CAPITULO 1
Abel llegó tarde a la consulta aquel día de primavera. No era su costumbre, había tenido un percance en el trabajo que lo retraso pero al final no era importante para mi la razón de su tardanza. Lucía un poco cansado, eran las ocho de la noche, las obligaciones laborales lo agobiaban pero la búsqueda de su identidad era lo que le urgía.
Abel se recostó en la camilla, empezó a respirar lenta y pausadamente, el conocía la fase de inducción de la terapia de hipnosis y le fue fácil llegar en poco tiempo al estado de visualización del jardín, ahí tuvo un encuentro espiritual muy significativo con su padre, caminaron juntos por un sendero que iba detallando en sus características, verde y rodeando de árboles, con un cielo despejado y con una ligera garúa que refrescaba el ambiente pero que no los mojaba y a la par relataba la conversación entre ambos, las palabras de su padre y sus escuetas respuestas, me siento bien decía, estoy aprendiendo a conocerlo, a aceptar su vida y por consiguiente la mía, es bonito tenerlo tan cerca y saber que es mi padre, aquel que no estuvo presente en nuestra infancia por causas del trabajo y que siempre pensaba en mi y en cada uno de sus hijos, sentí como nos extrañaba cuando estaba lejos de casa y lloré junto a él por aquel tiempo que habíamos perdido por la inconsistencia de no poder saber lo que él sentía y lo que yo sentía, era extraño poder dialogar con él y a la vez saber tanto de ambos, no sé como pudimos vivir tantos años con rencores que no merecían existir, sentía que había vivido una vida extraña, una existencia alejada al camino real de mi vida, una vida de fantasía pero no con alegría sino con tristeza, con infelicidad y odio y esa no era la vida que me merecía y la vida que debían tener mis padres, pero lo bueno de todo es que ahora lo entiendo y no tengo nada que perdonar, sólo debo aceptar, hay una voz que no se bien de donde viene pero que retumba en mi cabeza y me dice acepta y comprende y es cierto, cuando hago eso me siento libre, no hay nada que juzgar, nada que perdonar a nada ni a nadie, es una sensación que te recorre todo el cuerpo y te hace de pronto olvidar el pasado y te lleva a disfrutar el presente sin angustiarte por lo que harás mañana, es una sensación gratificante y que da paz y mi padre esta ahora conmigo y somos uno y nos hemos tomado de las manos, una energía fluye de uno a otro y empieza a llover gotas de luces, siento como ingresan a mi cuerpo, todo esta bien, todo siempre a estado bien y todo siempre estará bien, el mensaje lo ha escuchado claramente.
La tercera vez que vino Abel a verme me comentó que había viajado por eso no habíamos podido tener la sesión la semana anterior y que fue a ver a sus hermanos, deseaba compartir con ellos aquellos mensajes que en la terapia encontró, fue a hablarles de que sean una familia unida, les explicó del por qué mamá y papá actuaron del modo en que lo hicieron a lo largo de su vida, que ellos , sus padres, siempre estuvieron preocupados por el bienestar de sus hijos aunque muchas veces no lo dijeran. Les habló también de su practica religiosa y de que debían rezar más y que la vida es algo maravilloso que no debemos de echar a perder por rencor, odios, malos entendidos o por incomprensiones. Las palabras de Abel eran sabias y estaban llenas de aquella magia de aquel que va encontrando la verdad en el camino, de aquel que va creyendo en la vida y en todo lo bueno que tenemos en nuestro interior.
El destino suele ser muchas veces complicado. Uno puede tener el mayor deseo de lograr un objetivo pero a veces el objetivo suele no lograrse. La vida de Abel podía simbolizarse parcialmente bajo esta premisa, el quiso siempre muchas cosas, fundamentalmente cariño, amistad, compromiso y entrega; se esforzó por lograrlos pero llegó un momento en su vida en que pensó que todo eso era una falacia, una mentira o una utopía que nunca se realizaría. Dicen que la oscuridad es más intensa antes de que amanezca y es muy posible que así sea. Cuando Abel asistió a la cuarta entrevista habían pasado casi veinte días, tuvo un viaje de trabajo que rompió la regularidad de las primeras tres sesiones. Fue un tiempo de reencuentro para él tanto con sus pasado como con su posible futuro. Tuvo la oportunidad de dialogar con su esposa, de modo inexplicable como me lo narraría en esa sesión -,ella se mostró tendiendo al diálogo, conversaron de sus veinte años de matrimonio, de que ella nunca lo había amado, que lo consideraba un buen hombre, un esposo que luchó siempre por qué la familia tuviese lo que tiene hoy en el aspecto material y fue también un padre esmerado, él era el que en las noches del primer año de su hija se levantaba y le cambiaba los pañales o le preparaba el biberón con la leche; lo recordaba bien y sentía nostalgia por aquel tiempo que no volvería. Ella le pidió disculpas por lo que habían tenido que pasar en sus últimos años de matrimonio y la relación sentimental que tenía, sus salidas nocturnas, su consumo excesivo de alcohol y tantas otras cosas más que en realidad, según me contaba Abel, no son importantes. Él también le pidió perdón por no haber hecho lo posible por que la relación no llegará al estado en que llegó, no hice todo lo que pude, fallé, repetía una y otra vez Abel y recordaba aquellos años pasados, cuando se conocieron, el embarazo de su hija y aquellas tardes familiares que les dieron tanta felicidad y que ahora ya no existen.
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