El Rayo Azul de la Noche (Final)
Al medio día, sentados en la mesa de la cocina, con nuestros rostros tétricos, estuvimos casi sin hablarnos, pensando más bien en que esta vez lo llevarían como a don Pedro Salas, ir para no volver jamás. Y Myriam a estas horas debería estar despierta, no la he vuelto ver desde que he salí del cuarto. No me atrevo a decirle que Myriam está en mi cuarto, durmiendo, mirando tal vez, muriendose ...Saberlo le pondrà más nerviosa todavía. Pero no le diré nada. Espero que nadie la haya visto llegar al pueblo. De lo contrario, nos llevaran a los dos, quien sabe a donde. Veo mi tía que empieza a ponerse más pálida, a inquietarse con el abanico de papel de carton que parece ahora romperse con el viento de tanto ventilarse la cara, al ver que no llega su marido. Yo miro por la puerta que da la calle, donde un soldado taconea ardorsoamente inquieto, luego vuelvo a mirarla cuando veo que sus lágrimas empiezan a rodar por su mejilla empalidecida por la presión que se le ha bajado. derrepente vemos a parecer a mi tío en la puerta. Nos paramos, mi tía corre abrazarlo. No se preocupen, todo está bien. Solo han venido a llevarse a dos Senderistas refugiados en la escuela, los persiguieron. Los han interrogado a ellos y a mí. Dicen que hubo un ataque a la columna en la tarde de ayer, dicen que hay una mujer herida y que lo vieron escapar por aquí. Ellos dijeron que no, aunque después dijeron que lo vieron morirse en la quebrada después de la balacera, pero no han encontrado su cadáver, presumen que pueda estar viva. Lo buscaran en el siguiente pueblo de San Juan. Veo a mi tío, tranquilo, sereno. Se sienta en la mesa. La tía se pone a servir el almuerzo. Mi tío está pensativo. Yo tambien estoy pensando en Myrian. El sol ha empesado a salir recien al medio día.
Almorzamos juntos, en silencio, mudos. Por la tarde, mirando a la calle, yo trato de disimular el miedo como si me van a matar por hacer lo que hago. Y Myriam pienso, debe estar despierta, debe tener hambre, pero aún no puedo abrir la puerta, por que los soldados deben estar mirando. La tía me ve pensativo otra vez. ¿En que piensas sobrino?, la oigo decir. Me vuelvo a verla, y le digo, en nada, en cosas. Ahora hace calor sofocante. El olor de la lluvia se va evapaorando. El sol golpea las paredes de la casa. Luego veo a los soldados que se forman en tres filas. Luego los veo marchar por la calle a cuestas, adelantando a los hombres amarrados, y los vemos pasar delante de nosotros, y se pierden siguiendo la carretera converida en un lodazal. Ruego a que desaparezcan rápido. Voy a la cocina y recojo plátanos maduros, y limones dulces para que coma, y agua fresca en un tazón. Veo a mi tío hacer la siesta, ya durmiendo. Recuerdo que hoy es domingo, pero por la lluvia, por los soldados, la gente se ha tardado en salir de sus casas para hacer sus compras.
Es en la tarde, cuando ya el sol empieza a esconderse por detrás de los árboles, abro la puerta del cuarto, cuando la tía entra a la cocina. Veo a Myriam en la cama. Me ve entrar, ya sin botas, cambiada de ropa. La saludo, cerrando la puerta. Le digo: me alegra que ya estés mejor. Ella se levanta y me dice: gracias. Le doy el tazón de agua y las frutas en la mano, mientras se acomoda en la pared. Te acuerdas de mi?. Le digo. Ella me mira, y quiere sonreírme, pero no le sale, finge ponerse seria, más bien se hace una sonrisa fingida. No, pero tú conoces mi nombre antiguo. La oigo decir. Parte en dos los limones y saborea el jugo dulce en su boca, se derrama por sus labios resecos. Pero me recuerdas alguien, dice. Yo me desespero por hacerle recordar que jugamos juntos una vez en la escuela. Soy el Rafa, acuérdate, le digo, jugamos en la escuela, mira mis ojos de gato. Ella me mira otra vez detenidamente, sigue con las misma expresión seca, no se entusiasma. Sabia que eras tú, me dice y sigue comiendo esta vez los plátanos, con voracidad. En esos tiempos éramos muchachos, si ya recuerdo que jugábamos juntos. Pero ya vez como hemos cambiado. Ella se levanta de la cama, a un muy débil, y veo que su cara se encoje sintiendo algún dolor agudo. Toma el agua del tazón. Camina por mí delante. El cuarto se ve un poco oscurecido por la puesta de sol, pero se ve todavía su cuerpo. Decías que te gustaban mis ojos gatos, le digo, mientras ella vuelve con su cuerpo liviano, caminando, probando sus fuerzas. Yo me siento en la silla. La miro caminar, luego se sienta en la cama, agarrándose con la mano el pelo y lo pone por delante de sus hombros. Si de verdad tienes unos lindos ojos. Nada más, a si seca sus expresiones otra vez. Pienso que ha perdido la gracia de niña de cuando éramos antes, nada de esa forma de reír y sonreír, le quedan ahora. Ya su sonrisa fresca, se pierde en sus miradas serias, casi duras. Como has cambiado Myriam, te han lavado el cerebro. El ejército te ha buscado en la mañana, tus compañeros los llevaron amarrados. Le digo. Ella me mira duramente, luego eleva la mirada por encima de mi cabeza. Son los ideales que lo cambian a uno, dice. Luego se agacha y se pone las botas negras. Esta noche me iré de aquí, y te estoy agradecida por ser buena gente. Se pone de pie para taconear en el suelo, para que entre el pie en la bota. ¿No iras a ver a tu abuela?. Le pregunto. Ella se queda quieta mirándome. Como si la pregunta ofendiera. No, por que para ella ya no existo. Si me presento dirá que yo estoy loca, y se puede morir de un infarto. Se que sufre al corazón. Ella vuelve tomar agua del tazón, luego me lo da en mis manos, me agradece. Se sienta otra vez en la cama, y se echa otra vez despacio, esta vez pensando en algo. ¿Adonde te vas ahora? Y por que no te quedas aquí, estas muy débil todavía. Ella suspira hondamente, mientras la observo desde donde estoy sentado. La tarde a caído en el pueblo, en el cuarto donde conversamos. Demora en responderme. Luego la oigo decir claramente: lejos de aquí, a algún lugar donde yo pueda decir: aquella nunca fui yo. Ella se duerme.
Al promediar la media noche, cuando yo estaba otra vez sentado en la silla, junto a la mesa, sin haber pestañeado nada, la vi levantarse de la cama, como alertada por el reloj de su cuerpo que sabia que era ya muy de noche. La vi levantarse con dificultad. Vi entonces su cabello largo dividido en dos porciones, amarradas en las puntas con unas ligas, y que colgaban por sus hombros, la misma forma con que se peinó y amarró la última vez que la vi en la escuela, y ahora ante la luz del mechero, con las puntas amarradas sobre los senos se hace visible en la sombra proyectada en la pared. La veo caminar ahora y recoger su mochila de la cabecera de la cama. Yo me paro de la silla, le digo: estas muy débil para que vayas caminando a estas horas. No te vayas. Se acerca hacia mí, casi cara a cara. Hombre de los lindos ojos, la debilidad solo esta en la mente, sépalo Rafa.
Yo lo miro a los ojos y estaba a punto de robarle un beso, pero ella se adelanto dando un paso hacia un costado, y abrió la puerta. La calle estaba húmeda, y corría un fino viento de silencio en el pueblo. Yo salí detrás de ella. Y le oigo decir por última vez: se acabo toda esta sonsera. Hasta algún día Rafa. Se echó a caminar calle arriba, siguiendo también la carretera, con pasos débiles y cansados. La veo perderse en las sombras de las casas y los árboles que hay junto a la carretera. Y otra vez el silencio y el viento como la noche anterior, el pueblo y su misterio de fantasmas jugando a las hojas caídas.
Son los ideales que lo cambian a uno...
Amigo, realmente una excelente historia. Cada capitulo era una nueva aventura, nuevos detalles y mas cosas por las cuales seguir enganchada con ella. Tan real y cierto como tu lo detallas.
Muy bien amigo, recibe mis felicitaciones.
Nos estamos leyendo
Besos