(Dedicado a mis queridas Nou y Cloro Fila)
El era un hombre, macho, muy macho, aunque bien es verdad que no terrícola.
Tenía... su colita, como todo hombre, pero había nacido en Venus y allí residía. Pobrecillo, por eso le decían "mariquita".
Pero no era más que la envidia, de los demás planetarios, porque sabían que solamente en Venus se aprendía a besar bien.
Harto ya de que los demás extraterrestes se burlaran de él cuando bajaba a jugar a los anillos de Saturno o a los cráteres de la Luna, y viendo que en Venus se aburría porque allí todo el mundo se pasaba el día sin parar de besarse y eso ya no tenía el menor aliciente para él, decidió hacer su equipaje y comprar un pasaje para la Tierra, pensando, con toda razón, que aquí tendría mucho más éxito.
Así fue como un buen día su nave aterrizó en tierras argentinas. Al pronto se sintió un poco mareado, desconcertado, porque sufrió un aterrizaje forzoso y la nave se zarandeó un poco con el choque de la corteza terrestre.
Sólo sufrió alguna magulladura sin importancia pero descendió sano y salvo de su vehículo espacial.
Era, para qué ocultarlo, un venusino muy guapo; como todos los venusinos, claro está, pero éste, lo era aún mucho más.
Sus facciones rayaban en la perfección, su cuerpo, una auténtica estatua griega, su porte, el de un pura sangre, su elegancia, incomparable. Sin duda alguna este turista inusitado conseguiría epatar entre la población femenina, no sólo, también la homosexual.
En su rostro llevaba inscrito el beso. El beso, también tatuado en su piel. El beso reflejado en el iris de sus ojos... El beso nacía de sus labios a cada instante y, como pompas de jabón, se multiplicaban en el aire, uno tras otro, y se expandían volando en el espacio atmosférico hasta inundarlo todo.
Todo, los edificios, los árboles, las flores, los postes y los cables de la luz, los ríos y las montañas, los valles y los jardines, la hierba, las flores, los insectos, los animalillos del bosque, el ganado, los caballos, las llamas, los pájaros, las aves, la superficie del mar, las nubes... Todo, absolutamente todo, lo impregnaba de besos.
Interesado en conocer la Tierra, sus costumbres y habitantes, su gastronomía, sus juegos y deportes, sus oficios, todo lo que formara parte de ella, se incursionó curioso y espectante hacia el interior del lugar donde había caído, y poco a poco llegó a un núcleo urbano.
Algo llamó su atención... Algo sonoro que sus oídos jamás habían escuchado. Atraído por la belleza y el arte, como todo buen venusino que se precie, se sintió atraído por aquel sonido novedoso para él; melodioso, indescriptible..., se dejó llevar por la irresistible atracción de conocer su origen y su significado, de averiguar en qué consistía ese incomparable sonido que se dividía en diferentes notas, tonalidades, texturas sonoras, matices bien diferenciados unos de otros. Entre toda esa variedad, algo destacaba, algo llamaba más su atención... Algo que le recordaba a las claves lingüísticos que ellos utilizaban para comunicarse, sólo que ellos los recibían directamente en su cerebro, mientras que aquí, en la Tierra, en donde él se encontraba, penetraban a través de su oído y, además, iban acompañados como de una especie de musicalidad, algo de lo que él tenía una ligera idea, algo que, su sensible mente venusina podía imaginar, pero que nunca había escuchado con anteriroridad.
Se acercó a donde sus sentidos le dirigían y llegó a un recinto con terrazas al aire libre donde había muchos terrícolas que parecían divertirse. Sentados alrededor de una mesas, unos bebían y charlaban animadamente. Otros, en pie, en pareja de macho y hembra, se movían de un lado a otro, levantando de vez en cuando un pié extrañamente, girando el cuerpo con brusquedad o tomando el macho el cuerpo de la hembra como si quisiera arrastrarlo por el suelo, pero sujetándola con fuerza, precisión y delicadeza a la vez.
Y todo esto al son de esas notas que le habían llevado hasta allí y que ahora podía oír con mayor claridad, y se percató de que lo que él identificó como una melodiosa forma de comunicación, provenía de la boca de un hombre que, subido a una especie de plataforma dirigía sus vociferaciones a los demás que estaban allí abajo, mientras que otro grupo de hombres, sentados tras él, emitían los demás sonidos, produciéndolos mediante unos raros aparatos de diferentes formas que ellos manejaban para hacerlos sonar.
Extasiado se quedó nuestro venusino hombre ante tanta belleza acústica y visual. Y decidió acercarse más para poder participar de cerca y empaparse de aquella actividad tan rara, novedosa, llamativa y agradable para él. Estaba disfrutando realmente de su viaje como hacía tiempo.
Pero a veces las cosas no salen redondas del todo; en medio de la felicidad más absoluta puede surgir algo inesperado y todo se puede torcer, cambiar su rumbo insospechadamente.
Así fue como una joven, de repente, se fijó en aquel extraño individuo que había irrumpido en la fiesta casi de manera imperceptible y se sintió poderosamente atraída por él.
No pudo evitar dirigirse a él y pedirle un beso sin mediar más palabras, ni saludos, ni presentaciones, ni nada de lo que las buenas maneras y la educación aconseja.
Ella se había percatado de los besos que aquel desconcocido desprendía y pensó que no le importaría darle alguno, que no se podría negar y, si se negaba, se lo quitaría a la fuerza. Desde el momento en que se apercibió de su presencia ya supo que no podría seguir viviendo si no conseguía un beso de él.
El venusino no pudo negarse..., además si eso era lo que él mejor sabía hacer..., si era lo que su naturaleza le dictaba; dar besos era lo más sencillo y natural para él.
Pero, como aquí en la Tierra abunda la envidia, bastó que una amiga los viera besándose para que ella también quisera ser besada por aquel desconocido que era irresistiblemente guapo.
En un momento, este ser venido de tierras lejanas, se encontraba en una fiesta en pleno Buenos Aires rodeado de un grupo de, en principio, jóvenes muchachas, que poco a poco se iba agrandando y dando cabida a mujeres de todas las edades y condición, incluso las que habían acudido a la fiesta acompañadas de sus maridos o pareja, y a algún que otro gay.
Aquello a lo que el venusino se brindó complaciente en un principio, terminó siendo una verdadera tortura para él. Empezó a dar besos a diestro y siniestro; con gusto, con ganas; los besos fluían con naturalidad y abundancia, parecía haber para todas y estaba permitido repetir. Incluso llegó a correrse la voz por toda la ciudad y acudían personas, en especial mujeres, desde todos los puntos, colándose en la fiesta, desaforadamente, compulsivamente. Imposible detenerlas.
Pero, pasadas algunas horas, el pobre extraterrestre comenzó a sentirse agotado, sin aliento, sin fuerzas, sin ganas; su tono de piel empezó a tornarse líbido, azulado. Los ojos le daban vueltas y parecían quedarse en blanco. Le faltaba el aire, la respiración se entrecortaba, casi ya no podía mantenerse en pie. Pero las mujeres, insensibles, egoístas, ávidas de placer, de lujuria, continuaban abalanzándose sobre él consumiéndolo, desgastándolo, robándole hasta el último de sus besos; hasta que el venusino cayó inerte sobre el embaldosado.
Su cuerpo rebotó al caer y algunas de las mujeres que lo acosaban prorrumpieron en un grito desgarrador. Alguien preguntó con urgencia y desazón si había algún médico en la fiesta. De inmediato se presentó uno intentando con gran dificultad abrirse paso entre la muchedumbre que rodeaba al desconocido visitante, que yacía en el suelo inerte.
Cuando por fin llegó el médico hasta él, sólo tuvo tiempo ya de certificar su muerte.
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