
El hombre de la plaza.
Se acercaba cada tarde a la estatua de cobre, que silenciosa le esperaba en el centro de la plaza de suelo ajedrezado. Se sentaba bajo su sombra y dormía un rato. Siempre vestía de forma harapienta; unos pantalones roídos, casi como si durmiera entre ratas. Su camisa; que fue en un tiempo de color azul pálido, estaba manchada de marrones y negros. La primera vez que lo vi me estaba peinando un poco. Cuando llegó, saludo, un Hola a secas le dijo a la estatua. Creí que estaba loco. Se sentó y sin decir mas nada se quedó dormido. Sentí lastima. Cuando despertó aun estaba yo allí, rondando por la plazoleta, y me acerqué nuevamente a la estatua. Le escuché despedirse con palabras amables, se levantó y comenzó su marcha cojeando del pie derecho. Yo, después de un rato parloteando con mis amigas, olvide el suceso y ya caída la noche me fui a dormir.
Ya eran las cuatro de la tarde del día siguiente cuando por una de las entradas venía el hombre de nuevo. Cabellos alborotados por el viento, una barba espesa y larga que le ocultaba casi todo el rostro, una bolsa de papel en su mano derecha y su look muy preservado: traía la misma ropa del día anterior, y seguía cojeando. Yo me acerqué nuevamente a la estatua. Hola. Espero que estés mejor que ayer. Yo sigo igual, no he podido dejar de beber le confesó. De la bolsa de papel sacó una botella de licor. Tenía un color acaramelado. Destapó la botella y se vació un buen trago en la boca. Sus ojos se cerraron fuertemente y después tomó aire. ¿Quieres? dijo, mientras alzaba la botella hacia la estatua inmóvil. Quería preguntarle qué le pasaba, pero no podía. Jamás pude hablar con él, así que me convertí en su confidente sin que él lo supiera. Con el pasar de los días supe que había sido un escultor famoso. Que había enloquecido por causa del amor. (Cómo se vuelve uno loco por amor, me pregunté varias veces). Dos semanas después lo vi llegar ebrio, casi de arrastra a la plaza. Se sentó y le dijo a la estatua: llego el final. Ya lo siento en mis hueso
suspiró. Yo estaba como siempre allí; presente y ausente, era costumbre ya para mi esperar a que las campanas de la iglesia anunciaran su próxima llegada, y salía volando de donde estuviera hasta llegar a la estatua. Allí me sentaba a esperar su nueva confesión.
Aquel día se descargó de todo. Supe que el era el creador de aquella estatua amiga de ambos, y por ello era su confidente, además supe que su amada estaba muerta, que él mismo la había asesinado. Que perdió a sus dos hijos, que salió de la cárcel hacía escasos meses y que la miseria era su casa. Sentí latir mi corazón tan rápido como nunca antes lo había sentido. ¿Qué podía hacer? Quise gritar, pero no pude, una vez mas me descubrí incapaz de pronunciar palabra, esa forma especial de comunicarse del hombre con la estatua que, a pesar de las palabras de su creador, se mantenía fría o caliente según el calor del sol. mañana todo acabara. La campana anunció la noche, las luces de la plaza se encendieron y yo aun estaba ahí. El hombre se levantó despacio, se bamboleó por unos instantes y después se aplomó, así inicio su camino, dejándome solitaria y llena de miedo, de un frío miedo que me traspasaba como bala.
Al día siguiente, cuando sonó la campanada número tres, mi corazón dio un vuelco. Y me fui a la estatua, mis amigos estaban muy preocupados por mi, por mi actitud, pero nadie podría entender que padecía de lo que se llama compasión, por ese amigo que no me conocía. Así espere a que apareciera mi mendigo. Habían varias personas rondando la plaza, una señora con un niñito que lloraba por un helado, un don vestido de camisa de cocoteros y gafas que estaba leyenda la prensa, unos colegiales vestidos de azules y una joven que recitaba poemas de Neruda. Cuando dieron las cuatro llego un señor con una rosa blanca en su mano, se sentó al pie de la estatua. Tenía una cara jovial, el cabello corto y peinado, un chaleco negro y unos pantalones grises, coloco un sobre en la estatua. Junto a la rosa, que colocó en el piso, también puso un revolver negro, brillante, nuevo. Hasta ese momento todo era anormal: ¿dónde estaría el mendigo? y ¿quién seria este joven?... solamente dos segundos pasaron después de mi interrogación, y todo tuvo sentido. Hola hombre, aquí me tienes nuevamente. Vine a terminar con este absurdo que es mi vida ¡Era él, el mendigo!
Sacó, del bolsillo de su saco, la botella y en lugar de tomarla la vertió al piso. El líquido corrió atraído por una extraña fuerza hacia los escalones, Yo miraba perpleja, con estas palabras ahogadas en el buche. Tomó el arma, abrió la masa, reviso la posición de la bala, cerró la masa, quito el seguro y la subió hasta su cabeza. Mi pequeño cerebro no analizo lo qué iba a hacer. Rápidamente desplegué mis alas, salté desde el hombro de la estatua de cobre y me fui en picada hasta que golpeé su mano, logrando que el disparo fuera a parar en el tronco de un árbol cercano. Todo fue algarabía, las otras palomas alzaron el vuelo, y el campanario dio las tres campanadas cortas correspondientes a los quince minutos que habían transcurrido. Yo caí irremediablemente al suelo quedando allí, casi muerta. El hombre me miró, vio directo a mis ojos vidriosos, se acercó a mi, sostenía el arma en su mano derecha; alrededor todo era confusión, gritos. Cuando estuvo frente a mi, sentí mi corazón palpitando fuertemente. Su mirada era nueva, distinta, yo estaba asustada. Me tomó en su mano, me acercó a su cara, sopló en mi pico, me dio las gracias con estas extrañas palabras: eres la señal que necesitaba, y con gran fuerza me lanzó hacia el cielo. Yo abrí mis alas grises y alcé el vuelo hacia el campanario. Desde ese día, no tomó mas, comenzó de nuevo a vivir, y yo me descubrí como un instrumento de mi creador.
Comentarios:
Mas bien creí que no le agradaría a nadie... No sé por qué lo pensé.
Gracias Ricardo... De pana fue una historia muy casual imaginada en los recondidos micro mundos q posee mi cerebro... Abedul, igualmente para ti se extiende este agradecimineto, pues al parecer son ustedes los motivos de que uno se quiera volver adicto a esta página... (en el buen sentido de adiccion, si es que lo tiene)
Escrito por:
Abedul
28/09/07 04:27
Que bien describes, toda una escena sin perder detalles y luego con tanta sutileza nos muestras una fábula tan hermosa.
Que linda historia muy bien narrada te felicito un gran abrazo.
Que hermosa historia, bien narrada y un final inesperado. Salu2. Silvina.
Dos historias en una, me gusto como las mezclas y como llevas la narración.
Un gusto leerte.
Que las hadas te acompañen.
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