Clara había esperado este día por semanas, cumplía cinco años. Mamá se había encargado de todos los preparativos: repartir las invitaciones entre sus amiguitos; adornar el patio con guirnaldas y muchos globos de colores; poner en las mesas manteles rosados y hasta se tomó el trabajo de doblar las servilletas de papel formando cisnes -habilidad aprendida en una de esas revistas de manualidades que sacan de apuro a las mamás en estos casos-.
Los primeros en llegar fueron los abuelos, Oscar y Ana, con una muñeca enorme de esas que hablan, caminan, y que las madres no dejan en manos de sus legítimas dueñas hasta que ya no tienen edad para jugar con ellas, por temor a que las rompan, pero la mamá de Clara, afortunadamente, no pertenecía a ese club.
Clara estaba de punta en blanco esperando ansiosa que sonara el timbre para recibir a su primer invitado, pero no fue el timbre lo que sonó primero, fue el teléfono que, por hoy, y solo por hoy, era propiedad de Clara. Al atender escuchó una voz familiar, era papá que se disculpaba por no poder estar presente en su fiesta de cumpleaños; le pidió que no se enojara y que la disfrutara todo lo que pudiera, que no buscara en el futuro culpables por su ausencia del día de hoy, pero, para compensarla, le prometió estar cerca en cada acontecimiento importante de su vida futura; prometió estar junto a ella en todas las veladas del colegio; en cada día del padre; en cada ceremonia de graduación; cuidándola cuando estuviera enferma; cuando estuviera triste; le dio su palabra de que iba a estar cerca en el momento en que ella dejara atrás a la niña para dar paso a la mujer; el día en que decidiera comprometerse con el que sería el hombre de su vida; en su boda y cuando diera a luz a sus hijos; también cuidar de ellos cuando ella no pudiera hacerlo. Papá se despidió con un beso a la distancia y un te amo y Clara respondió de la misma forma a sus demostraciones de afecto.
Clara pudo haberse desilusionado por no tener a su papá cerca en un día tan especial, estaba en su derecho, pero escucharlo la puso muy feliz, aunque no entendiera en su totalidad el mensaje, tan feliz estaba que olvidó la custodia de la puerta y corrió con su mamá y sus abuelos para contarles que su papá la había llamado, que no había olvidado su cumpleaños. Los abuelos y su mamá se miraron entre ellos con un dejo de pena; y a ella con profunda ternura. Fue el abuelo Oscar quien se arrodilló a abrazarla para tratar de explicarle que papá, desde el año pasado, estaba en la primera estrellita de la tarde, junto a Dios.|
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