


| Escritor: | pajarote |
| Públicado: | 02/09/2007 |
Hoy mientras limpiaba encontré el libro viejo de cuentos de García Marquez que pertenecía a mi padre. Su olor a polvo antiguo me tajo recuerdos; es inevitable hacer pasar las hojas con el dedo pulgar cuando tienes un libro en la mano. Cuando lo hice encontré una rosa seca justo en donde esta el cuento Tu rastro de sangre en la nieve Te acuerdas de ese cuento..? te acuerdas cuando te lo leí .?
Habíamos terminado una larga jornada de amor que nos duro toda la madrugada, por que nuestros cuerpos eran nuevos, eran nuevos los olores, las texturas de la piel se abrían como rosa con el roció de la mañana, eran nuevos los pensamientos que no conocíamos de cada uno porque la única forma que encontramos de amarnos con libertad fue amándonos. No tuvimos tiempo de conocernos como novios tradicionales porque no hubiéramos podido. Así que decidimos amarnos, amándonos. Nos fugamos eso tu lo sabes. Nunca nos encontraron, solo hasta que nosotros decidimos que nos encontraran.
Estabas desnuda en la cama del cuarto de hotel, cubierta por sabanas blancas; brillabas con luz propia como estatua griega; afuera, pasando la calle del malecón las olas golpeaban en las rocas desde hace miles de años, pero las que golpearon esa mañana estaban reservadas para nosotros desde la creación del mundo. La habitación de color azul estaba llena de nuestro olor, del olor de nuestra intimidad; tenias el pelo suelto, negro como el azabache que contrastaba con tu piel blanca, tus ojos color miel, tus ojos color mil, tus ojos color miel.
Te acostaste con tu cabeza en mi regazo mientras te leía el cuento y te contaba también la historia del libro de mi padre; casi lloras, la historia que te conté se parecía a la nuestra. Desayunamos a las dos de la tarde y almorzamos a las cinco de la tarde; no había tiempo para pensar en comida, había que amar con desesperación, con sudor, con lagrimas, con sangre, el mundo se iba a terminar mañana.
Había vivido en el libro de mi padre por seis años, seis años Apenas si quise tocarla, me daba la impresión de que todavía tenia el olor de tu perfume, hasta la olí, que tonto. Es que así son los recuerdos. Volví a leer el cuento, no pude terminarlo, veinte nudos se amarraron a mi garganta, y después ., que le decía a mi esposa; que el polvo me hizo llorar; no creo que se lo hubiera creído.
Decidí escribirte esta carta; la ultima siempre decía lo mismo cada vez que te escribía para terminar- las manos me sudan y tengo mariposas amarillas en el estomago, de las que llegaron a Macondo cuando Aureliano Buendía vivía ahí. No se como haré para que la leas, no se donde estas, donde vives, pero estoy seguro que si te acuerdas del libro de mi padre y del cuento que te leí; no se si te acuerdes de mi, del cuarto azul, de la playa escondida, de los buñuelos que hacían los colombianos vecinos nuestros todas las tardes a las cinco cuando el olor entraba por la claraboya del baño, - después con el tiempo hasta nos fiaban los buñuelos- de la señora que hacia escándalo a las ocho de la madrugada cuando salía a lavar la ropa al patio de atrás, de los hijos de la vecina viuda que jugaban pelota en las tardes.
La dueña de casa de donde vivíamos ya se murió; la hija feísima que tenia por fin se caso, me contaron que es un abogado del municipio y tiene un hijo de dos años. El alcalde con esto de la regeneración urbana les cerró el negocio que tenían y ahora venden gas. La casa aun tiene el mismo color.
Ahora estoy un poco mas flaco, ya no fumo tanto y ya casi no juego pelota- ya me sueno a la canción de Arjona- estoy siguiendo el consejo que siempre me diste; -deja de ser tan perezoso y ponte a escribir, algo bueno ha de salirte-.
Frente a mi quedo el libro, en su lugar, en mi librero, mi mano lo suelta lentamente, el dedo índice va rozando el lomo de arriba abajo, apenas si lo siento con el tacto, lentamente hasta terminar. En ese instante una mano suave y perfumada me toca por detrás la mejilla; me volteo para ver la dulce sonrisa de mi esposa que me dice: Amor ven a cenar.
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