Ahora estás colgado del madero infame. No puedo ver tus ojos, porque levantas la cabeza hacia el cielo. Una nube pasa. Alguien recoge el vuelo de su manto y regresa a la ciudad cansada. Tras de sí deja un rastro de polvo.
La colina donde te han conducido es árida y gris. Algunos hombres murmuran mientras tu cuerpo es clavado en la cruz. Parecen estar tras un lienzo de hielo. Los soldados sujetan sus lanzas, mientras el populacho echa raíces en la explanada.
Tu cara oscura desciende sobre el pecho angustiado. Un anillo de niebla ciñe tu frente agujereada por las espinas. La sangre se coagula en tu barba y en la comisura de tus labios. Una mosca zumba cerca de tus ojos. ¿Qué pensamiento de arrepentimiento cruzará raudo e inasible por tu cabeza? ¿Qué visión de infamia te sacude mientras hieres el aire con tu voz terrible? ¿Qué invisible punta se hunde en tu carne temblorosa hasta encontrar tu corazón?
Alucinas, clamas por la presencia de los emisarios del fuego, por las telúricas fuerzas de tu inexistente cielo. Puedo escucharte llamar a los espantajos de azufre que entierran sus garfios de diamante en las rocas erizadas sobre el monte donde te desvaneces.
No puedes moverte, los clavos perforan tu carne y te aferran al madero. La sangre mana con lentitud sobre la piel, como un torrente que se seca y deja sobre ella un mapa de lirios nebulosos.
En tu cabeza consagrada hay finos espadines rasgando tu frente. Tu pelo cae sobre las mejillas y sobre los hombros desnudos. En tus manos abiertas flores de sangre se expanden sobre la línea de la vida. Sangre, hircismo y humores, se licúan y caen en un cáliz secreto cincelado por el viento.
Una insignia imprecisa adorna el norte tormentoso, desde donde puedes ver a una muchedumbre expectante y feroz. No puedes distinguir ya a tu madre, que se desvanece detrás de una nube, no puedes ver a tu mejor amigo que es sólo una silueta gris haciéndose cenizas.
Levantas tu testa coronada y ves como se desgajan las lechuzas que arrancan pedazos de cielo con sus garras y los dejan caer sobre la tarde.
Casi no hay vida en tu cuerpo, en vano intentas alcanzar el aire, tus tendones se distienden como cuerdas de un violín que todavía no se inventa y el dolor es un ser vivo que te domina. Entonces, ya no soportas, tu corazón se convierte en escarcha y lanzas el último suspiro, en cuyas alas flotan unas palabras desesperadas: Eli, Eli, Lama Sabactani. Tal vez llamas a tu Dios, quienes te han podido escuchar, creen que evocas su poder, su gloria y lo que haces es maldecir, imprecar contra la raza salvaje que te mata.
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