


| Escritor: | tylerdurden |
| Públicado: | 12/01/2011 |
C
Se despertó a mediodía con la boca pastosa por el tabaco y el alcohol. Se dio una ducha fría y preparó café caliente mientras pensaba cuales serían sus próximos movimientos. Encontrar la pistola era la prioridad y después devolverle los tres mil euros al Holandés ocupaba la segunda posición en la lista.
Acudió por la noche al Cactus. Sobre la una de la madrugada ya estaba allí con la chaqueta equivocada. Cruzó los dedos mientras caminaba del coche al bar con el deseo de poder solucionar allí mismo y en ese momento el entuerto. Que bonito hubiera sido llegar al Cactus y que el dueño de la chaqueta le estuviera esperando allí con la suya. Tomar los dos unas cervezas y echar unas risas a costa de la confusión y alabar el buen gusto que ambos tenían para las chaquetas. Pero no fue así. No encontró a nadie con una chaqueta como la suya ni a Zoila, por lo que se tuvo que conformar con la cerveza. Hércules le comentó que aquella misma tarde Zoila había tenido un percance casero y que no había podido acudir al trabajo. Habló con ella por teléfono y curiosamente había estado allí el chico de la chaqueta. Santos respiró aliviado. El asunto iba por buen camino e iba en aparentes vías de solución. El dueño de la chaqueta con el teléfono móvil ya tenía nombre. Se llamaba León y gracias a Zoila ya tenía destino donde reunirse con él. La Orquídea Voladora, aunque ella le previno para que llegara más bien tarde, ya que iba a hacerle un favor a una amiga y la iba a acercar a una dirección, por lo que León aún tardaría un buen rato en llegar a la Orquídea.
Santos no podía creer que tuviera tanta suerte. Sin salir del Cactus ya tenía prácticamente solucionada la noche. Sólo tendría que ir a la Orquídea, intercambiar las chaquetas y hacer realidad el brindis imaginado un momento antes de entrar al Cactus. Para celebrarlo pidió unas rondas y pensó en que si León había abierto la chaqueta buscando su móvil, habría encontrado la pistola. Para automotivarse pensó que seguramente si era cliente de Cactus, no se escandalizaría por encontrar una pistola en el interior de una chaqueta. Malo sería que fuese con el cuento de la pistola a la policía pero entonces León no tendría ninguna posibilidad de recuperar su teléfono. Mientras tuvo esos pensamientos el trago de cerveza que pasaba por su garganta le pareció especialmente amargo.
Las cervezas se iban sumando en su cuenta y Santos fue perdiendo la noción del tiempo. Empezó a notarse algo inquieto cuando percibió que iba avanzando la noche y el Holandés no le había dicho nada en todo el día. La verdad es que se encontraba en una situación algo delicada por lo que le había pasado a su hermano. Pensó que lo mejor sería no molestarlo y que fuese él quién diese señales de vida. Cuando creyó que había hecho ya el tiempo suficiente para que León llegara a la Orquídea, apuró la cerveza y salió para allá. Llegó y vió que había en la puerta dos coches de policía. Eso nunca eran buenas noticias. Estuvo un rato merodeando por los alrededores y varias ideas tomaban cuerpo en su mente. ¿Qué habría pasado allí dentro? Sólo había una manera de averiguarlo. Entró decidido y se dirigió primero al guardarropa. El chico que siempre estaba allí estudiando estaba allí hablando con una pareja de la policía. No se acercó a escuchar pero por como hablaba y gesticulaba parecía que estaba contando algo que había sucedido e intentaba dar torpemente una descripción. Uno de los policías tomaba notas y el otro estaba dentro del guardarropa inspeccionando las pocas prendas de ropa que quedan colgadas en las perchas.
Santos continuaba con la de León puesta y su teléfono dentro del bolsillo interior. Nada sospechoso. Se dirigió a la barra y el camarero hablaba con otro de los policías, que al igual que su compañero que estaba en guardarropa asentía con la cabeza todo lo que decía y iba tomando notas aleatorias en un bloc negro. El otro miembro de la pareja estaba hablando con uno de los clientes que estaba sentado en una de las mesas. La Orquídea Voladora estaba un poco extraña sin música y con tanta luz. Ya no parecía ni un antro. Era como si fuera un local social donde la gente va a contar sus penas o a jugar al bingo a diez céntimos el cartón. Definitivamente Santos pensó que ese local perdía mucho con tanta luz. Se acercó sigilosamente a la barra y nadie le hizo caso, se sintió tan incomprendido como un zorro en un gallinero. Cuando el policía que estaba hablando con el camarero se retiró a la parte de detrás para tomar declaración a los clientes, se acercó a la parte de la barra donde estaba Santos disimulando.
- Joder Santos- espetó el camarero.- Menudo susto nos ha dado el cabrón de tu amigo.
- ¿Mi amigo? ¿De quién me estás hablando?- preguntó extrañado Santos. Recién llegado al bar, con la policía revoloteando por allí y el camarero diciendo cosas que él no podía entender, le dio la sensación de estar dentro de una película que no era la suya.
- Sí hombre, el imbécil ese que ha venido hace una hora preguntando por ti. Me dijo que te conocía y que quería encontrarte. A mi me pareció de la policía y lo mandé a paseo, pero el tipo se enfadó y sacó una pistola. Nos puso contra la pared y pareció volverse loco. Dijo que necesitaba verte y le daba igual todo lo demás. Estaba dispuesto a pagar el precio que fuese necesario. La gente se asustó y al final no tuvimos más remedio que mandarlo para tu casa. No quiero ni pensar que hubiera pasado si llego yo a sacar la recortada que tengo bajo el mostrador.
- ¿No le habréis dicho a la policía que venía preguntando por mí, verdad?- Santos estaba un poco asustado, el círculo se iba cerrando y él estaba en el centro.
- No te preocupes, yo le he dicho que era un perturbado borracho y que conseguimos tranquilizarlo un poco para que se fuera. El resto de gente imagino que no se habrá enterado de que te andaba buscando a ti y como sólo gritaba incongruencias, seguro que tu nombre no sale. Por cierto, iban dos tipos, te lo digo para que tengas cuidado, seguramente te estarán esperando en casa.
- No te preocupes, yo me encargo. Gracias amigo, te debo una.
Santos se deslizó por el bar con actitud camaleónica. Fue disimulando para no llamar la atención. Mezclándose con la clientela y dando pasos hacia la puerta con el teléfono en la mano, como si le estuvieran llamando y allí no encontrara cobertura suficiente. Una vez de nuevo en el coche, se dirigió a su casa. La idea de que allí hubiera dos tipos no le acabó de convencer pero tampoco podía hacer nada. La primera parte de las prioridades de su lista estaban llegando a su fin. Encontraría la pistola y con ella la mitad de sus quebraderos de cabeza desaparecerían, aunque todavía quedaban cosas por hacer.
Amanecía un nuevo día cuando llegó a su barrio y consiguió aparcar el vehículo en una de las calles laterales a su casa. Cerca de su portal, había un Golf GTI con dos tipos fuera del vehículo. Merodeaban por la zona llamando la atención a esas horas de la mañana. No se acababan de despertar, eso estaba claro. Uno de ellos, llevaba puesta su chaqueta.
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