


| Escritor: | Piegrande2 |
| Públicado: | 01/03/2008 |
Tras la muerte de su padre, Ojos de Cielo cambió completamente; su expresión, moldeada por la desgracia, denotaba sin recelo su sed de venganza. Combinaba sus días entre presente, pasado y futuro: por la mañana dedicaba sus fuerzas a las tareas femeninas de su aldea; por las tardes se paseaba pensativa, dejándose llevar por las ideas que los dioses ponían en su mente. Pero eso sí, sus noches tenían un solo dueño: su padre.
El recuerdo de Rostro de Aguila dominaba su existencia entera. De él poseía sólo dos grandes legados: su collar y un gran árbol más allá de las últimas chozas.
Desde niña escuchaba de su padre las más extraordinarias historias de su pueblo, bajo la copa de aquél macizo templo verde. Él le enseñaba con dulzura tolerante el uso de las armas, los misterios de la vida y los secretos de los animales; y respondía paciente a todas sus objeciones y dudas. Bajo el amparo de sus hojas había besado por vez primera a Lobo Pardo una lluviosa tarde de verano.
Su corteza, como piel encallecida, guardaba en sus arrugas los rumores de los años y el recuerdo de muchos inviernos junto a aquellos hijos de la tierra tan queridos.
Su padre le había narrado la historia del guardián, como lo llamaban entre los suyos. Voz de trueno era un joven muy fuerte y recio, y a la vez, muy dulce con los pequeños; pero, por sobre todo, lo era con su flamante y amada mujer. Todo ocurrió en tiempos de los abuelos de su abuelo, eran días de sangrienta guerra por lo que todos se encontraban en permanente alerta.
Uno de esos días Voz de Trueno debía vigilar una colina para dar pronto aviso ante la presencia del enemigo. Pero sucedió que él estaba convencido de que aquel no era un lugar propicio para el ataque enemigo y que no representaba mayor riesgo para su pueblo. Por eso, abandonó su puesto en medio de las sombras y se dispuso a vigilar la explanada a espaldas de la aldea, ya que estaba más expuesta a una incursión fatal. Después de todo no quería que le pasara nada a los suyos.
Como es de prever, el ataque ocurrió efectivamente en aquella colina y en él murieron muchos niños pequeños; mientras él corría hacia allí desesperado , su mujer tomó un arco para defenderlos pero fue alcanzada por una flecha que le dió pronta muerte.
Cuando hubo pasada la batalla, la dolorosa victoria de su pueblo, trajo nuevamente la paz, pero Voz de Trueno no tuvo consuelo alguno. Nadie pudo impedir que cumpliera con el castigo que él mismo decidió para sí. Al día siguiente, subió hasta la colina y clavando con flechas sus pies al suelo se inclinó hacia adelante a escudriñar el horizonte como debía haberlo hecho. Allí permaneció parado, días enteros hasta que los dioses se apiadaron de él y decidieron convertirlo en árbol. De esta forma pudo continuar con su castigo sin tanto humano sufrimiento.
Esa era la historia del guardián, aquél árbol confidente que vió crecer a Ojos de Cielo y a cuyas ramas trepaban todos los niños de la aldea.
Escrito el 10/03/98
(Capítulo del libro inconcluso "Ojos de Cielo")
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