El mundo es una cantina, tan grande como el dolor

¿Qué hicieron contigo los hombres que amaste que a mí no me puedes perdonar, Paloma? Cuando yo era niño, mi mamá llegaba cada noche con un hombre distinto a la casa. Se encerraban un par de horas en su cuarto, y luego que el hombre se iba, con el pelo revuelto y el traje arrugado, yo entraba a la habitación. Buscaba un abrazo. Un consuelo para las pesadillas. A veces un plato de comida.

Pero cuando mi madre no estaba borracha y despernancada sobre el desorden de cobijas, estaba entonces llorando. Lágrimas. Mocos. Gemidos de lechuza triste. Yo le preguntaba, sin saber, qué me le habían hecho para llorar así. Nunca contestaba. Nada. Pero me miraba con todos los efluvios de la borrachera. Me miraba, y se escurrían más las lágrimas y los mocos. Y sólo a veces, que daba la vuelta y se enrollaba como un caracol, decía que los hombres eran todos perversos, y que un día yo también sería uno de ellos.

Algo horroroso le habían hecho. Algo malo. Esos hombres que iban a verla todas las noches la habían ensuciado. Y algo sucio, de ellos, veía mi madre en el niño que yo era. Tal vez algo parecido a mi padre. El que la violó. Porque a ella, como a ti, mi Paloma, también la violaron. De eso nací yo. De la fuerza pugnaz de un violador. De aquel hombre que la cogió a las malas cuando se meseriaba la vida en una wiskería.

El hombre que busca mujer por la fuerza merece morir. En la capital de Colombia se lo hice saber a uno.

El turno que elegía siempre, mientras fui bombero, era el nocturno, porque así no tenía yo que pagar arriendo en hoteluchos de mala muerte, pues dormía allí mismo, en la estación. El día que había turno era bueno emborracharse para pasar bien la noche tan larga. Ese día tuve turno y caminé hacia la estación con un litro de aguardiente para el insomnio.

Había que pasar frente a un lote en construcción, y lo pasé sin miedo. Ya estaba oscuro, y había muchos ladrones por aquel lado de la ciudad. Muchos. Muchos. Malos. Pero en mi cabeza nunca cupieron el miedo ni la cobardía.

Una mujer grita desde cierta casa en construcción. Yo persigo sus alaridos como un radar. Me asomo a una ventana sin vidrios. Veo a la pareja: hombre flaco, pantalón a la rodilla, cuchillo en mano, tratando de ensartar a una mujer que llora insulta aruña debajo suyo. La mujer logra verme. Le indico que calle moviendo la cabeza negativamente. Paso las piernas a través de la ventana sin vidrio y empuño la botella.

El culo blanco y fosforescente del hombre sigue moviéndose al ritmo de su violencia sin traza. Un solo mandoble basta para hacerlo detener. La mujer corre. El hombre se retuerce de dolor en un rincón. Entonces aprovecho para partirle los dientes. La segunda patada la pongo en el estómago. Cojo su pelo y rastrillo el cuerpo desmirriado sobre los escombros. Balbucea que no lo mate. Que por favor. Pero todo el que pretenda mujeres a la fuerza debe morir. Sólo que le oigo susurrar algo más increíble que su boca sin dientes: “Soy Rojas, el bombero Rojas, su amigo”.

Entonces recuerdo que en el cuerpo de bomberos donde trabajo y me emborracho cada noche de turno de veras hay un tal Rojas García que me da de comer y se hace llamar mi amigo. Le doy una última patada y lo dejo vivir, porque aquél que le da de comer al hambriento, aunque pretenda mujeres a la fuerza, merece vivir. Lo ayudo a ponerse de pie y le llevo en hombros hasta la estación.

-¿Por qué me cascó?

-Porque todo aquel que pretenda mujeres a la fuerza merece morir.
-¿Y por qué no me mató?

-Porque todo aquél que le da de comer al hambriento, aunque pretenda mujeres a la fuerza, merece la vida.

Entonces me sonrió a pesar del ardor del yodo en las heridas, y ya no se habló más del asunto.

¿Pero a ti que te hicieron los hombres que amaste que ya no me puedes perdonar, Paloma?

Creo que ninguna religión es mala. Los malos son los que pretenden enriquecerse con la fe de otros. Y todos los que guían las religiones de hoy son de esta calaña. Entonces, por antonomasia, todas las religiones son malas. Qué ideas las que se me ocurren cuando estoy borracho. Hace treinta años que soy bebedor, loco y prostituto. ¿Quién me iba a querer?

Por eso es que supongo que Paloma eligió lo mejor para ella dejándome solo. Y lo mejor para ella es que no debe verme más. Los hombres se enamoran por inteligencia. Las cosas que se me ocurren cuando estoy borracho.

Paloma decía al comienzo del amor que yo era lo mejor de su vida, que nunca nadie la había querido tanto, que todo lo que tuvo antes de mí era el infierno. Y creo que me decía la verdad: a los doce la violaron, a los trece hicieron que abortara, a los quince la prostituyeron, y a los veinte la volvieron a violar.

Yo la conocí un poco después. Ya llevaba amputado el corazón. Le llevaba empanadas de pollo a la caseta del chance para que no pasara la noche con el epigastrio bullendo. Y ella se extrañaba en que hubiera un hombre que hiciera por su estómago lo que yo hacía.

Por eso, y por menos que eso, creo que mucho antes de empezar a sacarla los domingos a tomar vino Cherrynol, ya me amaba. Me amó cuando introduje mis dedos en su falda y mi lengua en su boca aromatizada de cardamomo, y se derritió por mí cuando le pedí que se fuera a vivir conmigo y que me durara para siempre. Tenía un hijo sin apellido y yo lo hice mi entenado. Lo bauticé y me hice su padre. ¿Por qué no me iba a querer?

Cuando las mujeres se enamoran, lo hacen por conveniencia. Cuando los hombres se enamoran también lo hacemos por conveniencia. Así es la ecuación sentimental. Conveniencias.

Hace cuatro meses cometí la ultima brutalidad de estos locos años que me traspasan: tres días de alcohol perico y bazuco, y creo que hasta por el culo me dieron. La cosa es que yo quería estar lemos de Paloma, para descubrir que sin ella no puedo vivir. Así que saqué prestado un billete largo, me subí al primer bus, y salí huyendo a la capital de Colombia. No estoy arrepentido.

Trabajé bien en el cuerpo de bomberos, del cual soy miembro honorario desde que salvé de la muerte a un hombre que iba a suicidarse en un puente: “Ey, el que de veras se quiere matar no se pone a hacer escama ni a pensarlo tanto…”. Y el tipo bajó la pierna y se puso a llorar como un niño y ya no se quiso matar a cambio de hablar conmigo y de beber al gollete de su botella.

Hay mucha gente necesitada de cariño y escucha en la ciudad. En el cuerpo de bomberos lo comprobé. Trabajé cuatro meses y no apagamos ningún incendio: sólo suicidas montados en puentes, suicidas subidos a los edificios, suicidas buscando las ruedas de un bus, suicidas por todas partes. De ese trabajo saqué alojamiento, dotación de ropa y un sueldo corto para financiar el vicio.

También estuve asistiendo a cierto culto evangélico que me instigaba a rezar todas las mañanas para empezar el día tranquilo y no recordar que Paloma en ese preciso instante y a quinientos kilómetros de allí me estaba odiando como al peor y más canalla de los hombres, pero por la tarde empezaba ese deseo de beber cerveza hasta morir de angustia y ya no podía más con la vida religiosa. Por eso decidí que mejor me convenía ser disidente de las huestes de Jehová. Porque todos estamos más cerca de Dios cuanto más felices somos, y a mí el alcohol es lo que más me alegra la vida. El pastor fue a verme a la taberna la segunda noche de mi gran borrachera como disidente.

“Eres un descarriado, Marcelino”, me dijo, rastrillando su índice en mi nariz, “un hijo pródigo”. Y yo le dije que era mejor así, que jamás pretendí dañarle la grey. Me echó una bendición, y se largó.
Seguí bebiendo. Seguí muriendo.

 
Sin mi Paloma.

Tres días sin parar.

Ninguna religión es mala.

A veces, cuando estoy borracho, me gusta pensar en el inventario mental de las cosas que veo: un silbo de celador que atraviesa el teatro vacío, la navaja oxidada de aquel que me asaltó una sucia madrugada, un vaso de agua que huele a cólera, un cielo de seis al mediodía, la niñez perdida de aquella prostituta que se maquilla en las escalinatas el rostro adolescente, un edificio desportillado de Europa oriental que oculta seguramente un secreto en la esquina de mi calle olvidada, un perro sin dueño y despanzurrado sobre la alcantarilla, una noche que baila merengue, un ombligo que me mira bizco sobre el pantalón de aquella muchachita, un pezón escurriendo leche materna, un higuerón seco que parece una cornamenta de venado en un parque infantil, una pelota rodando a las llantas del bus, una tienda de barrio con mosé Alfredo Jiménez gritando a todo pulmón que el mundo es una cantina tan grande como el dolor, una miseria una alegría otra miseria.

Una calle un silbo una niñez una hora muy triste un perro sin dueño una noche que baila un ombligo un pezón una mujer un higuerón un parque infantil una pelota que rueda un bus que se aleja una nube de polvo una hermosura en sollozo una miseria una alegría otra miseria. El mundo es una cantina tan grande como el dolor. Y creo que podría escribir con esto un poema para que supiera todo lo que me pasa desde que la perdí. Es decir, un poema más raro que un copo de nieve en un país donde no hay estaciones. Decirle que nunca el mundo me pareció tan desleído como este que veo ahora, cuando con una tristeza y una noche que no termina (y anhelo y rumio en silencio que deberá concluir) yo te esperaba, Paloma.

Camino por en medio de la calle. No me gustan las aceras. No me gusta hacer lo que hace la mayoría de hombres de bien. Epicuro lo dijo mejor: “Vive oculto”. Busco un prostíbulo que fue al primero que entré en la vida. Su nombre evoca el corazón de Occidente en Oriente. Hong Kong. Siempre hay opio y putas gordas y baratas en el Hong Kong. Siempre un vallenato decadente que me pone a bailar y siempre alguien que persigue a otro con un puñal ensangrentado. Me siento, pido cerveza y una puta gruesa viene hasta mí.

-Milagro de verte, Marcelino.

-Es que ahora soy hombre de bien, le digo.

-¿Se volvió evangélico acaso?

-Sólo durante el día. De noche vuelvo a ser yo.

La puta se ríe y bebe de mi cerveza con confianza. Lo maravilloso del lugar es que hasta las putas nuevas ya me conocen. Le hablo, a la obesa, de mi adolescencia remota: catorce años cuando pisé los baldosínes del Hong Kong por primera vez. Me había partido la espina dorsal alzando canastas de gaseosa durante dos semanas para pagarle a una puta la realización de mis más venéreas fantasías, y yo no sabía que al Hong Kong nunca llegaban putas esbeltas como las de mis sueños de masturbación nocturna: sólo gordas y negrezuelas próximas a jubilarse.

La puta se ríe de mi expresión, a pesar de su gordura, de su negrura, y de su proximidad a la jubilación. Le termino de contar entonces que en medio de la decepción por la fealdad pagué aquella vez medio sueldo a la que me pareció menos gorda y de rostro menos cascado. Pero ya en la pieza, cuando empezó a desnudar sus legamos de grasa, apagó la luz y lo hicimos en la oscuridad, sin asco. Entonces supe por primera vez lo que era una mamada de verdad hecha por una boca experta. Ninguna reina de belleza lo hubiera hecho mejor.

La otra gorda, la actual, la de esta noche de estupidez unánime, se ríe de la historieta y vuelve a beber otro sorbo de mi cerveza.

¿De qué sirven las putas cuando uno busca el amor?

Aquí también te podemos vender amor, Marcelín, pero cuesta más caro...
Entonces comprendo que soy el único cliente de la noche para estas pobres mujeres que me miran como rapiña en un basurero humano, y en especial para aquella que me trata indiscriminadamente de “tú” sin saber tutear.

-Veinte mil, le regateo.

-Veinticinco, papito.

-Veintiuno y le sumo la cerveza.

-Veintitrés y partimos diferencia.

Acepto. Caminamos a las piezas. Todo huele a marihuana revuelta con opio en el patio interior. Entramos en un cubil demasiado angosto para abrir bien la puerta. Me golpeo la espinilla contra la cama. Ebanistería hijueputa. Se desnuda, dice que va a ser mi segunda reina de belleza y empieza a cumplirlo. Tiene una lengua juguetona y una bemba succionante electrizante suavizante. Tal vez se quitó la caja de dientes para chupármelo mejor. Quisiera disfrutarlo, pero no. No lo disfruto. Hoy sólo pienso en que te perdí, y que me duele, de veras, Paloma.

No reconozco en estas calles nada de lo que fui. Nada de lo que quise materialmente existe hoy. El recuerdo es la única sed de pasado que tienen los hombres que saben que todo se hundió en la espesura. Nada vuelve a mí. Yo mismo me he perdido. Y soy uno de esos hombres que se velan a sí mismos mientras creen estar vivos. Inútil lamentar ahora la perdida de una niñez, de unos libros, o de una mujer. Lo peor siempre está por venir.

Hoy me abandono al mundo a través del desprecio de una mujer. Vivo por ella. Muero por su indiferencia. Por este apasionamiento abrasivo que me produce el recuerdo de su voz cuando pienso en las últimas palabras dichas el día de la discusión que me llevó al exilio de su corazón: “No quiero verlo más”.

Ya nos va enseñando la vida que al comienzo del amor creemos en la eternidad, y después nace la negación efímera. En vano me desespero cuando investigo por su pasado, por los hombres que la amaron antes que yo, por todo lo que ella pudo amar, y por lo que odió sobremanera.

Sólo trato de entenderme, entendiéndola. No hay cordura en este hombre que soy, en este despojo. La cuestión es fácil: para prolongar el amor, e incluso para que por momentos se parezca a la felicidad, hay que convertirse en un misterio para aquel que te ama. Cuidado entonces con las confesiones, con la arqueología afectiva. Cada amanecer que pasamos juntos pudiste jurarle la eternidad al oído, pero para ellas eso nunca fue ni será suficiente. Me mintió al decir que amaba mis omos. Le mentí yo al jurarle que siempre estaría a su lado. Ambos mentimos. Le mentimos a nuestro espíritu. Le mentimos a nuestro corazón. Nos mentimos a nosotros mismos, mintiéndole al otro.

Nada es tan verdadero como un amor que nació en el silencio, creció en el anonimato y floreció en la incertidumbre de vivir una pesadilla disfrazada de sueño feliz. Mi sueño. Y el suyo. Aunque nos pudra. Camino hacia su casa. Ya no soporto más mi noche larga sin ella. No soporto la idea de las manos vacías después de haberlo tenido todo. No soporto la incertidumbre de la nada. De su perfume ausente en el cuerpo de otra mujer. No admito la idea fulminante del desamor. Quiero decirle que nunca viví un año con la sensación de que la vida en este mundo era digna de ser vivida, como ese año inmenso que pasé a su lado.

Quiero gritarle que nunca sentí este deseo por nada, ni por nadie. Ninguna reina de belleza me chupó nunca como lo hicieron sus labios. Ninguna madre me acarició las mejillas como lo hicieron sus yemas. Ni una sola vez el amor llamó a mi puerta para decir que anhelaba un hijo mío. ¿Entonces por qué todo se terminó? ¿Porque nunca me gustó la insipidez de sus huevos fritos? Deseo preguntárselo.

Subo los diez escalones que cada noche me llevaban a sus brazos. Busco la llave de la puerta en mi bolsillo, pero entonces recuerdo que el día de la discusión yo mismo se la arrojé por los aires. Golpeo tres veces. Abre la puerta y veo que trae puesta la falda que más me gusta. La roja. La de levantarle por detrás cuando está en la cocina. Me mira como una ternera. De refilón. Un poco sorprendida, un poco con algo de miedo.

¿Cómo le va?

Hace un gesto de negación con la cabeza para contestarme que no muy bien. Intento besarla, pero su boca rehuye. Intento chuparle los senos, pero me empuja y no se deja. Cierra la puerta y camina hacia la sala delante de mí. Entonces descubro el pequeño maletín de lona que, supongo, contiene la ropa que me pertenece.

-¿Qué significa esto, Paloma?

-Que usted ya no vive más en esta casa.

Alarga su mano apretada con el maletín de mi ropa, y lo deja caer entre mis mocasines. Un sentimiento de furor pocas veces conocido me hace hervir la sangre. Sin cerrar el puño lo estrello sobre su pómulo derecho.

Ella cae de lado y se le ve el calzón metido en un labio vaginal. La oreja se arrastra sobre el cemento sin pulir y brota la sangre. Le hundo el mocasín en el estómago, y recuerdo, sin saber por qué, al bombero violador de Bogotá. La mujer que abandona a quien ofrece su vida por ella no merece la felicidad, concluyo en mi ceguera, y me pongo a desnudarla.

-¡Estoy embarazada!

Pero su grito de súplica no impide un segundo puntapié de mi parte. Y luego un manoseo que ella repele con asco. Trato de hundirme en su vagina, pero está áspera como un ostrón y me arde el prepucio. Pienso en mi pobre madre que tenía que acostarse con un hombre distinto noche tras noche para mantenerme, y pienso en que nadie la quiso como ya la quise, y pienso en que siempre era yo quien pagaba su asco y su rabia con azotes y recriminaciones en mi costillar. La mujer que desprecia a quien le ama no merece cariño. Y golpeo sus piernas y su columna cervical. Busco algo más contundente entonces para hacerle daño ya que no se deja violar.

Camino a la cocina mirando por cada rincón hasta encontrar una escoba de tubo. Vuelvo a la sala con el instrumento cogido por el mango, y entonces la veo tratando de erguirse sobre sus corvas. Bajo la escoba y me siento miserable: ¿Quién soy yo que no me recuerdo? Pienso en una noche absoluta, en la eternidad del sexo, en un pequeño paraíso artificial a su lado. Pienso en la soledad y en el desamor. Y en que nada de lo que sea mi vida sin ella alcanzará para suplir esa ausencia de ahora. Perderla es perderme como hombre. Me pregunto qué tan deshonroso y verdadero es para un hombre necesitar de una mujer. Un asceta estaría derrotado. Un poeta tendría que rectificar su epifanía. Un hombre sencillo, simplemente, dejaría de existir. Soy lo tercero.

Estoy embarazada, dice esta mujer que trata de erguirse y queda medio sentada y medio arrodillada encima del cemento.

Estoy embarazada, y solloza en voz muy baja como una niña ajena a todo lo que hay alrededor.

Estoy embarazada, embarazada, embarazada...

Y la miro como mira un lince. La traspaso con los omos y dejo que mi cuerpo caiga sobre el suelo mientras oigo sus palabras atenuantes que le empiezan a salir de la boca como una melodía:

Lo amo, lo amo, lo amo, lo amo...

Y las lágrimas se me escurren sin poder controlar su afluencia, y de repente ella deja que caiga el silencio sobre ambos y que mi llanto invada todas las paredes de la casa sin pintar que era nuestro paraíso. Luego se acaricia el estómago y empieza a murmurar, con una voz bajita, que parece de hace años, que no me importó dejarla, sola todos esos meses, sola solitaria, mientras yo vivía mi bohemia feliz en la ciudad, y ella el infierno. Se llena de rencor, y le dice al vacío de las paredes rotas, como en un monólogo sin auditorio:

Todas esas noches, esperándolo, llamándolo, preguntando a todo mundo dónde estaba el que decía quererme. Todas esas noches, por favor. Para que ahora el mundo entero se me venga encima a preguntar qué pasó.

Nunca los hombres entenderán a la mujer. Nunca entenderán los motivos de nuestro silencio. ¿Quieren saber qué pasó? Que estoy embarazada y no es hijo suyo. ¿Me entiende? ¿Me entienden todos? ¿Qué más quieren? Ya no hay más.

Hay dos tipos de ascetismo: el místico y el estoico. El primero busca la unión con la divinidad a través del retiro y la constricción. El segundo (y es el que me interesa) busca la contemplación del universo y el sentido de la vida a través del dolor y del silencio... las cosas que se me ocurren cuando estoy borracho. Me inclino en este piso áspero donde aun permanezco de rodillas. La miro de perfil y veo que su estómago sube y baja en una respiración regular. Está dormida. Tal vez soñando con una vida menos difícil. ¿Por qué será que la mayor parte del tiempo que vivimos lo vivimos en un delirio, o en un ensueño?

Voy a su lado y le acaricio el cabello. Levanto su cuerpo demasiado flaco para depositarla sobre un mueble más cómodo que el cemento. La sangre de su oreja está seca. Buena plaqueta. Sanará bien. Miro alrededor y veo el desorden de prendas y la escoba de tubo que sigue doblada en el piso y junto al maletín de mi ropa que empuño, que levanto y cuelgo de mi hombro antes de emprender la retirada.

Un último inventario para el poema que no escribiré: el crujir de la silla de mimbre donde no dormiré el olor a guisos que ya no comeré los miércoles que ya no serán mi séptimo día las palabras que nunca idealizarán mis detractores los besos que no me buscarán de la cintura para abajo la vagina que jamás me hablará del destino con su aroma a mojarra frita la fotografía que rasgarán en mi nombre mi recuerdo que será desechado como se tiran de la nevera las cebollas viejas que ya se pudrieron mi café sin anestesia y mi salmo cerrado mi mosé Alfredo aullador en la tienda de la esquina y mi colección de botellas mi Pablo Neruda y mi televisor apagado mi pesimismo de paria inconverso mi nostalgia geminiana mi cumpleaños de champaña y sin pastel mis ganas de morir y mi solar deshojado la hija que te engendrarán en mi nombre las horas innobles la vida sin vino la tarde de ayer la miseria compartida de llorar en su pecho de beber de su pubis de unirse con una mujer de dejarlo todo por nada de saber lo que se siente tener la vida pendiendo de un “sí” mal habido y obtener siempre un “no” aliterado de abandonarse a sufrir por la piel y los besos ajenos de no ser más aprendiz de nada de no tener esperanza sin ella y de no comprender desde adentro todo este corazón de hombre que duele y se angustia toda esta certeza de que en cualquier caso siempre estuve en la vida como al comienzo del viaje: las manos vacías... las cosas que se me ocurrieron, mi Paloma, como éstas que te digo, cuando anduve borracho... |
 
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Comentarios:

Escrito por: Eliot_Garcia       19/09/07 05:06
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la vida es tan dura, como no ah de ser si la vida es tan cruel como una cantina...me gusta tu existencialismo...no hay cosas tan malas lo malo como lo usa, buena narración me introdujo desde un principio hasta un final...realmente me gusto la perspectiva y algunos problemas psicológicos que manifiesta tu obra te seguiré leyendo....
Escrito por: Eliot_Garcia       05/08/07 07:06
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por favor letras mas grandes que mi miopía no me dejan analizar tu obra
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