


| Escritor: | satelite |
| Públicado: | 08/08/2008 |
...-¿En qué le puedo ayudar?
El rostro gentil le sonreía medio metro por encima de la mesa de entradas. Tenía que ser un hombre alto, al menos considerando que su propio rostro no pasaba por más de treinta o treinta y cinco centímetros la altura de la barandilla. Algo le incomodaba en aquel tipo. Se detuvo en su cara y la relacionó con una rana que saltaba decidida hacia la vereda del frente, y que no llegó. Sin hacer caso de la mirada interrogativa que apareció en el hombre ante su descarado escrutinio, continuó hacia abajo. Amarrada al cuello del sapo reventado, alto, y de gesto gentil, la corbata se volvió el centro de su atención. Parecía tener en su interior una noche negra, atravesada por enredaderas que le recordaban a gruesas serpientes, más vivas aún que el verde que las vestía. Siempre descendiendo, al llegar al tramo más ancho de la corbata, dos piernas de hombre aparecían, en una posición artificial, apuntando a lo alto. La idea del hombre invertido en la corbata le provocó un malestar que subía, frío y hormigueante, por su cuerpo. Intuyó el resto del cuerpo, cabeza abajo, clavado en la tierra de la noche negra. Pero cuando quiso confirmar su idea se topó con el escritorio de la mesa de entradas, que cortaba los últimos centímetros de corbata (aunque por algún motivo, él pensó que eran los últimos metros).
La cara grumosa, ya no tan gentil, del hombre-rana articuló nuevamente.
-¿En qué le puedo ser útil, señor?- esta última palabra dicha de un modo arrastrado, cargada de una semántica verde amarillenta.
Vos no escuchás la pregunta de tu interlocutor(ya no podemos hablar de él cuando ambos sabemos que, como mínimo, soy yo, y que inclusive podrías ser vos), desorientado aún por la corbata. Ahora te posee repentinamente la cuestión de la rana, ¿por qué no llegó la otra vereda?, es decir, todos sabemos que fue aplastada, para eso sirven las ranas, pero ¿fue el coche que todos visualizamos automáticamente ante la mención del anfibio quien lo hizo?, no. Vos te das cuenta que no, o al menos yo lo hago.
Todos somos sapos (sin diferenciarlos de las ranas, que apastados somos todos iguales). Y todos reventados.
Miro en la pared, tras el hombre, unos cajones empotrados. Puedo esbozar en mi mente la escalofriante imagen de los cuerpos de otros hombres-sapo dentro esos ataúdes. Ese pensamiento me enoja y, un momento antes de reprocharle al tipo el hecho de que tenga metidos allí a sus compañeros de trabajo, entiendo que él mismo debe tener su propio cajón, que sólo circunstancialmente no ocupa.
La idea de un féretro con mi talla se dirige como una flecha hacia mi cabeza, y el instinto de supervivencia me hace evitarla justo a tiempo.
Treinta tics y veintinueve tacs, convenientemente intercalados, sin responder a una servicial atención, parece ser todo lo necesario para que la gentileza se haga trizas, siempre protectora del orden convencional.
-Señor, voy a tener que llamar a seguridad para que lo retiren del establecimiento.
Vos (o yo, o qué importa ya quién) ves algo que hacía rato venías intuyendo, pero que no habías llegado a envasar en palabras, y que por eso te agarra por sorpresa: cuando el hombre da media vuelta y se dirige al teléfono, entran en tu campo visual sus no-piernas. No son piernas invisibles, eso lo sabés porque el tronco del hombre-rana flota en línea recta hacia el teléfono, sin el bamboleo propio del caminar: las piernas no están. Mirás a tu alrededor y ves puros troncos humanos flotando despreocupados. Aterrado, mirás hacia abajo, sabiendo perfectamente qué vas a no encontrar. Y ves tus no-piernas, ya sin ganas de sentirte aterrado. Ya sin ganas.
El hombre-sapo, que se había ido hace tiempo, no tenés idea de cuánto, vuelve con otro, azul, pero vos no entendés de uniformes, y un momento después tampoco de colores, ni formas. Todo empieza a moverse como en cámara rápida, pero vos estás pausado. No existe el ruido. Y lo que sucede a tu alrededor es una masa en movimiento, adentro de una pantalla, fuera de tu alcance, que ni comprendés, ni buscás comprender.
Ahora sabés que ese es tu último sitio: sin piernas no se puede caminar....
Muchas eras glaciares después, ya sin trocos humanos flotantes, si alguna clase de conciencia pudiera alcanzar el lugar donde por primera vez vimos tus no-piernas, como la última ruina la que nadie vio-, hallaría allí una noche negra, con serpientes pintadas de verde esmeralda colgando del infinito y, en la tierra fresca, las piernas sobresalietes del hombre invertido, con su tronco aún enterrado.
|
Imprimir |
Enviar historia |


