| T |
Él sabe que no está aquí por azar; pero insiste en mostrarse indiferente. El pillo, para hacerse notar, exhibe una cinta roja, descolorida, que alguna vez tuvo escrita, según parece, la frase te amo. Es un detalle innecesario, hasta podría decirse ridículo, pero él está allí, exhibiéndolo con un descaro singular que resulta simpático. Tiene los brazos abiertos como llamándote para darte un abrazo, y su piernas robustas, tiradas hacia delante, para poder sentarse. Sus pequeñas orejas reposan sobre una vulgar semiesfera llamada cabeza de oso. Pues no podía ser de otra manera; delante de la cual sus ojos brillan como dos bolillas de azabache que se disimulan usando sus inexistentes párpados cada vez que los cierra como tratando de ocultar sus pensamientos. ¡Pero qué dije, si nunca los vi parpadear! Su hocico finaliza en una nariz oscura que es jalada hacia arriba por un hilo invisible, como dándole importancia que a nadie importa; sin embargo es el contraste perfecto para su tímida sonrisa que se adorna con una lengua diminuta que apenas intenta salir de su escondrijo. Diría que es el toque perfecto que se desparrama generosamente por todo lo ancho y largo de su insignificante figura de diecinueve centímetros, y además, le da sabor a su familiar presencia que descansa, sin cautela, en cualquier lugar.
| A |
Cuando el panorama pretendía empolvarse de gris, de inmediato surgía la dulce mirada de mi esposa, llena de ternura, como un extraordinario pincel de feminidad con suficiente brío para delinear sobre nuestros labios nuevas ganas de reír, gozando del manso murmullo del aire fresco quien se afanaba por ejecutar su imaginario concierto de susurros pulsando las hojas de los árboles con singular maestría. Nuestros pulmones, felices, se colmaban de frescura; nuestros ojos hurtaban del horizonte inmensas porciones de bellos paisajes y nuestros corazones hilvanaban abundantes bendiciones por esa nueva oportunidad de vivir con plenitud.
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A |
De pronto, ejecutando una partitura especial apareció, de algún mágico lugar, la sinfonía concertada de un multitudinario ejército de mariposas, abanicando perezosamente sus enormes alas coloreadas, derramando a más no poder y en maravillosa competencia con las flores, un exquisito paisaje variopinto de ensueño y realidad. Y en medio de este milagro, nuestros pequeños comenzaron a juguetear a más no poder, seducidos, armonizando la inocencia de su risa cristalina con las gotitas de rocío que, pegadas sobre las hojas, brillaban como diamantes.
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I |
Considerando que se trataba de un pequeño problema de fácil solución, los abrazamos prometiéndoles que pronto Osito estaría de vuelta. Sólo así se calmaron los dos, seguros que papá y mamá cumplirían su palabra. Mi esposa cargó a Marylí y yo a Javito; luego, los cuatro nos internamos por la floresta en busca de Osito, dando por descontado que Tatutá pronto sería ubicado tendido en algún lugar. El área de nuestra búsqueda era reducida. Sólo tendríamos que buscar allí. Los minutos empezaron a sumarse uno más otro, pero Osito Tatutá no aparecía por ningún lugar; y lo más preocupante, los ojos de Marylí empezaban a mojarse nuevamente, mientras desesperada, modulaba sus palabras de angustia:
OSITO TATUTÁAA, ¡DÓNDE ESTÁS! ¡VEN, OSITO TATUTÁAAA!
Pero el vendito¹ oso ¡nada! Buscamos en todos lados y escondrijos posibles; pero nada. ¡El osito socarrón sí que sabía esconderse! En este punto, alguien afirmó que los osos acostumbran invernar durante seis meses; comentario que incrementó nuestra desazón, sin saber el porqué.
| C |
¿Mi amor..., qué hacemos?
Sí, le respondí también con los ojos, tienes razón; es hora de irnos. Y empezamos a recoger nuestras pertenencias, agobiados por una franca tristeza, cuyo origen no se sabía a ciencia cierta, si era por la congoja de nuestros pequeños o por haber perdido al Osito Tatutá.
Durante el trayecto de regreso, enmudecimos para esconder nuestra pena. Los niños guardaron la mirada. Nunca sabremos si dormían o simulaban dormir. Cuando llegamos a casa teníamos la sensación de que alguien muy importante faltaba en la familia. Nos limitamos a guardar la bolsa vacía del Osito Tatutá. Nuestros niños, con admirable estoicismo, ya no volvieron a quejarse; antes bien se acostaron como todas las noches, pero habían perdido la sonrisa. Para subsanar nuestra angustia, estiramos los brazos por sobre la cama de nuestros pequeños y tomados de la mano aceptamos la persistencia del sueño.
Al día siguiente, renovamos nuestros afanes de costumbre; y conforme pasaban los días y las semanas, poco a poco, empezó a cicatrizar nuestra desazón.
VI.
| U |
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