


| Escritor: | Santiagosilvaj |
| Públicado: | 01/12/2007 |
La vida de un campesino es tan simple como gratificante, pues en la satisfacción de un buen jornal, encuentra lo que todos los demás demoramos años en descubrir: que es el trabajo bueno y honesto, por humilde que sea este, el que mantiene el dinamismo en la tierra.
Así lo pensaba Emilio Arriaga, bueno, con otras palabras; con las suyas propias, pero con un sentido similar. Vivía en Puerto Escondido desde que tenia memoria, nunca había viajado más allá de los pueblos de las cercanías, pues le aterraban las travesías por el río, además de que nunca le fue necesario hacerlo y, como él con tanto ahínco decía: prefiero mil vidas en Puerto Escondido a dos días de viaje en lancha.
Trabajaba su parcela con la dedicación que un padre pondría en enseñar a un hijo tonto. Y, aunque era un trabajo duro, tenia a sus doce hijos y cuatro hijas y los hijos e hijas de estos para delegar algo de las responsabilidades. La verdad la pequeña parcela no necesitaba de tan vasta mano de obra, pero a Emilio le gustaba ver a sus hijos ocupados. Convencido de que la holgazanería se apropiaba de todo el que durmiera durante la luz del día. De esta forma, con esta filosofía, educó a su descendencia y, así se lo reprocharan, a la descendencia de esta.
Así pues, todos los preceptos se resumían en que quien piensa todo el día en lo que esta haciendo o tiene que hacer no tiene tiempo para perder pensando en tonterías. Por eso utilizó la táctica del mandado, como la nombro ya en su vejez, con sus hijos. Esta era muy simple en realidad; se mantenía un constante ambiente de (Atareamiento) en la casa, todos tenían algo que hacer y Emilio se encargaba de eso. Por ejemplo, mandando a sus hijos al pueblo, que estaba a unos treinta minutos de camino de su casa, a comprar artículos para el almuerzo o la comida, pero de a uno, es decir, primero una botella de leche, luego un poco de sal, después media libra de arroz y finalmente para completar la libra. Emilio se excusaba, y también lo hacia su esposa Ana, con sus hijos, apelando a su mala memoria.
El caso es que Emilio se dedicó a su parcela y a su familia a tiempo completo y los quiso tanto como quiso a su pueblo.
Pero, así como resultase divertido rememorar la extraña forma de educación de Emilio, que rebozaba de buenas anécdotas, como la vez en que al no tener nada que encomendar a sus hijos les ordeno excavar hoyos en el jardín, para luego volver a llenarlos, diciendo cualquier excusa, que ahora me es imposible recordar.
En realidad, la verdadera hazaña de Emilio seria, como todavía lo es hoy, sumamente controvertida. Realicé -y abro un paréntesis en mi relato para aclarar esto de una vez- esta pequeña introducción, para dejar ver al lector algo que le será indispensable para entender el comportamiento y la preocupaciones de Emilio y la de su mayor compromiso: el de ser un buen padre.
Comenzaré entonces, como es propio, explicando la situación en la que ocurrieron lo hechos, para luego remitirme a estos. Además atestiguo, que puedo dar cuanta de acontecimientos y conversaciones pues fui muy buen amigo de Emilio y, a riesgo de que se me juzgue como parcializado antes de iniciar la historia, diré que lo quise mucho y que sufrí enormemente con su partida.
Así pues, el año, que debería nombrar, me lo reservaré, no porque represente un gran misterio, ni mucho menos, sino porque, en cuanto a la situación de estas tierras desgraciadas, es indiferente tener en cuenta, sumar o restar un año menos o más.
El caso es que para entonces habían llegado los guerrilleros a la región y tanto Puerto Escondido como los pueblos aledaños fueron afectados en demasía por este hecho. Emilio lo recibió con calculada calma y como para convencerse a si mismo repetía, cada vez que le hablaban de los muertos, los secuestros y los robos de ganado, que ese era el alboroto del gallo que llega nuevo al gallinero, que pronto se le bajarían los humos, que era solo cuestión de tiempo para que le pasara la novedad y fuera considerado gallo conocido y viejo. Pero mi buen amigo se equivocaba, pues este, que era un gallo altanero y orgulloso y movido por algo tan poderoso como la adicción- no se limitó a asimilar, o mejor aun, a adoptar, una rutina en el conflicto y la situación solo pudo empeorar.
Por entonces se crearon asambleas en cada municipio de la región, con la intención de deliberar, junto al alcalde y el concejo, la forma de enfrentar la amenaza que representaba la guerra. Emilio fue arrastrado todos los domingos en la tarde, justo después de que acabara la misa de tres, a estas reuniones. Lo hacia de mala gana, pero, aunque pasara todo el tiempo gruñendo, complacía sumamente a su esposa, que siempre parecía preocupada por el devenir de su comunidad. En las asambleas se trataban las formas de evitar ser victima de la guerrilla sobretodo, y, como si de una plaga que afecta las cosechas y con esto utilizo un símil barato pero muy acertado- se tratara, los asistentes compartían sus experiencias. Proponían precauciones, medidas utilizadas, que no salieran después de tal hora, que no visitaran tales lugares en ciertos días, que no dijeran tales cosas, que no hicieran tantas otras, en pocas palabras; como meter la cabeza en la arena, mientras la tormenta pasaba, sin saber que este comportamiento cobarde solo hace arreciar la tempestad. Lastimosamente además, la guerrilla se mantenía informada de estas reuniones y atacaba las tontas medidas tomadas por sus ingenuos asistentes.
Pues, y lo digo de una vez para no olvidarlo, la característica mas notable de quien nacía y se criaba en Puerto Escondido que a propósito carecía de un verdadero gentilicio- era la ingenuidad.
Así pues, los guerrilleros se las arreglaron de alguna forma, se decían todos en el parque del pueblo, para descifrar u anticiparse a sus elaborados planes para evitarlos. Felizmente la asamblea, dada su propia incompetencia, se mantenía siempre ocupada y urgida de nuevas propuestas y estrategias. Cosa que satisfacía en cierta forma a Emilio que, si bien le gustaba dar aquel gusto a su esposa, no hubiera aguantado cinco minutos en una reunión donde solo se tomara tinto y se chismoseara.
Las cosas siguieron un curso similar hasta que alguien, por más casualidad que deducción, señaló que quizás alguno de los asistentes a las asambleas ayudaba a la guerrilla. La histeria fue total, algunos gesticulaban y gritaban, otros, como no dando crédito a sus oídos, preguntaban a sus vecinos si ellos también habían oído semejante desfachatez. El cura entonces, un buen hombre de nombre Tomas, de tan generoso corazón, como monótona y adormilada era su voz, se levantó, intentando infundir algo de indignación en su siempre alegre rostro y dijo:
-¿Cómo se atreve aquel personaje, aquel hombre rencoroso y vil, a acusar a los hombres y mujeres de Puerto Escondido, buenos cristianos y amantes del señor, de ser colaboradores de aquellos bandidos, forajidos carroñeros?
El otro, aquel que hubiera suscitado la pregunta en primer lugar, parecía avergonzado. En cambio, un tal Jorge Suárez, se levantó, no sin antes dudar un poco, y exclamó:
-¿Y que pruebas tiene, además?
El pequeño hombrecillo se encogió en su silla lo más que pudo, Suárez prosiguió, fortalecido por la duda del otro.
-Porque yo las quisiera ver, saber si en verdad existen, para llevarlas inmediatamente ente la justicia- se detuvo, como esperando algo que sabia no sucedería, pintando su rostro de ironía- ¡Ah! Yo si decía, nada ¿verdad?... Dejemos esto así, mejor.
-Si- se apresuro el alcalde a acordar, intentando calmar los ánimos del auditorio- pues debemos mantenernos unidos, ¡Eso es lo más importante!
Todos parecieron satisfechos, e incluso el pequeño hombre dirigió una tímida disculpa. A la que con grandes gritos se vitoreó, saldando así el asunto. Sin embargo, fueron pocos los que después hablaron sin temor y duda en la asamblea y quizás evitaron de esta forma un sin numero de atrocidades.
Aquel Jorge Suárez, que se dirigiera aquel día en la asamblea era mas conocido en el monte como el Capitán Suárez del frente Alejo Biamanto de la guerrilla, que aprovechando la ocasión de la discusión pudo sondear su posición en el pueblo, mientras se divertía un poco con los ingenuos habitantes de Puerto Escondido. Ese hombre, tiempo después, causaría enormes dolores al pueblo.
El caso es que la imposibilidad de la fuerza pública de mantener el orden se sumó a la incompetencia de los dirigentes para lanzar campañas efectivas o siquiera coherentes. La situación, como era de esperarse, llegó a un punto de quiebre, e invadió al pueblo un sentimiento de inquietud generalizado, parecido, si se me permite el símil, a la expectativa de un leñador que da el último golpe al árbol y espera ese crujido que indica que caerá.
Finalmente sobrevino la primera toma de Puerto Escondido por la guerrilla.
En la región ya había habido tomas entes de aquella, en varios de los pueblos vecinos, pero nunca, en ningún punto del largo conflicto, se igualó el salvajismo y violencia de aquella vez. Medio pueblo, ¡que digo!, todo el pueblo fue reducido a cenizas, exceptuando una sola casa según se cuenta, pero puedo atestiguar aquí que fueron un poco más las que se mantuvieron en pie. Además, unas cuarenta personas murieron o quedaron heridas y entre las bajas, trágicamente, se encontraban dos de los hijos de Emilio, uno murió por las heridas, mientras el otro quedó paralítico. Este ultimo, frustrado por lo que su educación le había enseñado, se esforzaba por ser útil en cuanto podía de una forma que resultaba, y lamento decirlo, dolorosamente patética. Emilio, desgarrado y conmovido por el esfuerzo, le asignó algunos trabajos ligeros, pero no por eso menos importantes, como la separación de frutas y verduras y el manejo de la contabilidad de la parcela. Este hijo, que lleva por nombre Jorge, adquirió tanta habilidad con los números que ahora maneja un prospero negocio de asesoria comercial para los campesinos de la región.
Emilio lloró a su hijo muerto durante incontables noches, y no lo digo como un recurso literario, pues fueron en realidad muchísimas. Pero en el día, con su cabeza despejada, se sumía en una última e indispensable tarea: Acabar con la guerra.
Primero supuso que debía buscar partidarios a su causa, que apoyaran la negociación con el grupo insurgente. Pero pronto se encontró con que estos, que al principio se mostraron tan alentados en reuniones privadas y conversaciones en la plaza del pueblo después de misa, desaparecían cada que Emilio intentaba llevar la idea ante la asamblea.
Busco entonces ayuda en los pueblos vecinos, donde la iniciativa no era una gran novedad, pues el, para aquel momento asesinado, alcalde de Alpargata, Natanadiel Gómez, ya lo había intentado sin éxito, sin embargo no pudo encontrar ningún apoyo.
Desesperado, pidió consejo a su esposa, que pronto comenzó a buscar miembros de la asamblea que votaran a favor del proyecto una vez este fuera presentado. La respuesta, para sorpresa de Emilio, fue tremenda y decidió entonces presentar la moción.
Aquel domingo llegó de primero al Auditorio-Centro de convenciones-Coliseo de microfutbol y baloncesto-Alberto Jiménez. El recinto se llenó lentamente mientras sus nervios y recelo crecían. Finalmente estuvo listo y pidiendo la palabra se dirigió a sus conciudadanos.
-Yo, señores, acepto que he venido a este lugar sin mal ni bien, pues nunca he saboteado una reunión, pero tampoco se me ha visto activo. He venido, como creo todos saben ya, por complacer a mi señora. Estando acá recuerdo haber bostezado, gruñido, dormitado, jugado con hojitas y pasto, inventado dichos y trovas, pensado en lo que haré al día siguiente, pedado, hurgando mi nariz y cuanta cosa pude hallar mas entretenida que vuestras intervenciones. Pero desde hoy, óiganme bien señores, interrumpiré, gritaré y maldeciré, insultaré y lanzaré piedras a quien, al hablar en esta asamblea, hable de otra cosa que no sea la paz. Por eso, y para facilitarles las cosas un poco, presentare una iniciativa para negociar un tratado de paz con la guerrilla, pues creo, de todo corazón, que es el único camino posible para acabar con este estupido conflicto.
Los demás asistentes se dividieron entre asentimientos y arengas de aprobación y gesticulaciones y palabras de censura. El debate que siguió no vale la pena trasmitirlo y lo dejo de esta forma, pues cada vez que lo recuerdo mi estomago es invadido por nostálgicas agrieras.
A fin de cuentas, Emilio fue salpicado con condescendencia y falso apoyo hasta que él mismo creyó que tenía la victoria en el bolsillo. Pero, como toda iniciativa de la asamblea debía ser votada, el escrutinio reveló una realidad muy diferente, una donde el proyecto era rechazado, y por un gran margen.
¿En que esta pensando esta gente? recuerdo haber oído gritar a Emilio después de saber los resultados. Estaba devastado, se debatía entonces entre el amor a su pueblo y la preocupación por la seguridad de su familia, viviendo aquella cruenta guerra.
Días pasaron en los que a Emilio no se le vio por el pueblo, las habladurías los situaron en todo lugar y situación que la imaginación permitía. Mi amigo, sin embargo, permanecía encerrado en su hogar sin recibir a nadie. En aquellas jornadas de silencio acarició la más desesperada de las ideas, tan loca, pero, según supe algunos años, coincidente con el razonamiento que un antiguo griego diera a un personaje en una de sus comedias siglos atrás.
Una vez decidido, Emilio, empezó una búsqueda que al comienzo resulto infructuosa y frustrante: quería reunirse con el comandante del frente guerrillero que actuaba en la zona. Nunca se supo cómo (pues ni a mi me lo confesó) logró la entrevista, aún así, el contenido de aquella si me la reseñó con detalle.
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