


| Escritor: | gmmagdalena |
| Públicado: | 09/10/2007 |
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La oscuridad me hizo reaccionar, sentí el impulso de levantarme del sillón y caminar los pocos pasos que me separaban de la cocina. Fui hasta la heladera decorada con despintadas frutas imantadas y una nota que me recordaba que el lunes tenía cita con el médico. Habían transcurrido muchos lunes y la nota seguía ahí. No recordaba si había asistido finalmente a la cita, en realidad había dejado de tener importancia.
Me serví un vaso de vino, el mejor, el que habíamos guardado para celebrar alguna ocasión especial ¿sería ésta? en realidad no habría otra. Acaricié el contorno de la botella como si fuera la figura de una mujer. Mariana me había prohibido que abriera esa botella infinidad de veces, siempre las ocasiones por venir eran más importantes y no merecía la pena que abriéramos antes la exquisita botella. Ahora ella no probaría el codiciado néctar, sentí un pequeño dejo de culpa antes de sorber el primer trago.
Con la copa servida en una mano y la botella en la otra regresé a mi sitio frente al televisor. Las noticias inundaban la habitación con la voz monótona de los locutores. Todo había comenzado.
Me sentía laxo, desde un costado de la mesa, una fantasmal Mariana me observaba, sin palabras ¿las hubo desde que lo supimos? creo que no. Traté de escuchar su respiración, fue en vano, ella no estaba allí, era sólo una imagen, las imágenes no respiran. Dejé las luces apagadas recordando las recomendaciones. Sólo el televisor debía permanecer encendido, el televisor era su medio de comunicación.
Otra vez pasaron las horas sin que me percatara. El vino había desaparecido de la botella y por alguna causa no recordaba en qué momento lo había tomado.
Pasada la medianoche los canales suspendieron la programación, tal como estaba previsto. Durante el último tiempo todo sucedía de acuerdo a un orden. A tal hora apagar las luces, a tal hora acabarán las noticias, a tal hora tiene que prepararse, a tal hora pasarán a buscarlo. Todo se cumplía cronológicamente.
Me levanté nuevamente de mi silla, no intenté investigar si algún canal aún tenía imagen. Sería en vano.
Como todas las noches me dirigí al dormitorio. Mariana acostada en su lado de la cama no emitía ningún sonido de ésos tan conocidos, los que escuchara en años de compartir el mismo lecho. Sobre la mesa de luz un frasco vacío y un vaso de agua a medio tomar, prolijamente tapado con una servilleta, revelaban el porqué de su silencio. Era tan prolija Mariana, siempre todo en su lugar.
Afuera el maullido lastimero de los gatos en celo, resonaba contra los tejados. Recordé que no había entrado la jaula con el canario ¿o si? sacudí la cabeza, no tenía importancia. Como siempre Mariana había pensado en todo, sobre mi mesa de luz un frasco cerrado y un vaso de agua con una servilleta blanca cubriéndolo. Ella había previsto que yo también querría escapar al orden ¿tendría su valentía? hasta último momento fue la mujer de la que me enamoré. Era como el viento y, como el viento había volado antes de que cortaran sus alas.
Sentí la necesidad de recostarme, acaricié su pálido rostro dónde una sonrisa serena me inducía a obtener esa paz. A la mañana cuando ingresaran a buscarnos, no nos hallarían, ya los dos seríamos libres nuevamente.
María Magdalena Gabetta
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