Éramos sólo el muro y yo. Con el aerosol en la mano intento persuadirlo para queme deje escribir el nombre que robó mi corazón. Me quedaba una última carta y debía usarla con eficacia. Lo miré bien. Busqué mi mejor estado de ánimo y me lo puse. Respiré hondo y dije: _ Mirá, necesito que me hagas un favor. Hizo silencio. Pareció eterno como el tiempo. Luego contestó; _ ¿Qué necesitás? _ Que ella me devuelva lo que me robó. _ ¿Y qué te ha robado? Enfáticamente dije: _ ¡El corazón!.. Otra pausa casi infinita _ Hummm Es grave. El problema es serio. ¡Ah!, cuando se sufre por amor, es difícil que se entiendan los consejos. La mente y el corazón usan códigos distintos, idiomas diferentes _ Pero ¡Yo la amo!... ¿Entendés? ¡La AMO! Un suspiro disimuló un fastidio. _ Si Está bien, tranquilízate porque así como estás, no vas a lograr nada. Entiendo cómo te sentís. _ ¡Imposible que lo entiendas! Cuando el amor te atrapa, los sueños se vuelven primavera, el invierno se muere abrazado por la sombra de la espera, el sol te sonríe y el fuego de la vida eleva la plegaria que no entiende de demoras. Jamás podrás comprender cómo el universo armoniza nuestras vidas, en cada mirada. Mi vida no es de concreto y barro como la tuya. ¿Entendés?.. El muro después de un profundo silencio respondió: _ Si no te entendiera, no gritaría con mi muda voz, tu deseo, tu dolor Tal vez me ignorarías porque el llanto, quizás, fuera otro Otra pausa _ No entiendo. _ No importa. Escribí ese nombre que te duele y te hace desangrar. Imprímelo con el fuego de Cupido. Reclamá tu corazón perdido, pero te advierto que siempre está la mano anónima dispuesta a higienizar tu lamento La pintura, del agitado frasco de aerosol, comenzó a descubrir el nombre que tanto le dolía en su corazón Héctor Hugo Lattuada.