EL JUICIO DE GEPETO

Esta vez, el siguiente trabajo es una parodia referente a determinados personajes de los cuentos de hadas para los recitales queacostumbro hacer con mi grupo literario; lamentablemente no pude asistir, pero subo aquí mi relato. Lo bueno es que la función se repetirá en otro café-bar.

 

EL JUICIO DE GEPETO

 

Edad: 111 años
Profesión: ¿Carpintero, alquimista o genetista?

 

            Custodiado hasta los dientes, Gepeto arrastra su enjuta humanidad hacia el banquillo de metal que, sarcásticamente, han colocado para que rinda su declaración; todo en la corte es de metal bruñido, pues de esa forma se evita que el acusado confabule algún ardid en caso encontrara madera a su alrededor.
            La voz trepidante del juez se acentúa, dando inicio al juicio, mientras una pantalla holográfica tipifica la acusación: “DAÑOS Y PERJUICIOS CONTRA LA DIVINIDAD Y HOMICIDIO CULPOSO”. Gepeto no mira a nadie, su respiración es entrecortada, sonora, como si acabara de sollozar, como si empezara a sonreír. Una exigua luz, proyectada desde las titilantes estrellas, lo insta a levantarse y arremeter contra fiscales sin rostro en busca de su absolución.
            Y así, empieza su prolegómeno…

 

            Señores del Jurado, contrariamente a la calumnia vertida en mi contra, y en nombre de la ciencia y las más altas esferas del pensamiento humano, me declaro inocente de todo cargo que se me impute, de toda cizaña que estos tejedores de sueños han urdido en mi contra. La falsedad de sus actos los llevará al arrepentimiento más cobarde posible, la veracidad de la historia los arrinconará como liebres, los despojará de esa sangre maliciosa que ahora tiñe sus pómulos jubilosos y fiscalizadores. Ellos me acusan sin saber nada de mí, de mi impaciencia intelectual, de aquella terrorífica realidad en que me encontraba cuando fui arrestado en el taller… Ya saben que soy carpintero, uno muy humilde por cierto; y si la anfractuosidad de mi perorata llegara a desorientarlos, sólo puedo decirles que antes que carpintero soy un ser humano ávido de conocimientos ocultos. Como pocos.
            Todavía recuerdo aquel día en que, angustiado por los prejuicios de los demás, fui tildado de eremita, de antigregario, incluso de impotente sexual. Esas mismas lenguas se encargaron de propalar el rumor de que mi alma atesoraba un heredero, alguien que, a la mayoría de edad y en pleno uso de las facultades mentales que yo nunca tuve, se encargara de vender aquel cuchitril donde me refugio todas las noches, esperando algún milagro estúpido. Sí, aquellas lenguas inventaron toda esa maquinación maquiavélica, llevados por la envidia de saberse una sarta de ignorantes hastiados de sus propios quehaceres. Se arrogaron el derecho de juzgarme y elucubrar algún delirio paternal en mi persona, sin siquiera imaginar lo lejos que me encontraba de tan ridícula hipótesis.
            En efecto, toda aquella confabulación tuvo su origen cierta vez que conversaba con mi amigo Cereza sobre las implicancias de la demonología en determinadas sectas primitivas; ambos, durante nuestra juventud, habíamos investigado profundamente el arte de la magia negra oriental, llegando incluso a realizar talleres para la realización de sesiones espiritistas. Él me contaba de los viajes que había realizado recientemente por el Congo, en búsqueda de cierta alga cuyas propiedades prolongaban la longevidad humana. Ambos pertenecimos a la cofradía hermética Helios, pero él se empeñaba en continuar con sus experimentos e investigaciones paranormales basado en tradiciones arcaicas.
            Pero considero que esta reminiscencia es irrelevante, por lo que me limitaré, señores del jurado, a informarles que Cereza murió dos años después de esta conversación, legándome todas sus pertenencias, entre ellas, algunas muestras de algas mucilaginosas y cristales de amatista. Debo reconocer que su pérdida me colocaba en una difícil situación; era el último sobreviviente de la cofradía Helios, la cual era de tendencia alquimista… Veo que la sonrisa en sus rostros denota incredulidad ante mi relato; sólo les pido que terminen de escuchar mi declaración.
            Agobiado por mi curiosidad científica, decidí continuar con la investigación de Cereza, sumergiéndome así en noches de ecuaciones interminables y absurdas. Trabajé arduamente un año entero, sin preocuparme del alimento o el descanso para mi cuerpo. De repente, una madrugada de invierno, cuando acababa de transplantar los genes de un alga parda a la estructura molecular de una amatista, obtuve una fuente de energía autónoma altamente radiactiva; lo supe porque todos los objetos del taller –incluidas mis vestiduras y mi persona– sufrieron un desgaste instantáneo, una despigmentación inusual, similar a la del plomo al transmutar en oro por efectos del mercurio. Todo se vio afectado, excepto los objetos de madera. Fue entonces cuando decidí utilizar un tronco de abeto para alojar dentro de su tejido parenquimático aquel cristal refulgente.
            Mas preocupado por mi salud ante la exposición radiactiva, opté por alejarme de aquel experimento por un buen tiempo, y, transcurridos los nueve meses, al percatarme de extraños ruidos dentro del taller, me encontré con una escalofriante sorpresa… Allí, en el suelo, tratando de arrastrarse como una ameba, una masa informe de madera acuosa y fosforescente, emitía soplidos y crujidos desgarradores. Era el mismo abeto al que le había insertado el cristal. ¿Qué hacer, cómo reaccionar? En ese momento recordé las enseñanzas de la cofradía y decidí transformar la materia en vez de destruirla, aunque en ello me fuera la vida. Tal es la responsabilidad del creador sobre su creación.
            Debido a su longitud y diámetro, lo tallé bajo la forma humana de un niño, como si se tratara de un muñeco; incluso lo vestí con cierta resina obtenida del mismo abeto para que no sufriera desgaste alguno. Y, cuando terminé, lo observé con detenimiento y curiosidad: era horrible, monstruoso. La fría espiral de sus pupilas parecía absorberlo todo a su alrededor, y una sensación de vértigo y escalofrío se desató a lo largo de mi espina dorsal. Pero el cataclismo que sufrió mi alma fue cuando, desde lo más profundo de su garganta, un crujido articuló las siguientes palabras: “Padre, ¿ya soy un niño de verdad?”.
            Señores del Jurado, rechazo categóricamente las acusaciones que se me hacen. No sólo soy inocente, sino víctima de las circunstancias, del conocimiento hermético y la naturaleza vengativa. Urdí un cuento de hadas donde mi criatura fue producto de un deseo mágico, todo con el fin de ocultar a los demás lo que verdaderamente pasó, pues descubrí que se me estuvo espiando todo el tiempo que me dediqué a retomar las investigaciones de mi amigo fallecido. No soy un asesino, lo juro. ¡Si ustedes hubiesen visto los ojos de aquel juguete macabro, su mueca grotesca al momento de sonreír sin labios, sus articulaciones rechinando, todo, todo, también habrían cogido el hacha como lo hice yo!

 

            Después de deliberar, Gepeto fue hallado culpable por asesinato premeditado y atentado contra la omnipotencia divina al recrear vida artificial utilizando magia negra y posibles pactos demoníacos. Nadie sale en su defensa porque nadie quiere correr la misma suerte; además, en el Cielo –lugar del juicio– sólo hay ángeles fiscalizadores, no seres humanos. Su taller fue auscultado milimétricamente en busca de los residuos de Pinocho para futuros proyectos experimentales, antes de ser incineradas todas sus demás pertenencias. Pero como ahora Gepeto era inmortal –como consecuencia de la exposición radiactiva–, se le recluyó en una habitación intemporal, junto a Fausto, Dédalo y José el Carpintero.

 

Carlos Aurelio Díaz Enciso

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Comentarios:

Escrito por: Maledetapalabra       08/08/08 21:34
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Es para quedarse charlando y charlando y especulando horas placenteramente sobre tu texto y su tema.
Qué atrevido! Nunca se me hubiera ocurrido imaginar un lugar de reclusión en el cielo.
Escrito por: Geraldine       31/03/08 09:32
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Wiii!!
Sangre!!! xDD
Oye qué buena parodia...me ha gustado mucho el final, pobre gepeto donde lo fueron a encerrar...pues, haber esperamos más detalles de la muerte de Pinocho^^
Ah y ya me pongo al corriente con tus textos u_u

Beshitos xD
Escrito por: Aurelio       27/02/08 14:42
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Gracias por todos sus comentarios... Kerida Diana, es cierto, lo que pasa es que el relato no debió ser muy extenso para un recital, pero prometo un anexo donde detallaré aquel crimen maderero.
Escrito por: Venatrix       26/02/08 23:18
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“Kerido” Interesante la versión macabra de pinocho, aunque creo faltaron detalles en la descripción de la muerte(eso solo a mi parecer).
Escrito por: minerva       26/02/08 01:41
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Me gusta el conocimiento que tienes de los personajes mitológicos, y noto un agradable desenfado en tus letras, hay mucha creatividad aquí.
Escrito por: ISISLA_2       22/02/08 18:32
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¿Gepeto inmortal, al igual que Fausto, Dédalo y José el carpintero? jejeje, esa conjugación está como para un film.
Buen escrito, Aurelio (como lo que siempre haces), me engancho desde un principio y le pusiste como siempre un ingrediente especial: el conocimiento o saberes elaborados, bien. Haber si ahora nos deleitas con alguna poema tuyo, mira que lo estoy esperando.
Vivian.
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