


| Escritor: | tylerdurden |
| Públicado: | 20/12/2010 |
3
¿Cuántas probabilidades puede haber de que alguien te diga que va a presentarte a un tipo que está formalmente muerto y tú lo conozcas? ¿Cuántas posibilidades hay de que además, hayas tenido un problema en el pasado con él y sea la última persona del mundo que quieras encontrarte?
Zoila entró en el apartamento de Magnus como Pedro por su casa. Bolso allí, chaqueta allá. Besos y abrazos a todo el mundo. Magnus aquella noche no estaba solo y ya empezaban a ser una pequeña multitud. Junto a él estaba su agente. A León le hizo bastante gracia verlo en persona. No tenía ninguna pinta de representante de artistas. Como mucho podía ser representante de objetos robados o falsificados en el maletero de su coche. El tipo vestía un traje que ya había pasado de moda en los años setenta. Era el maldito Tony Manero de Barcelona en versión barrio chino, con unos cuantos centímetros menos y unos cuantos kilos de más. Sentado a la mesa junto a él, estaba Lars, el hermano de Magnus. Lars era un tipo que medía más de dos metros y pesaba unos ciento treinta kilos. Había venido de visita a ver su hermano y no sabía ni una sola palabra de castellano. Ni una sola. Su aspecto irradiaba respeto por los cuatro costados. Calvo como una manzana, la cabeza se le juntaba con el cuerpo salvando una ausencia aparente de cuello. Era la versión sueca del muñeco de Michelín con unas manos como sartenes. Si se lo propusiera, sería capaz de romperle todos los huesos del cuerpo a un hombre de un solo puñetazo. Su apretón de manos dejó la suya con varios huesos machacados. Cuando León estrechó su mano, ésta quedó oculta como si la engullera. Lulú se sirvió una copa y trajo otra para él. Sin mediar palabra la chica volvió directamente a uno de los sofás y cogió el mando de la televisión.
En otro ambiente del amplio loft, estaban sentados Lars y el agente a una mesa. Partida de póquer. En la mesa hay tres vasos con bebida. Faltaba el anfitrión. León se quedó por allí de pie, deambulando con su copa en la mano. El apartamento era un único ambiente, sólo con un pequeño cuarto para el baño, pero por lo demás, cocina, comedor, sala de estar y dormitorio estaban sin una sola pared. Lo que le llamó la atención era no ver ni una sola escultura en casa de un escultor. Imaginó que son cosas que ocurren. Una vez muerto, ¿para qué iba a querer seguir esculpiendo? Vagando por el piso con su copa en la mano y su prisa en el reloj vio que en una de las esquinas había un caballete con un lienzo. En el suelo se acumulaban más. Se acerco y los fue pasando con la mano desinteresadamente. No entendía nada de arte ni lo pretendía pero estaba convencido de que esos cuadros los podría pintar un mono borracho. Tal vez hubiera sido así.
Apuró su copa y volvió a mirar el reloj. Y veinte. Se estaba haciendo tarde de nuevo. La vida de León en esos últimos días podía resumirse así. Llegar tarde a todos los sitios. Tarde aquí, tarde allí, tarde para empezar, tarde para volver. Tarde-tarde-tarde. Se escuchó el ruido de la cisterna como una cascada y después el sonido del grifo como el fluir de un río en el pequeño cuarto del baño. León pensó en saludar al escultor, le felicitaría por su obra y se largaría a por lo suyo. Magnus salió subiéndose la cremallera y gritando Voy a desplumaros. Lo veo, lo veo. Lo veo, lo veo. Esas palabras sonaron en la cabeza de León como una antigua canción, de aquéllas que traen vagos recuerdos que no sabes seguro si quieres recordar. Cuando se giró para verlo ya estaba seguro, esa canción no la quería recordar.
Magnus no era Magnus, o por lo menos León no lo conocía por ese nombre. Coincidió con él en un negocio a cuatro bandas hace años. El conocía a alguien y León también conocía a alguien. Ambos alguien querían conocerse para cerrar un trato de compra y venta y la cosa salió mal. Nadie señaló a nadie pero Olaf, como hacía llamarse por aquél entonces iba dejándole recados a León en forma de palizas a la gente con la que tenía contacto e incluso a un conocido suyo llegó a arrancarle una oreja con un cuchillo. Olaf insinuaba con esos actos que ese alguien que León pretendía presentar a su alguien había tenido algo que ver en que todo aquello no funcionara y que estaba en deuda con él por haberle dejado en mala situación a los ojos de su amigo. A León le daba igual, él sabía realmente lo que había pasado y como al poco tiempo desapareció de la circulación, todos respiraron aliviados por haber perdido de vista a ese maníaco. Mira un psicópata menos pensó al tiempo, seguro que alguien le había dado su merecido y con un poco de suerte, no volverían a verle nunca más.
Y de la nada, como el maldito ave fénix, Olaf resurgió de sus cenizas en forma de Magnus. De aprendiz de mafioso a escultor muerto. León no sabía si este hombre estaba evolucionando en la dirección correcta. Si tenía que ser sincero, no le hizo ninguna ilusión volver a verlo. Magnus tardó lo mismo que León en reconocerle a él. Dos segundos. Con su copa en la mano y a quince metros de él, León seguía disimulando con los lienzos apelotonados en el suelo, como si estuviera en un rastro y pudiera llevárselos al peso. Magnus se acercó a León acabando de cerrar la cremallera de su pantalón y con un tono a medio camino entre intentando ser gracioso y sarcástico le dijo: son proyectos, aún no están en venta, pero si quieres, podemos hablar de negocios. Nada más. Le estrechó la mano y le guiñó un ojo. Aquí no había pasado nada para el resto de los presentes. Lulú seguía en la inopia. Lars y el agente estaban sentados a la mesa, charlando entre ellos, esperando que se uniera Magnus. Y entre tanto Magnus y León seguían allí, en aquella esquina alejada, certificando con un apretón de manos que algún día fueron conocidos y ese día no tenían muy claro que eran.
Magnus había cambiado bastante de aspecto. Estaba bien metido en su papel de artista bohemio con sus camisetas desgastadas, sus zapatos caquis y su pelo sucio y descuidado. Había perdido peso y tiene ojeras bastante prominentes. Teniendo en cuenta que lleva un mes encerrado en ese piso, León no sabía si él mismo tendría mejor aspecto en una situación así. El piso estaba fenomenal, pero no dejaba de ser eso, una jaula con barrotes de oro.
- Te quedas un rato a jugar unas manos, ¿verdad?
Ese ¿verdad? iba cargado. León no sabría decir exactamente de qué pero ambos lo sabían. No era un quédate con nosotros de cortesía. Era un siéntate a la mesa y ponte a jugar a las cartas. Inquisidor. Y no pudo hacer otra cosa que sentarme a la mesa. Lulú en su mundo se giró un instante y le recordó a León que tenía mucha prisa, pero él le respondió que para unas buenas manos de póquer siempre había tiempo. Primera mano, pasó. Segunda mano, volvió a pasar. En la tercera ganó 20 euros, en la segunda perdió 30. Otra copa. Mano tras mano y cigarro tras cigarro pasaban los minutos. Las dos y media. Esperó que la Orquídea Voladora no sea uno de esos locales que cierran a las tres, de otro modo volvería a estar jodido. Entre tanto Magnus no paraba de hablar. No sabía si es que no reparaba en que León no tendría que saber que estaba muerto o le daba igual porque sabía que le tiene en sus manos. Si en ese momento lo hubiera deseado, su hermano le habría tirado por la ventana, aunque eso serían muchas explicaciones que dar. Por esa parte estaba tranquilo, pero conociéndolo estaba seguro de que Magnus no dejaría pasar la oportunidad que le brindaba el destino.
- ¿Sabéis?- comentó con un cigarro en la boca mientras miraba las cartas con un ojo cerrado debido al humo.- El plan es dejar la escultura y reaparecer en Nueva York con otro nombre como pintor.
Magnus arqueó las cejas y esa cara estirada iba cargada de significado. Deja de decir tonterías. León aprovechó para ir a la zona donde estaba la barra americana y servirse la que debería ser la última copa antes de irse. A los diez segundos Magnus fue detrás y abrió la nevera. Mientras estaba poniendo el hielo en el vaso, le deslizó una nota sobre el mármol negro. Tan limpio que sólo con mirar allí vio en él la cara de Magnus reflejando una enorme sonrisa. SACAME DE AQUI. Es lo único que ponía el papel. Si León no tenía ya suficientes problemas, acababa de adquirir uno nuevo.
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