EL ÚLTIMO TREN DE JAIME

 

Las conversaciones de las gentes de la calle se mezclaban con el silencio de la habitación. Los rayos del sol se filtraban dulcemente entre las rendijas de la persiana y dibujaba diminutas instantáneas en la pared.
Sobre la mesilla de noche, el reloj marcaba las diez y veinte de la mañana. Las manecillas parecían cantar una canción muy rítmica. Al lado, una nota esperaba ser leída por su destinatario que dormía plácidamente sin saber que unas letras esperaban con paciencia a su vera.
La noche anterior había sido un contraste de sentimientos, de frustraciones, de “querer y no puedo”… Había sido una noche de dos amantes enzarzados en un huracán de emociones y de porqués…
Mientras que los sueños se dibujaban y se mecían por el ambiente de aquella habitación;  los obreros, que permanecían bajo un día de calor, comenzaron a trabajar desarrollando un ruido ensordecedor que provocó que Jaime, que dormía intensamente en su cama, se despertara sobresaltado y sin saber muy bien que era aquel sonido que abarcaba todo el silencio de su dormitorio.
Se levantó medio dormido y se dirigió al cuarto de baño. Allí, abrió el grifo del agua caliente de la ducha y se dispuso a darse un buen baño para despejarse de aquel sueño que parecía no desaparecer del todo y para aclarar todo lo que anoche había ocurrido con Ana, su novia.
Mientras que agua resbalaba por su pelo, su torso… su cuerpo, en su mente permanecían en ebullición las palabras de Ana: << Te quiero Jaime, pero yo necesito una persona que me entienda, que me comprenda, que sepa que yo tengo una vida más allá de ti y de mí. Necesito que crezcas. Necesito a un compañero, a un amigo, a una persona que me quiera de verdad y que no intente catapultar mi vida hacia el desastre y la locura cada tres por cuatro. >>
Debajo del agua de la ducha, se estaba dando cuenta de que Ana tenía razón. Llevaba tiempo comportándose como un niñato, como si la vida de los demás dependiera exclusivamente de él, como si el mundo girara entorno a los caprichos que se le antojaban a él.
Iba a perder al amor de su vida si no cambiaba y de una cosa sí estaba completamente seguro: Ana era su amor!!
Se aclaró el pelo, el cuerpo, las ideas y cerró el grifo y salió de la ducha. Cogió la toalla que colgaba detrás de la puerta del baño y se envolvió en ella. Mientras se secaba el cuerpo, recordó como la había conocido.
Todo había comenzado hace cuatro años, cuando él despuntaba como actor en una serie para una cadena pública. Ana era una de las maquilladoras que se encargaba de poner a todos los actores y actrices a punto para la escena. Sus bonitos ojos verdes y su melena rizada lo había cautivado desde el primer momento. Recordó la primera vez que la invitó a tomar una copa y como poco a poco, ambos se fueron enamorando perdidamente. Ella era pura dulzura y su personalidad no era como la de cualquier chica. Con ella se podía permitir el lujo de dejar de fingir ser la súper estrella que todas las demás chicas querían. Con ella había aprendido a ver la vida desde otro punto de vista completamente distinto. Con ella podía ser simplemente Jaime, el chico rebelde pero con gran corazón…
En medio de aquella revuelta de sentimientos, de recuerdos y de emociones... se fue vistiendo a un ritmo pausado. Cogió del armario unos pantalones vaqueros y una de sus camisetas favoritas. Tenía una reunión con todos sus compañeros y compañeras de la serie y tenía que estar presentable…
Después de estar unos quince minutos poniéndose a punto para la cita en cuestión, se dirigió a su mesilla de noche para coger el móvil y su reloj de pulsera.
Cuando se plantó delante de la mesilla, cogió el reloj pero observó que había una hoja de papel doblada y que parecía tener algo escrito. La cogió y comenzó a leer lo que en ella ponía:


“Jaime:
Anoche nos hemos dicho muchas cosas. Creo que en el fondo ambos buscamos algo totalmente distinto y creo que ambos estamos en todo nuestro derecho de hacer nuestras vidas como realmente deseamos.
Yo te quiero, te quiero con todo mi corazón y tú lo sabes, pero veo que tú estás inmerso en otros puntos más importantes en tu vida y yo no quiero ni deseo ser un obstáculo para ti como tú muy bien me supiste decir ayer.
No pretendo que dejes tu profesión ni tus sueños a un lado, pero yo tampoco pretendo que lances la mía por un precipicio.
Ayer nos hemos dicho muchas cosas y quizás muchas sin sentirlas pero una cosa si tengo clara y es que no quiero que me arrastres contigo a un abismo de idas y de venidas, así que creo que es mejor que lo nuestro lo dejemos aquí antes de que suframos mucho más.
Dejaré una puerta abierta a nuestra relación si en verdad estás dispuesto a cambiar y a ser aquella maravillosa persona de la cual me enamoré.
Seguramente que cuando leas estas palabras estaré de camino a mi tierra, Galicia, ya que cogeré el tren de las 13:45 h.

Adiós Jaime

Te quiere… Ana”


¡¡No podía ser, no podía estar pasando!! ¡¡Estaba dejando marchar a su amor y todo por creer que era superior al resto por tener algo que los demás no tenían!! ¡¡Se estaba comportando como un idiota!!
Jaime, no sabía qué hacer. Se había quedado bloqueado. Ana era el amor de su vida, había estado con él en sus momentos más amargos y ahora que estaba en el punto más álgido de su carrera y de su vida la estaba dejando marchar sin remedio alguno.
<< ¿Qué estoy haciendo? >> Se preguntó a sí mismo. << ¡¡No puedo renunciar a ella!! ¡¡Debo pedirle perdón!! ¡¡Me equivoqué!! >> Pensó para sí mismo.
En un instante pareció recordar el motivo por el cual amaba a su novia y es que ella hacía que él fuera mejor persona, hacía que sus pies permanecieran en la tierra; pero también se dio cuenta de que de un tiempo a esta parte él había cambiado y todas las pequeñas cosas del día a día que vivía con Ana se habían esfumado a raíz de su popularidad como actor. Se estaba dejando caer en un círculo vicioso de popularidad, de egocentrismo, de sentirse el mejor, de sentirse una divinidad…
Con la carta de Ana todavía en la mano, contempló su casa vacía y se dio cuenta de que la soledad más absoluta estaba depositada por toda la vivienda. De pronto, un dolor en el alma se fue haciendo dueño de él.
Jaime quería Ana. La quería y de eso estaba completamente seguro y ahora que estaba a punto de perderla estaba todavía más seguro de ello. ¡¡Tenía que reaccionar!! ¡¡Tenía que pedirle perdón!! ¡¡Tenía que decirle la verdad y aclarar sus sentimientos hacia ella!!
Rápidamente buscó las llaves de su coche que estaban colocadas en el llavero de la puerta de la entrada. Las depositó en el bolsillo del pantalón. Cogió las llaves de casa y cerró la puerta lo más rápido que pudo.
Ya en el pasillo corrió hacia el ascensor y pulsó el botón de subida. Aquello parecía una eternidad. << ¡¡Sube de una jodida vez ascensor!! ¡¡Sube!! >> Grito en medio del pasillo.
Desesperado, decidió correr escaleras abajo hasta llegar al sótano donde cogería su Audi A1 descapotable. Corrió todo lo que pudo.
Cuando llegó a la puerta del sótano, abrió la puerta a gran velocidad. Corrió hasta su coche estacionado en el parking número 15 y cuando estaba a unos pocos metros, lo abrió con el mando a distancia.
Se subió, se abrochó el cinturón de seguridad y arrancó el coche. ¡¡Los minutos jugaban en su contra!! Salió del garaje a gran velocidad y sin apenas comprobar que no se cruzara ningún coche o peatón.
Durante todo el trayecto hacia la estación de tren fue callado dejando que su cabeza fuera creando una buena disculpa para que su novia lo perdonara y decidiera volver con él a casa. Mientras conducía, en su cabeza fluían los recuerdos de los momentos felices, la culpabilidad por hacer daño a Ana, pero sobre todo era cada vez más consciente de que la quería, la quería de una manera única y especial.
Cruzó la calle Los Rosales y dio un giro de volante cara la calle Macarena Espinosa. Cuando estaba al final de la calle se encontró con un atasco tremendo y comenzó a ponerse nervioso. Tenía el tiempo contado y tenía que llegar antes de que saliera el tren de “su chica”.
El semáforo permaneció en rojo cinco minutos y pronto se puso en ámbar pero el tráfico no se movía. Aquello se estaba convirtiendo en pura desesperación. Jaime no paraba de mirar su reloj y cada minuto que pasaba no dejaba de tener la sensación de que estaba perdiendo a su amor, a la mujer que supo colocarle los pies en la tierra y darle toda la dulzura y comprensión que él siempre necesitó.
Sólo tenía que conducir unas tres calles más y subir la Gran Vía pero todo ello le llevaría veinte minutos pero con aquel atasco tardaría mucho más!!
El tráfico comenzó a moverse lentamente, poco a poco. Los claxon no paraban de sonar y los conductores comenzaban a perder la paciencia.
Después de que pasaran diez minutos, consiguió avanzar la calle de la Victoria y la de la Constitución.
Jaime pronto se dio cuenta de que perdía el tiempo metido dentro del coche intentando avanzar. Se dio cuenta que era como nadar a contracorriente.
Sin perder un solo minuto, dio un giro al volante que casi hace que chocase con otro coche, el cual protesto con el sonido del claxon. A Jaime no le importó. Se dirigió unos cuantos metros por el carril de la derecha y consiguió introducir su Audi en el parking de Isabel la Católica. No le importaba lo que tuviera que gastar. Hizo las maniobras lo más rápido que pudo y dejó aparcado su coche en el primer aparcamiento que encontró. Cerró el coche con el mando y subió las escaleras de salida a gran velocidad.
Corrió calle arriba y fue haciéndose camino entre la multitud de personas que caminaban en todas las direcciones.
¡¡Sus piernas ya no daban más de sí!! Intentaba correr más y más pero por mucho que lo intentaba su cuerpo estaba extenuado, cansado y sus músculos parecían estar sobre cargados. ¡¡Ya no podía más!!
Tras una larga carrera llena de obstáculos, Jaime pudo vislumbrar la estación de tren. ¡¡Solo tenía que correr un poco más!! ¡¡Solo un poco más!!
Tras una carrera agotadora, Jaime entró como un loco buscando a Ana por toda la estación de tren. Preguntó a los encargados de vender los billetes si la habían visto. Preguntó a los guardias de seguridad de la estación.  Observó con atención a los pasajeros que iban y venían a lo largo de los andenes.
<< La he perdido. La he perdido… >> Se dijo a sí mismo. Agotado se sentó en una de las butacas que había en una de las salas de espera de la estación. De pronto, escuchó por megafonía el próximo tren que estaba a punto de salir. Prestó atención y… ¡¡era Galicia!! ¡¡El destino era Galicia!!
<< ¡¡No partió!! ¡¡El tren de Ana todavía no salió!! ¡¡Tiene que estar aquí!! >> Pensó.
Jaime se fijo en la pantalla y vio que el tren con destino cara tierras gallegas salía por la vía cinco.
Se encaminó todo lo que pudo hacia la puerta de los andenes y se dirigió lo más rápido que pudo cara la vía cinco.
Allí había mucha gente y sería complicado encontrarla pero no era imposible. Los pasajeros iban entrando poco a poco en sus respectivos vagones.
Jaime, con gran desesperación, se fue fijando en las personas que por allí caminaban. Todo iba a contra reloj. Tenía que encontrarla y decirle que la quería. En pocos minutos el tren se pondría en marcha y entonces la perdería para siempre.
Después de comprobar todas las caras y de buscarla por todos los sitios, no lo dudo dos veces y se subió a uno de los vagones. Desesperado comprobó que allí no estaba su amor.
<< ¿Dónde estás mi amor? ¿Dónde estás Ana? >> Se dijo para sí mismo mientras la buscaba de forma estrepitosa.
A cada paso que daba, Jaime tenía la terrible sensación de que la había perdido. Con cada dirección que tomaba se daba cuenta de que su vida se iba con Ana y que a partir de aquel momento las cosas no irían jamás a mejor.
Agotado, confuso y con una terrible culpabilidad, se sentó en unos de los asientos que había en los andenes. Se echó las manos a la cabeza y no pudo hacer otra cosa que culparse por haber sido tan idiota, por haberse creído el mejor y por haber perdido la humildad y la personalidad con la cual había conseguido enamorar a su novia.
En medio de todo aquel caos de sentimientos, de terribles sentimientos, levantó la cabeza para contemplar la inminente salida de aquel tren sin retorno.
¡¡Con gran asombró, compró que una de las últimas personas que subían al vagón número cuatro era Ana, era su querida Ana!!
Se levantó con todas sus ganas y echo a correr contra ella.
<< ¡¡Ana!!...¡¡ Ana!!...¡¡Ana!!...>> Grito por toda el andén.
La joven se giro y vio correr como un loco a Jaime contra ella. Pidió amablemente al revisor si podían esperar unos segundos y se bajó del vagón.
Jaime llegó a junto de ella casi extenuado pero con una alegría rebosando en su mirada.
<<Ana, mi amor, perdóname. Se que me he equivocado y que de un tiempo a esta parte he sido un auténtico imbécil. No te he puesto las cosas fáciles y he dejado que te consumieras a mi lado. No quiero perderte y prometo cambiar. Prometo volver a ser aquel chico del cual te enamoraste. Por favor, dame una oportunidad. No quiero perderte. Te quiero. >> Dijo con voz entre cortado por la falta de aire tras la carrera que había hecho para llegar a ella.
La muchacha lo miró. << Jaime, saber perfectamente que te quiero, pero no puedo dejar que consumas mi vida. No quiero y no debo. Te he explicado en la carta que te deje que te quiero pero tu cambio ha hecho que me plante si realmente quiero estar al lado de una persona que cree el mundo es suyo y que puede manejar al resto a su antojo.>>
<< Prometo cambiar. Se que he sido un egocéntrico y un auténtico egoísta pero, por favor te lo pido, no me dejes. Volvamos a ser aquella pareja que disfrutaba de las pequeñas cosas. Volvamos a ser aquella pareja que se divertía de la manera más especial y auténtica. Por favor, no me dejes Ana. Te quiero y tú haces que mi vida tenga sentido. >> Jaime habla con voz de suplica y con una pizca de esperanza en su mirada.
El revisor intervino en la conversación advirtiéndole a la muchacha que el tren tenía que salir y no admitía más demora.
Ana vio los ojos vidriosos de Jaime y dudo entre quedarse o marcharse a su tierra. Ella sabía que todo lo que había dicho lo decía de corazón, pero temía que al final todas aquellas promesas quedaran en nada.
Su corazón latía con fuerza y gritaba en su interior quedarse junto a su querido Jaime pero su razón golpeaba incesantemente el irse, el tomarse un tiempo, en olvidar…
<<Demuéstrame que volverás a ser aquel chico transparente y cariñoso. Demuéstrame que volverás a ser el antiguo Jaime y volveré>> y sin más demora subió las escaleras del vagón.
Jaime estaba perplejo. No se podía creer que su amor estuviera alejándose de él. Sus ojos comenzaron a manar lágrimas de tristeza.
Todas las puertas del tren se cerraron y en milésimas de segundo comenzó su marcha. Jaime estaba paralizado. No podía creer que por su culpa estuviera perdiendo al amor de su vida. Su corazón gritaba en su interior y su alma se había roto en pedazos pequeños. Se sentía abatido.
Pero de repente, levantó la cabeza y comenzó a correr detrás del tren.
<< ¡¡Ana!!... ¡¡Ana!!... ¡¡Mi amor!!... ¡¡No me dejes!!... ¡¡Ana!!...>> Gritaba desesperado.
El tren seguía su curso a gran velocidad y a pocos metros desapareció por completo.
La había perdido… la había perdido…
Jaime, cabizbajo y sintiéndose totalmente abatido y derrotado, puso rumbo cara la salida de la estación. Sus pasos eran lentos y parecían sumisos, tristes, melancólicos…
Los metros hasta la salida se le hicieron eternos y parecía haber perdido el norte… el rumbo de su vida.
Cuando estaba a punto de salir por la puerta y caminar calle abajo, escuchó su nombre entre la multitud.
<<Jaime…>>
Se giró y a su espalda vio a Ana con sus maletas. De sus ojos manaban lágrimas que se escurrían por sus rojas mejillas.
<<¡¡Ana!!>> Dijo con gran alegría al comprobar que ella estaba allí, con él.
<< Jaime, no he podido irme. Te quiero demasiado y creo que todas las personas nos merecemos una segunda oportunidad. Sólo te pido que, por favor, cambies. No podemos estar siempre en medio de discusiones sobre tu egoísmo, sobre lo que tú quieras. Necesito que cambies, necesito que vuelvas a ser el mismo. >>
Jaime, sin mediar palabra alguna, abrazó a su novia con todo su cariño y la miró con devoción.
<< Ana, mi vida, prometo cambiar y prometo ser el mismo de antes. Me he dado cuenta de que me he equivocado y que no puedo seguir en este círculo absorbente y que nos alejaba cada vez más el uno del otro. Pero nunca dudes que de que te quiero. Te quiero con todo mi corazón. >>
Jaime cogió las maletas de “su chica” y le dio un beso dulce en la mejilla de ella. Ana lo miró y le sonrió con timidez.
Ambos caminaron entre miradas y explicaciones calle abajo. Aquello era el comienzo de un nuevo cambio. Aquel momento era el último tren para Jaime que debía cambiar aquel universo gris en el que poco a poco se había dejado hundir. Ana era su luz y debía siempre cuidarla para que nunca se apagara y que nunca se alejara de su lado.
Mientras caminaba junto a ella, Jaime pensó: << Este ha sido mi último tren, mi última oportunidad y no la dejaré escapar >>.
El andén quedó vació y todo aquel revuelo de pasajeros se esfumó lentamente hasta quedar el silencio.



(Música acompañante: http://www.youtube.com/watch?v=KFLu2iTvIoY)

 

 

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Comentarios:

Escrito por: Angiemar       05/07/12 19:09
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ME GUSTA CUANDO LUCHAN POR LO QUE QUIEREN...ME RECORDASTE A ESTE PENSAMIENTO "EL TREN DE LA FELICIDAD SOLO PASA UNA VEZ" SINO LO AGARRASTE PUES SERIA UNA VERDADERA LASTIMA. BELLAS LETRAS.
ANGIEMAR LUNA
Escrito por: mayca       27/06/12 00:26
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Ana, como el nombre de tu protagonista, te he leído con gran entusiasmo y me has dejado muy complacida, el amor siempre puede contra todo y me da mucho gusto que Jaime reconozca que para que una pareja pueda ser feliz los dos deben poner todo de su parte. Felicidades amiga, me encanto. Un fuerte abrazo.
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