el paraiso esta en tu interior: capitulo 1

 

CAPITULO 1

 

Abel llegó tarde a la consulta aquel día de primavera. No era su costumbre, había tenido un percance en el trabajo que lo retraso pero al final no era importante para mi la razón de su tardanza. Lucía un poco cansado, eran las ocho de la noche, las obligaciones laborales lo agobiaban pero la búsqueda de su identidad era lo que le urgía.
Conocí a Abel dos semanas antes, el había asistido a la consulta recomendado por una estudiante de medicina que le habló del taller de hipnosis regresiva y había considerado que podía quizá encontrar en aquella técnica las respuestas a tantas preguntas que tenía en su vida.
Abel trabajaba como asesor de una empresa importante de Arequipa, había toda su vida luchado por alcanzar aquel puesto que ahora tenía, era bien considerado por sus superiores y por las personas que le conocían, desarrollaba una práctica religiosa cristiana de modo regular, era metódico y programaba todas sus actividades, no le gustaba defraudar a nadie y por eso, aquella noche de primavera de su segunda sesión de trabajo se sintió un poco mal por que, “él no acostumbraba a llegar tarde”.
Conversamos un momento de lo acaecido aquel día, de sus planes laborales, de su situación familiar y de los conflictos sentimentales por los cuales atravesaba. Se sentía alegre y optimista con el paso de los minutos, “recuperó – diría yo – la confianza en si mismo y empezó a platicarme del encuentro que tuvo con sus padres la semana anterior después de la primera sesión de hipnosis regresiva.
“Fue bonito, doctor – comentaba mientras se limpieza el rostro con un pañuelo blanco -, durante la sesión me vi en el vientre de madre, sentí un calor especial, percibí su respiración, los latidos de su corazón sonaban fuerte en mi cabeza y la ternura con la que acariciaba su vientre y me acariciaba a mi eran indescriptibles. Cuando ingresé dentro de la luz al inició de mi vida dentro de mi madre y fui al lugar donde sólo había luz de color amarillo sentí una paz que no había experimentado nunca, era algo distinto a lo que uno puede vivir aun en los momentos de oración más profunda, era una paz distinta, una sensación que podría conjugar lo que es tranquilidad, felicidad y equilibrio, me sentía flotar y no tenía miedo, pese a estar en un lugar distinto, en un lugar que nunca antes había visitado, me sentía como en casa, todo me era familiar y por supuesto, no estaba solo, había un niño, bueno eso creo que era, que brillaba con una luz anaranjada y que hablaba directamente a mente, no movía los labios, solamente brillaba y parecía conocerme desde siempre, me “habló” de mis padres, de sus problemas, de sus limitaciones y también de sus virtudes; me dijo que yo antes de nacer y mucho antes de que se diera la concepción de mis ser en el vientre materno yo los había elegido a ellos para ser mis padres, que en aquella convivencia hallaría las respuestas a las vidas que antes viví y que no pude lograr consolidar por miedo, por terquedad o por desear ser perfecto. Cuando oí esas palabras era como verme en un espejo y descubrir mi esencia actual, mis actitudes tenían una explicación y todo tenía sentido, hasta antes de la experiencia todo había sido en vida casual, pero ahora todo tenía sentido, todo era causal, todo respondía a un orden y a un por qué que fui poco a poco comprendiendo y aceptando. La experiencia de regresión a la fase de mi vida intrauterina fue linda y aquel viaje más allá, fue de conocimiento y de reencuentro. Cuando la sesión terminó sentí que había vuelto a nacer, estaba lleno de energía y agradecido a Dios por haber podido vivir esa experiencia y por saber que mi madre siempre me había querido, que su carácter obstinado y sus ausencias de casa no había sido porque ella no nos había querido – a mi y a mis hermanos-, sino que ella lo hacía para sentirse mejor y en ese mejorar su estado ánimo darnos aquellas luces de amor que yo interiorice como simples migajas; mi madre me amaba y era bonito saberlo, apenas salí de la consulta fui a su casa, toque su puerta, era tarde, ella lucía un pijama rosado y ya se había recostado en la cama, preguntó por mi llegada tan intempestiva, se asustó, preguntó si había una emergencia y muchas otras cosas más, callé hasta que cesaron los interrogatorios, nos sentamos luego de algunos minutos de estar parados en la puerta de casa y entonces la tome de una mano, le dije cuanto la amaba, le agradecí por el regalo de la vida, por su entrega, por su dedicación, por ese cariño a esa semilla que era yo dentro de su vientre y luego la abrasé y le di un beso; nunca que yo recuerde en mi vida había hecho algo igual con mi madre, para mí era como una extraña, aquel ser que tenía que darnos de alimentar y que debía asearnos, vestirnos y enviarnos a la escuela a estudiar, hasta antes de la sesión era un ser extraño y ausente en mi vida, la causa tal vez de que nunca pude desarrollar una relación sentimental adecuada, la responsable de mis sentimientos de minusvalía personal y también la culpable de tantos rencores. Pero en ese momento en su casa y mirándola a los ojos volvía encontrar a la madre que perdí cuando era tan niño, a la madre afectuosa de mi vida intrauterina y sonreí, reí mucho, ella no sabía porque, al final le conté lo sucedido en la terapia, me abrazó y luego rezamos y agradecimos el hecho de poder reencontrarnos luego de tantos años.”.

 

 

Abel se recostó en la camilla, empezó a respirar lenta y pausadamente, el conocía la fase de inducción de la terapia de hipnosis y le fue fácil llegar en poco tiempo al estado de visualización del “jardín”, ahí tuvo un encuentro espiritual muy significativo con su padre, caminaron juntos por un sendero que iba detallando en sus características, verde y rodeando de árboles, con un cielo despejado y con una ligera garúa que refrescaba el ambiente pero que no los mojaba y a la par relataba la conversación entre ambos, las palabras de su padre y sus escuetas respuestas, “me siento bien – decía, estoy aprendiendo a conocerlo, a aceptar su vida y por consiguiente la mía, es bonito tenerlo tan cerca y saber que es mi padre, aquel que no estuvo presente en nuestra infancia por causas del trabajo y que siempre pensaba en mi y en cada uno de sus hijos, sentí como nos extrañaba cuando estaba lejos de casa y lloré junto a él por aquel tiempo que habíamos perdido por la inconsistencia de no poder saber lo que él sentía y lo que yo sentía, era extraño poder dialogar con él y a la vez saber tanto de ambos, no sé como pudimos vivir tantos años con rencores que no merecían existir, sentía que había vivido una vida extraña, una existencia alejada al camino real de mi vida, una vida de fantasía pero no con alegría sino con tristeza, con infelicidad y odio y esa no era la vida que me merecía y la vida que debían tener mis padres, pero lo bueno de todo es que ahora lo entiendo y no tengo nada que perdonar, sólo debo aceptar, hay una voz que no se bien de donde viene pero que retumba en mi cabeza y me dice “acepta y comprende” y es cierto, cuando hago eso me siento libre, no hay nada que juzgar, nada que perdonar a nada ni a nadie, es una sensación que te recorre todo el cuerpo y te hace de pronto olvidar el pasado y te lleva a disfrutar el presente sin angustiarte por lo que harás mañana, es una sensación gratificante y que da paz y mi padre esta ahora conmigo y somos uno y nos hemos tomado de las manos, una energía fluye de uno a otro y empieza a llover gotas de luces, siento como ingresan a mi cuerpo, “todo esta bien, todo siempre a estado bien y todo siempre estará bien”, el mensaje lo ha escuchado claramente”.
Luego abrió los ojos, se mantuvo un momento recostado en la camilla, se sentía en paz y no quise interrumpirlo, luego se sentó y agradeció la sesión, ahora su vida tenía sentido, se había reencontrado con su padre y la semana anterior con la madre; conversamos de algunas experiencias de su niñez y se emocionaba al hablarme de una y de otra, él era el personaje central de la historia y sus padres aquellos compañeros que aun ausentes le dedicaban tiempo, estima y amor.

 

 

La tercera vez que vino Abel a verme me comentó que había viajado por eso no habíamos podido tener la sesión la semana anterior y que fue  a ver a sus hermanos, deseaba compartir con ellos aquellos mensajes que en la terapia encontró, fue a hablarles de que sean una familia unida, les explicó del por qué mamá y papá actuaron del modo en que lo hicieron a lo largo de su vida, que ellos , sus padres, siempre estuvieron preocupados por el bienestar de sus hijos aunque muchas veces no lo dijeran. Les habló también de su practica religiosa y de que debían rezar más y que la vida es algo maravilloso que no debemos de echar a perder por rencor, odios, malos entendidos o por incomprensiones. Las palabras de Abel eran sabias y estaban llenas de aquella magia de aquel que va encontrando la verdad en el camino, de aquel que va creyendo en la vida y en todo lo bueno que tenemos en nuestro interior.
Esa tercera sesión fue más complicada que las anteriores, Abel debía definir su vida. Él había estado casado durante veinte años con una mujer con la cual desde hace cinco años ya no convivía, al inicio la relación fue bonita – comentaba -, pero luego se hizo insufrible, cada vez que discutían había violencia física y verbal, más por parte de ella, su hija veía lo que sucedía y se escondía debajo de su cama a llorar; él trabajaba mañana y tarde, llegaba de noche a casa y siempre era la misma historia, tú no te preocupas ni de tu esposa ni de tu hija, no todo es trabajar, nos tienes encerradas, no podemos ir a ningún lado, tu familia nos detesta y por tu culpa he peleado con mis padres, eres un incomprensivo, te odio y mil diatribas más que hacía intolerable la relación. Luego de doce años de matrimonio nos separamos, ella se quedó con la casa, recibía la mitad de mi sueldo además de lo que durante el mes me pedía porque según decía “ no le alcanzaba para las necesidades del hogar” y yo no se en que se gastaba el dinero porque aun cuando le daba el integro de mi sueldo, con el cual vivíamos cómodamente los tres antes y hasta teníamos un poco de ahorro, ahora el refrigerador lucía vació, la casa descuidada y si yo le reclamaba sencillamente se iba con nuestra hija a casa de sus padres y ahí era difícil que los vaya a buscar. Me dedique  trabajar como siempre y a hacer algunas asesorías, por mi buen desempeño fui ascendido y alquile un departamento donde podía descansar en las noches sin sentir la presión de los años pasados. Cada cierto tiempo ella llamaba a pedirme plata y yo se lo daba, no le hacía firmar ningún papel, nada y bueno, con ver a mi hija el sábado estaba feliz. Luego de casi un año de la separación su madre fue a buscarme a decirme que padre inconciente que era, que mi hija no tenía que comer, que su ropa estaba vieja y que se debía al colegio varios meses de pensión, que el arriendo de la casa no alcanzaba para los gastos de la madre de mi hija y de mi hija y que me habían iniciado un juicio de alimentos. Me sentí sorprendido con todo lo que me dijo, la invite a que tomará asiento y le indiqué que yo le pasaba a la madre de mi hija casi todo el sueldo, que tenían el arriendo de la casa y que me sorprendía el hecho de que mi hija estuviera en tan estado de descuido y que me viniera a reclamar por algo que estaba cumpliendo con creces. La señora no me creía pero era cierto, luego se echo a llorar y me dio la razón, su hija se estaba dando la gran vida y ellos no sabían como controlarla y había abandonado a la niña. Todo esta mal le dije, no puede ser posible que estemos generando tanto daño y a mi hacerme quedar mal, ante ustedes y ante mi hija, así que quedamos en algo, de ahora en adelante ellos cobrarían el dinero de la pensión de mi hija y si había alguna necesidad más en el hogar me avisarían. Para que hice eso, a la semana mi esposa enfurecida fue a buscarme al trabajo, a decirme que con que derecho sus padres debían administrar su dinero, qué que me había creído, que ya iba a saber con quien se había metido y a insultarme de todos los modos posibles y me dijo otras cosas más que deseo olvidar. Así que tuve que ir a hablar con sus padres para arreglar la situación y para que ella cobre el dinero pero que ellos, los abuelos de mi hija velarían porqué no le faltase nada y de eso modo las cosas “se arreglaron”, y lo digo así porqué, siempre me exigía un poco más de dinero y siempre lo consentía, más por ver a mi hija y por evitar discutir. Pasamos algunos meses en relativa calma con el acuerdo señalado pero sus salidas nocturnas, el mal uso del dinero que hacía y la nueva relación sentimental que inició me fueron afectando, me encerré en mi trabajo, las visita con menor frecuencia y hasta desee no haber vivido. Estando en aquel estado de desesperación un amigo me invitó a una comunidad religiosa, inicialmente fui por curiosidad pero con poca esperanza, no creía ciertamente que Dios, un rezo y golpeándome en el pecho podrían solucionar mi problema pero me equivoqué y festejé con el paso de los meses mi error. En aquel grupo de oración hallé paz, esperanza y algo más, una buena compañía.
La relación con la madre de mi hija, como así la llamaba, se había estabilizado pero me daba pena que nuestra familia se ha destruido, así que la busqué, la frecuente durante dos meses y finalmente aceptó volver a vivir conmigo, inicialmente en la casa de sus padres hasta que venciera el contrato de arriendo de nuestra casa y volver a vivir en ella. Había por supuesto “cláusulas” que debía cumplir, dentro al más rescatable que no le controlaría sus horarios de salida y de entrada a casa y que ella seguiría manejando la economía del hogar. El manejo del dinero no me preocupaba pero si sus constantes salidas, regresaba a altas horas de la noche, bebía con frecuencia, no quería que la acompañara las pocas veces que me ofrecí a hacerlo y seguía durmiendo en el cuarto de visitas, ella con mi hija en otra habitación y de intimidad, nada.
Decidí seguir con ellas, las cosas de cierto modo en algo habían mejorado y era cuestión de tiempo – pensé- en que todo volvería a su curso normal. En mi grupo de oración, a la que ella se negó a asistir, las cosas iban bien, mi desarrollo fue tan bueno en los seis primeros meses que me nombraron como pastor de la palabra y una vez a la semana analizaba las escrituras. En mi trabajo era ya considerado personal de confianza y contaba con el total apoyo de mis superiores. La relación con los padres de mi esposa era satisfactoria y ellos veían mi interés por que las cosas funcionen en la familia que habíamos constituido, normalmente cenaba con ellos y el centro de los diálogos por una u otra razón siempre terminaban en la hora de llegada de mi esposa a casa.
Cuando concluyó el contrato de arriendo de la casa, conversé con mi esposa con el fin de definir cuando nos mudaríamos y como “reiniciaríamos nuestra vida de casados “ luego de todo lo sucedido, para mí sorpresa ella había renovado el contrato de arriendo y me dijo que de ninguna manera se separaría de sus padres que estaba cómoda viviendo ahí y si quería irme, que me vaya. Para mí fue una gran sorpresa lo que me dijo, no podía creerlo, le hablé del compromiso al que habíamos llegado hace seis meses y ella ni me escuche, “esas son mis condiciones” las aceptas o te vas”, de modo que decidí quedarme en la casa de sus padres y poder por lo menos tener a mi hija a diario.
Sus cambios de actitud, el rechazo a mi persona y el desinterés en la formación de nuestra hija me pusieron en sobre alerta. ¿Que hacía cada noche  qué salía? Lo ignoraba, ¿En qué gastaba el dinero qué le daba? Era otro dilema; así que decidí contratar a un detective privado para aliviar mis dudas e interrogantes y poder vivir en paz. A la semana el reporte fue devastador, ella salía con otro hombre, alguien con quién tenía una relación sentimental desde el tiempo en que nos separamos y con quién gastaba el dinero que le daba, aparte de una cuenta bancaria importante. Ese mismo día al llegar a casa "le saqué en cara “ la información que tenía de ella, ni se inmutó, se sintió agredida “¡Me has mandado a investigar!” dijo en tono airado, “es lo último que te permito”, “¡Vete de mi casa!”, y más... Tomé mis cosas, dejé el informe escrito con mis suegros y me fui a un hotel, traté de descansar pero no pude, a la mañana siguiente llamé a mi jefe y me dio licencia por dos días, debía solucionar el conflicto, mi hija estaba de por medio y “me sentía engañado”. Luego de un par de horas, donde llamadas iban y llamadas volvían pude entrevistarme con sus padres, ellos me comprendían pero a la vez no sabían que hacer, no podían ir en contra de su hija y a la vez sabían que ella actuaba mal, me pidieron que no la buscara, qué ellos verían el modo por el cual podrían arreglarse las cosas y yo acepté.
A la semana de lo narrado ella me llamó, pidió que le depositara el dinero en una cuenta bancaria y que no deseaba verme, me insultó y amenazó con prohibir que viera a nuestra hija, no le dije nada y le colgué. Ya conocía sus artimañas y esta vez no iba a caer. Insistió varias veces al celular hasta que lo apagué, no deseaba discutir ese día, debía ir a mi grupo de oración, era viernes y hablaría del perdón. Esa noche fue especial para mí, mientras leía la disertación que hice encontraba tantas soluciones a mis problemas y al final se me quebró la voz y lloré, mis hermanos del grupo se acercaron y me dieron muestras afecto y esperanza. Al día siguiente fui a ver a sus padres y a quedar el modo en que apoyaría a mi hija. Cinco días después la pensión alimentaria era depositada con un comprobante judicial y las llamadas intimidantes de mi esposa volvieron. No les hice mayor caso, “depositó lo que la ley manda” le dije además de reiterarle que no le guardaba ningún rencor.
Por supuesto que ella continuó pidiéndome dinero y mientras duraba el juicio de divorcio yo se lo daba con el solo fin de ver a mi hija y no generarle mas daño del que ya le habíamos causado.
Hasta hace tres semanas tenía una relación sentimental de cuatro meses con una mujer, líder en nuestra comunidad, la cual es bonita, me comprende y me ha ayudado a superar la tristeza que tenía. La relación es buena pero hace veinte días se ha ido de viaje, tuvimos una discusión y dijo que no quería verme. Sé que esta en casa de sus padres y esta también deprimida, su ausencia y los pensamientos de fracaso rondan mi cabeza. Quisiera volver a  estar con ella pero no contesta a mis llamadas.
En ese momento Abel terminó su relato, le pedí que respirara lentamente y que cerrará los ojos; se mantuvo en esa posición cerca de diez minutos hasta que noté que se había tranquilizado. Cuando abrió los ojos me dijo “he escuchado una voz dentro de mi cabeza que decía ten esperanza”. Analizamos lo que me había contado y luego pasamos a la sesión de terapia. Durante la fase de regresión él se vio como un niño solitario que necesitaba mucho afecto y que siempre era el último en ser elegido en los juegos de los niños del barrio. Decía sentirse triste con lo que veía pero que no le importaba mucho, de cierto modo las cosas no habían cambiado de modo importante en los años siguientes. Le pedí que se concentrara en las actividades del pequeño Abel y que cuando lo notara triste o desmotivado se acercará a él y lo abrazará. Luego de unos minutos contó que no querían que juegue por que había botado la pelota dentro de una casa, que ya la habían sacado pero que “era un perdedor” y que nadie lo quería. Entonces se abrazó a si mismo, empezaron a brotarle lágrimas de los ojos, su rostro evidenciaba una gran sufrimiento y le pedí que continuará abrazando al pequeño Abel, y que además le dijera “estoy aquí para ayudarte, de ahora en adelante nunca más estarás solo, yo seré tu compañía y tu fortaleza”. Cuando ya se tranquilizó me contó que el pequeño Abel estaba corriendo, no le importaba lo que hicieran los demás niños, él sólo corría y se sentía feliz.
Le pedí que respirara lenta y pausadamente, inicié el conteo regresivo y le pedí que fuera con su esposa, con la madre de su hijo, sus párpados titilaron y empezó a decirme que estaba junto a ella, era un lugar extraño, había una luz brillante y parecía que caminaban sobre nubes, le pedí que no se concentrará tanto en el lugar donde estaba sino en la compañía que tenía y así lo hizo. Luego de unos minutos empezó a contarme “ella se ha sentado, yo he hecho lo mismo, esta llorando y me pide perdón por todo lo que ha hecho, lo he dicho que no tengo nada de que perdonarla, que éramos muy jóvenes cuando nos casamos y por eso hemos tenido tantos problemas, pero ella no lo entiende así, cree que es ella la que ha fallado, lo repite una y otra vez, me he acercado a ella y la he abrazado, por un momento la sentí mía, como siempre pero luego me rechazó, lo nuestro no podrá ser Abel me dijo y continuó, me he enamorado y solo volví contigo por el dinero, siempre me complaciste en todo, me mal acostumbraste y tendrás que seguir haciéndolo. Le pedí que recordará cuando recién comencé a trabajar, las penurias económicas que atravesábamos y como éramos tan felices. Nunca lo fuimos fue su respuesta, tú lo creías, yo te hacía creer ello, nunca te ame y eras una buena compañía, eres una buena persona pero yo tengo otras necesidades y quiero vivir la vida que nunca viví, me gusta la vida nocturna, me parece maravillosa. Tú nunca salías, le dije con los ojos sollozando, pero ella replicó – no salía por que pensé que mi mundo era la casa, tenía diecisiete cuando me casé contigo y nunca me había divertido, tú eras mi mundo social hasta que nos separamos y ahí cambió mi visión del mundo, me gustan las fiestas, beber alcohol, ser yo misma, es lo mejor que me ha pasado, me agrada sentirme vista por los hombres y disfrutar sus atenciones, soy otra y debes entenderlo”.
Cuando el diálogo con su esposa finalizó Abel me dijo sentirse cansado, así que le pedí concentrase en la luz que le rodeaba, que sintiera la luz en todo su cuerpo, en cada parte de su cuerpo, en cada célula de su ser hasta que el cansancio remitiera. Una vez que completó la dinámica de revitalización volvió al jardín donde caminó unos momentos con el fin de relajarse un poco más y luego lo hice despertar. Abordamos brevemente lo sucedido en la terapia y le pedí que en casa valorara aquella conversación que tuvo con su esposa.

 

El destino suele ser muchas veces complicado. Uno puede tener el mayor deseo de lograr un objetivo pero a veces el objetivo suele no lograrse. La vida de Abel podía simbolizarse parcialmente bajo esta premisa, el quiso siempre muchas cosas, fundamentalmente cariño, amistad, compromiso y entrega; se esforzó por lograrlos pero llegó un momento en su vida en que pensó que todo eso era una falacia, una mentira o una utopía que nunca se realizaría. Dicen que la oscuridad es más intensa antes de que amanezca y es muy posible que así sea. Cuando Abel asistió a la cuarta entrevista habían pasado casi veinte días, tuvo un viaje de trabajo que rompió la regularidad de las primeras tres sesiones. Fue un tiempo de reencuentro para él tanto con sus pasado como con su posible futuro. Tuvo la oportunidad de dialogar con su esposa, de modo inexplicable – como me lo narraría en esa sesión -,ella se mostró tendiendo al diálogo, conversaron de sus veinte años de matrimonio, de que ella nunca lo había amado, que lo consideraba un buen hombre, un esposo que luchó siempre por qué la familia tuviese lo que tiene hoy en el aspecto material y fue también un padre esmerado, él era el que en las noches del primer año de su hija se levantaba y le cambiaba los pañales o le preparaba el biberón con la leche; lo recordaba bien y sentía nostalgia por aquel tiempo que no volvería. Ella le pidió disculpas por lo que habían tenido que pasar en sus últimos años de matrimonio y la relación sentimental que tenía, sus salidas nocturnas, su consumo excesivo de alcohol y tantas otras cosas más que en realidad, según me contaba Abel, no son importantes. Él también le pidió perdón por no haber hecho lo posible por que la relación no llegará al estado en que llegó, “no hice todo lo que pude, fallé”, repetía una y otra vez Abel y recordaba aquellos años pasados, cuando se conocieron, el embarazo de su hija y aquellas tardes familiares que les dieron tanta felicidad y que ahora ya no existen.
Ese día ambos se reconciliaron pero la vida de familia ya no era posible, ambos lo entendieron y aunque había tristeza en sus ojos comprendieron que ahora cada uno tenía su propia vida y tenían que recuperar la felicidad que un día perdieron.
Eran las siete y veinte de la noche, apenas veinte minutos antes había comenzado su relato y parecía como si hubieran pasado años. Luego me contó que tres días después había podido hablar con Isabel, su líder espiritual, su amiga y ahora, aunque un poco apurado, podía decir también su pareja. Ella aun se hallaba fuera de la ciudad pero llegaría pronto. Le preocupaba la situación de su hija ¿Qué pensaría de él si saliera con otra mujer que no era su madre? ¿Lo entendería? ¿Y si la relación se formalizaba y se casaba un día con ella y tenía hijos? Eran muchas preguntas y faltaban respuestas. Le pedí que se recueste en la camilla e iniciamos la sesión. Ahora el modo de trabajar iba a ser distinto, ya no viajaríamos al pasado, ya había alcanzada la paz en esa parte de su vida, el problema era su situación actual, sus dudas y lo que podría suceder en el tiempo venidero; así que el viaje obligadamente era hacia el futuro.
Ya había tenido algunas experiencias en terapia de progresión y manejaba la técnica, pero ahora no era un simple viaje, no era una simple respuesta qué requería de respuesta, eran múltiples interrogantes y el proyecto de vida de un hombre creyente, que asistía aun grupo de oración, que deseaba alcanzar en el tiempo por venir aquel equilibrio logrado en el tiempo que pasó. La fase de inducción la realizó bien, como siempre, llegó a la visualización del jardín y de ahí, una nueva y esperanzadora verdad surgió.
Primero le pedí que viajará “ en el ascensor del tiempo” unos años en el futuro, cuando las imágenes se hicieron claras él se vio peinando canas y con unos veinte años más, estaba con Isabel y tenían dos hijos de dieciocho y quince años de edad, notaba que el ambiente familiar era cordial y que era feliz. Disfrutó durante varios minutos de esa interacción familiar y luego fuimos a conocer otros aspectos de “ese posible futuro”. Tenía un buen trabajo, había destacado en la empresa donde trabajaba y tenía un puesto jerárquico que le permitía administrar su tiempo y poder compartir con su familia. Asesoraba algunas empresas del medio, viajaba regularmente por negocios pero siempre estaba su familia en su mente y en su corazón. Su grupo de oración había crecido, él era uno de sus líderes, unos de los pastores que guiaba a su comunidad e Isabel siempre lo apoyaba. Todo lo que veía le gustaba, era perfecto, era como un sueño.
Después le pedí que regrese al jardín, le pedí que respirara lenta y pausadamente y que se relajara nuevamente, aún tenía que desarrollar una dinámica más. Cuando lo noto reposado, le indiqué que subiera por unas gradas y que al final de estas encontraría una plataforma, como una meseta, que tomará asiento en una de las bancas del lugar y que delante suyo aparecería una pantalla, como de televisión pero más grande y ahí, podría ver el desarrollo de los sucesos en al vida de su hija en los meses siguientes. Cuando cumplió mis indicaciones estaba ya narrándome lo que veía “sí, ahí esta ella, esta disgustada por qué voy a casarme, no quiere a Isabel, me dice que ella es mala, lo repite una y otra vez, sale corriendo de la habitación con las manos en el rostro, está llorando y baja por la escalera y se encierra en otra habitación.  Mis suegros me piden que no la presione. Salgo de la casa. Isabel esta fuera, me ve preocupado y me abraza. Me ha dicho que todo se va a solucionar y le creo. Ya me casé, mi hija no fue al matrimonio, fue una ceremonia sencilla. Mi ex esposa si fue acompañada de su pareja. Es extraño verla con otro pero nada más, no siento celos y ella me desea lo mejor, la mira a Isabel y solo la saluda. Me pide que vaya a ver a nuestra hija, le digo que lo haré, que espero que ella me perdone.  Ahora me veo con ella, esta triste, dice que es mala, por qué papá y mamá ya no viven con ella; le quiero explicar que no es así pero antes de poder decir algo ella me abraza y me pide que siempre sea su papá. Ella tiene trece años y se comporta como una niñita, es mi niña, la abrazó, se lo prometo y lloró. Ella esta ahora con Isabel, han salido a caminar, quizá vayan al grupo de oración. Es bueno, rezar siempre será bueno. Ahora se llevan bien. Ha pasado cerca de un año e Isabel esta embarazada. A mi hija le ilusiona la idea de tener otro hermano. Mi ex esposa esta embarazada de cuatro meses”.
Le pedí entonces que se detuviera, las respuestas se habían generado y no era necesario ver nada más. Volví a visualizar el jardín y este lucía más brillante –me comentó – la luz era entre amarillo y blanca, y sentía distinto su cuerpo, como estuviera más pesado pero a la vez caminaba pero no tocaba el suelo, sentía que todos sus sueños se harían realidad. Caminó durante un momento y cuando le iba a pedir que abriera los ojos por qué la terapia había finalizado, su rostro de pronto se iluminó y se le notaba alegre y en paz, le pregunté que pasaba y él me dijo “estoy con él, lo estoy mirando, me ha dicho que ahora se realizarán todos mis sueños. Me esta tomando de las manos, siento paz, recuerdo a toadas las personas que han pasado pro mi vida y les deseo lo mejor. Creo que estoy volando. Ahí esta mi ex esposa, Isabel y mi hija. Las veo cerca y siento paz”. Decidí no interrumpirlo, estaba gozando de una experiencia espiritual en la dinámica, una experiencia psicoespiritual, algo que muchos psiquiatras no aceptan pero que genera una paz importante en el ser humano que logra vivirla.
Mientras Abel vivía esa experiencia yo veía a través de la ventana del consultorio el cielo estrellado y recordé una historia que hace algún tiempo encontré relacionada a lo que es la naturaleza humana, su falta de confianza en Dios y hasta su orgullo, hasta el hecho de creer que Dios nos abandona cuando tenemos problemas y que nosotros solos algunas veces logramos salir adelante. La historia se llamaba “Huellas sobre la arena” y era narrada por un hombre que decía: “Una noche tuve un sueño. Soñé que caminaba con el Señor sobre la playa. A través del firmamento se dibujaban escenas de mi vida. En cada escena, noté que habían dos pares de pisadas en la arena, un par pertenecía a mi y otro al Señor. Cuando la última escena de mi vida relució ante mis ojos miré hacia atrás para ver las pisadas en la arena. Había solamente un juego de pisadas. Noté que esto había sucedido en la época más honda y triste de mi vida. Esto me molestó y pregunté al Señor acerca de mi dilema. Señor, tú me dijiste que una vez que hubiera yo decidido seguirte, caminarías y hablarías conmigo todo el camino. Pero he notado que durante las épocas más difíciles de mi vida hay solamente un juego de pisadas. No comprendo por qué, precisamente cuando más te necesitaba, me has abandonado. El Señor me dijo al oído, -Mi hijo amado, yo te quiero mucho y nunca, nunca te abandonaría en los tiempos de prueba y de dolor. Cuando tú viste solamente un par de pisadas era entonces que yo te llevaba en mis brazos-“.
Esta pensando en ello y en todo lo maravilloso que había sucedido esa noche en la sesión terapéutica cuando me di cuanta que Abel estaba sentado en la camilla, con los ojos abiertos. Al parecer había despertado ya hace unos minutos y no quiso distraerme, cuando le dirigí la mirada él hizo lo mismo y me dijo “confió en lo que he visto, de ahora en adelante mi vida será distinta, tengo fe y esperanza en lograr mis objetivos. Fue bonito ver todo eso. Gracias”.
Me dijo cuando debía volver y le respondí “cuando el futuro que has visto no se cumpla, vuelve, pero recuerda, tú has visto un posible futuro, que será real en la medida de tus esfuerzos y de muchas cosas que aún desconozco”. No importa me respondió, creo en Dios y él esta en mí y se que él siempre me acompañara y acompañará a las personas que les deseo el bien. Y se fue.
Yo me quedé acomodando algunas cosas en el consultorio. Eran casi las nueve de la noche. Una sesión larga. Estaba cansada pero creía, creía más en esta nueva forma de ayudar a las personas. Sí, somos más que un cuerpo físico que entra en relación con el mundo, somos seres emocionales, racionales y sobre todo espirituales. El día que podamos comprender este principio de los cuatro entes que forman el ser humano y les demos la importancia que se merecen cada uno de ellos creo firmemente que las cosas mejorarán, no en el exterior sino en nuestro interior, aceptaremos mejor nuestros errores y los errores de la gente que nos rodea, tendremos mas optimismo y más esperanza para compartir. Viviremos quizá más experiencias psicoespirituales como las he querido denominar, creeremos más en la vida y daremos más por nuestros sueños y por la gente que queremos.
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