EL OSITO TATUTÁ, por Javier Cotillo - JACO

Categoría(s): RELATOS

 

EL OSITO TATUTÁ


jacoescribe

Javier Cotillo Caballero - JACO


 

 


I.     UN OSITO SIN IGUAL

 

T
odo su cuerpo es de rústico peluche color castaño, tan común como las piedras. El pícaro está frente a mí como si no tuviera interés de estar aquí. ¡Pero bien qué le importa! Con su astuta indiferencia, por fin me ha convencido para escribir algo sobre él. Siento que si no lo hago, me arrepentiré de por vida. Pero no quiero darle ese gusto. 

 

        Él sabe que no está aquí por azar; pero insiste en mostrarse indiferente. El pillo, para hacerse notar, exhibe una cinta roja, descolorida, que alguna vez tuvo escrita, según parece, la frase “te amo”. Es un detalle innecesario, hasta podría decirse ridículo, pero él está allí, exhibiéndolo con un descaro singular que resulta simpático. Tiene los brazos abiertos como llamándote para darte un abrazo, y su piernas robustas, tiradas hacia delante, para poder sentarse. Sus pequeñas orejas reposan sobre una vulgar semiesfera llamada cabeza de oso. Pues no podía ser de otra manera; delante de la cual sus ojos brillan como dos bolillas de azabache que se disimulan usando sus inexistentes párpados cada vez que los cierra como tratando de ocultar sus pensamientos. ¡Pero qué dije, si nunca los vi parpadear! Su hocico finaliza en una nariz oscura que es jalada hacia arriba por un hilo invisible, como dándole importancia que a nadie importa; sin embargo es el contraste perfecto para su tímida sonrisa que se adorna con una lengua diminuta que apenas intenta salir de su escondrijo. Diría que es el toque perfecto que se desparrama generosamente por todo lo ancho y largo de su insignificante figura de diecinueve centímetros, y además, le da sabor a su familiar presencia que descansa, sin cautela, en cualquier lugar.

Se supone que debe rugir como todos los osos del mundo; pero, contrariamente a lo esperado, no ruge cuando se le aplasta, sino que silba como frágil golondrina, cuyo chiflido sale despedido desde la planta de sus pies. ¡Pero..., cómo le gusta a mi pequeña ese tierno sonido! 

        Desde que apareció en casa este juguete, siempre está en todas partes. Sobre mi sillón preferido o en la cómoda, sobre la mesa, la cama, el escritorio, los libros, el televisor, el florero y hasta sobre la pecera. Donde uno menos lo espera, él está allí, imponiendo su presencia. Parece que está en todas partes y en ninguna. No es necesario buscarlo para encontrarlo, siempre está donde quieres que esté y donde quieres que no esté. Piensa en un lugar, y de seguro estará allí. Parece tener el don de la ubicuidad.


II.                EL PASEO FAMILIAR

A
yer, con bullicioso entusiasmo, salimos al campo mi esposa, mi pequeño “Javito” y mi adorada “Marylí”. Como es de suponer, llevamos lo necesario y lo innecesario; es decir, también llevamos al Osito Tatutá. En este punto, mi adorada hijita puso sus condiciones: “O llevamos a Osito, o lloro”; y como si adivinase nuestro inmenso amor por ella, sonrió como un ángel, logrando desarmar nuestra frágil resistencia, porque han de saber que ellos son nuestra inmensa debilidad, y como casi siempre ocurre con los padres, como dicen por estos territorios, se nos caen las babas por nuestros hijos. Con una pequeña aclaración; no necesitamos “babero” porque sería  insuficiente. ¡CORTINAS DEBERÍAN SER! Lo cierto es que, al final, el pícaro osito se agarró de la mano izquierda de mi pequeña y no la soltó para nada. No se sabía quien llevaba a quien. O mi hija llevaba a su osito, o el osito llevaba a mi hijita.

        El trayecto en bus duró aproximadamente dos horas. Durante ese tiempo todo lo común y cotidiano nos pareció especial, porque estaba sazonado con nuestra alegría. No perdimos ningún detalle del espectáculo que se nos ofrecía a través de los cristales del vehículo. El trajín de la gente, los semáforos, los avisos publicitarios exhibiendo rostros alegres invitando sus productos iban quedando atrás; ahora eran reemplazados por los árboles con sus hojas por cabellera; los carros haciendo carreras con parvadas de golondrinas y palomas; el horizonte abriendo caminos sobre paisajes que se vestían con extrañas nubes, y el cielo de todos los días, esta vez, con su vestido nuevo, enjoyado de celeste brillante.

 

Cuando el panorama pretendía empolvarse de gris, de inmediato surgía la dulce mirada de mi esposa, llena de ternura, como un extraordinario pincel de feminidad con suficiente brío para delinear sobre nuestros labios nuevas ganas de reír, gozando del manso murmullo del aire fresco quien se afanaba por ejecutar su imaginario concierto de susurros pulsando las hojas de los árboles con singular maestría. Nuestros pulmones, felices, se colmaban de frescura; nuestros ojos hurtaban del horizonte inmensas porciones de bellos paisajes y nuestros corazones hilvanaban abundantes bendiciones por esa nueva oportunidad de vivir con plenitud.



III.   UNA FLORESTA INCOMPARABLE

A
l llegar a nuestro destino, se abrió un amplio portal que dio paso a nuestra contenida emoción. Dentro, una inmensa floresta poblada de retamas con sus flores amarillas y otra incontrolada variedad de pétalos, pero igual de lindas y olorosas. El arbolado exhibía, como piñatas, a decenas de gorriones, santarrositas, zorzales y, cuando no, a diminutos colibríes que desplegaban su plumaje tornasolado, balanceando su cuerpecito con su largo pico, el que goloso, se introducía dentro de las flores para hurtar su manjar.

 

De pronto, ejecutando una partitura especial apareció, de algún mágico lugar, la sinfonía concertada de un multitudinario ejército de mariposas, abanicando perezosamente sus enormes alas coloreadas, derramando a más no poder y en maravillosa competencia con las flores, un exquisito paisaje variopinto de ensueño y realidad. Y en medio de este milagro, nuestros pequeños comenzaron a  juguetear a más no poder, seducidos, armonizando la inocencia de su risa cristalina con las gotitas de rocío que, pegadas sobre las hojas, brillaban como diamantes.

En estratégico lugar, la quietud de una  laguna duplicaba, con asombrosa fidelidad al paisaje interandino, amenazando a cualquier bañista imprudente con borrar su belleza si perturbaran el equilibrio de sus aguas. Y, como intrusos mal ubicados, inquietantes deslizaderas, camas elásticas, columpios, subideras y túneles de plástico, pintarrajeados de rojo y amarillo. Al otro extremo, desentonando groseramente con el primoroso paisaje, quioscos con bebidas y comestibles.


IV.  TE JUEGO “A LAS ESCONDIDAS”

I
nesperadamente, de entre el ramaje, apareció Javito seguido de  nuestra pequeña Marylí, quien llorando con desconsuelo, nos decía que su Osito Tatutá se había escondido no se sabía dónde, pidiendo con insistente angustia que aparezca de inmediato.

 

Considerando que se trataba de un pequeño problema de fácil solución, los abrazamos prometiéndoles que pronto Osito estaría de vuelta. Sólo así se calmaron los dos, seguros que papá y mamá cumplirían su palabra. Mi esposa cargó a Marylí y yo a Javito; luego, los cuatro nos internamos por la floresta en busca de Osito, dando por descontado que Tatutá pronto sería ubicado tendido en algún lugar. El área de nuestra búsqueda era reducida. Sólo tendríamos que buscar allí. Los minutos empezaron a sumarse uno más otro, pero Osito Tatutá no aparecía por ningún lugar; y lo más preocupante, los ojos de Marylí empezaban a mojarse nuevamente, mientras  desesperada, modulaba sus palabras de angustia:

—Oshito Tatutá..., Tatutáaa; ¿ónde esthás? —Y con voz quebrada agregaba— Ven..., Oshito Tatutáaaaa; toma comííííiiida... toma helados..., Oshito Tatutáaa —Y mientras imploraba su dolido mensaje, gruesas gotas de inconsolable pena se escapaban de sus hermosos ojos. Mi hijo Javito, por su lado, también ayudaba a su manera:

—¡Osito feo..., ven. Ven osito feo; no te escondas, Osito Tatutáaa!

Al principio, éramos cuatro buscando al Osito Tatutá. Pero, algunas señoras se sumaron al grupo, seguramente conmovidas por la pequeña inmensa tristeza de nuestra amada Marylí o identificadas con nuestro problema familiar; y conforme pasaba el tiempo, el grupo de exploradores fue creciendo y creciendo hasta aproximadamente una veintena de generosas damas, quienes, acompañadas de sus esposos e hijos, repetían en coro:

 

—OSITO TATUTÁAA, ¡DÓNDE ESTÁS! ¡VEN, OSITO TATUTÁAAA!

 

Pero el vendito¹ oso ¡nada! Buscamos en todos lados y escondrijos posibles; pero nada. ¡El osito socarrón sí que sabía esconderse! En este punto, alguien afirmó que los osos acostumbran invernar durante seis meses; comentario que incrementó nuestra desazón, sin saber el porqué.

Nuevamente abrazamos a nuestros niños con ternura para decirles que pronto encontraríamos al osito, que todo era cuestión de paciencia y tiempo. Ellos tenían plena confianza en nosotros, porque nunca habíamos incumplido una promesa; por eso se volvieron a calmar. Pero, conforme pasaba el tiempo y según las circunstancias, nuestras palabras ya no tenían la firmeza ni el convencimiento de siempre.   Sentíamos que ya no decíamos la verdad. Y nuestros pequeños así lo intuían; es cuando sus ojitos nuevamente se llenaban de lágrimas que nos partía el corazón, lo que nos impulsaba a seguir buscando en áreas cada vez más extensos y en lugares hasta innecesarios; sin embargo, nada... ¡Nada de nada! Osito Tatutá fue tragado por el misterio.

La gente, que generosamente se sumó a nuestra búsqueda, poco a poco iba retirándose en silencio, sin decir palabra. Algunos, con una leve sonrisa de consuelo y sólo con la mirada nos decían “Lo sentimos..., pero qué se va hacer”. Gesto, que retribuíamos con otra mirada de agradecimiento, pero también sin palabras. Y tenían razón en retirarse. Ya habían hecho bastante por nosotros.


V.   UN TRISTE RETORNO

C
uando el Sol ya guardaba sus melenas de oro y el aire apuraba algunas ráfagas de viento; al ver que los niños, cansados de llorar, empezaban a dormirse en nuestros brazos, mi esposa, como sugiriendo que ya era hora de regresar a casa, preguntó con los ojos:

 

—“¿Mi amor..., qué hacemos?”

 

—“Sí, le respondí también con los ojos, tienes razón; es hora de irnos”. Y empezamos a recoger nuestras pertenencias, agobiados por   una   franca   tristeza, cuyo origen no se sabía a ciencia cierta, si era por la congoja de nuestros pequeños o por haber perdido al Osito Tatutá.

 

Durante el trayecto de regreso, enmudecimos para esconder nuestra pena. Los niños guardaron la mirada. Nunca sabremos si dormían o simulaban dormir. Cuando llegamos a casa teníamos la sensación de que alguien muy importante faltaba en la familia. Nos limitamos a guardar la bolsa vacía del Osito Tatutá. Nuestros niños, con admirable estoicismo, ya no volvieron a quejarse; antes bien se acostaron como todas las noches, pero habían perdido la sonrisa. Para subsanar nuestra angustia, estiramos los brazos por sobre la cama de nuestros pequeños y tomados de la mano aceptamos la persistencia del sueño.

 

Al día siguiente, renovamos nuestros afanes de costumbre; y conforme pasaban los días y las semanas, poco a poco, empezó a cicatrizar nuestra desazón. 

 

VI.  LA BODA DE LOS GATOS

U
na noche de verano, hubo un escandaloso concierto de gatos en celo. Estos felinos no dejaron dormir a nadie con sus maullidos que perturbaron incluso a la apacible Luna. Sospechando que, en su ardor se habían introducido a la casa, salí entre penumbras, decido a desalojarlos y recuperar la paz de mi hogar. En su loca huída, los gatunos destrozaron los espejos de la estantería y tumbaron varias botellas de gaseosa, de esos que tienen envase de vidrio, amontonando sobre el piso amenaza-dores pedazos de cristal. Lamentablemente tropecé y me desplomé de bruces. Un puntiagudo pedazo de botella me iba a destrozar la yugular; y antes que tocara suelo, providencialmente, una mano robusta y peluda me tomó por la cintura, y con increíble fortaleza me levantó como a una burbuja de jabón, cargándome de vuelta hasta mi cama, librándome de una muerte segura.

       Cuando desperté, al día siguiente, no sabía si el asunto de los temerarios gatos fue realidad o un sueño.

 

--------------
Al cruzar el pasadizo entre mi dormitorio y la ducha, vi los vidrios amontonados en el piso. Ahora estaba seguro que no fue un simple sueño.

Por el otro extremo, apareció muy alegre mi pequeña Marylí para darme su besito de los “Buenos días papito”.  Llevaba en la mano... al  Osito Tatutá.  Al colgar mi pijama, antes de la ducha, vi que tenía pegado algunas pelusas de oso.
______________________
1.            Vendito: aun cuando el diccionario no lo registra, creemos que debe escribirse con “v” porque es sinónimo de pillo, pícaro, que es diferente a “bendito”  escrito con “b” que significa sacro, santo, puro, venerable, sagrado.

 

  
Simplemente delicioso. Cuantas aristas hacen que este tu relato sea de los mejores que he leido...ternura, ingenuidad, fantasía y un gran amor de tu niña por su vendito Osito Tatutá.
Guadalupe
Páginas: 1
Registrarte y comentar la historia

Comentarios:

Escrito por: guadalupe40       29/12/07 21:19
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Que ocurre? este relato tambien lo leí y comente antes. Guadalupe
Páginas: 1

Imprimir

Enviar historia
© Historias, poemas y otras contribuciones pertenecen al autor, el resto pertenece a Escribe Ya.
Condiciones    -     Privacidad    -     Acerca de Escribe Ya    -     Anunciar    -     Publicar historias