El misterio de la española

El misterio de la española

 

Las campanas repican sin cesar anunciando la triste noticia. Un pregonero luciendo la divisa punzó recorre la calle principal.

 -¡El Comisario ha muerto!-repite ante los rostros asombrados de los pobladores. El sol pálido se eleva en el horizonte con signos de dolor. A medida que pasan las horas se va formando un círculo de curiosos en la Plaza Mayor. A las once arribará el féretro para el velatorio. El Restaurador ha decretado duelo y los comercios cierran sus puertas.
-No lo puedo creer. Anoche cenamos en la fiesta de Santa Catalina- dice el Juez.
 -Tuvo un infarto cuando estaba desayunado- aclara el diputado.
Una muchacha se abre paso entre la multitud. Lleva un vestido de brin blanco y el cabello sin peinar.
-¿Qué le pasa a la Española?
-       Nunca la vi así. ¿Por qué llora sin consuelo?
-¿Qué la uniría al difunto?
 - Es carne tierna. Ya sabemos que el difunto era aficionado a las polleras.
 -Tiene razón, pero ella con sus problemas... aunque tiene un atractivo especial
-Sí, se parece a la madre.
-Doña Mercedes era una diosa.
Los comentarios danzan como hojas arrastradas por el viento. La lavandera entra en La Catedral. Por la puerta entreabierta se la ve arrodillada frente al altar. Con un rosario de madera reza mientras las lágrimas ruedan por las mejillas.
Llega el ataúd transportado por seis federales de la guardia del Gobernador. El Obispo lo recibe en el atrio. Lo conducen al interior y lo depositan delante de la Santa Patrona.
La Española se levanta e intenta acercarse al féretro pero la esposa del extinto con paso firme se interpone en el camino. La dama levanta el velo de su sombrero negro y clava sus grandes ojos en la joven. Parece que una flecha hubiese penetrado en su interior. La muchacha sale apresurada y choca con la hija mayor.
 -¡Maldita! ¡Fuera! Éste no es tu lugar- dice con voz cargada de odio.
El perfume de las flores se mezcla con el olor a velas. La Española respira el aire puro de la mañana primaveral. Sólo el hijo menor, de apenas diez años, le insinúa un tímido saludo.
La joven se dirige hacia el puerto con el pesado canasto. Desde lejos se escuchan las canciones de sus compañeras que ella no puede oír ni entonar.
“Lavandera misteriosa
Tú que me lavas la ropa
Era la más hermosa
Y te quiero con fervor...
El canto se pierde entre la frescura de los sauzales y el trino de los jilgueros. Se sienta en un peñasco y con una vara perdida comienza a garabatear en la arena húmeda. Primero aparece la cruz, luego una estrella y con letra despareja una palabra: Papá.
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