EL HOMBRE DE PALO

Categoría(s): NARRACIÓN

Por: Axel Blanco.

 

Dedicado a mis amigos, los Zurita Montero.


 

           Aquella tarde cuando llegó de Caracas el señorito Gustavo del Tovar, el único hijo de mis patrones Petrica y Don Julián, hacía media hora que descendía una sirimiri fastidiosa que estropeaba el fogón externo donde se le asaba la parrilla a los patrones. Una parrilla por cierto de carnes mixtas como le gustaba a ese muchachito díscolo que se pasaba la vida explorando cada vez que lo traían a la hacienda de Cúa. Serían unas vacaciones largas como ocurría siempre todos los años cuando se acababan los oficios allá en Caracas.  

            Esta vez Gustavito vino cambiado con un bozo arriba de su boca abierta de pez, una mirada demasiado audaz como si quisiera ser hombre antes de tiempo, y una voz de gallito nuevo distorsionada que se confundía con un clavicordio descompuesto. Gustavito se pensaba poseedor de una corpulencia y fuerza mayor que la de su padre o de los negros cargadores de la hacienda. Siempre estaba dispuesto a llevarse lo que sea a la espalda, mostrando a todos que había heredado la fuerza peculiar de su padre. Su padre, don Julián, el único de los nueve hijos que había luchado para pagar las deudas de su abuelo el chicharachero Emeresgildo Antonio del Tovar, jugador empedernido de dominó y cartas bravas, jugador de todo y para todo, que casi juega hasta la hacienda Los Tovares, con esposa e hijo.

            Don Julián era el único hijo que le había nacido a Emeresgildo en santo matrimonio, los otros ocho vástagos, eran parte de las tretas urdidas por sus enemigos anónimos, que decían cualquier cosa para cogerle en la debilidad de los culpables. Entonces, aunque las innumerables evidencias crecían y se desarrollaban con cara de Emeresgildo, él las negaba rotundamente con aquella mueca de indignación en su cara. Para él, su único hijo era Julián, su muchacho responsable que había nacido con la habilidad de la buena administración, y no era dado a los juegos como su viejo. Desde siempre Julián trataba de contener la pasión inconmensurable de su padre por la apuesta, pero nunca pudo con aquella paranoia que le movía hasta vender su alma si era posible. La cara se le hinchaba, sus manotas de gorila vibraban, temblaban, y entonces manipulaba su revolver como loco sacándolo de la funda, disparando como si estuviera en el viejo Oeste, amenazando con su violencia de vaquero todo aquel que se atreviera impedirle hacer, lo que siempre había querido hacer, jugar, jugar y apostar hasta su alma en las lides enfermizas del juego.

            Cuando el viejo Emeresgildo perdió cuanta riqueza tenía en Caracas, cuando los bancos no le prestaban ni para el pasaje, cuando sus amigos le tartamudeaban en la cara que no, que no podían, cuando su señora casi le abandona  por disoluto, cuando  perdió hasta su caballo, su silla de montar, sus botas importadas, su sombrero, su fama de galán y de don dinero, Julián prodigiosamente consiguió venderle las reses que le quedaban, gracias a que su memoria  no las registró el día que perdió en el dominó. Así que don Julián, su hijo de santo matrimonio, logró salvarle hasta la reputación de ricos a la familia Tovar.

            Cuando el viejo Emeresgildo partió a aquel mundo translúcido de los espíritus, la esposa no le regaló ni una lagrimita, Antonia del Pilar había aguantado por muchos años los libertinajes de un libertino cruel y fanfarrón, amador de los juegos, del alcohol y las meretrices. Por muchos años aguantó las tropelías de sus otras mujeres cuando cruzaba la calle del mercado y le lanzaban esputos, palabrotas obscenas, amenazas sobre la posición de sus hijos en todo el asunto de la fortuna Tovar, sandeces de mujeres celosas que habían tenido un contubernio clandestino con el ahora difunto, y se pavoneaban como grandes señoras desde cualquier esquina del pueblo diciendo mentirotas que si, él me quería más, que si a ti te quería menos, cualquier majadería de limonera con los limones podridos. Y ya el cuerpo de Emeresgildo, pútrido, en aquel sepelio atiborrado  de gente conocida y desconocida, los ocho hijos ya grandes de las otras mujeres de nadie, con las caras lánguidas, sufridos, como verdaderos dolientes de aquel viejo que casi nunca vieron, y que les negó hasta el apellido, porque para él, sólo existía uno, Julián.

            Cuando el abogado leyó el testamento en la notaría frente a los nueve hijos, y aquellos ocho estaban con los ojos aguzados que casi traspasaban el papel, y las ocho madres con cara de beatas movían sus manos dándole una postura casi de confesionario, se enteraron que don Emeresgildo no les dejó nada, porque simplemente no tenía nada que dejar, toda la fortuna estaba en manos de su hijo Julián, el único que realmente se la merecía porque fue quien la salvó de aquel día funesto de las deudas perniciosas del viejo.

           

            Cuando don Julián se casó con doña Petra Isabelina Soto Santiago, lo hizo por una carta poder. Así que su amigo Alonso, residenciado en León, le mandó a su hija luego de un tiempo con la dote correspondiente. Julián la había visto de pequeña, le había encantado su prematura preparación para los oficios de la casa. Es bonitica la chiquita, le había dicho a su amigo ocho años antes. Pero luego, cuando llegó con aquel vestido rosado, el sombrero francés que le hermoseaba la cara y sus dieciocho recién cumplidos, no se aguantó para comérsela a besos. Entonces, la chiquita le sacó las uñas, pero el hombre se precipitó en el desespero propio de los hombres sin mujer, y la tomó por la cintura levantándola en vilo, llevándosela a su cuarto de soltero a la brava, a lo macho, para que supiera quién mandaba, la lanzó entonces en aquella cama con mosquitero y edredón de vaca, se le arrojó encima sin miramientos que valieran en ese momento de fiera urgida, casi bramando, pero ella se puso como una tabla de roble, impenetrable, inabordable, apretándose los labios con sus dientes, aferrando su vestidito rosado con los brazos, cruzándose las piernas como sirena, era imposible ganarle a aquella voluntad de hierro que le decía que no cuando él quería que sí. Pero aquella vez no ganó Julián, aún siendo casado, aún teniendo todos los derechos de la ley para hacerla suya, no le ganó a la chica con voluntad de hierro. Sólo después de cuatro meses, cuando ya el alma de Julián estaba mansita y solo se le escuchaba un resuello cuando la veía pasar de un lado a otro de la casa con sus múltiples vestidos ajustados en la cintura, moviendo sus caderas, con el chasquido que emitían sus zapatos, las manos en la cadera y aquella mirada de hembra herida, le pidió perdón por la ofensa del día de su llegada. Entonces, a diferencia de los días pasados, la chiquita le agarro la mano y le dio un beso en los labios, lanzándose en una carrera estruendosa hacia  el cuarto, ascendiendo las escaleras con una energía explosiva, arrebatadora, con una pícara mirada y una sonrisa de quererlo todo. Y tuvo de todo aquella noche de luna llena, y después del desayuno, y antes del almuerzo, y en la merienda, y luego de la cena. Así nació Gustavito el explorador, el curioso de la familia Tovar.

            Desde el día que el señorito Gustavo llegó a la hacienda de Cúa, se enteró de algunos cuentos sobre un supuesto hombre de palo que caminaba durante las noches de luna. Era tremebundo, decían, devoraba las reses que conseguía en algunas haciendas desprovistas de capataces, se comía las gallinas, los burros y hasta los caballos salvajes que recorrían las inmensidades. Se desplazaba con dos piernas en forma de ramas, no tenía brazos pero en cambio, su cerviz era puntiaguda semejante a una estaca filosa que se clavaba en cualquier vida animal, para inmovilizarla matándole la vida  y sacándole la carne con sus fauces poderosas con dientes de madera cortante. Gustavito tembló con aquel relato de ultratumba, añadiéndole las últimas desapariciones de animales en la hacienda, las miradas suspicaces de los hombres más temerarios que ahora no se atrevían ni siquiera mirar a las plantaciones después del ocaso. Y aunque no habían decesos humanos que adjudicarle al viejo relato del hombre de palo. Seguían las tembladeras de los temerarios más machos de la región, los aspavientos de las negras cocineras que no dejaban a sus vástagos salir de sus faldas  por temor a que la cerviz puntiaguda del hombre de palo, los agarrara desprevenidos punzando sus carnes llena de la sabia de vida.

            Los patrones Petrica y don Julián, estaban al tanto de las funestas y sospechosas desapariciones de vacas y caballos, pero no temían del fulano hombre de palo surgido de la activa imaginación de los cuénses. El culpable no era aquella figura espantosa de ultratumba posiblemente urdida por una borrachera mal sacada de los campesinos de esa tierra forrada de monte, de noches muy largas, de ruidosos bichos nocturnos, de cuentos de viejas que veían por doquier las almas espectrales de sus ancestros. Eran ladrones, simples ladrones de ganado expertos en el andar furtivo, duchos en las sórdidas artes del hurto vacuno, caballar, mular y otras reses más o menos valiosas. Don Julián armó a sus hombres de confianza, los colocó en lugares estratégicos para que permanecieran de noche, cuando ni un alma en pena pudiera pasar ilesa por sus extensos terrenos. Mucho menos un hombre de palo, pero ah, si vieran los facineros robavacas tratar de franquear la verja de sus tierras, no durarían dos segundos respirando. Una lluvia de tiros cruzaría el horizonte persiguiendo a los delincuentes, haciéndolos correr hasta quedar exánimes, forrándolos de balas, derramando luego sus vísceras malolientes en aquel terreno plagado de moscas gigantes, chupacabras y zamuros de cabeza grande, no quedaría siquiera algún resto de sus existencias miserables de lapas y aprovechadores del trabajo ajeno. Julián tenía fama de bravo, con su seño fruncido todo el tiempo sobre la frente, con la espalda sudada  dándole al machete como cualquier capataz, aunque no tenía necesidad, tenía cantidad de empleados trabajándole la tierra, cuidándole el ganado, vigilándole los terrenos. El dinero ahora le sobraba, y quizás el señor Emeresgildo se contorsionaba dentro de la tumba impotente de no poder gastar la riqueza de su Julián el administrador.

            El señorito Gustavo salía todas las noches para averiguar si la historia del hombre de palo era cierta. Se iba con Triquitraque, unos de los negros más grandes de la comarca, con su machete en mano quitaba la maleza hasta llegar a la verja donde supuestamente estaba aquel hombre de palo, que se movía en la lobreguez de la oscurana. El chasquido cortante de Triquitraque al mover el hacha degollando las plantas que bloqueaban el largo camino a la verja, lo ponía trémulo, aunque llevaban varios días en lo mismo, y aunque nunca conseguían el supuesto hombre de madera dizque sosteniendo la verja.

            Esa vez caminaron cortando la maleza hasta un punto todavía no explorado. Entonces Triquitraque divisó algo, tenía forma de hombre descansando sobre la verja en los límites de la propiedad. Gustavito posó su mano en la picoeloro que tenía en la funda de la correa, mientras el negro triquitraque aguzó sus ojos amarillos preparando el machete. Párate negro que llegamos, le gritó el señorito levantando la lámpara de mano, es un palo, simplemente un palo abandonado encima de la verja. Entonces lo llevaron para que todos lo vieran en la hacienda, que era simplemente un palo, que no era hombre, que sólo eran las trémulas historias de un miedoso. De un cobarde inventando ficciones para acobardar a otros. Y salió don Julián y doña Petra del zaguán, como novios, riéndose a carcajadas por las cosas que le contó el negro Triquitraque del señorito cuando halló al hombre de palo. Gustavito se sonreía con la victoria en sus manos, aquí está el fulano hombre de palo, y le miraba y los miraba a todos sabiéndose dueño de la gran verdad. Entonces salieron los autores del relato siniestro a reconocer que sólo era un cuento, que no era nada más. Y estaban todos allí, los patrones, los capataces, los campesinos y las negras de la hacienda, en aquella noche de luna, destornillándose a carcajadas frente al supuesto hombre de palo. Hasta que en medio del alboroto, y la estridencia de todos muriéndose de risa, se escuchó también la carcajada de Emeresgildo Fulgencio del Tovar, el abuelo difunto, el hombre de palo.

           

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Comentarios:

Escrito por: S_Bustamante       11/11/08 18:44
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Algo en este relato me recuerda a Garcia Marquez.
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