


| Escritor: | tylerdurden |
| Públicado: | 21/01/2011 |
F
El calendario iba perdiendo hojas como un árbol en otoño y los días se sucedían sin tregua. Aunque Santos había recuperado notado cierta mejoría en su aspecto, aún estaba lejos de ser quién fue. Aquel joven que se iba a comer el mundo para desayunar, se había atragantado y le esperaba una digestión pesada, pero cierta rutina había hecho que recuperara un poco de su antigua vida y como había llegado un momento en que incluso él mismo dudó de que fuera a ser el de antes, todo cambio positivo era aceptado de buen grado.
El consumo de alcohol se veía reducido en cuanto se veían aumentadas las visitas de Lulú. Se veían dos o tres veces por semana, sin ningún tipo de compromiso. Ella iba a su casa, charlaban un rato, reían, bebían, veían la televisión o escuchaban música y luego se acostaban. Santos no pudo encontrar mejor terapia ni mejor psicóloga accidental. Sin necesidad de explicarle nada a su nueva amiga ella se dio cuenta de que algo atormentaba a Santos y lejos de presionarle para que se lo explicara, decidió que fuera él quién diera el primer paso a la hora de decidir cuándo y cómo se lo explicaba, si es que llegaba a hacerlo. Lulú no pedía nada, pero en cambio ofrecía mucho y Santos llegó a tomarla mucho cariño. Tanto que pensó que aquello debía ser una forma primitiva de amor. O algo parecido.
Por su parte el Holandés también daba sus señales de vida. Hacía todo lo posible por ponerse en contacto con Santos: le llamaba todos los días por teléfono, le daba mensajes a Lulú para que se los transmitiera e incluso algún día se había presentado en su casa y había tocado el timbre insistentemente a la espera de respuesta. Santos se ocultaba entre las cortinas y cuando el móvil se encendía con el nombre del Holandés, Santos debaja que el teléfono sonara hasta que se cansara. Iba dándole largas a las muestras afectuosas de aquel tipo que odiaba. Aunque realmente no le odiaba a él. Odiaba lo que representaba y odiaba en lo que él se había convertido por su culpa. Verle la cara significaba verse a sí mismo reflejado en el espejo de la culpabilidad y no lo soportaba.
Una noche, Lulú fue a su casa y él preparó una cena especial. Normalmente con cualquier cosa pasaba, pero aquel día quiso agradecerle a su amiga su apoyo incondicional y tras recortar una receta de una antigua revista, fue al supermercado más cercano a comprar todos los ingredientes necesarios para sorprender a Lulú. Compró pescado y un par de botellas de vino blanco para acompañarlo. Subió a casa y tras una larga sesión de limpieza, la casa tomó otro aspecto. Unos palitos de incienso le dieron mayor calidez al ambiente. Después entró en la ducha. Ducha y afeitado le dejaron como nuevo y fue a su armario a buscar la camisa que utilizaba cuando en alguna ocasión debía ponerse traje. Se bañó en colonia hasta el punto de sentirse mareado por el olor y justo en ese momento llegó su invitada.
Cuando entró en el piso de Santos, le dio la sensación de entrar de lleno en otra dimensión. Una versión mejorada de la vida de Santos estaba ante sus ojos y ella se mostró feliz por el hallazgo. Se besaron durante unos momentos y Santos la hizo sentarse en el comedor con una copa de vino en la mano y música de jazz en el tocadiscos. No se le escapaba ningún detalle. O eso pensaba él, por que cuando entró en la cocina a preparar el pescado, cayó en la cuenta de que había olvidado comprar un limón y algo que acompañara al pescado para que no se viera tan solitario en el plato. Rellenó la copa de Lulú y de cuatro en cuatro bajó los escalones de su edificio. En menos de un minuto había llegado a una frutería que ya cerraba sus puertas, pero que amablemente le sirvieron a Santos lo que necesitaba. Un limón, lechuga, unos tomates, cebolla y algo de perejil para poner encima del salmón. La señora que le vendió los productos siempre lo utilizaba y garantizaba su éxito.
Santos volvía a casa con una bolsa llena en la mano y cuando abrió la puerta, fue él el que tuvo la sensación de entrar en una nueva dimensión. La música de jazz que sonaba en el tocadiscos había desaparecido. Lulú había dejado la copa de vino calentarse sobre la mesa y estaba de pie, mirando a la ventana. El ambiente se había enrarecido de repente en los cinco minutos que él se había ausentado, pero no entendía que había podido ocurrir. Al escuchar el sonido de la puerta encajarse en el marco y notar la presencia de Santos a su espalda, Lulú se dio la vuelta.
Su rostro parecía desfigurado. Como el de alguien que acaba de recibir la peor noticia del mundo, el fallecimiento de algún familiar o algún tipo de pérdida irreparable que hace que las cosas cambien de un momento para otro y para siempre. Entonces Santos lo entendió todo. Lulú la había encontrado. Tenía la pistola en la mano. En sus manos, aquella pequeña pistola parecía mucho más grande de lo que recordaba.
- ¿Qué coño es ésto Santos? - preguntó Lulú más decepcionada que enfadada.
Santos perdió el habla unos instantes. El tiempo necesario para evocar en su mente docenas de imágenes que ya creía olvidadas. No había caído en la cuenta de que aún tenía el arma. La felicidad de los últimos días había ensombrecido ese hecho y ahora le golpeaba en la cara. Directamente. Sin preliminares.
Pensó en enfadarse por ver que Lulú había registrado sus cosas en el momento en que habían estado separados pero no tuvo valor. La cara de desilusión y desencanto de Lulú le estaban agrietando el alma y no pudo recriminar nada ni dar ninguna excusa. Únicamente acertó a cogerle la pistola de las manos.
- No te preocupes Lulú. No es mía. Estaba buscado el momento oportuno para deshacerme de ella pero no lo había encontrado y ya se me había olvidado que la tenía aquí. Perdóname. Mañana mismo saldrá de esta casa y de nuestras vidas.
Entró en la cocina y dejó la bolsa de comida sobre el mármol. Abrió el mueble que tenía sobre su cabeza y guardó la pistola allí. No era el lugar más idóneo para hacerlo, pero de momento quería perderla de vista. Encendió la plancha y mientras se calentaba fue preparando la ensalada. Tras unos segundos, colocó el pescado sobre el metal caliente y éste lo recibió con un chasquido. Mientras se hacía por ambos lados, Santos abrió la nevera y sacó de nuevo la botella de vino. Cogió una copa para él y fue a ver a Lulú. Llenar ambas copas y beber juntos aliviaría la tensión acumulada de hace unos minutos.
Cuando Santos salió al comedor con la botella de vino blanco frío en la mano, Lulú no estaba allí. El disco de Louis Armstrong volvía a darle calidez a la habitación, pero ella ya no estaba allí. Pensó que estaría en el lavabo, pero no. Quizá en la habitación llorando sobre la cama, pero allí tampoco estaba. Se había ido. Santos volvió al comedor y se sentó en una silla a escuchar las notas de What a wonderful world se escapaban del gramófono y llenaban la habitación, ahora vacía sin Lulú. Segundos más tarde un fuerte olor llegaba de la cocina. Santos dio dos zancadas pero ya era demasiado tarde. Los dos pedazos de pescado eran dos trozos de carbón y una densa humareda había inundado la cocina. Santos sólo pudo abrir todas las puertas y ventanas y rezar para que ningún vecino alertara a los bomberos. En breves minutos se disipó el humo pero dejó en la casa un fuerte y desagradable olor que se adhería a la los muebles, a las paredes y a la ropa. Santos apuró su copa de un par de tragos y tras dejar todas las ventanas y puertas abiertas, salió a tomar un poco el aire y a despejarse, también con la esperanza de encontrar a Lulú sentada en algún banco cercano buscando el valor necesario para volver a ver a Santos y pedirle disculpas.
Las ilusiones de Santos se desvanecieron en cuando tocó con los pies el suelo de la calle. Ni a izquierda ni a derecha había rastro alguno de Lulú. Dio unas cuantas vueltas a las manzanas cercanas pero nada. Lulú se había volatilizado y todo era culpa suya. Nada podía reprocharle a ella. De nuevo estaba tirando por la borda una nueva parte importante de su vida y todo por aquella maldita pistola. Nada bueno le había ocurrido desde que la tenía entre las manos y empezó a creer que sobre ella pesaba una maldición que condicionaba la vida de todos aquellos que en algún momento u otro de su vida la habían poseído. Aquel si fue el momento definitivo. Había llegado el momento de deshacerse de ella.
Montó en su escarabajo para agrandar el radio de acción de su búsqueda de Lulú, pero tras varias vueltas por los alrededores empezó a mostrarse pesimista en cuanto a la posibilidad de encontrarla aquella noche. Quizá era lo mejor. Dejar que se enfadara, que llorara y pataleara si fuese necesario y después intentar conquistarla, si aún estaba dentro de sus posibilidades. No tenía ganas de volver a casa, así que siguió conduciendo por la ciudad lentamente.
Barajó la posibilidad de entrar en un bar y emborracharse, pero por una vez en mucho tiempo, creyó que aquello no le solucionaría ningún problema y rápidamente su cabeza rechazó esa idea. Empezó a buscar nuevas alternativas en las que ocupar su tiempo. El Holandés le había enviado un mensaje al móvil aquella misma tarde. Había adquirido un coche nuevo y le invitaba a probarlo cuando él quisiera. Nuevamente su cerebro rechazó esa idea. Ver al Holandés tampoco era algo que le apeteciera hacer. Maldia sea. Había metido la pata con Lulú de la manera más tonta, una de aquellas cosas que se podían haber arreglado fácilmente en su momento y que una vez hecha la herida, costaban de cicatrizar. Estaba vagando por las calles a la velocidad mínima posible, intentando encontrar una bombilla que le iluminara el camino.
Pero no encontró una, sino docenas de ellas. Giró a la derecha en una calle sin más pretensiones que llegar al siguiente semáforo cuando de repente, se hizo la luz. Justo al girar había en una esquina un gran cine. O a él le pareció grande debido a la iluminación. Quizá ver una película le relajaría. Al menos durante las dos horas de proyección estaría pensando en otra cosa y podría evadirse de sus pensamientos. Ese día ya nada podría hacer y sería una mejor forma de terminar la jornada que hacerlo en la barra de un bar.
Dejó el escarabajo a buen recaudo en el parking que había delante del cine y salió resuelto a ver una película. La que fuera. Cuando llegó a la taquilla se sorprendió de no encontrar nadie haciendo cola. Cayó en la cuenta de que era martes y el reloj que había encima de la cabina del vendedor de entradas marcaba las diez y cinco. El cine estaba dotado de cinco salas y todas las proyecciones habían comenzado. Todas excepto una, la de la sala que en la que se exhibían las películas en versión original. A Santos no le hizo especial ilusión ese hecho. Le hubiera gustado más entrar en una de las otras cuatro reservadas para los últimos estrenos. Ver una película de acción de las que no te hacen pensar en nada. Unos cuantos puñetazos y patadas del actor de moda de acción y de vuelta a casa. Pero el destino había decidido que la única película a punto de empezar fuera la versión original con subtítulos de Elephant de Gus Van Sant.
Compró una entrada y con ella, el taquillero le entregó una octavilla. Era el programa del ciclo de versión original de aquel mes, dedicado íntegramente a ese director. Lo guardó en el bolsillo de la chaqueta sin mirarlo y fue directamente a comprar un refresco. Entró en la sala y no se molestó en buscar el asiento que tenía asignado. Aquella película iba a ser proyectada en una sala que apenas tenía 50 asientos y en su mayoría estaban vacíos. Contándole a él, no debían ser más de cinco o seis personas en la sala y antes de que acabara de calcular cuantos eran las luces se apagaron y empezó a proyectarse la película en el fondo blanco de la sala.
Hasta aquel momento, Santos no sabía que existiera un director que se llamara Gus Van Sant, y mucho menos que hubiera hecho una película sobre una matanza en un colegio basada en hecho reales, pero tras varios minutos de leer subtítulos y ver imágenes en la pantalla, aquella película empezó a interesarle. Estaba tan interesado en la proyección que no se dio cuenta de que un nuevo espectador había entrado en la sala una vez que habían comenzado a funcionar las máquinas. Se sentó dos filas por debajo de la suya y algo más a la izquierda.
En realidad hizo lo mismo que él. Entró y al ver la cantidad de sitios vacíos en la sala, eligió el que más le apeteció. Varios minutos después, una de las imágenes de la película era un fundido en blanco sobre la pantalla. Esto hizo que la sala se inundara de luz. Una luz blanca, casi celestial. Santos tuvo que entornar los ojos como cuando conducía y el sol le daba directamente en la cara. Gracias a eso pudo ver con luz suficiente al recién llegado y cuando recuperó del todo la visión, el corazón le dio un salto que hizo que golpeara contra su pecho con violencia.
La persona que acababa de entrar en la sala era León.
O quizá era alguien que se parecía a León. Desde luego, el parecido era asombroso. Sus ojos, su nariz, su mentón, todo era igual. Estaba convencido de todos los rasgos. Se le habían aparecido demasiadas veces en sueños como para ignorarlos, si aquel no era León, era su hermano gemelo. No había otra posibilidad.
La proyección de la película pasó a un segundo plano. Aquello no podía ser. León acababa de aparecer en la sala y con un aspecto inmejorable. Hace unas semanas lo había enviado a una muerte segura a manos del Holandés y ahora estaba sentado junto a él disfrutando de una película tranquilamente. Con los ojos puestos en la pantalla, atento al transcurrir de las escenas. Casi sin parpadear. Santos no pudo reprimir la tentación y sigilosamente abandonó su butaca para adentrarse en la siguiente fila y sentarse justo en la hilera de sillones que había detrás de él, tres asientos más a su derecha. Desde esa perspectiva tenía una perfecta visión de su perfil y no había duda. Aquel tipo era León. Minutos después, Santos se armó de valor y volvió a escurrirse entre los asientos y ocupó el que estaba justo al lado de León.
Este ni siquiera le miró. Ni se percató de su presencia. Estaba completamente concentrado en la película y no reparó en que tenía un nuevo compañero de butaca hasta que Santos se incorporó sobre su asiento y casi se puso frente a frente con él.
- ¿León?- preguntó Santos dubitativamente.
El tipo que había sentado junto a él enfocó la vista y después de unos segundos de reconocimiento, respondió al saludo.
- Hola Santos, amigo. ¿Qué tal? No sabía que te gustaran las películas en versión original.
- Bueno, en realidad no me gustan especialmente, estoy aquí de casualidad. ¿Qué tal estás?- preguntó Santos.
- Bien, todo muy bien. Fui a aquella entrevista que me encontraste pero allí no había nadie. Estuve esperando un buen rato y no apareció la persona a la que me habías recomendado. Espero no haberte ocasionado ninguna molestia y que tu amigo no pensara que no quería trabajar. Pero una vez allí no le vi.
Santos tragó saliva, León le había puesto sin querer en un aprieto.
-No te preocupes. Mi amigo no me ha dicho nada. Imagino que habrá encontrado a otra persona. ¿Y tú? ¿Has encontrado algo?
- Sí, ahora estoy genial. He encontrado algo muy bueno y que se ajusta a mis necesidades perfectamente. Es lo que andaba buscando. Quizá en parte sea gracias a ti.
Desde el fondo de la sala se escuchó como otro de los espectadores de la película chistaba con violencia. Santos levantó levemente la mano a modo de disculpa. Se había dejado llevar por la euforia y estaba hablando como si hubiera encontrado a un amigo de la infancia en un bar. Continuaron la conversación en voz baja, aunque en realidad León estaba más interesado en la película que en hablar con Santos.
********
Un chico rubio de unos trece años jugaba con un perro mientras otros dos muchachos mayores vestidos de militar que cargaban varios bultos a la espalda se cruzaban con él y le pedían que se fuese a casa. Eso no pintaba bien. La película también volvió a interesar a Santos y se dio cuenta de que ha dejado su botella refresco en la butaca que ocupó al entrar en la sala. Volvió a deslizarse entre los asientos para no llamar la atención más de lo que ya lo había hecho y volvió a la posición inicial. Una vez allí recuperó la botella y le dio un largo trago. Terminó el contenido y la dejó donde estaba. La película iba a terminar y Santos decidió esperar a que acabase para levantarse y salir con León. Se sentía eufórico. Todos sus problemas y quebraderos de cabeza acababan de terminar. León estaba bien. No estaba muerto. En realidad nadie dijo que lo estuviera pero era claro que el Holandés lo había liquidado y en agradecimiento quisiera colmarlo de atenciones. Pero si León estaba vivo, ¿por qué estaba tan pesado el Holandés? Daba igual. Lo importante era que todo estaba saliendo bien. Se moría porque terminara la película e invitar a León a unas cervezas.
Minutos más tarde empezaron a aparecer los créditos en la pantalla y las luces se encendieron de golpe. Santos tardó unos segundos en recuperar la visión y cuando lo hizo, lo primero que vio fue al tipo que les había llamado la atención durante la película. Sus ojos estaban mirando a Santos de manera extraña, como si estuviera loco y como él no quería problemas empezó a buscar con la mirada a León.
No estaba. Había desaparecido. Quizá había perdido demasiado tiempo aguantándole la mirada al loco de la fila de detrás y ahora León se había ido. Se sintió un poco molesto. No le habría costado nada pararse y despedirse. Tampoco tenía porque hacerlo, era sólo una cuestión de lo que Santos entendía como cortesía. Pero tampoco le dio demasiadas vueltas. Sacó el escarabajo del aparcamiento y fue como si hubiese salido un arco iris después de una tormenta. Todo volvía a la normalidad y si Darío se terminaba de recuperar la jugada saldría perfecta. Nunca más volvería a jugar a ser un gángster. Lo prometía y lo gritaba a los cuatro vientos con la ventanilla de su escarabajo bajada mientras cantaba como un loco The Angels have gone de David Bowie.
Durante toda la semana siguiente el teléfono de Lulú ofrecía el mismo mensaje. El número de teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento, inténtelo más tarde. Un día tras otro el mismo mensaje y un día tras otro Santos seguía intentándolo. Siete días después se armó de valor y compró un ramo de rosas con el que se presentó directamente en su casa. Cuando llegó en su casa sólo estaba Zoila.
- Hola guapo, gracias por el ramo. Aunque imagino que no será para mí.- Bromeó Zoila mientras le dejaba entrar al apartamento.
- Ya sabes que tú te mereces este ramo y mucho más, pero he venido a hablar con Lulú. He intentado no venir aquí pero ya no me queda otro remedio. No contesta mis llamadas y ya no aguanto más.
Zoila bajó la mirada y las rosas parecieron marchitarse con su expresión. A Santos se le puso un nudo en la garganta y aunque temía la respuesta, hizo la pregunta.
- ¿Sabes algo que yo debería saber?
- Mira Santos, voy a ser sincera contigo.- Zoila invitó a Santos a sentarse junto a ella en el sofá. Lo que Zoila iba a decirle requería de una cierta intimidad. Ser dicho en una distancia corta y no se andó con rodeos.
- Lulú no está. Se ha marchado con un amigo suyo, no se si finlandés o danés. Un artista que quería probar suerte en unas galerías de Estados Unidos con cuadros y esculturas y no se cuando volverá, pero antes de marcharse me pidió que fuera buscando nueva compañera de piso. Creo que tardará bastante en volver.
- Pero...si yo la quiero. No puede ser cierto. Así, sin darme una explicación...No puede ser...- Santos miraba al suelo intentando encontrar algún motivo.
La mano de Zoila se posó sobre su rodilla. Si alguna de las rosas del ramo no se había marchitado ya, no tardaría mucho en hacerlo.
- Antes de irse me pidió que te entregara este sobre.-Zoila sacó de debajo de unas revistas un sobre blanco.- Imagino que aquí encontrarás algunas de las respuestas a tantas preguntas.
Santos abrió el sobre allí mismo y leyó con ansia. En las hojas escritas a mano por Lulú estaba escrita una pequeña biografía. Cosas que nunca se atrevió a decirle a nadie y que nunca creyó que tendría que contar, pero quizá había llegado el momento de liberarse de ellas y quizá escribirlas fuese una solución. En esa historia, Lulú contaba como su padre, policía nacional, se quitó la vida de un disparo con su arma reglamentaria en su propia casa. Ella fue quién encontró el cuerpo sin vida de su progenitor. Después de ese hecho, tuvo el infortunio de cruzarse con varios hombres en su vida que quizá no supieron comprender su carácter especial y uno de sus novios tuvo el dudoso honor de ser llamado taxidriver por todos sus amigos desde el día en que se le disparó un arma en un bar y casi mata a un tipo.
Encontrar el arma en casa de Santos le hizo despertar sentimientos que ya creía olvidados y en ese momento comprendió que quizá, jamás los superaría. Era hora de poner tierra de por medio y deseándole mucha suerte a Santos, se despedía de él. Seguramente para siempre. Zoila pudo oir como su corazón se partía en mil pedazos dentro de su pecho.
Santos dejó las flores en la mesa. Con las hojas todavía en la mano y la mirada perdida en el suelo salió del apartamento de Zoila sin despedirse. Ella si dijo algo. Llámame si necesitas hablar con alguieno estoy aquí si me necesitas...Santos no llegó a escuchar con claridad, tampoco respondió. Estaba abatido. Acababa de dar por perdida a la mujer de su vida por una pistola que sólo le había traído problemas. Quizá eso si mereciera beber. Aunque sólo fuese por esa noche.
Salió conduciendo su escarabajo con la firme promesa hecha así mismo de beber. Beber para olvidar, como se ha hecho toda la vida. Beber hasta perder el sentido y no recordar porqué estaba bebiendo. Pero la inercia de la conducción le llevó de nuevo al cine donde la semana pasada había visto a León. Miró la cartelera y comprobó que volvía a ser el día de las películas en versión original. Continuaba el ciclo de Gus Van Sant. La película de ese día era Paranoid Park y junto con la entrada, el taquillero volvió a darle el programa de la versión original que le dieron la semana anterior y que volvió a guardar en el bolsillo de la chaqueta. Cuando entró en la sala había menos gente que la última vez, y entre los presentes no distinguió a León, por lo que decididió empezar a ver la película y sino le parecía interesante, se marcharía solo a beber. Así de fácil.
Esta película le gustó menos que la anterior. Un joven patinador descubre un parque donde hay muchos chicos como él, y un día, accidentalmente mata a un guardia de seguridad en un lugar cercano. La película empezaba a traerle malos recuerdos a Santos y justo cuando hizo ademán de levantarse para marcharse, vio a León sentando en el mismo sitio que la semana anterior. Estaba embelesado mirando la pantalla y casi no parpadeaba. Santos no le había visto entrar, pero se alegró de haberlo encontrado allí. Como la otra vez, bajó hasta ponerse a su lado pero sin hablarle. No quería sacarle de su concentración pero volvió a ocurrir lo mismo. Antes de que acabara la película, Santos se distrajo unos segundos con el teléfono móvil y cuando se giró para ver a León, éste ya no estaba. Había desaparecido de nuevo. En un abrir y cerrar de ojos se había volatilizado, como si alguien esperara al momento en que Santos estuviera despistado para sacarle de allí a hurtadillas sin que nadie se de cuenta. Ya era la segunda vez que le pasaba.
Cuando salió del cine volvió a consultar el programa. Quedaban dos películas del ciclo. Mi Idaho privado la semana siguiente y Drugstore Cowboy para finalizar. Santos se emborrachó y se fue a su casa. Volvió a emborracharse todas las noches hasta la semana siguiente. El día de Mi Idaho privado se sentó en su escarabajo en la puerta del cine. León no se le iba a escapar esta vez. Empezaba a haber algo raro en ese comportamiento y Santos quería descubrirlo. Ahora sin Lulú tenía todo el tiempo del mundo.
Santos vio como León estaba en la taquilla del cine y como compraba su entrada y pasaba a la sala pero ese día quiso ser más listo y decidió esperarlo sentado en su coche. Solo había una salida y por fuerza tendría que salir por allí. Luego le seguiría. Sentado en el coche pasaron los minutos, pasaron los cigarros y pasaron las canciones.
Aproximadamente dos horas después finalizó la sesión. Salieron diez o doce personas de la sala de versión original, era el público habitual para esas películas pero Santos no vio salir a León. Accionó las luces de emergencia en el coche y decidió entrar a buscarlo. El acomodador se lo impidió, la película había terminado y ya no quedaba nadie dentro. Santos insistió en querer entrar aduciendo que había perdido el teléfono móvil y creía que estaba dentro. El acomodador accedió a regañadientes y le acompañó a buscarlo. Efectivamente ya no quedaba nadie en la sala. León había vuelto a desaparecer.
Esa noche Santos decidió ir directamente a su casa pero tres días después ,durante una de sus sesiones alcohólicas en el Cactus, se le acercó Zoila.
- Imagino que estarás contento, ¿verdad?
- ¿Contento? ¿por qué debería estarlo?
- ¿No te has enterado? Han detenido a tu amigo Holandés. Parece que esta vez va en serio. Le va a caer una buena.
- Me alegro. Que se joda ese cabrón.- Dijo Santos gritando más de lo que creía-. Voy a beber a la salud de ese cerdo. Ponme otra cerveza. Espero que pase muchos años en la cárcel.
- Seguramente sea así. Por lo que he oído han encontrado un cuerpo en la vieja fábrica de cerveza y lo relacionan con él. Creen que pudo ser él quién le disparó. Igual te suena. Era un chico que de vez en cuando venía por aquí. Un tal León.
Los efectos del alcohol desaparecieron inmediatamente del cuerpo de Santos.
- ¿León? ¿Has dicho León? Eso es imposible. Le vi la otra noche en el cine. Estás equivocada. No puede ser. Has debido confundirte.- Santos intentaba que sus palabras tuvieran credibilidad y las decía en voz alta, para intentar creérselas él también, pero algo en su interior que Zoila no estaba equivocada.
A la semana siguiente llegó el primero al cine y ocupó el asiento contiguo al que siempre utilizaba León. Drugstore Cowboy empezó sin retraso. Cuando las luces se apagaron León ya estaba sentado a su lado.
- Hoy es el último día ¿verdad?- preguntó Santos sabiendo la respuesta de antemano.
León asintió con la cabeza sin despegar la vista de la pantalla en la que unos yonkis bajo los efectos del síndrome de abstinencia atracaban una farmacia.
- ¿Qué significa todo ésto? ¿Por qué me haces ésto?...
Alguien chistó con firmeza desde el fondo de la sala y algunas voces pedían silencio al tipo que hablaba solo en la fila de abajo. La película transcurría y León no pestañeaba. Esta vez fue Santos el que abandonó antes la sala. Cogió su escarabajo y cuando se dirigía a ninguna parte, un camión de la basura conducido por un tipo gordo y con un cigarrillo en la comisura de los labios se saltó la prohibición de un semáforo y arrolló el coche de Santos aplastando su puerta.
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