Por: Edwin Cuperes
Aparecimos al despuntar el sol, bajo tres sombrillas negras, en la bruma de la calle que se retorcía por el sopor de agosto.
La puerta se abrió.
Venimos a hablarle de Cristo.
Los ojos del impío se extasiaron en mis piernas. El hermano Juanito, en camisa de mangas, cuello duro y corbata gruesa, como corresponde al decoro de los religiosos, me dijo al oído: Aquí tenemos a un corazón dispuesto a ser papá; la hermana Margarita con una bata de gorda; me dijo: Aquí tenemos a un marido dispuesto a casarse; y yo, la hermanita Josefa, en minifalda, cavilante y muda, un tanto escondida entre ambos, un poco avergonzada de mi barriguita.
Poncio, mi futuro marido, acogió con beneplácito los señalamientos del hermano Juanito sin establecer sus propios criterios, a pesar de la insistencia del religioso para que reaccionara a los versículos a los que con tanta vehemencia aludía. La hermana Margarita acompañó el apasionamiento del evangelista con alabanzas al Señor. Y yo canté, cabalgando mi voz a ritmo de pandereta con una voz cadenciosa, una voz digna para cantarle a Dios o a cualquier hombre que se dignara escucharme con alegría de casada.
Apaciguado el avivamiento, cansado ya de persuadir al impío con todas las armas del evangelio, y a sabiendas que aquella alma marchita requería de estrategias más sutiles que la simple propaganda del pentecostés, el hermano Juanito puso las cosas en claro:
Si quieres volver a ver a la hermanita Josefa, te esperamos el domingo en la iglesia.
Poncio pareció titubear. Observó atento mi barriguita de embarazada. Entonces yo, presintiendo en el candor callado de Poncio a un hombre enamorado, lo atravesé con una mirada de Salomé y lo enfrenté al cantar de mis cantares cuando me acuclillé para recoger la Biblia. El hombre, redergüido por la lascivia innata de todos los hombres, no pudo más y se liberó de su espíritu de rebeldía.
Allí estaré dijo.
Y no sólo estuvo, sino que ese mismo domingo nos casamos. Y así yo conseguí un marido, mi hijo bastardo se ganó a un padre y Dios recibió su merecida alabanza por haberme hecho el milagrito.
Esa era la misión del hermano Juanito desde que, un año antes, se arrepintió de sus pecados de hombre y le entregó su vida a Cristo. A principios de siglo Calichoza fue repartida entre los misioneros de siete iglesias que se fueron de jullilanga con sus bolsillos abarrotados de diezmos cuando escucharon el primer cañonazo de esta Guerra Civil que ha acabado con la vida de nuestros hombres. Cinco meses después el pueblo, habitado por el millar mujeres que se quedaron preñadas durante la noche de parranda que antecedió al adiós de sus hombres, amenazaba con convertirse en un pueblo de bastardos. Según el testimonio del hermano Juanito, Dios le habló en sueños y le dijo: He aquí que yo te mando a que le busques marido a esas mujeres embarazadas antes de que vengan a echarle la culpa de nuevo al espíritu santo. Aunque fue acusado de blasfemo por el cura de Hato Viejo, que para salvarse de ser fusilado había vendido el alma al bando republicano, el hermano Juanito se mantuvo firme. Desde entonces ya cuarenta de nosotras tenemos a nuestros maridos trabajando en las cosechas, alegrándonos las noches y escuchando a nuestros hijos llamándolos papá.
El sábado siguiente le tocó el turno a la hermana Carmina. Como siempre, el hermano Juanito y la hermana Margarita encajonaron su barriga de siete meses bajo un vestido que destacara la sensualidad de su cuerpo, aún apetecible a pesar de la inflada del vientre, buscaron en la lista municipal del último censo a un candidato ideal de entre los habitantes del pueblo que cumpliera con las exigencias de criar a un niño como Dios manda, persuadieron a Carmina para que, en caso de urgencia, soltara todos los engaños de Eva, maquinara todas las mañas de Raquel, propusiera todas las iniquidades de Judith, recordándole: Ahora lo importante es hallar un padre para ese niño, que no se nos quede bastardo, que para milagros como este Dios necesita toda la ayuda de nosotros. Y, muy temprano, tomaron hacia el pueblo evaporado por los rigores de agosto, bajo tres sombrillas negras, el hermano juanito, la hermana Margarita y la hermanita Carmina cavilante y muda, un tanto escondida entre ambos, un poco avergonzada de su barriguita.
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