El Péndulo (E)

E

 

Los días se hacían interminables. La noción del tiempo estaba perdida en parte gracias al reloj que siempre marcaba la misma hora y en parte a la desgana de conocer la auténtica. Santos se levantaba con el único ánimo de volver a acostarse rápidamente. Estaba de pie el tiempo justo de abrir la nevera y buscar hielo para apaciguar el sabor del alcohol, hacer sus necesidades y vaciar el cenicero. Apenas comía, y cuando lo hacía, se alimentaba lo justo para tener algo en el estómago que amortiguara la caída de tanto alcohol.

 

No soportaba su reflejo en el espejo, por lo que se había deshecho sistemáticamente de ellos hasta no tener ninguno en toda la casa. De vez en cuando adivinaba su reflejo en algún cristal o al fondo de su copa, cosa que le invitaba a acabar con el líquido rápidamente. Durante aquellos días, se sintió como Atlas, cargando con el peso del mundo sobre sus hombros, aunque sabía de sobras que lo único que cargaba era el peso de su conciencia.

 

Zarrapastroso y completamente desaliñado pasaba los días, manteniendo contacto con el exterior únicamente con una tienda de víveres que tenía a dos manzanas de su casa, a la cual se dirigía siempre que se acababa lo que tenía almacenado como un alma en pena. Se servía sus provisiones y pagaba sin decir más palabras que las necesarias. Día tras día. Noche tras noche.

 

En una de aquellas excursiones a la tienda para su habitual avituallamiento, se encontró que estaba cerrada. Le pareció bastante extraño pues siempre que había acudido a ella, fuera de día o de noche, la había encontrado abierta. Pero aquella no era una tienda abierta las veinticuatro horas del día y tras varios días de acudir fiel a su cita, encontró con que aquel día tenía las puertas cerradas. Tenía pensado comprar bebida, tabaco y algo de comer. Lo cierto es que por la comida le dio un poco igual, lo que más le urgía era el tabaco y el alcohol, por lo que continuó caminando en busca de otra tienda donde servirse. Sin rumbo fijo empezó a caminar. No había mucha gente por la calle, cosa que agradeció. No estaba de humor para recibir miradas escrutadoras. Durante largo rato estuvo caminando y ni rastro de local, gasolinera o colmado donde comprar nada, cayendo en ese momento en la cuenta de que perfectamente podría ser cualquier hora de la madrugada y difícilmente encontraría algo abierto. Decidió volver a casa por otro camino para probar fortuna pero ya estaba abandonando toda esperanza de tener suerte.

 

Al girar la bocacalle y empezar a regresar por la calle paralela, se dio cuenta de que esa calle le era bastante familiar y sin pretenderlo, se vio en la puerta del Cactus. Se mantuvo durante unos segundos a una distancia prudencial, valorando los pros y los contras de volver a entrar allí. Por fin ganaron los pros y las ganas de echarse algo fresco y alcohólico a la garganta. Siempre con la esperanza de no encontrar allí a nadie conocido.

 

Tal esperanza se desvaneció tan rápido como lo que tarda en cerrarse una puerta y sentarse una persona en un taburete en una barra de bar. Alzó la vista y allí estaba Zoila. Era lógico que estuviera allí, pero mientras Santos entraba y tomaba asiento, intentó mentalizarse de que quizá no la encontraría. Después de lo ocurrido, tenía el pensamiento de que la última vez que estuvo allí fue hace años, cuando en realidad habían pasado pocas semanas y prácticamente nada había cambiado. Ella no tardó ni un segundo en reconocerle.

 

- Vaya Santos, que mal aspecto tienes. Parece que te haya atropellado un camión, haya dado marcha atrás y te haya pasado por encima otra vez.

 

- Gracias Zoila. Yo también me alegro de verte. ¿Me pones algo de beber?- respondió secamente Santos.

 

- Sí claro, para eso estoy aquí. ¿Qué tal va todo?

 

Santos ni siquiera respondió. Dio media vuelta en el taburete y se levantó a la máquina de tabaco que tenía delante. Empezó a echar monedas en la ranura y cuando estaba a punto de terminar y apretar el botón de la marca deseada giró la cabeza a la izquierda. Allí, al otro lado de la barra, estaba sentado en otro taburete uno de los tipos rusos que le habían vendido el arma al Holandés.  Era el que no dejaba de mirarle. El que no abrió la boca en toda la noche, aunque a decir verdad el otro tampoco habló mucho. El que parecía tener la capacidad de oler el miedo de la gente. Allí estaba. Mirándole de frente. Estaba sentado bajo un foco de luz que le otorgada un aspecto déspota e imperativo. Le recordó un torturador de la Alemania nazi que vio en una película mientras el humo del cigarro que exhalaba se perdía entre el plástico que ocultaba la bombilla que lo iluminaba.

 

Santos le miró tan fríamente como el ruso le miró a él. Ninguno de los dos saludó y Santos volvió a su sitio con su paquete de tabaco. Minutos más tarde y cuando ya iba por la segunda copa y el tercer cigarro, notó un fuerte golpe en la espalda. Se giró furioso pensando que sería el ruso y justo cuando ya iba a encararse con él, reconoció allí al Holandés.

 

- ¡Joder Santos! ¿Dónde te metes? Pensábamos que te había pasado algo. Llevo días llamándote.

 

- ¿Sí? Bueno, ya sabes. He estado desconectado un poco, ocupándome de unos asuntos.

 

- ¿Líos de faldas, verdad?, joder Santos, si es que no paras. Ya me gustaría a mí tener la facilidad que tú siempre has tenido con las mujeres.- El Holandés soltaba una bravuconada tras otra. Intentaba estar a la altura de Santos, aunque sólo fuese en cuanto a mujeres se tratase. Santos sólo deseaba otra copa en ese momento.

 

- ¿Dónde coño estará la camarera?- se preguntó Santos en voz alta.

 

- Por cierto Santos, estás hecho una mierda, pero no te preocupes. Ven a nuestra mesa. Tenemos un par de botellas y allí podrás beber lo que quieras.

 

- No te preocupes Holandés. Me alegro de saludarte pero la verdad es que no me apetece ver a nadie esta noche. Me tomo una copa y me voy a casa. Te llamo un día de…

 

- ¡No hombre no!- insistió el Holandés.- ¡Vente a mi mesa! ¡No me hagas ese feo! - El Holandés tomó por el brazo a Santos y casi le hizo caer al suelo. Ambos chocaron con dos personas que miraron a Santos como quien mira a un borracho. A un sin techo que va pidiendo limosna por los bares o vendiendo rosas marchitas. El Holandés les miró de forma que casi les atravesó el cráneo. En un segundo ambos estaba de nuevo mirando hacia otro lado e intentando que no se les cayera la bebida del temblor de manos.

 

Al fondo de la sala había dos mesas bajas pegadas la una a la otra. Sobre ellas, cantidad de botellas vacías, copas de diferentes colores y varios ceniceros rebosantes. Las mesas estaban situadas delante de unos sillones que imitaban el terciopelo y pretendían darle a la zona un aire de privacidad que no tenía. Entre los sillones y sillas lindantes, habría compartiendo esas mesas unas siete u ocho personas. Todas muy del estilo del Holandés. Incluso a Santos le pareció que alguno llevaba calcetines blancos con zapatos negros, cosa que resaltaba negativamente en la oscuridad del local. Eso le alivió por un instante, pero sólo fue eso, pues aunque él siempre había creído que tenía cierto estilo, aquella noche iba realmente hecho un adán y no le pareció apropiado presentarse así ante personas que no había visto nunca. El grupo lo formaban hombres y mujeres.

 

Charlaban animadamente entre ellos y el Holandés los interrumpió a todos. –“Chicos, un momento de silencio, aquí está mi amigo Santos. Un colega de los de verdad. Hacerle un sitio”. Esto hizo que toda la atención recayera durante un segundo sobre él, cosa que odiaba. Tras varios furtivos saludos de las chicas y movimientos de cabeza de los chicos, siguieron como si nada hubiera ocurrido. Santos se calmó un poco y empezó a buscar un vaso limpio. La tarea era bastante complicada pero al final encontró uno y se sirvió una generosa copa. Del primer trago vació la mitad del vaso y empezó a inspeccionar el local desde su nueva posición. El ruso todavía seguía en su sitio. Daba la sensación de que fuese una figura de cera.

 

Empezó a examinar individualmente a la gente con la que estaba compartiendo mesa y bebida. Todos seguían enfrascados en las mismas conversaciones que llevaban justo antes de la interrupción del Holandés. A la izquierda del todo, una pareja joven discutía cariñosamente. Estaban haciendo una especie de danza de apareamiento ancestral, incluyendo todo tipo de caricias y posteriores reproches con sonrisa en los labios. Santos vació su copa y se dispuso a ponerse otra. Junto a la pareja había tres chicos con el pelo corto. Parecía una competición de gallitos que alardeaba sobre quién tenía el coche más potente, la ropa más cara o el nivel cultural más bajo. Junto a ellos, la dama a la que los tres trataban de impresionar y junto a ella dos chicas más, en medio de una conversación de mujeres. Al estar sentado junto a ellas, Santos no pudo evitar escuchar ciertos matices de la conversación y tras lo poco que pudo escuchar: “si vas a esa peluquería diles que vas de mi parte y ya verás como te tratan” y  “los zapatos que llevabas la otra noche con el vestido negro son divinos, ¡los necesito!”, Santos decidió que tras esa segunda copa, desaparecería de allí. Además el Holandés también se había largado. Nada le ataba a esa mesa y tras su dosis de alcohol pensó que era el momento de marcharse de allí con cualquier excusa, o quizá ni eso.

 

Dicho y hecho. Tres minutos después todo seguía igual en su zona del bar. Todos seguían con su misma conversación e incluso el ruso que parecía disecado seguía en su sitio. Llegado ese momento Santos decidió abandonar la escena a su estilo, sigilosamente. Mientras tomó esas dos copas allí sentado, prácticamente ajeno a todo lo que le rodeaba, no dejó de pensar en la felicidad con la que el Holandés le había recibido. Encontrarse allí había sido una verdadera alegría para él, en cambio para Santos no era más que una vuelta de tuerca en su ya maltrecha cabeza.

 

Los pedazos de hielo aún daban vueltas en el vaso cuando Santos se levantó de la mesa en dirección a la puerta. Buscó con la mirada al Holandés pero no lo encontró. Le hizo gracia tener esa suerte. Se evitaba disculpas y despedidas y ya se encaminaba hacia la puerta cuando una mano le volvió a tocar la espalda. Por el modo en que le tocaron la primera impresión que tuvo clara fue que no era el Holandés. Él le hubiera cogido como si se estuviera peleando con un oso a vida o muerte. De frente tenía al ruso o a su estatua y en la barra estaba Zoila que por fin había aparecido por lo que ya no le quedaban muchas posibilidades. Le habían cogido de una manera suave pero firme y antes de que pudiera seguir cavilando posibilidades, se dio la vuelta sobre sí mismo y descubrió a la chica morena que estaba sentado en la misma mesa que él. La que estaba sentada junto a los tres chicos bravucones con aire distraído. Era una chica morena y de pelo largo, seca como un palo y de piel blanca en la que resaltaban sumamente unos ojos oscuros.

 

- ¿Ya te vas? – preguntó la chica. A Santos le chocó bastante la actitud de aquella joven. En realidad, no la había visto nunca y en el rato que él estuvo sentado a menos de dos metros de ella, no se cruzaron ni una mirada. Ni una palabra.

 

- Ehh… sí. Sí. Tengo que irme ya-. Santos dudó un poco debido a la sorpresa. Mañana tengo cosas que hacer y me gustaría dormir un poco antes.

 

- Perdona, no nos han presentado. Me llamo Lulú.- Santos dudó seriamente de que ese fuese su verdadero nombre.

 

- Yo me llamo Santos.- dijo mientras se agachaba y besaba las mejillas de Lulú. En ese momento pudo inspirar un suave olor a jazmín mezclado con tabaco. La mezcla de olores sobre su piel le pareció atractiva. Santos se atrevió a lanzar una ofensiva.

- ¿Te apetece que vayamos a otro sitio a tomar una última copa?

 

- Sí claro, voy a buscar mi chaqueta.-

 

Lulú desapareció entre la gente en dirección a la mesa. A los pocos segundos estaba de vuelta con su ropa e invitó a Santos a abrirle paso entre la multitud de clientes. El tipo ruso seguía en la barra, tal y como estaba cuando Santos entró al bar y estaba en la misma posición. Inalterable. Sin mover un solo músculo. Siguiéndolos a ambos con la mirada mientras abandonaban el bar. Santos dio por hecho que Lulú tampoco se despidió de nadie de la mesa. Mientras cada uno estaba enfrascado en su conversación cogió la chaqueta y abandonó la mesa, sin llamar la atención, cosa que él agradeció, pues acababa de hacer lo mismo.

 

Salieron a la calle y se encontraron en aquella hora que estaba en el límite del día y la noche. El sol amenazaba con los primeros rayos de la aurora y Santos se sintió inseguro. Hacía bastantes días que sus ojos no veían la luz solar y temió destruirse como un vampiro. Propuso ir a un bar cercano a desayunar algo. Una vez en un bar cercano los cafés y pastas fueron cambiadas por unas cervezas. No era plan de darle al cuerpo ese cambio tan radical.

 

- ¿Hace mucho que conoces al Holandés?- empezó rompiendo el hielo Santos, aunque en realidad, de momento, entre ellos no se había producido ningún silencio incómodo.

 

- En realidad, apenas le conozco. Yo soy amiga de una de las chicas que estaban a tu lado. Acababan de presentarme a esos tres chicos pero en realidad, ni siquiera estaba prestando atención a su conversación. Aún no se han dado cuenta de que a una chica lo que hay que hacer es dejarle hablar. Seguro que a ti no se te ocurren esas cosas…

 

Santos no respondió. Dio un trago a la cerveza y con la mano izquierda pidió dos más mientras dejaba la botella vacía en la mesa con la derecha.

 

- Ya veo. Eres más un tipo de esos que les gusta más actuar que hablar, ¿verdad?

 

Santos tampoco respondió a eso. En esas últimas semanas no le había dado ni por hablar ni por actuar. Sólo por beber y fumar y dejar pasar el tiempo, esperando una cura milagrosa o quizá no esperando nada. Las dos cervezas llegaron a la mesa y Lulú continuó hablando.

 

- Y bueno… ¿a qué te dedicas? Yo soy actriz. Bueno, todavía no, estoy asistiendo a unas clases particulares que imparte uno de los actores de reparto de la serie “Casada con todos”, ¿la has visto alguna vez? Es buenísima. Yo me parto de la risa con esa serie y daría un dedo del pie por poder actuar en ella o simplemente por una oportunidad. Mientras tanto para conseguir dinero voy haciendo una especie de prácticas…. Quiero decir, soy una actriz de las que aparecen en las webs de pago y allí interpreto mi papel. Unas veces soy una colegiala, otras una gatita, a veces sólo soy una psicóloga que escucha problemas de los demás. Tú ya me entiendes, ¿verdad?

 

Santos estuvo mirando a Lulú durante todo su monólogo, pero apenas estaba prestando atención a lo que decía. Escucho algo de actriz pero no le sonaba haberla visto en ninguna película o serie y luego no entendió a que venía lo de las webs porno. Se perdió en medio de esa conversación y no supo enlazar un tema con otro. Decidió apurar la cerveza de un par de tragos.

 

- ¿Te apetece que cojamos una botella y vayamos a mi casa?

 

- ¿Por quién me tomas? ¿Crees que voy a ir a tu casa y me acostaré contigo a las primeras de cambio? Conmigo estás muy confundido si piensas…

 

Santos se levantó de la mesa mientras Lulú seguía hablando como una tertuliana de televisión. Santos se dirigió a la barra y se dispuso a pagar las cervezas. Le atendió una señora mayor, de unos sesenta años de edad. Llevaba un vestido de flores y un delantal con cuadritos amarillos que hubieran hecho saltar las lágrimas de cualquier asesor de imagen.

 

- Señora, cóbreme las cuatro cervezas. Me pregunto si podría venderme cuatro o cinco más para casa. Me he quedado sin alcohol y hasta que encuentre algún sitio abierto, puede pasar un rato.

 

- Lo siento joven.- Se lamentó la señora.- Mi marido no me deja vender alcohol del que tenemos para consumir en el bar. Pero si quiere tomar algo le puedo hacer un regalo.

 

De debajo de la barra sacó una botella. Tenía aspecto de ser antigua y haberse rellenado ya varias veces. Dentro había un líquido semitransparente y espeso.

 

- Tenga joven, lo destilamos nosotros mismos en el pueblo. Es una especie de orujo, pero algo más fuerte. Tenga cuidado.

 

- Gracias señora, me ha salvado usted la vida.

 

Santos se despidió de la amable señora y de los otros parroquianos que a esa hora también estaban bebiendo en la barra. Se dirigió hacia la puerta sin mirar a Lulú. Ella se quedó perpleja y salió corriendo detrás de él hasta alcanzarlo en la calle. No tuvo más remedio que gritarle por la espalda. “¡¿Pensabas dejarme aquí?!”. A esas horas de la mañana ya se había mezclado demasiado la noche con el día y las luz del sol evidenciaba las carencias de ambos. Desaliñados y borrachos estaban dando en la calle un espectáculo digno de Bukowski. Santos le lanzó una mirada que Lulú no supo descifrar y a continuación empezó a seguirle. En dos zancadas se puso a su altura y le pasó el brazo por dentro del suyo. Ahora eran una pareja de enamorados que regresaba a casa después de una hermosa velada en un concierto tras una cena a la luz de las velas.

 

Cuando llegaron a casa, Santos sacó dos vasos y se sentó en el sofá. La dueña del bar tenía razón. Aquel brebaje era fuerte como el sudor del Diablo. Tras un par de tragos y brindis absurdos, se miraron y empezaron a besarse. Eso dio paso a un arrebato de pasión como hacía tiempo que Santos no sufría. De repente fue como si en su interior se hubiera desatado una tormenta de rayos y truenos, traducida en el cuerpo de Lulú en lametones y mordiscos suaves. La energía fue subiendo de intensidad y Santos lucho como un principiante con la ropa de Lulú. Se atascó en su sujetador como la primera vez, lo que provocó las risas de Lulú. Santos lo solucionó arrancando el sujetador y lanzándolo al otro extremo de la habitación. Con el vestido por la cintura y la ropa interior a un lado, se dedicó a explorar su sexo, húmedo y ávido de frenesí. De un giro de brazos la colocó sobre sus caderas y mientras seguían entrelazando sus lenguas ambos bajaron el pantalón de Santos hasta los tobillos. Instantes después se encajaron y cuando fueron uno, un suspiro de placer brotó de sus labios casi al unísono. Tras varias embestidas y algún torpe cambio de posición, lograron el objetivo y así casi sin moverse alcanzaron el sueño.

 

Registrarte y comentar la historia

Comentarios:

Escrito por: mayca       19/01/11 23:59
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Nos llevas de la mano en un recorrido maravilloso, pues esta historia tiene de todo, yo encantada de leerte y sinceramete te digo que lo haces muy bien, tan bien que ya quiero leer el próximo capitulo, mil felicidades amigo, en verdad me gusta leerte. Un fuerte abrazo.
Escrito por: EVOCACION       19/01/11 17:45
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Esto se esta poniendo cada vez mas bueno.
Hay una parte en la que no entendi: Era una chica morena y de pelo largo, seca como un palo y de piel blanca en la que resaltaban sumamente unos ojos oscuros.
Esto una chica morena y de piel blanca?
una contradiccion para mi , por lo demas leido y sumamente disfrutado, vaya que esta trama ha tenido de todo un poco, estaba acostumbrada a tus historias breves pero ahora te estas luciendo Carlos guiandonos ingeniosamente en cada capitulo,saludos.
Páginas: 1

Imprimir

Enviar historia

Enviar a Facebook
© Historias, poemas y otras contribuciones pertenecen al autor. El resto pertenece a Escribe Ya.
Condiciones    -     Privacidad    -     Acerca de Escribe Ya    -     Preguntas frecuentes    -     Enlaces    -     Anunciar    -     Publicar cuentos