EL PIANO DE COLA
Aquel día había sido una larga y dura jornada de trabajo para Andrea. Estaba cansadísima, por lo que, al llegar a casa, decidió darse un relajante baño de espuma. Andrea era una mujer normal de veintiocho años. De cabellos largos y morenos, estatura media y con algún kilo de más, aunque a ella no le preocupaba en exceso. Su mediocridad física la compensaba con un talento excepcional para la música, pero Andrea, lejos de explotar esta faceta, se dedicaba profesionalmente, a labores como administrativo de un banco. No tenía hijos, pues su fracasado matrimonio fue tan fugaz que no dio ocasión para los descendientes.
Mientras se bañaba, Andrea pensaba en su vida, en todos los momentos que dejó a un lado para hacer lo correcto. Nunca había corrido ningún riesgo, grande o pequeño, pues todos los pasos que daba, eran sobre seguro. Sí, aquella mujer, no actuaba sin estudiar antes las consecuencias que le acarrearía cualquier pequeño error. Por este motivo le había abandonado su marido. Él estaba harto de vivir en una perfecta, ordenada y limpia armonía, en la cual no cabía ni una sorpresa de cumpleaños, ni un abrazo sin permiso.
Pero hoy, Andrea estaba confusa. Cuando salía del banco, en el escaparate de una vieja tienda de antigüedades, vio un precioso piano de cola negro. Su mayor ilusión, esa que ella nunca se había permitido por miedo a equivocarse. Y, por un instante, Andrea casi lo compra. Pero entonces pensó que tendría que solicitar un crédito, podía verse apurada para pagarlo, pues los gastos de la casa eran numerosos, por lo que se marchó. No miró atrás. Aunque en su mente, seguía urdiendo las maravillosas notas que el bello instrumento podía hacer sonar.
Tras el baño, Andrea cenó crema de espinacas, como todos los viernes. Después, visionó de nuevo 2001, una odisea espacial, la película del día y se fue a la cama con un libro El lazarillo de Tormes, pues todos los meses de abril lo leía. Su lema era: Nunca hagas nada nuevo, nunca cambies de hábitos, o te arrepentirás. Por eso, llevaba ocho años realizando las mismas rutinas una y otra vez.
Aquella noche, estando en su habitación, Andrea se despertó. Eran las tres de la madrugada. Intentó dormirse de nuevo, pero no podía. Entonces se levantó. Cuando salió por la puerta de su dormitorio, se dio cuenta de que, todo lo que veía estaba en blanco y negro. El angosto pasillo que aislaba el dormitorio de la cocina y el salón, se había convertido en un magnífico recibidor con una escalera de caracol, la cual comunicaba con otro piso. Desde ahí, podía ver un precioso arco de nogal que ofrecía la entrada al salón. Entonces comenzó a escuchar una extraña melodía que parecía provenir de un piano. Se dirigió al salón, el cual era gigantesco. El suelo de parquet se había transformado en unas baldosas blancas y negras, como un enorme damero. Dos grandes ventanales vestidos con preciosas cortinas de terciopelo y gasa blanca adornaban la estancia. En la parte izquierda, había una gran chimenea, cuyo fuego anaranjado daba la nota de color a los tonos grises. Un diván negro, un gran sofá blanco y multitud de cuadros, otorgaban el último toque de gracia a su nuevo salón. Entonces fue cuando Andrea lo vio. Allí, en un rincón de la parte derecha, casi pegado al arco, había un precioso piano de cola negro. Un hombre tocaba una melodía. Andrea reconoció finalmente la pieza, era Someone who watches over me, su pieza favorita.
Andrea, asombrada por la destreza con que el hombre manejaba el piano, se acercó, dándole con los dedos en el hombro, pero entonces el pianista se volvió y la mujer pudo comprobar que él no tenía cara. El hombre se dio la vuelta y siguió tocando el piano. Lejos de asustarse, Andrea se decidió a subir las lujosas escaleras de caracol. Arriba, había un largo pasillo con una docena de puertas, seis a cada lado. La puerta seis estaba abierta. La mujer se asomó. Era una habitación. Entró dentro y pudo ver una gran cama con dosel, la colcha era negra, pero el resto del lecho era blanco. El suelo del cuarto, al igual que el salón, era de baldosas blancas y negras. Frente a la cama había un gran espejo, con un marco tallado. Andrea vio reflejados todos los muebles y a sí misma. Había una gran cómoda oscura, pero no encontró el armario. Un crujido de zapatos le hizo darse la vuelta. Entonces vio una silueta, una figura masculina vestida de frac, con una capa.
- ¿Quién es usted? Le preguntó.
- Yo soy el que soy. Respondió secamente la figura.
- Sí, pero, ¿quién
?
Andrea no pudo terminar la frase, pues en ese momento, el hombre extendió sus brazos con la capa entre las manos. Emitió varios gemidos, luego le dijo:
- Soy el demonio. Someone is watching you. ¡Schouchglaj!
Andrea sintió un profundo miedo. Entonces se despertó.
Andrea estaba en su cuarto. Se había quedado dormida con la luz encendida y con el libro en su cara. Miró el reloj. Eran las tres de la mañana. Con bastante temor se levantó de la cama, pues todavía recordaba que, en su sueño, también se despertaba a las tres. Pero su casa no había cambiado. No había gran salón, ni piano, ni melodía, ni hombre sin cara, ni demonio. Volvió a acostarse, aunque esta vez, no soñó. Se levantó de nuevo a las diez. Como era sábado, no tenía que ir a trabajar, por lo que decidió dar un paseo, como todos los sábados.
En su recorrido volvió a encontrar el escaparate donde había visto el piano de cola el día anterior. Pero el magnífico instrumento ya no estaba. Intrigada, Andrea hizo algo que nunca antes había hecho. Entró a la tienda sin pensárselo. Preguntó al dependiente dónde estaba el piano. Pero éste le indicó que lo había vendido. Al ver la cara de tristeza de la mujer, el muchacho le escribió en un papel la dirección del hombre que había adquirido el piano. Le advirtió a Andrea que, si se acercaba allí, no dijera que él le había dicho la dirección. Dándole las gracias, la mujer salió de la tienda.
Sin pensárselo, Andrea fue en busca del piano. Para su sorpresa, la dirección del papel le llevó a una casa señorial del centro de la ciudad. Atravesó la pequeña vaya y llamó a la puerta. Un mayordomo abrió, preguntándole qué deseaba. Entonces, Andrea volvió a escuchar los acordes del piano, tocaban la misma melodía: Someone who watches over me. Intrigada, preguntó al mayordomo si podía pasar a escuchar al magnífico pianista. El sirviente le hizo pasar, dejándola en el hall. Le dijo que la anunciaría al señor. En el hall había una gran y majestuosa escalera de caracol, casi idéntica a la que Andrea había visto en sueños, pero esta tenía los escalones de mármol blanco y la barandilla de oro. Al poco apareció el mayordomo, indicándole que ya podía entrar. Cuando se introdujo en el salón, Andrea no podía dar crédito. La estancia era idéntica a la que ella había visto en el sueño. Sólo cambiaba el bello colorido en tonos rojos de las cortinas y el sofá. Entonces, allí junto a la puerta, lo vio. El piano de cola. Con aquel hombre sentado tocando la hermosa melodía. Recordando el sueño, la mujer no quiso acercarse al hombre, por si llevaba una sorpresa. Pero el pianista, sin dejar de tocar, se volvió hacia Andrea y le dijo:
- Vamos, siéntate. Te estaba esperando, ¿sabes?
Ella no podía dar crédito. No sólo porque aquel hombre la conociera, sino porque era guapísimo. Tenía una sonrisa perfecta y unos ojos del azul del cielo que le hicieron ruborizarse. Aún así, la mujer se sentó al piano y comenzó a tocar con el misterioso hombre la magnífica melodía.
- ¿No vas a decir palabra, Andrea? Dijo el hombre.
- No sé, estoy tan asombrada, que no acierto ni a preguntar.
- Bueno, supongo que querrás saber por qué te conozco.
- Pues sí, claro.
- Verás, anoche tuve un sueño rarísimo. Soñé que tú venías y me tocabas el hombro, pero cuando te dije que te sentaras, subiste por las escaleras. Yo te seguí, pero entonces te metiste en mi dormitorio y, cuando te pregunté qué hacías, me diste un papel que ponía piano de cola, con la dirección de la tienda. Después dijiste soy Andrea. Y me desperté. Tengo la costumbre de apuntar todo lo que sueño, por eso, esta mañana, he ido temprano a la tienda. ¡Cuál ha sido mi sorpresa cuando he visto este precioso piano! Y lo he comprado, esperando que vinieras a verme.
Entonces Andrea le contó su sueño. El hombre, que se llamaba Arturo De Moní, le dijo que el ser de su sueño, al igual que el pianista, tenía que ser él, pues había un paralelismo con su apellido y la palabra demonio, como se identificó el encapado del sueño. El mayordomo entró al salón y dijo:
- Señor son las tres. ¿Sirvo ya el café?
Andrea recordó entonces la hora de los relojes, en el sueño y cuando despertó. Las tres en punto. Miró a Arturo. Él le devolvió la mirada esbozando una pequeña sonrisa.
- ¿Crees que el destino nos ha unido por alguna razón? Preguntó Arturo.
- No lo sé, - dijo Andrea pero te aseguro que nunca más en mi vida voy a volver a premeditar nada. Es muy bonito tener sorpresas y creo que, contigo, ya nunca más volveré a tener miedo.
Hacía una maravillosa tarde de sábado. El sonido de una canción solo era acallado en la mansión de los De Moní por el griterío de los niños. Un anciano Arturo y una encantadora viejecita Andrea seguían siendo felices, en el crepúsculo de sus vidas junto a sus hijos, sus nietos y la bella melodía de un viejo piano de cola.
Historia onirica y freudiana , por tanto me gusta , por poner una sola pega ...el final, me esperaba algo mas sórdido y resulto un final demasiado feliz pero es cuestión de gustos , el mio en este caso, no que este mal.
un saludo!
Me gusta el relato porque contiene una reflexión sobre las decisiones que se toman en la vida, y a pesar de lo obvio de que no es bueno meditar demasiado sobre lo que se hace, de la rutina, muy pocos somos capaces de escapar de ella...
>Me encanta la historia!!^^