su voz apagada, flotante, sin fuerzas: Gracias
buena gente.
Me siento en la silla, con la espalda apoyada en la pared, viendo la llama que vapulea el viento cuando entra por la rendija de la ventana. Y en el pueblo se siente el rumor de la lluvia que se acerca. Ahora yo escucho correr mas viento que golpea las ramas, las calles, las casas. La veo acostada. Y ahora pienso, recuerdo, hago memoria de lo que fuimos. Seguro has estado en la guerrilla, te has escapado de algún enfrentamiento con el ejército. O ¿que te ha sucedido Myriam?. Suerte la tuya que has sobrevivido Myriam, por que has vuelto, y espero que mañana al mirarme te acuerdes de mí, por que han pasado años, y ambos hemos cambiado, tú estas hermosa pero estropeada, y yo bueno más grande, delgado con mis ojos de gato que a ti te gustaba cuando te miraba, y con mis orejas finas que también te gustaba jalármelas y hacerlas rojas, y luego corrías para que yo te corriera a tras, y jugar corriendo en la pampa de grama verde de la escuela, donde ahora yace la sangre y la cruz ladeada, del hombre que ejecutaron tus camaradas ante mis ojos, hace poco no mas Myriam. Decías que querías ser profesora, como la profe Gloria, para que enseñaras a los niños, para educar al pueblo. Que el mundo debía haber solo amor por los demás. Pienso.
Continuará....
Me encantan las historias que confunden un poco en el principio, y luego se van aclarando al final...espero que Myriam se recupere pronto para que nos cuente mas detalladamente lo que paso...asi que son guerrillas...
Esta super interesnate
Nos estamos leyendo
Besos