EL PASTEL DE GLORIA

¡Que cruel es el espejo! Pensó Vicente mientras se ponía el albornoz. Aparto la mirada para no ver el reflejo de ese señor entrado en edad y dotado, por el paso de los años, de estomago y michelines La piel había perdido tersura y la carne firmeza. Con un suspiro, paso la mano por la cabeza, quizás, buscando nostálgico, el pelo antaño abundante y rubio. Miro el reloj: las siete de la tarde. Su mujer lo estaría esperando en la Carreña, una sidrería de Gijón. Se apresuro a vestirse. Dejo las llaves en recepción y salio a la calle donde la temperatura de una agradable tarde de agosto lo envolvió. Se detuvo un instante, lleno los pulmones de aire marino: pensando en los cuarenta veraneos pasados en tierras astures. Los primeros años: porque le gustaba el mar, después por los hijos y ahora porque el mes de agosto en Madrid no le resultaba llevadero.

La Carreña, estaba de bote en bote. Gente sentada, de pie o apoyada en la barra. Hablando, riendo, intercambiando saludos, impresiones, bromas. El camarero, incansable, iba – venia, escanciando sidra para unos y otros. Olía a manzana fermentada, a marisco a tabaco.
-         Me gusta.
Pensó Vicente mientras buscaba con la mirada el rostro familiar de su esposa. Sus ojos se detuvieron en unos rizos rubios cayendo alrededor de una cara ovalada dotada de ojos azules: una veinteañera recordándole insistentemente a alguien. Busco apoyo en una de las columnas, cuya función no se sabía muy bien si consistía en adornar o en sostener el techo del local. Su memoria al fin accedió a dar paso a otra cara, muy parecida: mismos ojos azules, mismos rizos rubios, mismos pomuelos salientes.

El silbido de un tren, moviéndose por los raíles de su memoria, le lleno los oídos. Cerró los ojos y pudo sentir la dureza de los asientos de madera y ver la humareda saliendo por la chimenea de la locomotora. El paisaje desfilaba por la ventanilla cerrada. Atrás, quedaba la monótona llanura castellana, delante los altaneros e indomables montes cantábricos. Otoño 1950, apenas terminada la carrera, le ofrecieron un trabajo de unos meses en la Duro-Felguera.

La Felguera. Un pueblo industrial de la Cuenca del Nalón donde pasaría algunos meses de su vida. No le gusto. Le pareció feo, triste y, acostumbrado a Madrid, increíblemente pequeño. La casa puesta por la fabrica a su disposición resulto ser confortable, el trabajo interesante, la gente del pueblo de lo mas agradable y sus ojos aprendieron a apreciar la belleza del paisaje.

El otoño tiraba a su fin, la tarde oscurecida antes de tiempo por unos nubarrones negros, era desapacible. Llovía a cantaros, apresuro el paso para cruzar el parque de San Pedro: invariablemente pasaba por el para ir a la fabrica. Levanto la mirada de los charcos y se encontró con una moza que venia corriendo, huyendo de la lluvia, en sentido contrario. Sus rizos rubios empapados de agua le rodeaban la cara y sus ojos azules, cuando se encontraron con los suyos, le hicieron latir el corazón más deprisa. Se detuvo, giro sobre sus talones y se quedo mirándola mientras desaparecía en la oscuridad de la tarde. Seguía lloviendo pero el ya no sentía el agua deslizarse por su pelo gominado, resbalar por sus mejillas, calar la gabardina y humedecer la americana. No sentía nada.

La Felguera, le pareció desde entonces el lugar más maravilloso del planeta. La jornada laboral terminada, solía darse largos paseos por el parque con la esperanza de ver a la chica de la lluvia. Por fin, apareció y el, no supo que hacer. ¿Hablarle? ¿Un piropo? No. Sencillamente se quedo mudo, pálido y después colorado. La moza paso a su lado sin mirarlo, cruzo el parque, cruzo la calle y, el, decidió seguirla. Ella, paso delante de la iglesia de San Pedro antes de desaparecer por un callejón conduciendo a un patio, cuyo centro lucia un pozo de agua. Las puertas de tres viviendas daban a el. Enganchada a la pared, una vieja placa enunciaba “Patio Celedonio”. Vicente entro en la pastelería, situada a la entrada del callejón. Una señora, lo acogió con amable sonrisa.
-         Buenos días ¿Qué desea?
-         Mire señora, quería preguntarle. Bueno. ¿Ha visto a la señorita que acaba de pasar por aquí delante?
-         Pues, si.
Respondió la pastelera inspeccionando con la mirada al joven.
Vicente enrojeció y con un ligero tartamudeo pregunto:
-         ¿Sa…sabe quien es?
-         Si hombre, como no. Es Gloria, una de les neñes de los Frascuelos. ¿Le pongo alguna cosa?

¿Le pongo alguna cosa? La pregunta lo trajo a la realidad.
-         Un pastel de gloria. Si, eso, o mejor póngame dos.

Vicente, nunca se atrevió a entablar conversación con la chica de los rizos dorados.

En los momentos de ocio intento escribir, sin éxito, una poesía
“Cara de ángel, me tienes presa el alma. Mi corazón cautivo de tu encanto, de tu mirada…..”

No llego a escribir más.

Todas las tardes Vicente empujaba la puerta de la pastelería e invariablemente pedía:
-         Dos pasteles de gloria, por favor.
Invariablemente miraba hacia el callejón, buscando a la joven.

El contrato de la Duro-Felguera llego a su fin y Vicente regreso a Madrid.

La Carreña olía a sidra, como todas las sidrerías. La mujer de Vicente lo estaba mirando; con una muda pregunta en la mirada:
-         ¿Te encuentras bien?
Vicente se aparto de la columna con la lentitud de alguien saliendo de un profundo sueño.
-         Cariño, espérame un minuto, enseguida vuelvo.

Encauzo sus pasos calle arriba, hasta llegar a una pastelería. Entro.
-         Dos pasteles de gloria, por favor.

El sabor del dulce le lleno la boca. Cerró los ojos y durante unos segundos Vicente tuvo 20 años por segunda vez.

Alexys Fernandez Artos

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