El Pedazo de Pan (cuento)

Categoría(s): público

Es noviembre en la ciudad de México. Cae el atardecer y hace frío. Bastante frío. Una lluvia pertinaz se precipita repentina y ya se anegan las calles cercanas al centro de esa gran ciudad. Se hieren las horas entre recuerdos y melancolías. Llega el atardecer y se precipitan frágiles los pedazos de su historia.

 

Se apresuran quienes buscan no mojarse, unos con periódicos y los menos con revistas, las llevan sobre la cabeza. El movimiento de automóviles, camiones y bicicletas se hace más constante, como escapando de la lluvia.

 

Por varias calles, en los comercios con vitrinas al exterior, se deja emitir algo parecido a la música, pero con alto volumen. Es tremenda la confusión, todos ponen distintas estaciones de radio y cd’s, perdiéndose así la esencia de cada melodía y además, el ruido del claxon.

 

Ni siquiera la intensa lluvia de esa tarde apacigua  el ritmo singular y constante del centro de esa metrópoli. Y muy cerca del edificio de la Lotería Nacional, un viejo tragafuegos observa meditabundo agonizar las llamas de la estopa, aún con petróleo, que minutos antes introducía en su boca. A sus pies, un bote con escasas monedas.

 

Más allá del singular drama. Por esas calles atestadas de personas y vehículos, revientan los insultos; ademanes furtivos y gesticulaciones de molestia y coraje. Todos corren, se dicen y desdicen. Es el caos.

 

Han pasado las horas. Llega el atardecer. Algunos comerciantes dejan caer de manera perezosa la cortina de hierro que protege sus negocios. Hacen comentarios imperceptibles. La venta del día llegó a su fin. Quienes venden revistas y periódicos cubren los ejemplares con plásticos y cartones. Han comenzado a instalarse los vendedores de hot dog y hojitas de té con alcohol del noventa. Ya pasan sonoros los camoteros.

 

A lo lejos se escucha la sirena de una ambulancia. Dos prostitutas y un homosexual discuten con tres patrulleros en un puesto de tacos, tras ser abordados. Seis extranjeros eluden ser atropellados por un camión de la ruta 100 que casi se come la banqueta y ni siquiera los pasajeros dan cuenta de ello.

 

Cerca de ahí. Tres niños y una adolescente, sucios y con la ropa a jirones, se han sentado en el piso, por los pasillos y aparadores de una tienda que vende productos naturales. Se cubren del agua y soportan el frío. Calman la sensación de su drama con las inhalaciones de una bolsa que tiene, en el fondo, pegamento para zapatos. Se la han intercambiado amistosamente por horas.

 

El más pequeño de ellos, de casi siete años, no soporta el estupor de la droga y se deja caer como dormitando en el regazo de la adolescente que le acaricia el pelo.
-Dorita. Me duele todo. Le dijo lastimoso.

 

Ella, de unos 14 años, tez blanca y alguna vez rubia, trata de calmarle el dolor acariciándole el rostro, mientras observa su agonía.
-Ya duérmete chapulín, mañana estarás mejor que nosotros.

 

Los otros dos miran como retraídos la escena maternal sin dejar de inhalar la bolsa con pegamento amarillo. De la manita izquierda del pequeño aún embarrada por el pegamento, aprieta un pedazo de pan, que después, deja caer.

 

Antes de la medianoche el pequeño murió por intoxicación. En ese momento ni siquiera la jovencita sabía que, a quién le apodaban el “chapulín”, se llamaba en realidad Luis Felipe y que sus padres llevaban seis años buscándolo. Había sido arrebatado de los brazos de su madre, un domingo cuando se dirigía al mercado. En ese entonces tenía sólo nueve meses de haber nacido.

 

El pequeño Luis Felipe, inerte sobre el regazo de la jovencita que se recargaba de una vitrina para no desfallecer, había extendido los bracitos hacia el piso. De su boca salía una especie de hiel y en sus labios aún quedaban residuos de pan.

 

Dorita le cerró los ojos y con el doblez del vestido sucio y algo de saliva, cariñosamente comenzó a limpiar el pequeño rostro. Lloraba en silencio. Luego miraba hacia sus compañeros, ellos ya no estaban en su realidad. Los dos, en el estupor de la droga, se habían recostado en el piso sobre unos periódicos, para quedar como dormidos.

 

Quizás, nunca antes, Dorita había tenido un sentimiento tan profundo de su destino, como esa noche. Hasta llegó a pensar en las primeras horas del día siguiente, que el alma del “chapulín” había salido de un solo golpe, en seco, como huyendo del frágil cuerpecito.

 

En ese momento, el miedo invadió la soledad que había estado acumulando al cabo de su juventud, en las calles, siempre a la deriva social y en busca de obtener alguna moneda para saciar el apetito de la droga, que día tras día le consumía el cerebro.

 

Luego de varios minutos de mirarle la inocencia, Dorita colocó suavemente el cuerpo del “chapulín” enmedio de sus dos compañeritos, como para darle calor, y los cubrió con los periódicos. A uno de ellos le quitó la bolsa de plástico, y se sentó a inhalarla con tal fuerza que el pegamento se le adhería en las fosas nasales. Con lágrimas de dolor e impotencia, Dorita continuó inhalando desesperadamente el pegamento hasta perder la conciencia.

 

Muy cerca de los cuatro, en uno de los escaparates, de esos que mantienen un televisor encendido las 24 horas, en uno de los noticieros, el Jefe de Gobierno  del Distrito Federal anunciaba entre aplausos que hasta ese momento el programa de alimentar a quienes más necesitan de ello, representaba un sonoro éxito.
Dijo extasiado:
-¡Hoy digo con orgullo a los marginados, que gracias al esfuerzo compartido de gobierno y empresa, tienen ya qué comer. Un pedazo de pan no les faltará en la mesa. Con esto, cerramos una etapa más de la política nacional y la pobreza se reduce...a casi nada!.
 
            Así es un instante en la ciudad de México. Una historia de todos los días, bañado por los detalles de la corrupción, la insensibilidad y el drama de los valores humanos ya perdidos con los años.
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Comentarios:

Escrito por: Olmeiro       15/10/07 21:52
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Pues si te digo la verdad, pensé que la narración no iba por ahí, pero bueno, que se yo. Es una buena critica social. Muchas gracias.
Páginas: 1

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