El Rayo Azul de la Noche

Categoría(s): Relato

 

Para mis amigos y amigas lectores les ofrEsco una historia EN TRES  PARTES



 

 

He avanzado varias calles vacías. No hay viento. Atrás queda el ruido monótono y perdido de la fiesta de cumpleaños de Alonso Prieto. Ahora voy a cruzar la pampa iluminada por la claridad de la luna de octubre. Siento un miedo que nunca antes había sentido en la oquedad de la noche. Un miedo que debe haber nacido ahí cerca de la escuela, muy cerca al patio donde solíamos jugar al fútbol en los recreos, donde aún la sangre reseca del último ajusticiado de Sendero yace todavía sobre la grama y la tierra. Y será porque pienso que en algún momento, mientras camino, su alma se cruzará por mí delante, o que alguna lucecita amarilla aparecerá frente a mí, que luego al acercarse crecerá  poco a poco hasta convertirse en una bola de fuego y me absorberá hasta que yo muera de miedo.
Veo a la distancia la crucecita ladeada que le pusiera la abuela Pancha para que el  alma del finado, se resigne al perdón de Dios. Miro a la luna que está sobre mi cabeza, que rueda velozmente sobre las nubes, como una bola de cristal plateado. Redonda, grande, manchada, la luna sigue rodando. Las nubes se deslizan como densas explosiones. Camino rápido, con los pies casi al ras del suelo, con el cuerpo enrarecido por los tragos del brindis, tratando de no traer a la memoria la imagen de aquel hombre muerto ante mis ojos, ante los ojos de toda la comunidad que lo vio morir con horror y pánico. Cruel y macabro, la sangre, su quejido frío y suave, el verdugo negro y su cuchillo, aparecen ahí, delante de mis ojos, como si lo volviera ver de nuevo. No es cierto, ya murió, pienso. Y siento el rubor de un raro frío electrizante que recorre  desde los pies hasta la cabeza. Nunca antes había sentido tanto miedo a un muerto, como ahora, un muerto que ha muerto hace un mes. Debe ser al cadáver al que tengo miedo, debe ser seguro por su frialdad, por su horrorosa mirada sangrante que me ha mirado. No debí mirarlo.
 Y siento que transpiro, que respiro agitado, que mis ojos se nublan. Acelero el paso mientras fumo con más avidez, sintiendo en la lengua el sabor amargo y picante del humo de cigarrillo.  Sabor a humo desconocido, ha hoja seca quemada. Cada bocanada de humo, me sale ha humo muy amargo, que se expande en nubes blanquecinas  que suben y se contienen en el aire estático de la pampa silenciosa, que después, atrás, van desapareciendo absorbidos por la oscuridad de las aulas de la escuela.
Al pasar cerca de la cruz, ya por detrás de las paredes de la escuela, quiero correr, como si quisiera escapar de ahí de ese lugar que me ha marcado ya para siempre. Cruzo el puente casi corriendo, por que siento que alguien me persigue, como una sombra que persigue mis pasos, miro hacia a tras, y no hay nada. Fumo otra vez, buscando refugiarme en el humo, en su calido y enrarecido sabor a menta. Veo el agua reunida bajo mis pies, y veo otra vez a la luna reflejada que camina siguiéndome. Veo la bracita que rojea en la punta del cigarrillo, se va acabando, y entonces aspiro la última bocanada de humo, y de repente, de por si, como una casualidad maligna me trago el humo. Siento ahogarme, un dolor horrible áspero nace de la garganta, y maldigo la hora en que lo compré para probar, y juro que nunca más voy fumar. Lo juro nervioso, caminando, cruzando la siguiente calle para subir. Pero siento entonces como si esto hubiera espantado al fantasma. Tranquilizado, alejado del lugar macabro,  empiezo a subir calle arriba, despacio bajo las manchas oscuras que producen las sombras de las casas de tapial, de madera, de barro y cañabrava. A la distancia, veo la plazoleta decierta, y más allá veo claramente las paredes blancas de cal, con sus letras grandes de color rojo. Todas las frases aluden a la guerra popular y a la muerte de los soplones. Nadie en el pueblo se atrevido a borrarlas. Mañana, algún día de repente vendrá el ejército y la borrará, y se llevará gente del pueblo, quizá a mi lleven, quien sabe. Dirán por que se dejaron pintar las paredes. Y quien sabe si volveré para contarlo. La noche esta clara como si hubiera salido el sol.

 De pronto un viento leve se oye recorrer en las calles vacías. Una granizca se oye caer en los techos de calamina, y es como si el viento y las almas vagabundas por el mundo, lanzaran un puñado de tierra, de arena en los techados de las casas. Tengo la impresión de que los veo, andando por ahí. Miro arriba, desde el centro de la última calle, desde de la bajada, el cielo va volviéndose cada vez más inquieto, por que las nubes corren, se van acoplando densas humaredas. Veo rajarse el cielo por detrás del cerro, a la altura del techo más alto de la casa de tres balcones, que hay en el pueblo. Lo veo claramente con mis ojos rezagados, que ahora los siento como si me hubiera dado el mal aire. Oigo de repente el estruendo de un trueno que retumba  en la tierra y entonces me digo: después de un largo verano lloverá al fin en este pueblo.

 

Continuará ...

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Comentarios:

Escrito por: Janice       16/01/08 00:49
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buena primera parte, buenas descripciones.
Saludos Janice.
Escrito por: Rina       16/11/07 01:41
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Genial, que final tan inquietante, describes bien, espero la continuacion para poder darte una opinion mas completa
Nos estamos leyendo
Besoss
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