El péndulo (I)

1

 

Música, ruido, humo, risas, alcohol, más humo, gente, mucha gente, todavía más humo. Llegó un momento en que su olfato dijo basta y su reloj se lo confirmó. Menos cuarto, muy tarde.

 

- Zoila bonita, ¿por qué no me acercas la chaqueta? La tienes ahí mismo, debajo de la barra.- Zoila alargó su brazo tatuado y le acercó una chaqueta de cuero negra. León la enrolló debajo del brazo y salió a la calle a respirar. El aire fresco entró por las aletas de su nariz y llenó sus pulmones. León consideraba que encontrar un bar de confianza era importante. Casi tanto como encontrar un médico o un abogado. León incluso diría que más. En circunstancias normales uno debería visitar más el bar que el hospital o el juzgado. Sólo en circunstancias normales. Salió del Cactus sonriendo. Había sido un gran día. Pamela, su ex, le había llamado. Quería que hablaran y en su cabeza se habían disparado todas las alarmas. “Leo, tenemos que hablar, es importante, te llamo mañana y te cuento” “No, mejor te lo digo en persona, es importante”. Fin de la conversación. A partir de ese momento empezó a especular con sus fantasías.. ¿Una quinta oportunidad? Sabía que no se la merecía pero había insistido mucho. Probablemente sería la última.

 

Entró en su Golf. Herencia de su hermano. Cuando eran críos heredaba su ropa. Ahora que tiene una talla más que él, sólo podía heredar su coche. No tenía mal gusto, Golf GTI. Ciento veinticinco caballos a su disposición debajo del capó. El trato era que él se hacía cargo del seguro y las reparaciones y su hermano no perdía de vista esos ciento veinticinco caballos galopantes. Siempre fue un sentimental, y lo seguía siendo. Su chaqueta enrollada ocupaba el asiento del copiloto. Casi daban ganas de atarle el cinturón de seguridad.

Giró a la izquierda y se sumó al tráfico. Mil ideas hervían en su cerebro, saltando de una a otra sin pauta. Tenía tanto que hacer antes de verla. Nada podía fallar.

Llegó a casa y aparcó el coche justo en la puerta. Era su día de suerte, estuvo tentado de ir al casino. Coger todo su dinero y multiplicarlo por diez. O por mil. Poder ver el domingo a Pamela y decirle “mira cariño, todo lo que he conseguido para ti, para nuestro futuro”. La idea le seducía y le excitaba, casi le hacía sudar. Pero ese día no. Tenía que estar preparado para el domingo. Iba a ser como su segundo nacimiento. La cena de graduación que nunca tuvo.  Subió a casa y la chaqueta enrollada que le hacía de copiloto ahora colgaba detrás de la puerta de su casa. El edificio parecía antiguo y sí, lo era. Pero que se podía esperar de un tipo como él, sin oficio ni beneficio, siempre a salto de mata, siempre escapándose por los pelos.

 

Busco su móvil en el bolsillo interior de la chaqueta. Cuando dejaba la chaqueta por ahí, tenía la costumbre de tener el móvil apagado dentro. Un amigo le dijo una vez que alguien le robó la chaqueta con el teléfono conectado y al final de mes, le llegó una factura de móvil de novecientos cincuenta euros por varias llamadas a Surinam. Su amigo aseguraba que no tiene familia en Surinam. Así que iba a conectarlo y a cargarle la batería, tenia que estar listo y preparado. Abrió la chaqueta y sorpresa. El interior de la misma era de cuadros rojos. La suya era de color negro. Las costuras estaban deshilachadas. Las suyas estaban perfectamente. La tela estaba completamente arrugada. La suya era nueva. “Mierda Zoila, me has dado una chaqueta que no es mía”. Miró el reloj de nuevo, y media, no sabía si sería demasiado tarde. Cogió las llaves y bajo los escalones de cuatro en cuatro. Corriendo al Cactus a deshacer el entuerto, esperaba llegar a tiempo. En ese momento se alegró de no haber ido al casino.

 

Arrancó el coche y la circulación le llevó detrás del camión de la basura. Su calle era más estrecha que la garganta del diablo y el maldito camión de la basura parecía un tanque alemán intentando abrirse paso en el frente de Stalingrado. Avanzando lentamente, vacilante, con sus rutilantes luces naranjas. El tipo que lo comandaba era un barrigudo con un cigarro aplastado en la comisura de sus labios. Estaba convencido de que cuando se levantó esa mañana, ese cigarro ya estaba ahí. Paraba su tanque cada cuarenta metros, bajaba solemnemente de la cabina y lo primero que hacía era ver la cola que llevaba acumulada. En ese momento León era  el cuarto coche de una fila de siete. El barrigudo era feliz. Por esa sonrisa que se dibujaba en sus labios creía que estaba a punto de batir su propio récord, así que se lo tomaba con calma. Accionó lentamente los mecanismos y unos cuernos salieron de la caja del camión y elevaron el contenedor hasta hacerlo volcar en su interior. Así tres contenedores. El barrigudo estaba esperando que alguien tocara el claxon para tener una excusa y poder ir más lento, pero León no cayó en la trampa. Cuando terminó con los tres contenedores la fila era de doce coches. Miró la línea de coches como un vaquero mira a otro en un duelo a muerte al alba. Dos segundos de pausa y dio media vuelta. Torpemente subió de nuevo a su cabina y ésta se tambaleó debido al peso y a los movimientos bruscos. Último semáforo y calle Condal, cuatro carriles, ahí se abría un mundo nuevo para la larga fila que ya era de quince coches. Al girar a la derecha el camión ocupó el carril de la derecha como si el conductor no hubiera roto un plato en su vida. Los demás ocuparon el resto de carriles mientras lanzaban miradas asesinas a la cabina del camión. El gordo se encogió de hombros y cuando el semáforo se puso de color verde, el que ocupaba el puesto número uno en la larga cola se quedó discutiendo con él. Era lo que esperaba, ahora si estaba completamente satisfecho.

 

León volvió a su realidad, el reloj que había debajo de la aguja del cuentarevoluciones decía que eran y diez. Tarde, muy tarde. Un vistazo rápido a la otra parte del panel le informó de que faltaban unos cincuenta kilómetros para que el coche llegara a los doscientos mil. Una buena cifra para una celebración. Había llamado a su hermano y había comprado unos puros. En cuanto estuviera más cerca de la cifra, lo llamaría e irían a hacer los últimos kilómetros fumando unos auténticos Montecristo, o eso le dijo el tipo que se los vendió a treinta euros la unidad. Izquierda, derecha y vuelta al Cactus. Cerrado. No quedaba ni un triste borracho en la puerta. Ni un alma. Todas las malditas noches se pasaban del límite de la hora y ese día que León necesitaba que estuviera abierto, les dió por cumplir la ley.

 

Una cosa tenía clara, había alguien por ahí que llevaba una chaqueta que no era la suya. Además de él, claro está. Había otra persona que le había dicho a Zoila: “Zoila bonita, ¿por qué no me acercas la chaqueta? La tienes ahí mismo, debajo de la barra.”- Y Zoila habría metido su brazo tatuado debajo de la maldita barra y le habría dado su chaqueta de cuero negro. Esa que tenía el interior negro, las costuras perfectas y la tela nueva. Y su teléfono móvil apagado en el bolsillo interior. Estaba imaginando a un tipo de Surinam con su chaqueta puesta lamentándose intentando activar su teléfono para llamar a su primo y contarle la suerte que ha tenido. Por supuesto la suerte de León seguía su caída en picado y ni se le ocurrió pensar que aquél hueco para su coche que encontró delante de su casa, ya no estaba allí. Diez calles más abajo encontró un sitio donde después de mil maniobras consiguió encajar su vehículo. Veinte minutos de paseo hasta su casa. Suma y sigue, al momento siguiente se puso a llover. Al menos tenía debajo del brazo, enrollada, la chaqueta de tercera o cuarta mano de su socio de Surinam. Se la puso y notó que le quedaba como un guante, pero no era su guante. Al encajarla contra su pecho noto un bulto a la altura de las costillas. No se podía creer que ese tipo también hubiera usado su truco. Había guardado su teléfono móvil apagado en el bolsillo interior y ahora andaba como él,  dando tumbos por la ciudad buscando su móvil y su chaqueta estropeada. No resistió la tentación y abrió el bolsillo para coger el teléfono móvil, quizá no estuviera apagado y pudiera abrir un nuevo camino para  poder recuperar el suyo. Su tacto era un tanto extraño. A la luz de la farola hubo una nueva sorpresa. Lo que su amigo de Surinam guardaba en el bolsillo interior de la chaqueta no era su teléfono móvil, era una pistola.

 

Por arte de abracadabra había cambiado su teléfono por una pistola. Ni el mejor ilusionista habría visto el truco. La chaqueta era exactamente igual por fuera, en el interior estaba la trampa. El asunto se complicaba por momentos.

 

Media hora después estaba en su dormitorio. El influjo de la pistola le atrajo como un canto de sirenas. Abrió el cajón y la puso sobre su mano. Era una pistola pequeña, casi no se veía si cerraba la mano y acto seguido estaba haciendo de Robert de Niro delante del espejo. Eso le recordó la historia de su amigo Bomba. Bomba era otro Robert de Niro. Un pequeño traficante a pequeña escala. Veinticuatro horas disponible para vender y también comprar. Un día se le acercó un raterillo que le cambió una pistola pequeña por dos gramos de speed. Bomba era el tipo más feliz sobre la tierra, ya tenía su pistola. Ya era alguien en el mundo del business, ya podía defender su territorio. Dedicarse tiempo al business requiere una mente tranquila y relajada y  no era el caso de su amigo Bomba. Una noche en el Cactus bebió y bebió. En realidad todos bebieron y bebieron y cuando se dieron cuenta estaban retando a Bomba a que les enseñara la pistola. Hizo un par de amagos pero al final la enseñó. “Haz el taxi driver” se escuchó desde una mesa al fondo del local. Bomba hizo tres intentos fallidos de sacar la pistola de la manga y cogerla con la misma mano. Al cuarto lo hizo tan bien que de la inercia disparó a un tipo en el cuello. El seguro estaba roto y el capullo ni siquiera lo había comprobado. Dos semanas había ido con la pistola encima. Dándole golpes, sentándose encima, colocada dentro de su cinturón a la altura de sus queridos genitales y ni siquiera había sido capaz de comprobar si tenía el seguro puesto correctamente. Por otra parte, ¿qué se podía pedir por dos gramos de speed?. Bomba le había disparado en el cuello a un tipo que estaba sentado tres mesas atrás. Era un tipo rubio, alto con coleta y barba. El típico Jesucristo desaliñado de bar. Se llevó la mano al cuello y la sangre manaba a borbotones de entre sus dedos. “Mierda, mierda, mierda” gritaba el pobre Bomba desesperado. El rubio se había caído al suelo y lo estaba poniendo todo perdido de sangre. Zoila gritaba como una posesa y Hércules, el dueño del bar, salió del lavabo con los pantalones a medio subir y un bate de béisbol en la mano.

 

El segundo acto del show de Bomba fue soberbio. Metió al rubio en su coche y lo llevó a las urgencias del hospital. En el trayecto chocó contra un contenedor y una farola. Su coche nuevo abollado y con los asientos traseros calados de sangre. Cuando llegó a urgencias tuvo la genial idea de soltarlo en la puerta y largarse corriendo. Como cuando se abandona a un abuelo en una gasolinera o a un perro en la cuneta. “No te preocupes, todo saldrá bien”, eso le dijo el tipo que acababa de pegarle un balazo en el cuello y le abandonaba a su suerte tirado como una colilla. No sonaba muy prometedor. El rubio tuvo suerte, la bala sólo le rozó. Bomba tuvo peor fortuna. A las dos horas del disparo la policía apareció en el Cactus y Bomba estaba en la barra retomando su borrachera truncada por los acontecimientos. No se le había vuelto a ver por el bar. Desde entonces, cuando alguien hacía una gilipollez o tenía pensado hacerla hacerla, le llamaban taxi driver.

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Comentarios:

Escrito por: ariasfuentes       17/12/10 12:02
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Me alegro mucho de tu vuelta. Se nota que esta "parada y fonda" te ha venido para deleitarnos de nuevo con tu maravillosa forma de contar las cosas que, aparte de enganchar con su escritura viva y trepidante, nos haces pasar un rato de diversión reflexiva.
Bravo.
Voy a por el siguiente
Escrito por: mayca       16/12/10 19:17
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me da mucho gusto volverte a leer, hacia mucho no escribias, excelente historia, bueno, que te digo, siempre has sido un gran escritor a mi en lo particular me encanta leerte. Un fuerte abrazo.
Escrito por: tylerdurden       15/12/10 18:30
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Gracias por el comentario Edwin.

Ese es el mayor problema que me surge a la hora de escribir, poder encontrar un tema que me resulte interesante y hacer que resulte interesante para el que lee. Me cuesta bastante encontrar la diferencia entre lo esencial y "la paja" que todo texto ha de tener.

Esta historia es lineal y sigue una serie de acontecimientos que acaban precipitando en otros y sus consecuencias. Espero que te guste como transcurre. Un saludo y gracias de nuevo.
Escrito por: perrosabueso       15/12/10 17:48
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Lo lei. Efectivamente, muy bien escrito, una fluidez divina. La mayoria de los Premios Alfaguara y Premios Planeta estan escritos asi. Es mi literatura preferida? No. Pero no quita que escribes con maestria. Muchos escritores, como el pesado Premio Planeta 2008 (Fernando Savater) tienen un estilo similar. El problema es que los episodios van por las ramas, y uno como lector sabe que se trata de veinte paginas de relleno por cada una de verdadera accion necesaria en la novela. No se si me explico. Pero no importa, a mi tampoco me gusta Paul Auster. Una cosa que hago en mis novelas es no dejar que ni un parrafo adolesca de algun giro interesante, que se yo, sea por su poesia o por un dato revelado, para que el lector vea que cada momento de la novela es un eslabon, un escalon que nos llevara a su catarsis. Como escritor puedes escribir bien, pero hay que escoger un tema que interese. (Todavia no se a donde llevaara esta novela, asi que es este un comentario limitado). Pero sigo diciendo que hay talento aqui, y mucho.
Escrito por: Leonahi       15/12/10 07:44
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Primero que nada, infinitas gracias por tu regreso, ¡te extrañaba muchísimo!
Un relato trepidante, muy al estilo tylerdurden, lo curioso es que me tenías acostumbrado a que escribías en primera persona y ahora lo haces de narrador, lo haces estupendamente bien pero me ha sorprendido, eso es todo.
Manejas la trama con maestría, sigues siendo un genio a la hora de entretejer la historia y sabes como enganchar al lector para que no quiera ni parpadear al leer.
Para variar y que te convenzas de que sigo siendo el mismo te diré que no se si es que en Europa lo digan asi pero nosotros decimos que la caída iba en picada y no caída en picado... ah, me hubiera gustado mas Ducados en lugar de Montecristo jajaja lo que pasa es que los Ducados si los he probado y los otros no jajaja
Una vez mas mil gracias por tu regreso, espero vaya viento en popa tu novela y por favor, sube otra parte de T-Sume, me dejaste en suspenso.
Ah, por ahí tenemos un relato pendiente, espero lo recuerdes...
Un fortísimo abrazo de tu amigo en la distancia:
Ben Guillén
Escrito por: EVOCACION       14/12/10 16:05
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Tylerdurden, se te extrañaba...leido y disfrutado y por supuesto lista a seguir la secuencia de este excelente relato, vaya que siempre es imprevisto el camino por donde llevas a la mente, sigo leyendo...saludos.
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