Dicen, que nadie sabe de dónde vino, ni porque hacia lo que hacía a todas sus pacientes, pero su única fijación era el hurto del alma.
De él decían todas sin excepción, que era un hombre alto un tipo de metro noventa, que su pelo poblado y canoso le daba un aspecto atractivo, seductor y a la vez cautivador para mujeres necesitadas de afecto que iban a su consulta por problemas de toda índole.
Vestía trajes elegantes donde mezclaba a veces lo serio y en otras lo sport.
Su voz recia, profunda y varonil, era acaramelada con toques adornados de sutileza. Todo estudiado para complacer a las damas que peregrinaban en su estudio-despacho, de una avenida céntrica de la capital.
Ellas absortas y embelesadas, se dejaban relajar en la otomana de aquel encantador de mujeres deprimidas.
-1º Las recibía con suaves toques en los brazos para tranquilizarlas, mientras, sus palabras relamían con destreza las orejas de sus oyentes cautivadas por sus ojos azules. Y sus pegajosas frases las ponían al lugar que él quería, en nubes de falacias tintadas de rosa y repeinadas con maquillajes de autoestima.
-2º El diván, era su segunda arma, negro y de cuero espumoso, como un amante tiene su lecho preparado con sabanas de raso, esperando que su pareja se tumbe relajada y goce con su presencia. Más tarde ella yacida, le caerá una lluvia de palabras adornadas y profundas, que la irán desnudando con cautivadoras expresiones artísticas de un apaciguador de los delirios humanos.
-3º Aquí entra el compañero, el todo poderoso reloj dorado con cadena de dos palmos, -Partenaire-insustituible de cualquier encantador de la palabra,
profesional del embrujo y la fascinación.
-4º Y por último, la voz profunda martilleante, sutil y repleta de hechizo done las mujeres se deshacían relajadas ante aquel truhán.
Todas contaban lo mismo, estiradas y cómodas en un canapé negro como el regaliz. Recibían el don de la dulce palabra, por boca de unos labios que les regalaba viajes de placer inmenso. Que con la cuenta atrás, como las de Cabo Cañaveral salían disparadas a mundos que solo ellas podían ver, eso sí acompañadas de una voz profunda y por un vaivén de un reloj dorado.
Notaban las manos del charlatán, desabrochando botones de blusas blancas y corchetes de sujetadores que aguantan la preciada carga de la vida. Pechos grandes y pequeños que todos tenían el mismo fin, alimentar su boca sedienta de suave piel de pezón materno, tras lametones suaves y otros más rítmicos su lengua se movía al son que le apetecía. Mientras la otra mano frotaba con maestría el otro pecho solitario.
Y dicen todas las mujeres, que aquel cuatrero que robaba la piel perfumada de mujer, bajaba con su lengua hacia ombligos escondidos en una llanura pélvica. Los avía hundidos en las mismas entrañas, otros salidos como caramelos de fresa, y aquel apéndice húmedo rogaba al mismo cielo para comérselo a chupetones con ensalivada destreza.
También relatan unas con más pudor que otras, que la facultad del tipo, tenía el talento para ajustarse bien en el punto G, donde decían ellas que sus parejas y los avían, no lo encontraban ni por asomo, ni con ayuda si la hubieran tenido en tan preciado momento.
El Dandi del placer, succionaba y bebía las mieles que aquellas mujeres dormidas sin quererlo le iban entregando. Traspuestas por la embriaguez de un reloj, lanzaban gemidos de placer al inquisidor de cuerpos robados.
Y cuentan todas ellas, que en la locura del momento, del frenesí y exacerbación, vieron como una luz salía de aquel par de ojos cerúleos y las atravesaba el pecho. Notaban como sus almas salían fuera de sus cuerpos, aun atadas a su hilo de plata, cordón umbilical de lo carnal y espiritual, donde lo incorpóreo luchaba hasta la extenuación para no dejar su cuerpo vital donde nació desde los primeros tiempos.
Como un vampiro de la inmaterialidad espiritual, se alimentaba de la esencia delicada de la dama. Porque la mujer tiene en su poder, la vida misma, el don de la luz divina, inefable fuerza que le da para aguantar el dolor y la pasión, en su más extrema palabra.
Todas sentían el mismo vació que el manilargo ganzúas les extrajo. La recompensa es alta para quien de pistas sobre el paradero del comedor de lo intocable.
Pero todas se temen lo peor, errantes andan por la vida con pasos solitarios y con sus cuerpos huecos por falta de almas arrancadas.
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