EL HOMBRE Y LA SOMBRA

Categoría(s): NARRATIVA

El hombre que llamó a la puerta venía de la llanura,  de un vacío en el borde del camino surgió su figura.  Yo no lo vi hasta que estuvo frente a mi puerta,  tocando con su mano seca y traslúcida. 

 

El sudor le chorreaba sobre la cara difusa y cansada.  De su cabello caían gotas oscuras.  Una cicatriz en la mejilla derecha le deformaba la cara.  Lo dejé pasar.  Yo me encontraba aturdido por la fiebre y el golpe en la puerta me sacó del atolondramiento. 

 

_Usted duerme en un momento tan aciago,  Barbosa?  El tiempo no ha pasado en vano.  Las cicatrices quedan sobre la piel y en el espíritu,  nos consumen,  nos van dejando un sabor a tierra en la boca,  como si no existiera nada más que el ardor de los ojos que no duermen y el temblor de las manos que no descansan acechando el vacío,  agrediendo sombras.

 

_Se equivoca,  hace ya tiempo que me arrepentí de haber usado el machete.  Ese fue un momento perdido que ya no necesito recordar.  Creerme un bravo ya no es necesario para vivir.  Usted es tan  viejo como yo,  ¿por qué no clausura su odio y sigue camino hacia los cerros que se pierden detrás del resplandor del sol?

 

_Perdone,  pero me parece que su memoria es vaga –replicó el hombre. Usted tomó ventaja.  Era más fuerte,  más terrible en su ira y su corazón no conocía la piedad.  Yo,  apenas me dejé arrastrar por la rabia y por una punzada que me cortaba la respiración.  No sé si eso es odio,  pero todavía siento su ácido en la garganta.

 

_No,  señor.  Usted es el que tiene demasiadas esperanzas en los recuerdos,  a mí hace tiempo,  le repito,  se me enfrió el rencor y la tristeza adormeció mi alma.  ¿Por qué venir después de tanto tiempo a despertar mis memorias para atormentarme?

 

Caminó hacia la ventana.  Miró como alzaban el vuelo los gallinazos que se despertaban en la cima de un árbol,  miró como quien ve huellas en la arena,  como quien pretende encontrar algún objeto entre los matorrales.  Pronto en su mano hubo una flor,  un libro, una copa,   un revólver,  un machete.  Mientras,  el sol se alzaba sobre el horizonte.  Una sombra flotó sobre el corral y las gallinas se espantaron;  se perdió entre los ramajes empujada por la brisa.  Un perro ladró hostil,  como si declarara su aversión a las tinieblas que comenzaban a desvanecerse. 

 

_Usted es un ser rencoroso.  Yo no he tenido en mis manos,  nunca más,  ese oscuro metal de muerte y de vacío.  Mis manos no han vuelto a teñirse de púrpura y mi corazón se ha cansado de culparse,  de creer en que los designios de Dios o de quién sabe qué demonio no pararán hasta que me ahogue una noche mientras duermo o que otro,  más hábil que yo,  más joven,  más dispuesto a trabajar la cólera y los vuelos del acero…  Yo descanso en esta innombrable soledad,  lejos del universo y de la vergüenza.

 

No pareció escucharme.  Abrió su chaqueta y en la camisa de arena,  se explayaba una rosa de sangre,  sobre el pecho escurrido por el tiempo.  La bujía parpadeó sobre la mesa.  Una ráfaga de viento aulló como una hembra herida por el celo y la nostalgia.

 

_Esta es la ignominiosa forma en que la providencia me permite consumar mi tiempo y mi venganza.  Soy apenas un vestigio de lo que fui,  un tallo marchito,  un río sin caudal,  una sombra sin cuerpo.  Yo vivo en la absurda dimensión de la soledad y usted,  Barbosa,  me ha matado hace ya mucho tiempo,  pero yo no lo he aceptado jamás,  por eso lo reto a que me desvanezca para siempre o a que me permita arrancarle la vida en una pugna sin ventajas.  Uno de los dos ha de temblar en la oscuridad de la nada o en la frialdad del sepulcro.

 

Tuve miedo.  Con sigilo me acerqué hasta el mueble en que guardaba mi arma,  pero pronto me di cuenta de lo inútil de tal gesto.  ¿Cómo matar a un muerto?  ¿Cómo diluir la nada?  Aturdido,  presentía mi fatídico final,   sentía la extinción de mis arterias,  la evaporación de mis entrañas,   el desvanecimiento de mi voluntad y mi conciencia,  cuando se acercaba tenaz en su odio y en su venganza,  ya lo escuchaba resoplar y desorbitar sus ojos de fantasma,  cuando el ladrido del perro resonó esta vez en mi ventana y desperté.
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Comentarios:

Escrito por: omenia       28/02/08 19:18
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El poder de la conciencia es uno de los mayores poderes. Muy buen cuento.
Páginas: 1

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