


| Escritor: | tylerdurden |
| Públicado: | 30/12/2010 |
6
Es curioso como vienen a la mente los recuerdos de la infancia. León tenía varios recurrentes. Uno de éllos era del Museo de la Ciencia. Por diversas razones, estuvo en ese Museo varias veces a lo largo de su infancia y únicamente había dos cosas de allí que llamaban poderosamente su atención. Una era la bola que desprendía electricidad estática y erizaba el vello. La otra era el péndulo de Foucault, creado para demostrar la rotación de la Tierra. Podía estar horas moviéndose y León podía estar horas mirándolo. Con sus movimientos lentos, trazados como a compás, iba de un lado a otro, sin mayor pretensión que no dejar de moverse. Cuando les llamaban al autocar y volvían León fantaseaba con ese péndulo. Imaginaba que alguien jugaba con él. Quizá un niño al que le habían dado ese péndulo y lo usaba como juguete y a su vez él era quien hacía mover el mundo con el péndulo y no al revés. Creía que alguien estaba detrás de todo, no un Dios, si no alguien mucho más terrenal, que en vez de tirar dados y jugar una partida, utilizaba el péndulo para dirigirlos a todos.
En ese momento se preguntó quién estaría dirigiendo su péndulo. Ese alguien había hecho que se encontrara en un bar, donde no conocía a nadie, empuñando una pistola y amenazando a todo el mundo. Como un loco, un tarado de los que aparecían en las noticias y eran el comentario de la tarde en el gimnasio. ¿Has visto ese imbécil que entró en un bar con una pistola? Sí, la policía lo acribilló Debía ser un perturbado Otro más.
Mientras empuñaba un arma que no era suya y mantenía a todo el mundo contra la pared, León intentó pensar que él no era un perturbado, aunque por otra parte, imaginó que ésos serían los pensamientos que tiene un perturbado justo antes de morir desangrado en el suelo de un bar al que un día entró y nadie le hizo caso. Él sólo quería recuperar lo que era suyo y las circunstancias no le ayudaban. Es más, todo parecía estar en su contra. Sólo quería encontrar a un tipo que tenía algo que era suyo, que le hacía mucha falta y ése alguien parecía que iba saltando delante de él, dejando migas de pan para seguir su rastro pero siempre un paso por delante. A cada paso un poco más cerca, más cerca de la desesperación. Le llamarían al teléfono y él no podría contestar. Sólo quería eso, poder contestar esa llamada y poder tener su nueva oportunidad. Para no ser un perturbado, para no acabar muerto en el suelo de ningún bar, para que al fin, él pudiera coger su péndulo y dirigir su destino, pero se encontraba en ese bar, con esa pistola en la mano, empuñando a gente que no conocía de nada, creyendo que nunca había tenido poder sobre su péndulo y nunca lo tendría. Era así de sencillo. Incluso alguien podría pensar que era más divertido así, no saber que va a ocurrir mañana. No saber hacia donde te dirigirá el destino pero León ya no podía más y había sacado una pistola. Y había amenazado a la gente. Y había apuntado a un camarero. Y el camarero le había dicho que Santos no había estado allí esa noche, pero que si quería encontrarlo, podía ir a su casa. Dicho así parecía bastante sencillo, incluso desproporcionado el hecho de que hubiera tenido que sacar la pistola para obtener esa pequeña información, pero eso no era información. Era una miga más en el camino de Pulgarcito. ¿Tan difícil era que alguien le dijera donde vivía el maldito Santos? Parece que sí, pero también parecía que cuando se tiene una pistola en la mano, la gente escuchaba mucho más, era como si fuera un amplificador de tus palabras. La gente dejó de hacer lo que estaba haciendo y prestó total atención a lo que se decía y sobre todo a lo que se hacía. Se preocuparon por él y por su bienestar, Tranquilo tío, baja la pistola, aquí somos todos colegas. León no quería morir acribillado y ellos tampoco. No quería pensar en la cara que habrían puesto cuando se hubiera ido con la dirección de Santos. Sólo con eso. ¿Quién monta un número así por una dirección? Sólo un perturbado. No quería nada más. Una simple dirección. Qué sencillo hubiera sido entrar, tomar algo, preguntar por la dirección e irse con una sonrisa y un gracias, pero no había sido posible. Hay veces en las que si uno no saca una pistola, parece el maldito hombre invisible. León ya era un taxidriver. Acababa de ganarse un puesto de honor en el club.
Una vez dentro del coche todo volvió a la normalidad. Su golf era su templo. Su lugar de la relajación y la tranquilidad, todo sería perfecto si Magnus no estuviera de nuevo de copiloto charlando sin parar. Rememorando una y otra vez los momentos vividos hace unos instantes en el bar.
- ¡Guau tío! ¡Ha sido alucinante! ¿Por qué no me habías dicho que tenías una pistola? Eso lo cambia todo. ¡Vamos a ver al capullo ese a darle su merecido!- Magnus no se había enterado de nada. Seguramente había sido culpa de León por no haberle hecho llegar la información por los canales adecuados. Estaba claro que esa noche, no era su noche, por eso lo mejor era ir aligerando peso y ya vería que pasaba. Después de lo ocurrido, León se veía capaz de cualquier cosa y nada ni nadie le iba a separar de su nueva oportunidad. Nada ni nadie.
- Mira Magnus, te agradezco mucho que me hayas acompañado y todo eso pero ya está. No quiero meterte en problemas. Imagino que ya tienes bastantes. No te preocupes por mí, yo me las apaño.
Magnus le miró a los ojos. Los entornó. Sus ojos ya no eran los del perrito que acababa de recoger de una perrera, son los de un perro al que acababa de abandonar en una gasolinera. Tenía la sensación de haber sacado de nuevo la pistola y haber disparado directamente al corazón de su autoestima. No me hagas esto somos colegas no puedes dejarme tirado ahora Magnus y León no eran colegas. Nunca lo habían sido. Si hubiera podido cuando se hacía llamar Olaf le hubiera arrancando las tripas y ahora no quiere ni oir hablar de despegarse de él. Hermanos de sangre tío, yo la derramaría por ti y tú por mi. Su discurso fraternal le agotaba. No tenía ganas de seguir discutiendo, por lo que de momento seguirían juntos, aunque era una relación con fecha de caducidad. Ambos lo sabían.
- Está bien Magnus, vamos a ver a Santos, pero cuando tenga mi teléfono, cada uno por su lado.
Los ojos de Magnus recobraron el brillo como por arte de magia. Se iluminaron sus ojos tanto, que casi podrían alumbrar la carretera. Era tarde, casi las cinco de la mañana. El tiempo en el bar se había pasado volando. Después de la subida de adrenalina, León estaba empezando a sentirse cansado. Gracias a Magnus llegaron a casa de Santos en veinte minutos. La noche estaba completamente rota. Era el momento del cambio de turno, por así decirlo. El momento en que la gente que trabajaba, salía o simplemente deambulaba por las noches dejaba paso a los madrugadores del nuevo día. Esas personas que paseaban el perro, hacían el pan, traían periódicos, barrían las calles. El turno de León estaba llegando a su final pero le daba la sensación de que aún le quedaba alguna hora extra por delante. Eran las peores, las más largas y las menos agradecidas. No es que estuviera muy acostumbrado a hacer horas extras, ni siquiera a trabajar, pero se hizo a la idea. Llevaba toda la noche persiguiendo a un fantasma que no dejaba de darle esquinazo sin querer. Estaba exhausto
|
Imprimir |
Enviar historia |
Enviar a Facebook |


