La mañana soleada y las calles llenas de transeúntes, eran la señal perfecta de que a Joaco le iría de maravilla. Ese día se levantó más temprano de lo acostumbrado y mientras el café hervía repasó las tareas de matemática y leyó un capítulo de
Nadie en casa se preocupaba por él; así que pocas cuentas daba de sus actos y a nadie consultó cuando después de haber tenido un día terrible con pelea incluida con algunos colegas que intentaron desplazarlo de su zona, decidió retomar sus estudios..
Esa mañana salió más optimista que nunca llevando bajo su brazo el equipo que lo acreditaba como lustrabotas. Miraba a los pies de todo aquel que se cruzara en su camino, a la espera de la señal de aceptación de sus servicios.
Una vez instalado en su zona, se limitó a esperar
El hombre se acomodó en el banquillo y le ordenó que lustrara sus zapatos. Era el nombre de Dios como se dice en el argot del oficio de lustrabotas.
De la caja en madera donde guardaba sus elementos de trabajo, extrajo dos cepillos, un frasco desechable con agua, betún marrón, y su panola brillantina finamente cortada en rectángulo y adornada con la efigie del CHE
Miró de reojo al hombre entrado en años con apariencia de burgués decadente pulcramente vestido. Lucía en su anular un anillo de oro y jugueteaba con un encendedor plateado mientras buscaba en su chaqueta los cigarros.
Empezó a fumar.
El aroma del lucky americano que llegaba a sus narices cada vez que su cliente exhalaba bocanadas, le hizo recordar sus escapadas los fines de semana que aprovechaba para fumarse algunos puchos con los amigos de la cuadra.
Joaco era un joven descomplicado al son que me toquen bailo- solía decir-
Sin embargo en esta ocasión hubo algo que lo incomodó: cuando se dispuso a limpiar una de las suelas, sintió un extraño olor: observó de dónde provenía y se encontró con que el zapato estaba embarrado de mierda
pero no de una mierda común, esta era de perro y por lo visto, de uno tan viejo como su cliente
No obstante, terminó su tarea.
Gajes del oficio-Pensó- mientras se aseguraba que el billete con el que le había pagado sus servicios, no fuera falso.
Este dìa no es el mejor. -se dijo-
Otra vez serà.
El hombre se paró y emprendió la marcha exhibiendo vanidoso el lustre de sus zapatos sin darse por enterado de la fetidez que dejaba a su paso.
Joaco le mirò partir esperanzado en que por lo menos durante la semana llegara dos ves.
La fetidez, ya poco le importaba.
JALIR/jap
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