El pacifista de Puerto Escondido. Parte 2da y final.

(Ver primera entrega:

http://escribeya.com/Historias/el-pacifista-de-puerto-escondido-parte-1ra-16038)

 

Me dijo que después de un par de días, en los que los dos guerrilleros que lo contactaron intentaron desorientarlo tanto que al final terminaron perdiéndose por algunas horas, llegó al campamento, que se alzaba cerca al nacimiento del río Quimboyá.

Lo recibió así inmediatamente, lo que aparentemente delata la falta de compromisos que  puede tener un jefe guerrillero, el comandante Cardona, conocido también por una infinidad de ridículos y, valga decirlo, innecesarios alias. Tomaron asiento en una de las mesas del comedor y Cardona, más divertido que curioso, empezó a interrogar a Emilio.

-¿Me han dicho que ha buscado debajo de cada roca y preguntado hasta a los pájaros para reunirse conmigo?

-Es verdad-respondió Emilio con inocencia- y saber que sólo hacia falta venir al nacimiento del Quinboýo.

El guerrillero pareció disgustado y lanzo una mirada de reprimenda a sus dos hombres.

-En todo caso-siguió-se me ha dicho que usted representa a los miembros de la asamblea del pueblo, que además busca negociar una tregua.

-En reliada no represento a la asamblea.

-¿Entonces a quien?

-A mi mismo.

El disgusto de Cardona con sus subalternos parecía solo incrementar. Hablo ya exasperado.

-¿Y entonces a que viene?

-Ya lo dijo usted a negociar la paz.

-¿En nombre de quien?

-Mío y de mi familia.

Cardona se veía confundido.

-Vera-siguió conciliador Emilio - quiero firmar un papel donde diga que ustedes no guardan hostilidad a mi y a mi familia y donde se diga que nosotros a ustedes tampoco.

La carcajada se resonó por todo el campamento. Cardona demoró unos minutos en retomar su aliento.

-¿Usted de verdad creyó que eso seria para el mejor interés de la guerrilla?

-Tampoco le haría daño.

-Claro que si, después de usted, todos querrían firmar uno de esos…

-¿No es esa la idea?

-De ningún modo, a nosotros nos espera la senda al poder. Además, para que firmar usted la paz por separado, si nuestro sacrificio busca el beneficio del pueblo.

-¿Cuál pueblo?

-El pueblo de la nación, ¿Cuál más?

-Pues pensé que de otro hablaba, pues las ruinas y viudas de mi pueblo jurarían que se luchaba contra ellos.

Cardona sonrió mientras hacia un ademán, quitándole importancia al asunto.

-Daño colateral, ellos dieron la vida por la revolución.

-Los muertos de Puerto Escondido no parecieron muy contentos de dar la vida sin que se lo consultaran.

-Cuando los beneficios de la revolución se consuman y lleguen a todos los rincones de la nación nos darán las gracias, serán mártires felices.

Emilio se contenía apenas, las imágenes de la toma, su hijo muerto, su hijo lisiado, su mujer e hijas bañadas en lágrimas bombardeaban su cabeza.

-Traje el papel donde firmaremos el cese de hostilidades…

Cardona se lo arrebató de las manos y lo leyó varias veces. Finalmente preguntó.

-¿Esto nos garantizará su amistad?

-No, pero les evitará mi enemistad.

-¿Y no queremos eso verdad?

-No, creo yo.

-Está bien, lo firmaré.

El guerrillero lo firmó con actitud bonachona y una sonrisa de oreja a oreja. Emilio también lo firmó y estiró la mano hacia el que quizás fuera el asesino de cientos, este la estrechó antes de abrazar al desprevenido campesino.

Emilio dice que no recuerda bien cómo volvió a casa, el caso es que lo hizo e informó a su hijos de lo que acababa de hacer. La casa, lejos de alegrarse, se contrajo en un silencio espantoso. Todos sabían que era lo más sensato y, sin embargo, ¡tanta amargura producía!: Premiar el ansia asesina con cívica cobardía.

No se sabe como hasta ahora, pero la noticia del armisticio entre la familia Arriaga y la guerrilla se supo pocos días después de la firmado este. El pueblo se escandalizó. ¡Traición! Se gritaba en las calles; la asamblea llamó a una sesión extraordinaria.

Debo confesar, antes de proseguir con el relato, que mi decepción al saber la noticia, y al verla confirmada horas después, con Emilio fue inmensa. No pude entender su desesperación, ni ver entonces que su conciencia de padre logró superar cualquier otra cosa.

El proceso fue rápido y despiadado, incluso yo me alineé contra mi viejo amigo y su familia, que sola en un rincón, se le dio, sin embargo la opción de abandonar el pueblo y no sufrir consecuencias. No podrían volver y los poblados de los rededores serian avisados de la “convivencia con el enemigo” de Emilio para que se le prestara hostilidad a su familia.

Los Arriaga embarcaron algunos días después en una pequeña chalupa empujada por el traqueteante motor de una guadaña. El viaje, imagino, debió ser terrible, hasta la capital del departamento. Digo “imagino”, porque esa fue la última vez que lo vi, a él y a toda su familia, exceptuando claro, a hijo Jorge, que gracias a su condición fue perdonado. También su otro hijo, el muerto, permaneció en el pueblo, pues nadie tuvo la gallardía sacrílega de echarlo de su tumba.

Mi intención, quizás desesperada, de redimir su figura, es acaso, un grito más angustiosos aún, por redimir la mía. Su perdón, en todo caso, esperaré, tanto como que el sueño vuelva a mis noches.

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Comentarios:

Escrito por: sgrassimeli       16/12/07 20:47
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Buen final y buena la asociación del perdón con la autoindulgencia del relator de la historia (si entendí bien). Me dolieron mucho estas palabras "Daño colateral".
Páginas: 1

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