


| Escritor: | JuanRojas |
| Públicado: | 22/01/2008 |
Eran más de las cuatro de una ardiente tarde de verano en Paso de la Patria, Corrientes.
Estaba arrodillado, inclinado sobre el terreno del huerto; hundía sus dedos arrancando raíces, quitando malezas. Hacía horas que estaba ahí, bajo el sol y bajo la rutina del duro afán y en el imperio de la disciplina infligida.
Tenía hambre, estaba sediento y afiebrado. Sentía en la cara el barro que dejaban sus manos al correr los mocos que se le escurrían de la nariz. Vestía sólo un pantalón corto. En su adolescencia incierta algo se despertaba; algo que comenzaba a hervirle la sangre. Los mosquitos que le picaban aquí y allá, azuzaban aún más, la pizca de rebeldía que en él estaba naciendo.
No levantaba la vista, pero veía cerca de sus manos, casi rozándolas, ese pie fuerte que pisaba una y otra vez la pala de punta cortando tierra, terrón por terrón, para que sus dedos lo fueran triturando, de manera que pudiera quitar hasta las más pequeñas raíces.
Había desayunado a las ocho de la mañana, un jarro de mate cocido con medio pan, al que le tuvo que quitar el moho.
Ahora le ardía el estómago y la piel bajo el sol, pero lo que más asolaban eran sus pensamientos. Aguijoneaban en su mente las preguntas: ¿Qué hacer para acabar con esta sujeción que dura ya más de tres años? ¿Adónde ir? A mis abuelos, no, pensaba; si me entregaron a este hombre, seguramente es porque no me pueden tener.
En un instante en que la pala penetra la tierra, el niño se pone de pie.
-Yo no trabajo más, doctor habló tembloroso.
En ese momento algo rompía el aire; tal vez la intensidad de los espíritus; la ruptura que produce la aflicción ante la prepotencia; el nacimiento de un carácter.
Paso de la Patria, el paraíso del dorado, le pareció inmóvil de repente, pero no, por la calle pasó un auto levantando densa polvareda. Pasó un jinete en leve trote. ¿Cuál sería la escena desde allí, desde el mundo exterior? ¿Cuál la percepción de la justicia?
Estaban los dos ahí, uno frente al otro; el niño, restregándose las manos y el alto alemán mirándole fijamente, destellándole sus intensos ojos azules. ¿Qué pasaría por la mente del jerarca nazi, quien se jactaba de haber tenido a su cargo treinta y cuatro mil personas y catorce hectáreas edificadas bajo el régimen de Hitler? ¿Que era esto que se le enfrentaba en el confín miserable del mundo?
El niño levantó la vista y esperó los golpes, como de costumbre. Se imaginó las patadas, o la pala bajando violentamente sobre su espalda. Pero no ocurrió.
Ahora se reflejaba en el rostro del médico y ex militar alemán, la condición de experimentador. Se veía en su sorpresiva sonrisa una mezcla de curiosidad y burla ante la actitud de firme rebeldía del adolescente.
-¿Cómo dices tú? preguntó el alemán-. ¿No quieres trabajar?
-No... Ya tengo hambre... Y quiero que me pague por los trabajos agregó el chico, ante la mirada sorprendida pero interpelativa de su tutor.
-Bueno, je, je, je... Si tú quieres... Hablemos... ¡Pero ahora arranca esas verdolagas y tráelas para comer! ¡Y limpia la pala! dic las órdenes clavando la pala en el suelo y se alejó con sus características largas zancadas.
Cuando el niño cumplió con lo que le había ordenado se presentó nuevamente a su tutor. Este ya había puesto en un tacho a hervir el bofe; le desagradaba ese alimento pero no se cuestionaba la comida regular de la casa.
Después de algunos breves ordenamientos, ya estuvo lista la mesa, la que simplemente era, una tabla colocada sobre un pilón de leñas. Le costaba al niño tragar el cartílago de la tráquea no suficientemente hervida.
-¡Come! ¡Come! ¡Come! ... ¡Qué tú masticas tanto! le vociferaba el alemán -¡Esto en Alemania es alimento para bebé! ... y tú no tragas.
Sin responderle, se esforzaba en tragar. Y pensaba, esto, ni siquiera Macbeth comería, refiriéndose a su perro.
-Y dime tú prosiguió el alemán, con aire de irrefutable Te mando a la escuela, te compro la ropa, te doy de comer... Dime, ¿cómo puedes pagar tú eso?
El adolescente escuchaba; pensaba; sentía que se le cerraba el círculo, que no tenía escapatoria; y su respuesta era silencio, a no ser por el movimiento nervioso de sus mandíbulas, luchando para triturar el hueso. Sus pensamientos eran una vorágine desesperada en donde aparecieron de repente las palabras de su maestra de cuarto grado que una vez, con lágrimas en los ojos, le había preguntado: y tus padres, ¿dónde están?... .
Sé dic cuenta que era observado atentamente. El alemán masticaba su último bocado mientras le disparaba una mirada fría y dura. Su cabeza calva era un péndulo bajo el parral cuando balanceaba su torso, hacia adelante y hacia atrás, con las manos inmóviles sobre las rodillas.
-¿Puedo visitar a mis abuelos? se le ocurrió preguntar al niño.
Luego de un momento, llegó la respuesta en la forma de una orden.
-Mmm... Bueno. Mañana es domingo. Toma la lancha por la mañana y vuelve a la noche. Lleva el diccionario que te compré. Y diles cuántas camisas tienes, y cuantos pantalones...
Le costó dormir esa noche; llegaba a sus oídos la música de algunos lugares bailables del pueblo. Como otras veces le produjo tristeza no poder ser libre al igual que otros jóvenes que podían divertirse como les daba la gana. Para evitar las observaciones, peligrosas de castigo de su tutor, se acostaba boca arriba, derechito y con las manos sobre su pecho, como le había enseñado, por las dudas él entrase y lo viera de manera distinta, pero tenía los ojos abiertos, y pensaba y pensaba... Y resolvió: Si los abuelos no me pueden recibir, mañana, cuando vuelva por la noche, voy a donde está el policía viejito que cuida el parque, lo desmayo con un golpe, le quito el arma y me mato. Ya había pensado esto en otras oportunidades, pero esta vez lo sentía decisivo.
A las nueve de la mañana abordó la lancha que cruzó el Paraná rumbo a Isla del Cerrito. Cuando bajo, vio a su tío, el más severo de sus tíos acercándose al puerto.
-¡Hola Juancito! ...Vení. vamos a conversar chamigo.Lo encontró amable a su tío, de quien en otras oportunidades hubiera temido sus penitencias, por las cuales nunca tuvo una explicación. Se sentaron en un banco bajo los árboles.
Salvo por el peso que sentía, de un problema insoluble en su mente, pudo disfrutar de la sombra fresca y de unas bocanadas de aire que le daban una saludable sensación de libertad. Veía el asfalto sinuoso ascender hacia el centro urbano bordeado de eucaliptos y seibos florecidos. Veía allí, la barranca abierta, donde se mecía el muelle apoyado sobre las aguas, ahora tranquilas del río Paraguay, que un poco más allá, apoyaba su frente marrón en la cintura del Paraná, que extendía su ser hacia Paso de la Patria como una blanca sábana soplada por el viento.
-¿Qué hacés por aquí? continuó el tío -¿Vas a visitar a tus abuelos?
-Sí...
-Pero, chamigo, tenés que salir de la casa de ese alemán. La otra vez pasé por ahí... ¡Pero, che! ¡Te trata muy mal ese hombre! ...¡Andás como un loco!
-Este... el niño inclinó la cabeza para ocultar sus lágrimas. Le sorprendió hasta el punto de la emoción el interés de su tío.
-Yo voy a hablar con los abuelos, a ver qué hacemos le dijo apoyándole una mano en el hombro. Lo acompañó a la casa de los abuelos y habló con ellos, mientras Juancito conversaba con sus primos y hermanos.
Cuando todos almorzaban el abuelo le preguntó al niño:
-¿Vos pa, che hijo, querés quedarte con nosotros?*
No lo podía creer. Le resultaba increíble la posibilidad de un cambio repentino en su vida. Notaba que en su familia tenía mucho que reaprender; se sentía raro, diferente, como un extraño; pero valía el cambio y ya lo había decidido.
En la semana siguiente el abuelo arregló todo con el alemán para dar por finalizada la tutoría. A partir de esa resolución, ya no contaba para el niño el día de más que pudiera estar en su prisión circunstancial militarizada.
Se despidió. Cerró el portón despaciosamente que a pesar de ello rechinó. Mientras caminaba por la vereda, entre el muro y la cuneta, miraba todo el frente de ese perímetro que fue su encierro de más de tres años. Observaba el muro con el alambre tejido, tenso y prolijo abarcando la mitad de la manzana; observaba la huerta, el naranjal, el chiquero; todo prolijo, pero sin embargo, lo sentía como una cáscara repulsiva desprendiéndose de su piel. Sobre ese muro, apoyando su rostro contra el tejido, muchas veces atisbó anhelante el mundo exterior... Y ahora la libertad. ¿Cuál libertad? ¿Tiene libertad el espíritu forjado en la opresión?... Va con miedos, pero ¡qué bella es la libertad!.
*Notas del autor:
La expresión: ¿Vos pa che hijo?, es de influencia guaranítica; (pa), es auxiliar de pregunta y (che), correspondería al posesivo,mi.
Juan Carlos Rojas
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