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Ya estaba tan acostumbrado a levantar la mano que ésta parecía tener vida propia. Todo comenzó cuando se quedó sin trabajo y la patrona que insistía. Después de veinticinco años como empleado de correo, al que había entrado por ayuda de un amigo del sindicato, hubo cambios políticos y despidieron a unos cuantos.
- Mirá viejo, mi padre conoce al de los remates, solamente tenés que ir a verlo, dice que tiene un lugarcito para vos
Tanto insistía, día y noche y las cuentas sin pagar, Don José, el del almacén que presionaba.
- Don Alberto, yo lo aprecio mucho a usted y su familia pero la cuenta se hace grande y bueno no puedo, mire yo tengo que reponer
- Estoy por conseguir trabajo, déme unos días más, se lo suplico
- Está bien, quince días y le corto el fiado, perdóneme pero -
Y fue a verlo al tipo, a regañadientes y dolorido porque con sus cincuenta años se sentía capacitado para otra cosa, pero Lo recibió un hombre excesivamente sudoroso en una gran sala repleta de muebles antiguos, pinturas desparramadas por doquier y vitrinas, floreros, adornos, arcones. Era asfixiante la atmósfera y el tipo con el cigarro lo estaba ahogando. Sintió ganas de escapar. Después de años de un trabajo digno y como Dios manda, eso le parecía absurdo, sabía lo que el tipo le propondría.
- Es fácil, se presenta el objeto a vender, cuando ve que la oferta está estancada, usted levanta la mano para darle empuje a la cosa, espera mis señas cuando tiene que parar y listo mucho no le puedo pagar -
- Está bien ¿cuándo empiezo?-
- El sábado es el primer remate, véngase una hora antes para ponerse a tiro
Los días previos se sentía cada vez más humillado, ese laburo era degradarse, hacer de la mentira un oficio, Alberto había sido un empleado ejemplar, puntual, cumplidor y buen compañero. Su nueva tarea lo convertiría en una sombra, ir de remate en remate, disfrazado de comprador, no comprando nunca nada, pensó en no ir
- Qué suerte que por lo menos con eso zafaremos, le pagamos a Don José, y lo de la comida se nos soluciona, con lo que saco de las costuras, pagamos los impuestos y ya es una tranquilidad
Se quedó fumando en el living, solo. Con el fracaso ahogándolo, pero la gorda era buena, lo había acompañado en los peores momentos, la casa siempre impecable, cosía para la gente del barrio para ayudar en la economía. No podía fallarle, ella estaba ilusionada.
Llegó ese sábado y parecía que el clima acompañaba su estado de ánimo, día gris con amenaza de lluvia. Se vistió con esmero después del suculento y delicioso almuerzo que su mujer le había preparado y del que apenas pudo probar bocado.
- Viejo, comé, ya va a salir otra cosa
- Está rico pero no tengo hambre, dejámelo para la noche
Llegó al remate, le dieron algunas consignas, se sentó en el salón y a empezar se ha dicho. Lo primero que se remataba fue una sopera del 1800, espantosa, además en esta época quien sirve sopa en sopera de porcelana, sabía que el límite eran quinientos pesos.
Una mujer que despedía un olor nauseabundo a perfume francés rancio gritó destempladamente.
- Cincuenta
- Cien
El hombre que la acompañaba levantó la oferta, así continuó, pensando que no la querría ni regalada, vio la seña del dueño. Se vendió en trescientos cincuenta. Así continuó el remate, agotador, pero fructífero. Él sabía que esos productos eran recogidos en casas de gentes desesperadas que revolvían sus pertenencias en busca de algo que vender. El mantel de la abuela, la máquina de calcular del tío, por esos pesos esa gente comía dos o tres días más, tapaba algún agujero y después de esfumado el dinero a seguir buscando. Era un negocio redondo, la silla que se compraba a cincuenta pesos se vendía a quinientos y las ganancias eran siderales.
Cobró sus cincuenta pesos después de cuatro horas de estar ahí, pasó por el almacén, se los dio a Don Alberto y llegó a su casa con el fiambre que sabía le gustaba a la gorda, después de semanas hicieron el amor como los casados de muchos años y se durmió agotado, mucho más que después de una semana en el correo, pensando qué dirían los viejos si pudieran verlo en ese trabajo.
En los próximos remates, cada vez más importantes, a veces ganaba hasta cien pesos y siempre estaban en deuda pero tenían crédito en los negocios del barrio y así sobrevivían.
Pero el martirio de Alberto, hombre de sólidas convicciones morales, era hacer de la mentira un trabajo y eso se le hacía insoportable. Acumulaba broncas, la mujer contenta ni cuenta se daba. El resentimiento hacia el dueño iba in crescendo y nunca supo cómo ni porqué pero en el último remate, siguió levantando las ofertas sin mirar a nadie, todos mirándolo a él. El dueño furioso sin poder decir nada. Todos los artículos los compró el grupín.
No fue preso, obviamente, pero otra vez desocupado, aunque con una sonrisa de triunfo, lo que más le costó fue explicarle a la mujer.
Hoy hace cobranzas, siguen sobreviviendo pero Alberto está más feliz.
Lili Frezza
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