No recuerdo cómo llegué, sólo sé que hubiera sido mejor no llegar nunca La arena muerta en la que se hunden mis pies me cansa la vista, creándome una sensación falsa y sinuosa al dirigir la mirada a mi alrededor. Por un momento, el sitio se me hace muy familiar, pero no puedo recordarlo con claridad. Las butacas se suceden una tras otra, progresivamente, formando una especie de ensenada en la tierra, como el Coliseo Romano, sólo que cien veces más pequeña. Las maderas oscuras que delimitan la arena de las butacas me desconciertan, hacen que pierda el sentido de la orientación; todo parece girar vertiginosamente mientras trato de hallar el inicio de aquel círculo en el que me encuentro. De repente, se oyen murmullos; no puedo entender lo que dicen, es como si se tratara de alguna lengua arcaica u olvidada. Sombras informes se deslizan por las butacas, se ubican, se acomodan, mientras sus murmullos adquieren una tonalidad escalofriante, desesperante. ¿Hablarán de mí? No lo sé, espero que sí, porque necesito saber dónde me encuentro.
De repente, dos lanzas se entrecruzan, formando una descomunal X frente a mí, instándome a retroceder hacia una especie de caja sin techo. Allí, otras lanzas se les unen, describiendo trazos que me hieren, desgarrando cada región de mi cuerpo. Por más que intento sacudirme dentro de esa reducida caja la cual parece reducirse aún más debido a mis forcejeos, sólo consigo golpear mis costados contra ella, contra las lanzas también, en una especie de histeria colectiva donde la sangre fluye en todas direcciones; como si la sangre fuera el objetivo de esas lanzas sin lanceros. Intento gritar, pero no puedo; es como si el dolor obnubilara por completo mi capacidad de articular palabras. Ahora las lanzas se han retirado, y en su lugar siento una llovizna de arena; pero pronto me doy cuenta de que no es lo que creo, porque aquel polvo, al diluirse en mis heridas, me arranca alaridos mudos de dolor, de ardor, como si se trataran de partículas de fuego insertadas directamente en mis llagas; las plantas de mis pies revientan en ampollas sanguinolentas.
Un deseo irrefrenable de venganza surge en mi interior, recorre todo mi cuerpo, y se exterioriza a través de los poros y las heridas. Un odio mortal y enfermizo me induce a dirigir la mirada a mis agresores, los lanceros invisibles, para hacerles ver que pronto se las verían conmigo. Entonces, aquel maldito polvo se incrusta en mis ojos, cegándome por completo, acrecentando no sólo mi tormento sino también mis ansias vengativas. Siento el escozor extenderse desde mis párpados hacia la frente, y luego hacia el cerebro, para terminar sintiendo incones en la región occipital. Es como si pretendieran enloquecerme, como si disfrutaran viéndome fuera de control, enajenado, dispuesto a atacarlos en la primera oportunidad que se me presente Los odio; no sé quiénes son ni porqué me hacen esto, pero los odio; he aprendido a odiarlos gracias a ellos mismos.
Finalmente, y después de haber recibido ciegos golpes en mis testículos y riñones, una ráfaga de aire frontal me indica que una de las paredes de la caja ha cedido, por lo que me arrojo hacia la libertad de la arena. El brillo del sol, el polvo, la arena, todo parece confabular para que mi rencor adquiera niveles inimaginables. Mis ojos, vidriosos por el llanto aquel llanto de rabia e impotencia, más que de dolor, buscan a los verdugos entre las butacas, pero sólo perciben sombras informes y robustas. Los murmullos ahora son gritos de júbilo, de algarabía, ¡de alegría! ¿Cómo es posible que disfruten con lo que me han hecho? ¿O es que lo ignoran? ¡Estúpidos, todos son unos estúpidos, y pronto lo pagarán! Doy saltos furiosos a diestra y siniestra, esperando calmar el ardor de mis pies; pateo aquellos muros delimitadores, haciendo temblar aquellas columnas rematadas en arcos en su parte superior; extiendo mis brazos amenazantes hacia ellos en señal abierta de desafío. Los reto a que bajen a esta arena para enfrentarse conmigo. Pero sólo oigo más gritos, risas, arengas no termino aún de preguntarme dónde me encuentro cuando dos figuras enormes se yerguen detrás de mí El grito de horror que lancé fue desgarrador, al menos para mí mismo, pues nadie más pareció haberlo escuchado. Ante mis ojos sangrantes, un enorme toro bípedo me sonreía con malicia, mientras saludaba al público cuya hueste la conformaban toros también a través de una leve genuflexión; a un lado de su cintura, llevaba adherida la funda de una espada, mientras una muleta se ocultaba en el flanco contrario. La otra figura era tan desconcertante como la anterior: se trataba de un becerro al que apenas le estaban brotando los cuernos de la frente; montaba una especie de monstruo cetrino con cabeza de perro, y pude reconocer entre sus pezuñas el fulgor de una de las lanzas que me atacaron durante el encierro; el ambiente se había plagado de mi propia sangre entonces, una especie de instinto me induce a arremeter contra ese par de criaturas para saciar mi sed de venganza, aunque sé muy bien que me hallo en desventaja; pronto, mil flechas vuelan hacia mi espalda, se incrustan en las heridas, abren nuevas, otras se pierden en la arena, la cual absorbe mi sangre con facilidad
Un espasmo a lo largo de la nuca me despertó de aquella pesadilla. Me encontraba tendido en una de las butacas de la Plaza de Acho, al parecer me había quedado dormido. Me sentí como el minotauro de la mitología griega, en este coliseo que más parece para pelea de gallos que de toros ¿un minotauro limeño?, ¿un limatauro?. Y, al percatarme de que el público hacía su ingreso por las puertas de la Plaza, me apresuré a preparar los toros para la Feria del Señor de los Milagros. Sólo que esta vez no los atormentaré con las lanzas, ni les bañaré los ojos, el cuerpo y las pezuñas con esa sustancia urticante. Si estuviera en mis manos, los liberaría, pero sólo soy un simple trabajador que necesita mantener a su familia; en fin, me limitaré a hacer que la faena no sea tan desigual e injusta como lo es siempre De todos modos, a partir de mañana pienso buscarme otro trabajo.
Carlos Aurelio Díaz Enciso
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