


| Escritor: | tylerdurden |
| Públicado: | 17/01/2011 |
D
Sentados los tres en la mesa en un bar, el ambiente se volvió distendido. Como tres amigos de toda la vida que acaban de terminar una juerga y desayunaban en el primer bar de la mañana, recordando las actuaciones de la noche y lo bien que se le ha dado a cada uno. León y Santos intercambiaron las chaquetas. Ahora cada una descansa en el respaldo de su respectivo dueño. Todos se mostraron aliviados menos Magnus que no dejaba de jugar con el servilletero. Dándole vueltas incansable. Santos no dejaba de mirarle y pensaba que en realidad León y Magnus pegaban tanto como el pescado y el chocolate.
- ¿Hace mucho que os conocéis?- preguntó Santos palpando el bolsillo interior de la chaqueta. El bulto estaba allí. Frío e inerte.
- Es una larga historia, en realidad si hace bastante.- Respondió León mientras buscaba el teléfono ansiosamente en el bolsillo.
- No debes tener muchos amigos. En todo el día no te ha llamado nadie.- Santos bromeó e intentó quitarle tensión al momento pero sus chistes no encontraron el público que necesitaban. Intentó volver a romper el hielo.
- ¿A qué te dedicas?
- Ahora mismo no tengo trabajo.- León respondió rotundamente. No quería estar atento a la conversación ni tampoco parecer maleducado pero intentaba concentrarse en el teléfono que acababa de recuperar.
En aquella matutina hora estaban prácticamente solos en el bar. Sólo un tipo regordete que llevaba una camisa azul pálido a punto de explotar daba conversación al camarero mientras daba cuenta de una copa de coñac. Tampoco estaba muy claro si aquel tipo se acababa de despertar o llevaba toda la noche bebiendo y también estaba despidiendo la noche con una última copa.
Magnus fue a la barra a pedir unos cafés y rápidamente se enganchó a la conversación del tipo gordo de la barra y el camarero. Después de haber estado tanto tiempo encerrado en casa, Magnus tenía mucha conversación atrasada. Quizá demasiada para León.
- La verdad es que nunca te había visto por el Cactus, ¿vas mucho por allí?- preguntó de pronto Santos. Estaba nervioso y excitado por el hallazgo de la pistola. Mostraba su nerviosismo cotorreando sin parar. Intentando encontrar en León un bálsamo tranquilizador.
- Hacía tiempo que no iba la verdad. Aparecí allí por casualidad y la casualidad quiso jugar conmigo. No sabes la noche que he pasado.
- Ya me han dicho que te lo has pasado bien. Vengo ahora de la Orquídea y hay varios policías allí haciendo preguntas.
León se olvidó por un segundo del teléfono y lanzó una mirada fría a Santos. Éste rápidamente captó el significado de esa mirada.
- No te preocupes amigo. Entre bomberos no nos pisamos la manguera. Me he ido de allí sin decir palabra y nadie de allí dirá nada coherente. En este asunto tengo yo más que tú a perder.
León empezó a concentrarse de nuevo en su teléfono. Presionó el botón verde de encendido y el teléfono le dio la bienvenida con la iluminación de la pantalla. Introdujo la clave para acceder al menú y esperó unos segundos a que el teléfono volviera al mundo de los vivos. León aprovechó para echar azúcar al café y remover nerviosamente con la cucharilla. Santos sacó un cigarro y empezó a juguetear con él entre los dedos.
Cinco llamadas perdidas y un mensaje de texto recibido.
Su teléfono informó implacable de las novedades ocurridas durante el tiempo de desconexión. No hizo falta que fuera al menú para comprobar quién había realizado las llamadas. Todas eran de Pamela.
Acudió directamente a la bandeja de entrada de los mensajes de texto y tardó varios segundos en abrirse. Esos segundos se hicieron eternos para León. Mientras se abría el mensaje, el teléfono apagó la luz de su pantalla y León pulsó cuatro o cinco botones a la vez con un solo dedo. No quería perder ningún detalle.
Te he llamado cinco veces y el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura. Como siempre. Da igual. Sólo quería decirte en persona que estoy embarazada y esta primavera voy a casarme con un chico maravilloso. Espero que te vaya todo bien. Cuídate.
León dejó el teléfono encima de la mesa. Lo miró fijamente mientras se le apagaba la luz y después lo volvió a desconectar. Dejándolo morir igual que él teléfono lo había matado a él. Era una muestra de rabia y furia contenida. Matar al mensajero que trae malas noticias, siempre le pareció una actitud cobarde pero ahora era lo único que podía hacer. En realidad lo tenía merecido y mientras le dio un sorbo al café y se quemó los labios, se maldijo así mismo por haber tenido esperanzas.
- ¿Malas noticias? preguntó intrigado Santos.
León tardó unos segundos en responder. No tenía ganas de explicar realmente lo que había ocurrido y menos a alguien a quien acababa de conocer, pero era él o Magnus. La verdad es que el abanico de posibilidades no era muy amplio.
- Noticias al fin y al cabo. Unas son buenas y otras son malas. Mi chica dice que está embarazada y que se va a casar, con otro tipo, por supuesto.
- Joder, ¡qué putada! Nunca he entendido la necesidad que tienen las mujeres de hacernos partícipe de éstas cosas. La verdad es que lo odio. A mí nunca se me ocurriría llamar a una chica para decirle lo feliz que soy.
- Bueno, tampoco ha ido así la historia. Te faltan cosas por saber, pero en realidad no la culpo. Yo he estado bastante pesado últimamente con el tema de volver a vernos y eso y de esta manera, el tema ya queda zanjado.
-¿Zanjado?- Santos estaba realmente sorprendido.- ¿No vas a llamarla para insultarla y desearle la peor de las suertes en la vida?
- ¡Qué va!- respondió un León que se abatía sobre la silla del bar.- Creo que es un buen momento de poner punto y final a esta historia. Se merece algo mejor que yo. Alguien que la quiera y la cuide. Yo sólo le he dado mala vida durante estos años y las posibilidades de que eso pudiera cambiar son escasas.
Santos se solidarizó con León. Hablar de esa forma sobre sí mismo y sobre la mujer a la que había querido le honraba. Encendieron sendos cigarros y se disiparon en sus pensamientos. Para León ese momento era un punto y aparte. Para Santos era un punto y seguido. Magnus seguía en la barra, al gordo y al camarero se había unido otro tipo, exactamente igual al gordo de la camisa apretada, pero el nuevo la llevaba de cuadros y el pantalón horriblemente subido hasta el mismo ombligo. Cuando León y Santos se despidieron en la puerta del bar, Magnus todavía seguía discutiendo en la barra.
Santos se sentó en el sofá. Se acomodó. Abrió una lata de cerveza y le dio un trago largo. Sacó la pistola del bolsillo interior de la chaqueta. Fue una tentación imposible de evitar. La miró y la tocó, como quien mira una antigüedad en una feria. Acababa de encontrar ese pedazo de hierro que llevaba dos días buscando y ahora se le antojaban una eternidad. En el momento de tenerla en la mano no le dio tanta importancia al hecho de haberla recuperado.
Cuando la tuvo en la mano ya no sintió aquella tentación irrefrenable de hacer el taxidriver delante del espejo. Ni siquiera se reconoció a él mismo en la persona que dos días antes había disparado contra Darío. El magnetismo había desaparecido. Era el momento de buscar soluciones. Lo primero en lo que pensó fue en deshacerse del arma. Era una pistola pequeña por lo que pensó que no le costaría mucho quitarla de la circulación. Empezó a considerar cuál sería la mejor opción. Lo ideal sería introducirla en ácido o bien echarla al fuego de una fundición para que se confundiera con el mismo material, pero eran alternativas inaccesibles. Coger el coche y tirarla a algún río o enterrarla en algún lugar lejano después de haberle limpiado las huellas era la opción más razonable.
Esa misma noche sería un buen momento para coger el coche y hacerla desaparecer de una vez por todas. Una vez la pistola se hubiese perdido de pista, ya nada la relacionaba con el arma y creyó que si la policía no estaba llamando a su puerta, era señal de que realmente no le vio nadie efectuar los disparos. Enterrada la pistola, tarde o temprano se enterrarían los recuerdos. Sólo era cuestión de tiempo.
Pensó en dedicar la tarde a descansar y elegir el lugar adecuado para el sepelio de la pistola cuando el teléfono empezó a emitir el zumbido característico de la vibración sobre la mesa de cristal.
- ¿Si?
- Santos, soy el Holandés. ¿Cuándo me traerás los tres mil euros?
- Hombre, ahora mismo estaba pensando en eso, por cierto ¿qué tal Darío?
- ¿Pensando? No hay nada que pensar, te di tres mil euros y tal como te los di, me los traes de vuelta. Nada más. ¿Los tienes verdad?
- Si claro. Están controlados. En cuanto tenga un hueco me acerco a verte y te llevo el dinero.
- ¡Que sea cuánto antes!
La llamada terminó tan bruscamente como empezó. Unos problemas reemplazaban a otros. Tenía prácticamente solucionado lo del arma pero ahora debía entregarle al Holandés tres mil euros. En su cartera había alrededor de veinticinco euros. El móvil descansaba encima de la mesa de cristal junto a la pistola. En ese momento empezó a mirar la pistola de otra manera. La veía distinta. Mientras no pensó en el dinero ahí estaba. Era un trozo de hierro del que había que deshacerse, pero ahora había una necesidad. Igual que la última vez que tuvo una necesidad, la pistola estaba ahí para cubrirla.
******
La música de la radio sonaba sin cesar como la banda sonora de aquella habitación. Del fondo de la nevera sacó dos cervezas frías, tan frías estaban que parecía que las había extraído de un agujero en el mismo Polo Norte. León abrió las dos con un suave giro de muñeca y le ofreció una a Santos.
- Así que es aquí dónde vives - Santos se reclinó en la silla mirando a su alrededor.
León vivía en un piso bastante austero. Las paredes tenían el color original deteriorado por años de tabaco y cocinar. Los muebles tampoco eran de este siglo y el armario pequeño que había junto a la entrada estaba calzado con una tablilla de otro color. La mesa y las sillas sobre la que se encontraba Santos poco tenían que ver con ese armario y menos con el incómodo sofá que reinaba en el comedor. La televisión tampoco era ningún prodigio de la tecnología.
- Sí respondió un resignado León.- Siempre estoy pensando en que tengo que largarme de aquí y buscar algo mejor. Pero quizá sea demasiado cómodo para empezar a buscar y luego hacer una mudanza.
Santos pensó que si él viviera en ese piso y tuviera que hacer una mudanza, únicamente se llevaría la ropa que llevara puesta en ese momento.
- Además, continuó León- ahora que Pamela no va a volver, tampoco tengo ninguna necesidad de encontrar nada mejor. Yo aquí estoy bien, ¿tú dónde vives?
- Aquí y allá.- Intentó despistar Santos. No quería dar demasiados datos de sí mismo.- Ahora mismo estoy en proceso de mudanzas y no tengo una dirección fija. ¿Por cierto, me pareció entenderte el otro día que no tenías trabajo?
- Sí, sin chica y en el paro. Soy todo un partido para la mujer que quiera conocerme. Y lo cierto es que ando bastante desesperado. Se me acaba el paro este mes y si no encuentro algo, tendré que irme de aquí.
- Quizá yo pueda ayudarte,- Santos dio un largo trago a la cerveza y la terminó, dejando la botella encima de la mesa. Instintivamente León se levantó y le trajo otra de la nevera que le entregó abierta.
- Gracias.- Santos aceptó la cerveza con un movimiento de cabeza y continuó hablando.- Tengo un amigo que tiene un almacén en la zona industrial. Está buscando a alguien para que esté allí durante ocho horas. Que coja el teléfono. Coloque los nuevos paquetes que llegan Esas cosas. Un mozo de almacén. Me dijo que si conocía a alguien que se lo enviase y he pensado en ti. ¿Qué te parece la idea?
- Genial. No sé como darte las gracias. Pero ¿Por qué has pensado en mí? Casi no nos conocemos. No es que vaya a hacerlo pero, podría dejarte mal delante de tu amigo. Robarle la mercancía o faltar cada dos por tres con excusas inventadas y dejarlo colgado. Entiéndeme, no es que no quiera el trabajo, pero me resulta extraño. Nunca había venido nadie a mi casa a ofrecerme algo así.
- No te preocupes. El otro día con el tema de la pistola ya me demostraste que eres un tipo en el que se podía confiar. Si hubieras querido, hubieras podido ir directamente a la policía con el arma y me hubieras buscando un buen lío del que no sé como habría podido salir. Me sentía en deuda contigo y después de lo de tu mujer creí que una cosa así te vendría bien para levantar cabeza. De todas maneras no te preocupes, sino te interesa el trabajo, se lo puedo decir a otra persona. Sólo quería que supieras que te estoy muy agradecido.
- Bueno- respondió León. Quizá si sea el momento de que cambie mi suerte. Me viene muy bien lo del trabajo, pero no quiero que te sientas en deuda por eso. Tú cuidaste de mi chaqueta y yo de la tuya. Nada más.
- En ese caso no hay más que hablar.- Santos dio un pequeño salto y se incorporó. Dio otro trago y dejó la botella vacía junto a la anterior.- Aquí te dejo la tarjeta. Tienes la dirección y el nombre del tipo por el que tienes que preguntar. Mañana por la noche a las diez te esperará allí.
- Sí. ¿Te supone algún problema el turno de noche? Probablemente eso se traduzca en más pasta, pero eso será el quién te lo diga.
- No te preocupes. No tengo problema. Estoy bastante desesperado y cogeré cualquier trabajo disponible. No sabes el favor que me haces.- León se deshacía en agradecimientos y gratitud. Ciertamente, aquella no había sido una buena época y enterarse esa misma semana que se le acababa el subsidio no hacía más que acrecentar sus temores. Esta nueva noticia le cayó como una bendición y empezó a pensar que quizá no todo iba a ir mal al fin y al cabo. Dios aprieta pero no ahoga murmuró mientras estrechaba la mano de Santos.
- Bueno, no me des las gracias todavía.- Santos intentaba desmarcarse del férreo apretón de León pero no le estaba resultando sencillo. Le tenía cogido por la mano y con la otra lo agarraba del antebrazo casi a la altura del codo mientras movía arriba y abajo la mano como si accionara el gato de un coche.- Aún has de hablar con el encargado y si todo resulta bien, ya tendremos tiempo de celebrarlo. Toma. Aquí tienes la tarjeta. Te presentas mañana por la noche a las diez en esta dirección y allí te informarán.
- Gracias de nuevo amigo. Haré todo lo posible por no dejarte en mal lugar. Ya verás como ninguno de los dos os arrepentís.- Desde luego León no se estaba dando cuenta de lo empalagosa de su actitud, pero estaba demasiado contento para comportarse de otro modo. Por fin veía una nueva luz al final del túnel. Todo iría bien.
Santos salió de su casa y entró en su vehículo con la cabeza baja y agachada. Parecía que viniera de un funeral. Encendió el coche y esperó a que se calentara el motor de su viejo Escarabajo. Mientras tanto sacó el móvil y revisó la agenda. Uno tras otro fue pasando por todos los nombres y paró en la H. Holandés.
- ¿Si?- la voz áspera del Holandés se escuchaba al otro lado del teléfono.
- Soy Santos. Tengo buenas noticias para ti.- Dijo el Holandés mientras buscaba desesperadamente un cigarrillo entre los bolsillos de la chaqueta.
- Imagino que estaremos hablando de los tres mil euros que todavía no me has dado. Si no te das prisa, pronto se convertirán en cuatro mil y así sucesivamente. Los intereses crecen.
- En realidad no quería hablarte de eso bueno sí. Quería hacer un trueque contigo.
- ¿Un trueque? La voz del Holandés sonó como si fuese la primera vez que oía esa palabra. ¿De qué estás hablando?
- Es muy sencillo explicó Santos. Tengo información sobre la persona que disparó a tu hermano. Había pensado que si te decía quien es, tú podrías olvidarte de esa pequeña deuda
Santos dejó caer las palabras con cuentagotas. Esperaba una reacción furiosa e incluso cerró un poco los ojos mientras sostenía el teléfono. No daba crédito al valor que había tenido de proponerle semejante trato al Holandés. Ahora que sabía que el tenía esa información, podría arrancarle la piel a tiras hasta hacerle confesar todo lo que supiera. El Holandés respiraba profundamente con la boca demasiado cerca del auricular.
- Está bien- dijo por fin. Me parece justo. Tú dime quien lo hizo y yo te perdonaré la deuda.
Santos suspiró amargamente. Se apartó el teléfono de la oreja y miró hacia los lados. Una señora paseaba un perrito pequeño mientras un señor leía un periódico en un banco cercano. Todos ajenos a lo que Santos estaba a punto de hacer.
- ¿Y bien?- Urgió el Holándes.
- León. Se llama León y vive en los bloques de la zona vieja.- Santos sintió como se quebraba en su interior.
- ¿León? ¿Y quién cojones es ese tío? No conozco a ningún León y menos uno que quisiera dispararle a mi hermano. ¿De dónde has sacado esa información?
- Un amigo mío lo vio la otra noche en la Orquídea Voladora con una pistola en la mano, ¿sabes a qué local me refiero verdad? Pues bien, estuvo allí hace unos días amenazando al camarero y a los clientes. Estaba buscando bronca o quizá solo estaba borracho, pero debió hablar más de la cuenta porque la fuente que tengo me ha dicho que preguntó si conocían a alguien que se llamaba Darío. Mi fuente me ha dicho que le dio la sensación de que quería ajustarle las cuentas. Ya sabes que los borrachos siempre hablan más de la cuenta.
El Holandés tardó unos segundos en reaccionar. Era demasiada información para procesar en un cerebro tan pequeño y Santos volvió a arrugar los ojos y la frente, intentando ayudar a su mentira a hacerla más creíble.
- Sigue sin sonarme de nada ese nombre. ¿Y cómo has dicho que se llama esa fuente tuya?
- Como comprenderás, mi fuente prefiere mantenerse en el anonimato. Es un tipo normal y corriente que se encontraba por casualidad allí. El otro día le mencioné lo que había ocurrido y se sintió en la necesidad de contármelo, siempre y cuando él no saliera reflejado en la foto, ¿me entiendes verdad?
El Holandés procesaba la nueva información. El sonido que se escuchaba ahora ya no era el de su respiración. Ahora parecía que estuviera pasando los dedos por la barbilla y se escuchaba un sonido similar al que hace un papel de lijar sobre la madera.
- ¿Entonces? ¿Cómo voy a localizar a ese tal León?
- Mañana por la noche a las diez, estará en la vieja fábrica de cerveza del Polígono Maestro. Irá solo. Lo que hace un momento Santos había notado quebrarse dentro de su interior, acababa de romperse en mil pedazos y justo en ese momento, Santos se dio cuenta de que esos pedazos jamás podrían recomponerse.
- Está bien. No tengo ni idea de como lo has hecho pero si la información es correcta, te perdonaré la deuda. Ya hablaremos.
Aquella noche, Santos soñó con León.
|
Imprimir |
Enviar historia |
Enviar a Facebook |


